La figura del realizador italiano Riccardo Freda acumula dos paradojas muy curiosas que simbolizan las contradicciones de su tiempo y de la memoria cinéfila en general: la primera tiene que ver con el hecho de que al señor le encantaban las aventuras y de hecho se paseó por muchos géneros de moda como la comedia, el cine de capa y espada, el melodrama, la epopeya histórica, la acción, las películas bélicas, el péplum, la fantasía naif y el spaghetti western, no obstante hoy por hoy se lo recuerda por sus trabajos en géneros de inclinación bien sádica como el terror y el thriller, a los que por cierto no tenía en alta estima, y en lo que atañe a la segunda paradoja vale decir que Freda quedó muy relegado en el Siglo XXI a la condición de “cuasi mentor” de Mario Bava, a su vez una figura tantas veces olvidada en la historiografía del terror mundial -y del séptimo arte en su conjunto- o por lo menos nunca del todo comprendida o analizada como es debido, ya que efectivamente le dio la primera oportunidad a Mario en lo que atañe a dirigir un par de opus dentro del género de los gritos y los sustos, detalle crucial que con el tiempo derivaría en la fascinante y revolucionaria carrera de Bava. Desde ya que el alumno superaría por mucho al maestro porque el amigo Riccardo jamás tuvo el talento o la astucia de Mario aunque ello no implica que Freda no haya entregado trabajos dignos como sus faenas de espías en versión europea o eurospy, Emboscado en Tánger (Agguato a Tangeri, 1957), Coplan FX 18 lo Rompe Todo (Coplan FX 18 Casse Tout, 1965) y la secuela Coplan Abre Fuego en México (Coplan Ouvre le Feu à Mexico, 1967), o sus thrillers de diversa envergadura cercanos al proto giallo, el film noir y/ o el misterio detectivesco tradicional, La Traición (Il Tradimento, 1951), La Caza del Hombre (Caccia all’Uomo, 1961), Trampa para el Asesino (Roger la Honte, 1966), Doble Cara (A Doppia Faccia, 1969) y La Iguana de la Lengua de Fuego (L’Iguana dalla Lingua di Fuoco, 1971), claramente inspirada en El Pájaro de las Plumas de Cristal (L’Uccello dalle Piume di Cristallo, 1970), la archiconocida ópera prima del tremendo Dario Argento.
Sin embargo, como decíamos antes, lo mejor de la producción artística de Riccardo está condensado en el horror y concretamente en tres dípticos que se diferencian mucho entre sí y de los que vale la pena tener en cuenta sólo los dos iniciales, el primero porque significó el bautismo de fuego de Bava, en simultáneo como corealizador no acreditado y como encargado de los efectos especiales, debido a que Freda se retiró de sendos rodajes cuando estaban casi completados por disputas con los productores y el objetivo general de darle la mentada chance a Mario de controlar cada film en su conjunto durante la etapa final para que sume experiencia, hablamos de Los Vampiros (I Vampiri, 1957), la primera película italiana sonora de horror y la segunda de la historia después de la muda y hoy perdida El Monstruo de Frankenstein (Il Mostro di Frankenstein, 1921), de Eugenio Testa, y Caltiki, el Monstruo Inmortal (Caltiki, il Mostro Immortale, 1959), basada en gran medida en La Mancha Voraz (The Blob, 1958), el opus de Irvin S. Yeaworth Jr. con un jovencito Steve McQueen en uno de los roles principales, y el segundo díptico porque funciona como un dúo gótico ya cien por ciento responsabilidad de un Riccardo muy inspirado y terminando de redondear marcas registradas formales del rubro como una fotografía ampulosa, un desarrollo algo delirante, el gustito por lo onírico y la tendencia de fondo a privilegiar más la atmósfera que el relato, léase El Horrible Secreto del Dr. Hichcock (L’Orribile Segreto del Dr. Hichcock, 1962), impulsada por el éxito internacional de Drácula (1958), de aquel Terence Fisher trabajando para la Hammer Film Productions, y La Máscara del Demonio (La Maschera del Demonio, 1960), el debut de Bava en solitario, y El Espectro (Lo Spettro, 1963), al igual que la película anterior protagonizada por una Barbara Steele que treparía a la categoría de “scream queen” por sus trabajos en La Máscara del Demonio, El Pozo y el Péndulo (The Pit and the Pendulum, 1961), de Roger Corman, y Danza Macabra (1964), un film del inefable Sergio Corbucci que fue completado por su amigo Antonio Margheriti.
Dejando de lado el último díptico, compuesto por Trágica Ceremonia en Villa Alexander (Estratto dagli archivi segreti della polizia di una capitale europea, 1972), regreso tardío al gótico de Los Vampiros, El Horrible Secreto del Dr. Hichcock y El Espectro que sólo se destacaba por los efectos especiales del legendario Carlo Rambaldi, y Obsesión Asesina (Murder Obsession, 1981), última propuesta dirigida por un Freda que no se decidió entre los misterios laberínticos/ surrealistas del giallo y la impronta exploitation más mundana del slasher norteamericano que dominaba en la época, amén de un híbrido olvidable entre horror y péplum intitulado Maciste en el Infierno (Maciste all’Inferno, 1962) que se parecía demasiado a Hércules en el Centro de la Tierra (Ercole al Centro della Terra, 1961), opus más interesante de Bava, tranquilamente se puede afirmar que la obra maestra de Riccardo en el terror es El Horrible Secreto del Dr. Hichcock, una de las primeras películas en tratar de manera explícita la necrofilia mediante un guión muy simple de Ernesto Gastaldi, uno de los profesionales más prolíficos de su tiempo con un derrotero francamente interminable, que en esencia se centra en Cynthia Hichcock (Steele), deliciosa fémina que en las afueras de la Londres de 1885 vive con su flamante esposo, el Profesor Bernard Hichcock (Robert Flemyng), un famoso cirujano con una propensión necrofílica irrefrenable que doce años atrás mató por accidente a su primera esposa, Margaretha (Maria Teresa Vianello), a través de una sobredosis de un novedoso anestésico que ralentiza el ritmo cardíaco y del que se ufanaba de ser todo un especialista. Cynthia no sólo debe lidiar con su marido sino también con la tenebrosa ama de llaves de la mansión de turno, Martha (Harriet Medin), y con la supuesta hermana demente de la anterior, una mujer enigmática que recorre la casona por las noches y que la protagonista suele confundir con Margaretha, por ello le pide ayuda a un colega de su esposo, el Dr. Kurt Lowe (Silvano Tranquilli), ya que Bernard descarta sus palabras atribuyéndolas al shock causado por el reciente fallecimiento del padre de la ninfa.
Entre el Edgar Allan Poe de El Entierro Prematuro (The Premature Burial, 1844), cuento por cierto adaptado por Corman en este mismo 1962 con Ray Milland, la leyenda alrededor de la Condesa Erzsébet Báthory (1560-1614), una aristócrata húngara que se supone mató a cientos de personas en rituales bizarros para mantenerse joven y hermosa, y el Bava por venir de La Fusta y el Cuerpo (La Frusta e il Corpo, 1963), otro convite muy valiente de los años 60 que se metió con las prácticas psicosexuales “alternativas” y en especial con la flagelación y el masoquismo, El Horrible Secreto del Dr. Hichcock por un lado aprovecha a una Steele en su plenitud actoral en tanto estrella del género, aquí cumpliendo de maravillas su función de ser aterrorizada por el asimismo perfecto Flemyng para luego ser rescatada por el galán de Tranquilli, y por el otro lado exprime con inteligencia el sustrato morboso y para colmo doble del arcano del título, tanto la necrofilia en sí del médico como el hecho de que la hermana de Martha es por supuesto una Margaretha que sobrevivió al percance de ser enterrada viva sin que se nos brinden mayores precisiones al respecto, hoy visiblemente “desmejorada” por la edad y el ataque de nervios del caso (ahora en la piel de Vera Drudi). Freda, trabajando bajo el seudónimo de Robert Hampton, satura la historia de secuencias espectrales, frustración libidinosa, claroscuros, miradas inquietantes, muchísima hipocresía burguesa, unos interiores fastuosos para la mansión y desde ya esa revelación final de que Hichcock pretende “rejuvenecer” a Margaretha con la sangre de Cynthia símil Los Ojos sin Rostro (Les Yeux sans Visage, 1960), de Georges Franju, o su copia española Gritos en la Noche (1962), de Jesús Franco, además de referencias al paso a La Máscara del Demonio, Rebeca, una Mujer Inolvidable (Rebecca, 1940), de Alfred Hitchcock, esa Luz que Agoniza (Gaslight, 1944), de George Cukor, y Vértigo (1958), también de Hitchcock. Parafraseando a la voz fantasmal que acecha a la protagonista en una escena, el film borra la frontera entre sueño y óbito y juega con la vulnerabilidad de los cuerpos bajo el soponcio narcoléptico…
El Horrible Secreto del Dr. Hichcock (L’Orribile Segreto del Dr. Hichcock, Italia, 1962)
Dirección: Riccardo Freda. Guión: Ernesto Gastaldi. Elenco: Barbara Steele, Robert Flemyng, Silvano Tranquilli, Maria Teresa Vianello, Harriet Medin, Lamberto Antinori, Aldo Cristiani, Evaristo Signorini, Giovanni Querrel, Vera Drudi. Producción: Luigi Carpentieri y Ermanno Donati. Duración: 88 minutos.