La Muerte en Directo (La Mort en Direct)

La nueva pornografía

Por Emiliano Fernández

El grueso del público relaciona a la ciencia ficción no tanto con la fantasía especulativa sino con la tecnología rimbombante que permitiría expandir aún más el espectro de lo posible para los seres humanos, paradigmática mentalidad del imbécil atrapado en la razón instrumental capitalista que tiende a cosificar a las personas, a transformarlo a todo en un medio para un fin cada vez más difuso y a autosometerse a los aparatejos e implementos varios que el mercado construye de manera cíclica, cada uno reemplazando al anterior y en suma subyugando a unos usuarios que pasan de supuestamente ver su vida mejorada por la ortopedia tecnológica de cotillón a mutar en siervos de los juguetitos y descuidar a las personas de carne y hueso que tienen adelante. Una película como La Muerte en Directo (La Mort en Direct, 1980), rodada mayormente en inglés por Bertrand Tavernier, pone patas para arriba esta concepción reduccionista y paupérrima de la ciencia ficción porque no sólo invisibiliza a los artefactos de la técnica sino que desnuda la peor faceta de los susodichos, por un lado subrayando esta esclavitud paradójica a la que nos referíamos, léase el aparato tomando posesión del amo/ consumidor en la praxis y no al revés, y por el otro lado denunciando hasta qué punto toda esta industria tecnológica funciona al servicio de los intereses más concentrados del capitalismo y en especial de aquellos que hacen de la vigilancia, el control y la nulidad de la vida privada sus verdaderos e irrenunciables fetiches. En esta pequeña maravilla del cineasta francés, clásica odisea fantástica europea donde las abstracciones y la deliciosa ambigüedad reemplazan a la espectacularidad para oligofrénicos del mainstream pomposo y hueco de los Estados Unidos, el mundo de los bípedos ha conseguido prácticamente erradicar las enfermedades pero no la pobreza, como lo atestiguan los enormes bolsones de menesterosos que acumulan las grandes ciudades, y aquellos que todavía se enferman resultan excepciones lo suficientemente “interesantes” como para transformarse en celebridades televisivas y despertar un frenesí mediático a su alrededor que mueve mucho dinero y locura, competencia caníbal patética de por medio.

 

Aquí la celebridad involuntaria es la hermosa Katherine Mortenhoe (Romy Schneider), una programadora de best sellers -determinada computadora llamada Harriet es la que escribe en sí- que vive con su aburrido esposo, Harry Graves (Vadim Glowna), mujer que un día es informada por su médico de cabecera, el Doctor Mason (William Russell), que le quedan a lo sumo dos meses de vida por una enfermedad incurable. El matasanos trabaja para el jerarca de una cadena televisiva llamada NTV, Vincent Ferriman (Harry Dean Stanton), quien pretende pagarle medio millón de dólares a la moribunda con el objetivo de filmar su agonía las 24 horas del día como contenido para su reality show, La Muerte en Directo (Death Watch), el cual se vende a todo el planeta y genera ganancias siderales. La fémina parece aceptar el trato después de rechazarlo en un principio por obsceno y degradante, no obstante luego se fuga con vistas a morir en paz sin el circo mediático y cerca del que fuera su primer marido, Gerald Mortenhoe (Max von Sydow), señor que vive muy alejado de la miseria y el desenfreno de las metrópolis de este futuro que se parece a nuestro presente, específicamente en una región bautizada El Final de la Tierra (Land’s End). Ferriman envía a un camarógrafo experto de NTV, Roddy (Harvey Keitel), el cual se sometió a una cirugía experimental que le permite filmar con sus ojos y transmitir las imágenes a la cadena, para hacerse su amigo y conseguir material jugoso que ellos después editan para cada capítulo del reality show, programa que se transforma en un éxito rotundo a pesar del engaño de fondo. Roddy, separado de su ex esposa Tracey (Thérèse Liotard), se arrepiente al ver el fruto de su accionar en un televisor y en un ataque de culpa se deja ciego a sí mismo sin saber que en realidad Katherine no se está muriendo sino que fue manipulada tanto por el matasanos como por Ferriman, quien luego del cese de la transmisión parte desesperado a solucionar el “problemilla” pero llega tarde porque en la casa de Gerald la mujer se entera de la estafa y decide suicidarse en protesta ingiriendo unas supuestas pastillas para el dolor que le dio su médico, en términos concretos las responsables de su malestar físico general.

 

El guión de Tavernier y David Rayfiel, basado en El Ojo que no Duerme (The Unsleeping Eye, 1973), novela de D.G. Compton, está potenciado por la fotografía seca documentalista de Pierre-William Glenn y se anticipa en dos décadas a la aparición y masificación de los siempre execrables reality shows y a películas que de un modo u otro ayudaron a pensarlos, estandarizarlos y/ o popularizarlos, desde la magistral The Truman Show (1998), de Peter Weir, hasta los bodrios Edtv (1999), de Ron Howard, 15 Minutos (15 Minutes, 2001), de John Herzfeld, y Showtime (2002), de Tom Dey, sin embargo el film en verdad le debe mucho a las denuncias de Poder que Mata (Network, 1976), de Sidney Lumet, en lo que atañe a poner al descubierto la falta de ética de las cadenas, la morbosidad de sus gerentes de contenido, la antropofagia promedio de la industria cultural, su connivencia con las elites económicas y políticas, la dialéctica de mentiras masivas que se mueve por detrás, la obsesión general para con lo macabro y el sufrimiento ajeno, la deshumanización de cada uno de los eslabones del mainstream y el valor del pequeño gesto individual y sincero en materia de oponerse a este reino del cinismo y el pragmatismo maquiavélico más burdo. Como afirmábamos antes, aquí el quiebre del patrón hollywoodense en la representación de la tecnología resulta crucial ya que enfatiza la naturalización de la sumisión de los sujetos ante la técnica y la hegemonía que la enmarca, pensemos en este caso en los calmantes que ella toma por prescripción del médico, pastillas que la llevan de a poco a la muerte en vez de ahorrarle el pesar, una movida que responde al golpe de efecto que necesita Ferriman para salvar a la “no moribunda” a último momento delante de las cámaras, lo que asimismo nos conduce a un Roddy completamente esclavizado por NTV ya que renunció a su vida privada para satisfacer las exigencias de espionaje non stop de la cadena televisiva, para colmo debiendo permanecer siempre con los ojos abiertos porque el más breve período de oscuridad lo dejaría ciego de lleno cual detalle somático que enfatiza el mandato laboral de renunciar al sueño tradicional y de tomar píldoras para dormir con los párpados bien arriba.

 

Si bien el tono narrativo es mayormente dramático meditabundo, aunque sin nunca perder de vista la típica perspectiva humanista del cine de Tavernier, La Muerte en Directo tiene bastante de la tensión de las faenas criminales por las que fuera muy conocido el realizador galo, como por ejemplo las excelentes El Relojero de Saint Paul (L’Horloger de Saint-Paul, 1974), El Juez y el Asesino (Le Juge et l’Assassin, 1976), Más allá de la Justicia (Coup de Torchon, 1981), L.627 (1992), La Carnada (L’Appât, 1995) y En el Centro de la Tormenta (In the Electric Mist, 2009), otro de sus trabajos rodados en inglés junto a las inferiores y mucho menos vistas por el público en general Cerca de la Medianoche (Round Midnight, 1986) y Nuestros Días Felices (Daddy Nostalgie, 1990). Para que semejante propuesta retórica de barricada funcione como es debido, hablamos de esta especie de internalización visceral de la vigilancia total en el cuerpo de Roddy a lo cámara humana y de los trastornos derivados del fariseísmo y las farsas de la manipulación incesante del poder contemporáneo en lo que respecta a la protagonista, era fundamental que el elenco esté a la altura de los retos que planteaba el relato y por ello resulta muy bienvenida la presencia de genios de la talla de Harvey Keitel, Harry Dean Stanton y Max von Sydow, no obstante hoy sobresale lo hecho por una Romy Schneider extraordinaria en uno de sus últimos papeles en la gran pantalla antes de caer en la depresión y el alcoholismo con motivo de la muerte accidental en 1981 de su hijo David de apenas 14 años, circunstancia que la condujo a su fallecimiento en 1982 en un episodio nunca del todo aclarado -porque no se efectuó autopsia alguna- pero que es muy probable que haya sido un suicidio vía la triste combinación de barbitúricos y alcohol, eco en diferido del destino de su Katherine, la cual también se inmola plena de sentido para denunciar las estratagemas impiadosas del rubro televisivo. Como tantas otras falacias de nuestro tiempo que se venden bajo el mote de la autenticidad o lo real, la nueva pornografía del óbito, el escándalo, el ultraje y el dolor constituye otra dimensión más de estas distopías actuales en las que la explotación del prójimo llega hasta el absurdo baladí…

 

La Muerte en Directo (La Mort en Direct, Francia/ República Federal de Alemania, 1980)

Dirección: Bertrand Tavernier. Guión: Bertrand Tavernier y David Rayfiel. Elenco: Romy Schneider, Harvey Keitel, Harry Dean Stanton, Thérèse Liotard, Max von Sydow, William Russell, Vadim Glowna, Caroline Langrishe, Eva Maria Meineke, Bernhard Wicki. Producción: Elie Kfouri. Duración: 130 minutos.

Puntaje: 8