Tiro al Pavo (Turkey Shoot)

La obediencia mediante el miedo social

Por Emiliano Fernández

Un problema muy serio del cine de género -y el séptimo arte en general- del Siglo XXI cuando pretende hacerse el gracioso o irónico es la facilidad con la que cae en el trazo grueso discursivo sobreexplicándolo todo porque le tiene pánico a la posibilidad de que el espectador actual, uno conservador y de muy pocas luces, no entienda el mensaje de fondo o quizás se aburra o se frustre cual niño, precisamente, porque no entiende el mensaje de fondo. En la orilla opuesta el cine de antaño, el de la década del 80 hacia atrás, consideraba al espectador un idiota al que había que ordenarle lo que tiene que consumir, típica filosofía de la cultura de masas -un producto para todos, que el mismo film busque su público- en contraposición al enfoque para maricones y corazones sangrantes de la industria actual, el de una cultura segmentada donde los autómatas del marketing y los algoritmos -herederos bobos de los productores tiránicos del pasado- planifican la propuesta para un hipotético y determinado público y tratan de no ofenderlo -o de hacerlo reflexionar, que es lo mismo- bajo ningún punto de vista. Tomemos por ejemplo una obra pretérita del acervo ultra trash, Tiro al Pavo (Turkey Shoot, 1982), delirio dirigido por el artesano Brian Trenchard-Smith y efectivamente responsabilidad del principal productor del ozploitation o cine de explotación australiano de la época, Antony I. Ginnane, un señor que trabajó con muchas luminarias del ámbito cinematográfico local como Richard Franklin, Colin Eggleston, Everett De Roche, Simon Wincer, Rod Hardy, David Hemmings, Michael Laughlin y Arch Nicholson, entre otros: el film satiriza a las sociedades de los países centrales desde una serie de truculencias y detalles bizarros que jamás se desbordan hacia la caricatura tontuela constante y para colmo en cámara rápida del mainstream y el indie del nuevo milenio, en cambio se toma su tiempo para desarrollar una premisa refritada hasta el hartazgo aunque sin sobrerespetar ni sermonear al espectador con chácharas soporíferas y optando por entregarle lo que quiere desde su visceralidad inconsciente, léase desnudos, acción y gore ampuloso e imaginativo.

 

Trenchard-Smith no se anduvo con vueltas a la hora de describir el producto como una mixtura del totalitarismo futurista lobotomizador y amante de la sumisión de 1984 (1949), la célebre novela de George Orwell, los tormentos y persecución de un sistema carcelario/ institucional brutal propios de Soy un Fugitivo (I Am a Fugitive from a Chain Gang, 1932), de Mervyn LeRoy, el gustito por los castigos espantosos y la rutina del miedo del centro de detención de El Campo en la Isla Sangrienta (The Camp on Blood Island, 1958), de Val Guest, y aquella “cacería humana” que patentó para siempre El Malvado Zaroff (The Most Dangerous Game, 1932), opus de Ernest B. Schoedsack e Irving Pichel a su vez basado en el relato de 1924 de Richard Connell. El sencillo guión de Jon George y Neill D. Hicks, equipo responsable de Arlequín (Harlequin, 1980), de Simon Wincer, El Terror Final (The Final Terror, 1983), de Andrew Davis, y la televisiva No Hables con Extraños (Don’t Talk to Strangers, 1994), de Robert Michael Lewis, gira alrededor del Campamento RA47, un presidio de una Australia neofascista por venir que se especializa en “la reeducación y la modificación de la conducta” de toda persona que critique al régimen represor o se aparte de sus patrones morales oscurantistas, en suma un campo de concentración consagrado a los “desviados” que no se pliegan al conformismo social y dirigido por Charles Thatcher (Michael Craig) y los sádicos guardias Ritter (Roger Ward) y Red (Gus Mercurio). Pronto llegan tres nuevos reos, Paul Anders (Steve Railsback), disidente político y locutor de una radio pirata, Rita Daniels (Lynda Stoner), una supuesta prostituta, y Chris Walters (Olivia Hussey), linda chica acusada falsamente de ser rebelde por intentar detener una cruel paliza por parte de los esbirros de la ley contra un muchacho cualquiera, y así entran en contacto con otros cautivos como Dodge (John Ley), anteojudo y lambiscón de Thatcher y Ritter, y Griffin (Bill Young), rebelde que ya se escapó de varios campos como Anders y que está en la mira del jerarca máximo, por cierto fanático de la tortura y las golpizas hasta la muerte.

 

Después de una primera mitad que coquetea sin culpa con las violaciones y todo el martirio físico y psicológico paradigmático del nazisploitation, panorama apuntalado en un Red que le quiere meter el pene en la boca a Paul y manosea a Chris en las duchas, en un Ritter que por orden de Thatcher usa de saco de boxeo a una reclusa, Melinda (Oriana Panozzo), y en un “juego” en el que se obliga a un prisionero fugado y recapturado a alcanzar unas esferas con gasolina para luego ser quemado vivo, Andy (John Godden), la realización se vuelca hacia la premisa fundamental de El Malvado Zaroff y sus múltiples rip-offs a través de la costumbre del director del Campamento RA47 de organizar una cacería para un grupito de amigos psicópatas, específicamente un secretario gubernamental gordinflón, Mallory (Noel Ferrier), una oligarca lesbiana que adora las armas tuneadas, Jennifer (Carmen Duncan), y un demente afeminado llamado Tito (Michael Petrovitch), quien además tiene de lacayo a un hombre lobo o cuasi troglodita que dice haber rescatado de un circo de fenómenos, el peludo y caníbal Alph (Steve Rackman, profesional de la lucha libre). Es en esta segunda parte cuando la película se termina de despegar de los clichés del exploitation en modalidad nazi y las propuestas de “mujeres en prisión” para abrazar los clichés de la cacería humana aunque elevados a la enésima potencia o empapados de mucho gore y brío, proeza por la que el film es recordado por los fans del ozploitation en términos de su enorme libertad a la hora de retratar a lo bestia la encarnizada lucha entre presas y cazadores en una coyuntura de una jungla insular delirante de alguna parte de Oceanía, en sí superando por mucho a los mejores desvaríos anteriores en el cine de acción de Trenchard-Smith, El Hombre de Hong Kong (The Man from Hong Kong, 1975) y Stunt Rock (1978), y anticipando interesantes obras futuras como la distópica Autocine sin Salida (Dead End Drive-In, 1986) y la gesta bélica El Asedio de la Base Gloria (The Siege of Firebase Gloria, 1988), trabajo “serio” en parte cercano al espíritu freak de Troma’s War (1988), de Lloyd Kaufman y Michael Herz.

 

Abrazando un esquema narrativo en el que Mallory persigue a Walters, la dupla de Tito y Alph a Dodge, Jennifer a Rita y finalmente Thatcher a Anders y a un Griffin condenado a muerte por pelearse con Dodge, el cual le robó un cuchillo, no cuesta nada reconocer que el encanto de la película, cuyo título refiere a la masacre de víctimas indefensas como esos pavos salvajes que ahuyentan los cazadores más vagos para a posteriori matarlos uno a uno cuando reconstituyen la bandada, radica en la colección de barbaridades y escenas violentas que ofrece, en sintonía con la paliza mortal a Melinda, la tortura sobre Anders vía una jaula estrecha con peso desde arriba, el destino de inmolación a lo bonzo de Andy, la divertida muerte de un Dodge al que Alph le come el dedito meñique del pie derecho y le rompe la columna sin miramientos, aquella trampa de Griffin que revienta a Red, el atropellamiento del rebelde a instancias de Thatcher y después de haber sido atravesado por las flechas de la ballesta de Jennifer, la genial muerte de ese Alph que es accidentalmente partido en dos por la pala mecánica impetuosa de su amo, las manos amputadas de Ritter gracias a un machete robado por Chris, aquel cadáver malogrado de la tetona Daniels después de que la lesbiana inmunda se entretuviese un largo rato, los memorables asesinatos de Mallory y Tito, el primero castrado de un tiro y quemado vivo entre cañas de azúcar cuando pretendía violar a Walters y el segundo de un raudo machetazo en el cráneo del locutor pirata, el igualmente maravilloso óbito de Jennifer, con su cabeza en llamas por una de sus flechas con pólvora, y desde ya el mítico final de Thatcher, otro que termina en pedacitos aunque ahora por la ametralladora de ese Paul que lidera la sublevación del campo en medio de un bombardeo aéreo. Los detalles Clase B de Trenchard-Smith, como unos cadáveres que se mueven, las muchísimas bazuca​s y las hilarantes piruetas de los soldados al fallecer, no desentonan con el gran trabajo del elenco, el dejo iconoclasta de la experiencia en su conjunto y su idea de sugerir que para los fascistas de mierda la obediencia sólo se obtiene con el miedo social…

 

Tiro al Pavo (Turkey Shoot, Australia/ Reino Unido, 1982)

Dirección: Brian Trenchard-Smith. Guión: Jon George y Neill D. Hicks. Elenco: Steve Rackman, Michael Petrovitch, Olivia Hussey, Steve Railsback, Michael Craig, Carmen Duncan, Noel Ferrier, Lynda Stoner, Roger Ward, Gus Mercurio. Producción: Antony I. Ginnane y William Fayman. Duración: 93 minutos.

Puntaje: 8