Too Old to Die Young

La parca se fractura

Por Emiliano Fernández

Muy en la tradición del regreso del 2017 de Twin Peaks, hoy Too Old to Die Young (2019) constituye un nuevo oasis dentro del panorama contemporáneo tanto a nivel televisivo como cinematográfico: típico ejemplo de una obra cien por ciento de autor que aparece en una coyuntura dominada por productos seriales mediocres en la gran pantalla y por sus homólogos bastante más interesantes -aunque sin jamás apartarse de los moldes mainstream de siempre- para la televisión vía streaming, más que una simple serie tradicional para Amazon Prime Video el opus del genial Nicolas Winding Refn funciona como una película de unas 13 horas aproximadamente, un trabajo hiper barroco a nivel visual y saturado de ideas brillantes que respetan la fase gótica lírica que abrió subrepticiamente Drive (2011) y terminó de explotar con toda su fuerza en ocasión de Only God Forgives (2013) y The Neon Demon (2016). Siguiendo los pasos de la ambición conceptual de sus referentes históricos intra industria, léase Stanley Kubrick, David Lynch, Alejandro Jodorowsky, Kenneth Anger, Michael Mann y Martin Scorsese, el director y guionista danés aquí edifica una historia magnífica e intricada centrada en distintos aspectos del mundo actual pero con su corazoncito puesto en la vertiente más inconformista de las comarcas del policial hardcore, la comedia negra, el melodrama ultra exacerbado, el cine de terror y hasta la fantasía esotérica de un insólito mesianismo apocalíptico; una mixtura que permanentemente está orientada a golpear al espectador desde un preciosismo estético/ sonoro que se amalgama con una furia anarquista que nunca pide perdón y siempre se muestra tendiente al retrato pausado de los acontecimientos, lo que por supuesto implica -desde el vamos- el hecho de sacarse de encima tanto al espectador subnormal y con déficit de atención de nuestros días, ese que ha sido criado por la velocidad bobalicona del Hollywood de la era de las remakes y las franquicias, como su hermano de la otra orilla, el palurdo de más años que se escuda en un clasicismo ya difunto para llorar la muerte de los héroes resplandecientes del pasado, aquellos que sólo conocían el lenguaje del maniqueísmo hipócrita de la derecha. Refn, en cambio, se regodea a lo largo de toda su creación en el costado más salvaje, pútrido y filoso de los bajos fondos metropolitanos y bucólicos porque a lo que apunta es a celebrar uno de los últimos bastiones de sinceridad ideológica que quedan en el capitalismo caníbal y desolador de la actualidad, el de la violencia erotizada y los impulsos irrefrenables de los márgenes sociales, y precisamente en pos de construir un lienzo acorde con semejante trasfondo paradójico en función de un placer malsano -ahí el que desea tomar, viola, el que desea infligir dolor, tortura, y el que desea imponer su voluntad, mata- se impone sin más a sí mismo un derrotero artístico marcado por un cuidado meticuloso de las bandas visual y musical, aunque a decir verdad sin grandes artificios cinematográficos de por medio a la hora de observar las barrabasadas de turno que se despliegan en el relato, apenas apelando al extraordinario profesionalismo de los directores de fotografía Darius Khondji y Diego García, el soundtrack de Cliff Martínez y una catarata de locaciones, ajuar y luces de neón que llevan al extremo el sustrato estrambótico freak al que nos referíamos con anterioridad.

 

En total hablamos de diez capítulos -“volúmenes” en la terminología de la obra- con una duración que varía entre la hora y la hora y media, con la única salvedad del episodio final, el décimo, de 30 minutos, todos asimismo con títulos que hacen alusión a determinadas cartas del tarot, a saber: El Diablo, El Enamorado, El Ermitaño, La Torre, El Loco, La Gran Sacerdotisa, El Mago, El Ahorcado, La Emperatriz y El Mundo. La acción comienza en Los Ángeles, California, centrándose en un par de oficiales de policía destinados a patrullar durante la noche, Martin Jones (Miles Teller) y Larry (Lance Gross), dos señores que se dedican a exigir sexo o dinero a conductores burgueses a los que amenazan con arrestarlos y que encima tienen un berretín paralelo vinculado a faenas varias -robos, sobre todo- para Damian (Babs Olusanmokun), un parco gangster afroamericano que controla el negocio de la venta de droga en ciertas zonas de la ciudad. De repente un tal Jesús (Augusto Aguilera) se aparece con su moto y fusila a Larry en medio de la calle, justo en el instante en que estaba hablando con su amante, Amanda (Callie Hernández), una cocainómana con la que se acostaba a espaldas de su esposa e hijas y a la que planeaba eventualmente matar porque estaba extorsionándolo con revelar el affaire a su “familia oficial”. Pronto se hace evidente lo que está ocurriendo ya que Jesús se vengó del hombre que asesinó a su madre, Magdalena (Carlotta Montanari), con la que el hijo mantenía encuentros sadomasoquistas, nada menos que la colíder de un cartel mexicano junto con su hermano mayor, Don Ricardo (Emiliano Díez), quien está agonizando en su rancho de México con un ano contranatura. Resulta que lo que debería haber sido un asalto limpio a cargo de Martin y Larry derivó en la muerte de Magdalena, jefa en territorio norteamericano del cartel, y como el trabajo era en nombre de Damian ahora este último le exige a Jones que se transforme en su sicario para compensar el peligro a raíz de la paranoia de los mexicanos y la posibilidad de que se enteren del involucramiento del negro, para colmo con el riesgo de que Martin haya sido el ejecutor real de la mujer. A pesar de que Martin en un primer momento se niega a matar a deudores varios de Damian, luego termina aceptando cuando lo amenaza con cargarse a su novia adolescente de 17 años, Janey (Nell Tiger Free), una nena rica cocainómana que a su vez tiene la desafortunada idea de contarle sobre la relación a su papi, Theo (William Baldwin), cabeza de un fondo especulativo internacional multimillonario, lo que genera que el hombre le declare una guerra camuflada a Jones. Mientras tanto Jesús se esconde en la hacienda de un Don Ricardo que tiene de amante a una joven hechicera que encontró desnuda en el desierto, Yaritza (Cristina Rodlo), y que en esencia desprecia a su único vástago, Miguel (Roberto Aguirre), el cual a posteriori del fallecimiento de su padre hereda el poderoso conglomerado de la droga, destruye la tregua que tenía su progenitor con la policía matando al Capitán Cortez (Sal López) y finalmente adopta al propio Jesús como su “hermano” y lo hace casarse con Yaritza para que ambos regresen a la casa de Magdalena en Los Ángeles, principalmente porque le tiene miedo a la fémina, a quien -según los comentarios del círculo íntimo de Don Ricardo- la sigue la muerte dondequiera que vaya.

 

El guión de Refn y Ed Brubaker, con aportes de Halley Wegryn Gross en dos capítulos, combina de manera perfecta las diferentes subtramas y a contrapelo de tantas epopeyas en mosaico similares no abusa de la constante introducción de nuevos personajes, optando en cambio por centrarse en los ya citados y por deslizar un sutil acento sobre lo más cercano que aquí encontraremos a un protagonista hecho y derecho, Jones, quien se divide entre su relación con Janey, sus “trabajitos” cada vez más regulares para Damian, su ascenso al rol de Detective dentro de una sección de Homicidios comandada por un estrafalario Teniente (Hart Bochner), y una a priori inusual dupla que establece con Viggo (John Hawkes), un otrora agente del FBI que vive con su madre, se somete a diálisis, recibió un balazo en la cabeza que lo llevó a perder su ojo izquierdo, y se dedica a matar a pedófilos y violadores a instancias de la que parece ser su pareja de otros tiempos, Diana (Jena Malone), empleada de la Fiscalía del Condado de Los Ángeles, en la Defensoría de Víctimas/ División Delitos Violentos. Martin llega a Viggo a través de la investigación de uno de los asesinatos del segundo, el cual sale mal y por ello el susodicho deja su huella en un auto con el cadáver de un delincuente sexual en el baúl, y así Jones se termina identificando con su contraparte ya que los dos llevan adelante una cruzada mortífera pero con la diferencia de que la de Viggo responde a la justicia por mano propia y la de Martin a los caprichos de Damian; en función de lo cual el policía le exige a su jefe informal un verdadero “pez gordo” a quien matar, quien resulta ser dos, un par de hermanos que filman porno de violaciones -reales, por supuesto- en un depósito de Albuquerque, Nuevo México, Stevie (James Urbaniak) y Rob Crockett (Brad Hunt). El desarrollo retórico sigue en paralelo la frialdad quirúrgica cercana a la psicopatía implacable y compulsiva de los dos sicarios (ambos comienzan a cargarse en conjunto a pederastas y allegados, como si se tratase de colegas que comparten la necesidad de desahogar su naturaleza vehemente con aquellos que lo merecen en serio), la relación a los tumbos de Martin y Janey (la chica se lleva bien con el chiflado de su padre -repleto de tics bizarros y siempre bordeando el incesto- pero no puede superar el suicidio de su madre, una cuarentona que se arrojó delante de un coche), la consolidación de Jesús como sucesor de Magdalena (el hombre se impone ante el socio en suelo estadounidense de su madre, ese Alfonso interpretado por Manuel Uriza que rápidamente recula en su altivez y baja la cabeza), el vínculo sexual que une a Jesús con una Yaritza con su propia agenda (la mujer adopta el lugar de Magdalena en el sexo vejatorio al que está acostumbrado su marido y se termina de posicionar como una suerte de vengadora femenina disimulada que rescata a mujeres esclavizadas por el cartel -muy en la línea de Ciudad Juárez- en su faceta de “emprendimiento” vinculado a la trata de blancas, ganándose el apodo de La Sacerdotisa de la Muerte), y finalmente el mismo devenir místico de Diana como intermediaria entre los verdugos y los familiares de las víctimas de abuso, violencia doméstica, agresión sexual y/ o violaciones (de hecho, el personaje de Malone también es una especie de hechicera/ profeta porque apuesta a rituales que mezclan el hinduismo, el catolicismo y el budismo).

 

Todos los recursos que eran moneda corriente en el arte de antaño, tanto en los reductos de la intelligentsia arthouse como en los enclaves industriales más osados, y que el mainstream y el indie contemporáneos han decidido obviar casi por completo para contentar a un público mayormente reaccionario y pusilánime que ellos mismos segmentaron a más no poder, Refn aquí efectivamente los utiliza y de la mejor manera posible, exacerbando desde una contradictoria y enrevesada sutileza su quid rebelde desestabilizador para con las certezas y zonas de confort del espectador de nuestros días: el nivel de gore es muy elevado gracias a gloriosas carnicerías furtivas que no excusan a ningún grupo sexual, etario o racial, el humor negro está constantemente presente vía la magistral ridiculización de los representantes institucionales y de las capas privilegiadas parasitarias de la comunidad, el coito aparece cubierto de una pátina morbosa muy sexy que juguetea con parafilias varias y con una violencia intrínseca a los sujetos, el nerviosismo no viene de la mano de escenas de acción vertiginosas de manual para lelos sino de secuencias de suspenso administradas con cuentagotas y sin ninguna premura de por medio, el fluir narrativo por su parte está repleto de momentos descriptivos apaciguados y prostibularios que permiten apreciar con lujo de detalles la extraordinaria puesta en escena, los chispazos de misticismo suman una capa de enigma lunático que resulta bellamente desconcertante en determinados puntos del relato, y la introducción de mini videoclips al paso de artistas como Goldfrapp, The Leather Nun y Frankie Miller, entre otros, refuerza el trasfondo hipnótico de toda la serie/ película y su apego a los engranajes más bestiales del film noir y el cine contracultural de épocas tan agitadas como la presente. En este sentido, la música de Martínez, a mitad de camino entre el ambient más ominoso de Brian Eno, los pasajes efervescentes de Ennio Morricone y la electrónica psicodélica de Tangerine Dream, constituye una pieza fundamental debido a que una y otra vez pone en perspectiva el poderío de las imágenes de Refn, esas que -como decíamos en líneas previas- responden a un armazón relativamente sencillo y minimalista sustentado en luces fluorescentes, en tanto indicios de una nocturnidad que invita al pecado, y en mobiliario y locaciones concretas que subrayan los espacios abiertos incluso dentro de las enormes metrópolis de hoy en día, sin duda señalando que siempre existe la posibilidad de perderse/ ocultarse/ reinventarse en urbes que nos dejan todo servido para ampararnos en múltiples personalidades y dar rienda suelta a nuestros instintos más básicos y menos cercanos a la corrección política patética de las aburridas “sociedades virtuales” del globo. Too Old to Die Young adquiere la forma de una carta de amor a la parte maldita del ser humano y a su disposición caótica, una potencialidad que abre las puertas a la destrucción seguida de creación seguida de una nueva oleada aniquiladora, mixtura que desarticula la apariencia de paz y coloca patas para arriba las previsibilidades que desde los centros más concentrados de poder se pretenden imponer -para su propio beneficio, desde ya- al resto de la sociedad, más aún cuando lo macabro asoma su cabeza y espanta/ convierte en tontitos histéricos al grueso de los mortales y al fariseísmo que esquiva la vista ante la inequidad.

 

Una profusión sin igual de elementos se va sucediendo. Fusilamientos de todos los colores, extorsiones/ chantajes, estupro “consentido”, idiotez humana de pura cepa, un partido de fútbol entre narcos y policías, disputas familiares, sesiones espiritistas, sexo ritualizado, bendiciones/ consagraciones con kilos de cocaína, venganzas varias, justicia ascética de los suburbios, tristeza y alegría arrastradas a través del tiempo, éxtasis espiritual supraterreno, terapia postraumática para diletantes del gatillo fácil, teorías conspiratorias de extrema derecha, ese Teniente del hilarante Bochner que les hace ponderar el fascismo a los gritos a sus subordinados y gusta de imitar el tonito afectado de las mujeres al hablar, fantasías incestuosas, violaciones homosexuales en grupo, esperpentos cristianos, militaristas y filonazis, trampas disfrazadas de seducción, simpáticos entierros de mujeres vivas previo maquillaje símil maniquí, yakuzas usureros, el arte de subcontratar y subcontratar a pobres diablos para trabajos sucios, mucho fanatismo por el ska a cargo de Damian, oligarcas operadas y metiches, un Complejo de Edipo jamás resuelto, denigraciones muy vistosas y eficaces, una femme fatale latina -la exquisita Yaritza- que refuerza el raro combo inglés/ castellano de la propuesta en cuanto a lenguas involucradas, burguesitas promiscuas, bobas y malcriadas, sexo con heridas abiertas que empapan todo con sangre, un par de manos cercenadas, una pasión cristiana con un escobillón en vez de cruz, torturas que duran días, cunnilingus, algo de masturbación masculina asistida, una linda introducción del mango de un látigo en un ano cual celebración de la sodomía alternativa, una muerte a machetazos, visiones de una debacle colosal entre llamas y misteriosos seres grisáceos, travestismo con vocación y esmero, una masacre surrealista de toda una comunidad de pederastas en casas rodantes, un amor platónico de larga data, y finalmente una contraposición de dos fuerzas que no pueden ser reducidas ni a la bondad ni a la maldad porque ambas se condicen con esta multidimensionalidad que enmarca al opus en su conjunto. Refn logra un desempeño maravilloso y muy parejo de parte del elenco, destacándose lo hecho por Teller, Rodlo, Hawkes, Olusanmokun y Malone, y hasta se sirve del sardónico título, “Demasiado Viejo para Morir Joven”, para reforzar la idea de que estamos ante protagonistas complejos -sin importar su edad o género- de una historia coral craneada para el público adulto pensante que sigue en pie, enfatizando además que la policía común es sinónimo de corrupción, la de “elite” de payasos reaccionarios, el jet set y la alta burguesía de cocainómanos soberbios y descerebrados que se meten droga por cada orificio corporal, y el pueblo de una manga de ignorantes controlados por los seudo gurúes del mitómano marketing mediático fatalista. El danés se hace un festín denunciando la plutocracia social, las estructuras institucionales absurdas e inoperantes, la oligarquía demencial en el poder y la colección de lambiscones asalariados que la defiende, poniendo también de manifiesto el sustrato avasallante y pueril de la misma voluntad humana y su destreza para fracturarse en pequeñas partes/ facetas existenciales que asimismo constituyen una diminuta muerte que pasa a reafirmar la vida que deja atrás y el carácter inevitable de la parca que nos pisa los talones en el día a día…

 

Too Old to Die Young (Estados Unidos, 2019)

Dirección: Nicolas Winding Refn. Guión: Nicolas Winding Refn, Ed Brubaker y Halley Wegryn Gross. Elenco: Miles Teller, John Hawkes, Babs Olusanmokun, Augusto Aguilera, Cristina Rodlo, Jena Malone, Nell Tiger Free, William Baldwin, Hart Bochner, Manuel Uriza. Producción: Alexander H. Gayner, Rachel Dik y Lene Børglum. Duración: 780 minutos.

Puntaje: 10