Depeche Mode: M (2025), obra amena y no mucho más del director y guionista mexicano Fernando Frías de la Parra, arrastra dos grandes estereotipos de fondo: primero, la idea de contrarrestar la obsesión con los fans de los dos documentales previos sobre la mítica banda inglesa, Depeche Mode: 101 (1989), de D.A. Pennebaker, Chris Hegedus y David Dawkins, y Depeche Mode: Spirits in the Forest (2019), de Anton Corbijn, Pasqual Gutiérrez y John Merizalde, con una dosis de antropología social/ cultural alrededor de la lectura azteca de la muerte, pero siempre condimentando el formato principal de concert movie, y segundo, el intento demasiado forzado de vincular el fetiche macabro o con el luto del último disco del grupo, el excelente Memento Mori (2023), precisamente con las celebraciones mexicanas en torno a la parca y su naturalización comunal a través del célebre Día de los Muertos, una festividad sincrética en la que se rinde homenaje a los fallecidos al unificar las tradiciones indígenas y un par de celebraciones del calendario católico, el Día de Todos los Santos y el Día de los Fieles Difuntos. Frías de la Parra, un director bastante mediocre conocido por un par de películas olvidables para Netflix, Ya no Estoy Aquí (2019) y No voy a Pedirle a Nadie que me Crea (2023), se pasa los 99 minutos del metraje combinando canciones de tres shows para 200 mil personas en septiembre de 2023 de la gira presentación del álbum de turno en el estadio Foro Sol, en la Ciudad de México, con secuencias descriptivas que pretenden abarcar la acepción que del óbito ofrece la cultura mexicana, por regla general mediante intervenciones en off y en castellano que hacen de eco del núcleo temático de Memento Mori, como decíamos antes vinculado a la propia mortalidad y la del prójimo en función del cambio climático, la estupidez promedio del votante de derecha, la pandemia del coronavirus (2020-2023), la invasión rusa sobre Ucrania de 2022, las intervenciones en Medio Oriente del Estado terrorista y genocida de Israel y finalmente el fallecimiento de Andy Fletcher en 2022 por una disección aórtica, bajista, tecladista y manager ocasional del colectivo, lo que transformó desde entonces a Depeche Mode en un dúo conformado por el cantante Dave Gahan y el guitarrista, tecladista y también vocalista Martin Gore, principal compositor luego de la partida en 1981 de Vince Clarke, futuro líder de Yazoo y Erasure.
Según la película el imaginario mexicano sobre la muerte gira alrededor de las ofrendas de tipo sacrificial de las culturas prehispánicas, un inframundo llamado Mictlán símil limbo y la parca como supresora del dolor y no sólo de la vida y sus alegrías y amores, suerte de nacionalización de la muerte desde la cotidianeidad que se dio en un Siglo XX capaz de unificar las acepciones trágicas del pasado sobre el tópico y un humor irónico de impronta decididamente moderna. La odisea se sostiene en un montaje videoclipero/ publicitario/ videoartístico que salta entre el color y el blanco y negro, a su vez coronados con leyendas que aclaran los títulos de las canciones y los discos correspondientes a los que pertenecen, dialéctica visual rimbombante que pretende compensar el minimalismo de la puesta en escena del recital, con una M de enormes proporciones justo detrás de la banda, y la edad avanzada de los integrantes, quienes indefectiblemente languidecen en la comparación con sus versiones jóvenes y aguerridas de los años 80 y 90, más aun tratándose de un flamante dúo que obliga a condensar el registro del show en un Gahan digno pero sin duda oxidado, con muchas cicatrices de drogas, colapsos psicológicos e intentos de suicidio, y un Gore que arriba del escenario parece un hilarante zombie glam, por suerte también con carisma a cuestas a pesar del alcoholismo de antaño. El realizador justifica aquella M, de Mode, Memento Mori, México y muerte, y el emplazamiento del documental en tierra azteca vía poemas, escritos folklóricos varios y el testimonio de músicos, especialistas de impronta universitaria y fanáticos del montón, en este último campo los británicos aparecen como una banda perdurable en el tiempo como casi ninguna de este nuevo milenio de artistas banales o abiertamente volcados al consumo y el descarte automático, amén de aportar una oscuridad que se relaciona con la pandemia del coronavirus, la violencia del narcotráfico y la trata de personas y el ascenso de la nueva derecha neonazi en muchos países del globo durante los últimos años, un esquema fatalista tendiente a ser equilibrado por la celebración de la parca desde la idiosincrasia -no tan trágica- mexicana y su vínculo con la experiencia y la vida solidaria, lo que niega el individualismo irresponsable y hedonista que nos vende el capitalismo y su sarta de mentiras sobre una perpetuidad que no existe en praxis alguna.
En este sentido a lo largo de la película desfilan pasajes líricos (la muerte se asemeja a un silencio homologable a la ausencia de todo, incluso de “justicia divina” porque el vacío es ubicuo), alguna que otra instalación modelo arte efímero (se unifica un altar antiguo con cadáveres con el reciclaje de televisores y monitores vetustos y de un legendario truco del ilusionismo llamado Fantasma de Pepper, en esencia un efecto óptico símil holograma) y reflexiones acerca de la obsolescencia programada (lo real se convierte en sinónimo de una sensación o de un momento específico y se llega a la paradoja actual, con un gran avance tecnológico que deriva en experiencias estéticas artificiales ya que las técnicas previas de representación eran más humanas, más terrenales o auténticas). Como suele ocurrir tanto en vivo como en estudio, hoy se impone el repertorio de la gloriosa etapa con Alan Wilder, un pianista/ tecladista/ baterista que reemplazó a Clarke entre 1982 y 1995 al punto de hacerse cargo de la producción, los arreglos y las programaciones en el período más fascinante del grupo, aquel de Construction Time Again (1983) y la pentalogía de obras maestras de Some Great Reward (1984), Black Celebration (1986), Music for the Masses (1987), Violator (1990) y Songs of Faith and Devotion (1993), por ello la potencia escénica de joyas como Everything Counts, Stripped, Enjoy the Silence, Condemnation, Never Let Me Down Again, Personal Jesus y World in My Eyes, esta última metamorfoseada en homenaje a Fletcher, no la encontramos en el resto de los temas interpretados, la mayoría -de todos modos- muy interesante como lo dejan en claro My Cosmos Is Mine, Wagging Tongue, It’s No Good, My Favourite Stranger, Sister of Night, Speak to Me, A Pain That I’m Used To, Wrong y una Soul with Me en la que Gore intenta desesperadamente llegar a las notas en plan masoquista o quizás de autosabotaje, sin olvidarnos de todos los movimientos de bailarina de ballet de Gahan, su tendencia a agarrarse intermitentemente la mochila genital y la aparición de un par de canciones más durante los créditos finales, Ghosts Again y el tema de estudio In the End, descarte de la placa del año 2023 que se incluyó como bonus track en el disco en vivo que acompañó el lanzamiento de nuestro documental, Memento Mori: México City (2025), mínimo popurrí en el que asimismo encontramos a Survive, Life 2.0 y Give Yourself to Me.
Si bien algunas cavilaciones sobre la parca se sienten muy esquemáticas o caen en el cliché, pensemos por ejemplo en el instante en el que se señala la singularidad de la muerte como suceso, el contraste con el nacimiento y la complementariedad con ese duelo articulado con la memoria de índole comunal, también hay momentos inspirados como la analogía entre el Día de los Muertos y el Carnaval en Brasil, dos ritos católicos nacionalizados que ponderan el fallecimiento y el sexo, paradigmáticas instancias en las que los cuerpos entran en crisis, se disuelven o pueden confundirse dentro de una perspectiva mestiza que resulta positiva para la colectividad, de resonancias catárticas. Del mismo modo se podría aseverar que la agrupación en directo, completada por el baterista Christian Eigner y el bajista/ tecladista/ responsable de los sintetizadores Peter Gordeno, jamás llega a lucirse en las composiciones rockeras o industriales pero cumple en los temas synth-pop y en el minimalismo bluesero o góspel, combo que con el tiempo los transformó en las figuras por antonomasia de una dark wave que también englobó a gente tan diversa como Eurythmics, Soft Cell, The Human League, New Order y Orchestral Manoeuvres in the Dark, en suma la faceta basada en sintetizadores de un movimiento con una pata más guitarrera/ rockera tradicional, aquella de Siouxsie and the Banshees, The Cure, Bauhaus, Magazine, The Sisters of Mercy y Joy Division. Entre un sueño sobre la muerte materna, una conversación con la parca en torno al dolor, el baile y las oraciones y un epílogo en el que se aclara que la inmortalidad pasa por el legado de las acciones en la memoria y los corazones de los demás seres humanos, no se puede esquivar la certeza de que a la larga resulta cansadora la dinámica de dos canciones y una interrupción lírica o esotérica sobre México, algo que desde el vamos no dejará contento a nadie porque los admiradores de toda la vida terminarán odiando a los mexicanos, por un lado, y los interesados en la cultura azteca no recurrirán a una concert movie de Depeche Mode, por el otro lado. Frías de la Parra inserta por ahí algunos planos cuasi publicitarios de la dupla protagónica y juega con una fotografía estereotipada en blanco y negro sobre ángeles siguiendo de manera muy trasnochada lo hecho por Wim Wenders en Las Alas del Deseo (Der Himmel über Berlin, 1987) y su secuela, ¡Tan Lejos, tan Cerca! (In Weiter Ferne, so Nah!, 1993), sin embargo es el público el que se abre camino como el único ingrediente en verdad insoportable de esta ensalada, gracias a esos miles de celulares filmándolo todo como si no sobrasen cámaras en los recitales y el mundo de la música en general, ya incapaz de entregar una experiencia sonora al cien por ciento debido a la interferencia de un voyeurismo y un exhibicionismo cruzados, problema que por supuesto abarca a la sociedad internacional contemporánea en su conjunto y no sólo al enclave artístico que nos ocupa, simplemente un ámbito más subordinado al marco caníbal de la virtualidad. En última instancia Depeche Mode: M resulta mucho más atractiva que Depeche Mode: Spirits in the Forest, otro film desparejo y por momentos redundante, cae por debajo de Depeche Mode: 101, aquel retrato sin duda insuperable de la cima creativa, y constituye un registro placentero de shows de medio pelo de parte de un grupo que nunca se caracterizó por su entusiasmo desbordante arriba de los escenarios, en este sentido la banda siempre funcionó mucho mejor como una unidad creativa orientada al trabajo meticuloso de estudio, en el presente documental demostrándolo implícitamente por milésima vez…
Depeche Mode: M (Estados Unidos/ México, 2025)
Dirección y Guión: Fernando Frías de la Parra. Elenco: Dave Gahan, Martin Gore, Christian Eigner, Peter Gordeno, Claudio Lomnitz, Marina Azahua, Gabino Flores Castro, Mathilde Sobrino, David Rosales Ortiz, Diego Suárez. Producción: Fernando Frías de la Parra, Saul Levitz, Nina Soriano y Stacy Perskie Kaniss. Duración: 99 minutos.
