Stardust

La música es una máscara

Por Emiliano Fernández

Ya cuando se dio a conocer el trailer de Stardust (2020) uno intuía que algo no estaba del todo bien en esta biopic sobre la figura del inmenso David Bowie aunque ello no tenía que ver con las dos principales quejas de los fans, léase el hecho de que el protagonista Johnny Flynn no parecía lo suficientemente convincente como el músico británico y el detalle adicional de que el film no incluiría ninguna de las canciones del susodicho debido a que los herederos -con su hijo mayor Duncan Jones a la cabeza- no habían dado el visto bueno al proyecto, en esencia una película indie financiada por productoras del Reino Unido y Canadá: considerando el resultado concreto en pantalla ya se puede afirmar que lo hecho por Flynn no es del todo descartable ya que le imprime honestidad y vulnerabilidad al personaje, y en lo que atañe a la ausencia de canciones de Bowie ello no constituye un limitante de por sí y una prueba irrefutable es la genial Velvet Goldmine (1998), de Todd Haynes, quien tampoco contó con los derechos de los temas del artista y aún así construyó una biopic magistral y profundamente abstracta de los años formativos del señor hasta el éxito planetario de Let’s Dance (1983), haciendo foco sobre todo en la etapa glam de The Rise and Fall of Ziggy Stardust and the Spiders from Mars (1972) y Aladdin Sane (1973). El verdadero inconveniente de Stardust viene de la mano de la torpeza mayúscula y falta de ideas de su director y guionista, Gabriel Range, quien no sólo defrauda al público masivo, mainstream y/ o bobalicón que a posteriori de Bohemian Rhapsody (2018), sobre Freddie Mercury y Queen, y Rocketman (2019), acerca de Elton John, espera los hits o canciones reglamentarias del retratado sino también a los admiradores históricos que se conforman con un lienzo apenas eficaz que capture la esencia de Bowie como ser humano o alguna de las múltiples facetas de su extraordinaria producción artística a lo largo de tantas décadas.

 

El guión de Range y Christopher Bell trabaja el terreno ya transitado por Velvet Goldmine y así nos retrotrae a los primeros años y al período preliminar a la concepción del mentado personaje de Ziggy Stardust, un alienígena bisexual que llevó a Bowie a la popularidad en el Reino Unido y Europa durante el primer lustro de los 70, no obstante decide encarar el asunto desde una óptica melancólica bastante reduccionista y superficial que construye de la nada una obsesión en torno a la posibilidad de volverse loco siguiendo los pasos de su hermanastro Terry Burns (Derek Moran) y de otros parientes que padecieron algún tipo de demencia o fueron institucionalizados en algún centro psiquiátrico inglés de la época. La película adopta el formato estándar de road movie para retratar la primera gira promocional en Estados Unidos del señor y su publicista asignado por Mercury Records, Ron Oberman (Marc Maron), un tour a lo marketing/ entrevistas/ eventos porque a escala legal no contaba con una visa de trabajo, aunque de todos modos el periplo de costa a costa incluyó algunos mini recitales de él solo con su guitarra símil aquel folk espacial de Space Oddity (1969). La trama, en este sentido, repite una y otra vez el esquema de Oberman -el único que cree en David dentro de Mercury- pautando alguna entrevista o charla y el artista arruinándolo todo no porque llegue calzado en el vestido de la tapa de The Man Who Sold the World (1970) o porque se dedique a reproducir alguna de sus rutinas de mimo, esas que había aprendido con Lindsay Kemp, sino debido a que se rehúsa a hablar de su persona, opta por enfatizar que la música es una máscara ultra mutable y evade la “gran temática gran” de su último disco, el citado The Man Who Sold the World, hablamos de la esquizofrenia y de la paranoia, negativa que se explica por una supuesta represión que el realizador inventó en ocasión del desarrollo dramático y no sabe bien cómo mantener con vida hasta el desenlace.

 

Su primera esposa Mary Angela Barnett alias Angela Bowie (Jena Malone), con la que estuvo casado entre 1970 y 1980 y a la que le dedicó The Prettiest Star del Aladdin Sane, se nos aparece como una mujer controladora y posesiva a pesar del matrimonio abierto que mantiene con Bowie, para colmo rozando el bullying con la excusa de autovictimizarse a la distancia -conversaciones telefónicas entre el Reino Unido y yanquilandia de por medio- porque por aquel tiempo estaba embarazada de Duncan, quien nacería en 1971 y sería el eje de la adorable canción Kooks del Hunky Dory (1971), lo que nos deja con poco y nada de sostén emocional porque con ella siendo una insoportable y el hermanastro fuera de juego, éste ya internado en un neuropsiquiátrico por su comportamiento errático y olas depresivas, todo el peso recae en un Oberman que pasa de confiar en esta versión primigenia y algo ingenua de David a también alejarse debido a que parece sabotear adrede las entrevistas o presentaciones radiofónicas que le consigue, algo que en pantalla también tiende al tedio porque se abusa de la fórmula del británico elegante, freak y avant-garde escandalizando a los mojigatos de la industria cultural de Estados Unidos, amén de la consabida decepción de un Bowie que se comió las mentiras de su manager, Tony Defries (Julian Richings), en torno a la opulencia de la gira o siquiera la posibilidad de tocar ante un público en serio, debiendo conformarse con interpretar algunas canciones sueltas en reuniones de vendedores de aspiradoras o fiestas particulares en las que nadie le presta atención. El director pretende compensar la ausencia de canciones de la estrella en ciernes con un puñado de covers que la hoy leyenda hacía en la época, como I Wish You Would de The Yardbirds y Ámsterdam y My Death, ambas de Jacques Brel, pero sinceramente la movida no hace más que exacerbar la desesperación monotemática del relato y la catarata de estereotipos varios de las biopics.

 

Este Bowie preso de la indecisión, la angustia, el miedo y la negación sistemática de sus traumas que erige Range, un director del montón de nuestros días y responsable de las mediocres I Am Slave (2010) y La Muerte de un Presidente (Death of a President, 2006), está lejísimo del también atribulado pero efervescente que supo construir Haynes para Velvet Goldmine, quien por cierto en su momento niveló la ausencia total de clásicos del británico con himnos varios de T. Rex, Roxy Music, Brian Eno, Iggy Pop, New York Dolls y Lou Reed, una movida compensatoria que resultó prodigiosa. Con el pretexto de las “licencias artísticas” el film inventa un encuentro decepcionante en Nueva York del señor con Andy Warhol que no se condice con la canción homónima de homenaje del Hunky Dory, delira con eso de que Oberman le hace escuchar por primera vez a influencias decisivas futuras como Legendary Stardust Cowboy y el mismo Pop, se burla sutilmente del protagonista en una escena en la que conversa con Doug Yule creyendo que en verdad está hablando con Reed, ya cuando el segundo fue reemplazado por el primero como líder/ cantante/ compositor de The Velvet Underground, incluye una referencia hiper literal y gratuita en el inicio a 2001: Odisea del Espacio (2001: A Space Odyssey, 1968), de Stanley Kubrick, invierte hacia lo negativo una entrevista con John Mendelsohn (Richard Clarkin) de Rolling Stone que en realidad fue positiva, y en general sobredimensiona el hecho de que sus únicos singles exitosos de aquel tiempo habían sido Space Oddity y la desquiciada y querida The Laughing Gnome. Como decíamos al principio, Stardust no se hunde ni por ese Flynn que puede ser algo anodino pero por lo menos no pasa vergüenza ni por la falta del hard rock del álbum que domina este derrotero automovilístico entre enero y febrero de 1971, The Man Who Sold the World, sino por la triste incapacidad de Range a la hora de armar un mínimo discurso coherente -sonoro y visual- alrededor de la metamorfosis de este muchacho que no cree en sí mismo, y no sabe quién es o cómo explicar que los álter egos le otorgan libertad creativa a los artistas, en ese Ziggy Stardust ya desarrollado de los minutos finales, solución forzada que no se relaciona con la pobreza y las muchas redundancias que inundaron la pantalla y que encima se saltea la etapa intermedia del Hunky Dory, donde el art rock de cadencia cinematográfica y decadente supo anticipar la ciencia ficción fastuosa del disco siguiente con The Spiders from Mars. El Bowie de carne y hueso que todos amamos fue tan rupturista e inigualable que resulta imposible de reproducir, aunque sin lugar a dudas lo hecho por Haynes en Velvet Goldmine se ubica a años luz por delante de pastiches contemporáneos sin alma como esta Stardust, ejemplo perfecto de un indie que quiere copiarle los latiguillos y motivos al mainstream sin la convicción, los recursos y/ o los atajos sensibleros del caso, esos que en ocasiones hasta vienen rubricados con talento…

 

Stardust (Reino Unido/ Canadá, 2020)

Dirección: Gabriel Range. Guión: Gabriel Range y Christopher Bell. Elenco: Johnny Flynn, Marc Maron, Jena Malone, Derek Moran, Julian Richings, Richard Clarkin, Anthony Flanagan, Aaron Poole, Ryan Blakely, Annie Briggs. Producción: Matt Code, Nick Taussig y Paul Van Carter. Duración: 109 minutos.

Puntaje: 3