Dormir con Rabia (To Sleep with Anger)

La perfidia purgante

Por Emiliano Fernández

Dormir con Rabia (To Sleep with Anger, 1990) es sin duda una de esas obras maestras perdidas -sólo conocidas por un puñado de cinéfilos dedicados- del cine estadounidense, una película que está enmarcada dentro de lo que puede definirse como el cine de izquierda afroamericano pero que no tiene nada que ver ni con ese blaxploitation que comenzó con Sweet Sweetback’s Baadasssss Song (1971), ni con aquella avanzada social y políticamente comprometida de Spike Lee y el primer John Singleton, ni mucho menos con los films contemporáneos de directores negros del ámbito mainstream anglosajón, la mayoría de ellos unos bodrios que no se distinguen en nada con respecto a cualquier otro producto del Hollywood descerebrado actual de las franquicias (sólo Steve McQueen y Jordan Peele son realizadores interesantes en este sentido, capaces de incorporar detalles característicos de la pluralidad de culturas en cuestión). De hecho, el director y guionistas de la faena, Charles Burnett, entiende como muy pocos colegas que el devenir de los afroamericanos no es monolítico y lleno de latiguillos formales sino que abarca un conglomerado de experiencias en muchas oportunidades opuestas, y así lo retrata en el opus que nos ocupa ya que a partir de una excusa narrativa muy sencilla, apenas la visita de un amigo familiar al que no se veía desde hace 30 años, el señor despliega un cúmulo de situaciones y procesos que pintan con lujo de detalles las concepciones en choque y la variedad tragicómica de los valores de cada individuo, los cuales -al igual que como ocurre con lo que podríamos denominar la cultura blanca- distan muchísimo de estar enmarcados en la coherencia y/ o la estabilidad.

 

El núcleo central del relato es una familia de afroamericanos de clase media de aquel inicio de la década del 90 cuyos orígenes están en el sur campestre, tosco y esclavista, un sustrato psicológico de base que se extendió hasta donde viven ahora, Los Ángeles: los jerarcas son los avejentados Gideon (Paul Butler), un jubilado, y Suzie (Mary Alice), una partera, y tienen dos vástagos, el mayor Julian alias “Junior” (Carl Lumbly), quien está casado con la embarazada Pat (Vonetta McGee) y cuenta con una hija adolescente llamada Rhonda (Reina King), y el menor Samuel alias “Babe Brother” (Richard Brooks), el cual contrajo matrimonio con Linda (Sheryl Lee Ralph) y así tuvo a un pequeño muchacho, Sunny (DeVaughn Nixon). De movida las cosas dentro de la parentela no están para nada bien porque la pareja compuesta por Babe Brother, un vendedor bancario, y Linda, una agente de bienes raíces, se la pasa dejándole el nene a los padres de él para que lo cuiden y después lo vienen a buscar a cualquier hora de la noche; a lo que se suma que tanto Gideon como Junior viven acusando al hijo menor de ser un vago y un irresponsable en lo que respecta a la crianza del purrete y al mismo hecho de ayudar en el mantenimiento de la casa de sus padres, amén de cuestionamientos varios cortesía de Linda y el constante manto de piedad que Suzie intenta poner sobre el asunto, lo que por cierto enerva aún más a Gideon y Junior. Todo cambia con el inesperado arribo de Harry (definitivamente la mejor actuación de Danny Glover de toda su carrera), un otrora amigo de la infancia y adolescencia de la dupla de ancianos que dice estar de paso en un viaje en micro desde Detroit hacia Oakland.

 

Como la presencia del hombre desarma la rutina del clan, de inmediato Gideon lo invita a quedarse el tiempo que desee en plan de descansar cual parada en su misterioso periplo. Harry pronto demuestra que no es un visitante tradicional y que bajo su apariencia campechana y respetuosa se esconde un gran cínico que empieza a extender su influencia entre todos los miembros de la familia, destruyendo lazos de por sí en crisis: a Junior y Pat, quienes suelen colaborar en un albergue que le da de comer a cientos de pobres, les dice sutilmente que la gente como ellos se siente atraída por el dolor y el sufrimiento y que lo que hacen no sirve para nada ya que no salvan a nadie, debiendo en todo caso ayudar en serio a una persona en vez de desparramar centavos entre todos; a Suzie y Gideon les revuelve continuamente toda la casa, en cierta medida provoca una repentina enfermedad en el hombre luego de una larga caminata por vías férreas que les traen recuerdos, y hasta desencadena que se marchite el huerto de ella por falta de atención y facilita que un viejo pretendiente de la mujer, Okra Tate (Davis Roberts), tenga esperanzas de conquistarla en caso del posible fallecimiento del esposo; y finalmente se transforma en una figura paterna deliciosamente disoluta para Babe Brother, en contraste para con la rusticidad y la impronta reaccionaria de su progenitor real, logrando que el muchacho termine de colapsar ante los reproches continuos de su familia y así de tanto pasar tiempo con Harry y sus “amigotes” de tiempos pasados -los cuales encima se comen todas las gallinas que crían Suzie y su marido- pone en riesgo su matrimonio, incluido un porrazo accidental en la cara de Linda.

 

Burnett construye a Harry como un ángel consciente de la destrucción que disfruta de sus andanzas y se regodea en su sadismo apenas disimulado, una persona que trae a colación esa vieja paradoja del ser humano en la que sólo los verdaderos malvados son libres en un contexto social sofocante y lleno de vanaglorias y presiones entrecruzadas, detalles que al visitante le importan nada de nada debido a que entró en el círculo familiar para “tomar” todo lo que pueda -no posesiones triviales sino la energía, el tiempo, el alimento y el mismo lugar donde duerme- y marcharse cuando ya no sea bienvenido. En este sentido Harry funciona como un representante de una perfidia purgante, una traición que viene disfrazada de amistad y termina socavando los cimientos de la parentela de manera progresiva hasta que finalmente se desata la debacle tormentosa vía autovictimizaciones superpuestas y emerge una nueva estructura vincular entre todos los protagonistas de esta epopeya prosaica y coral. Hattie (Ethel Ayler), una antigua pareja del personaje de Glover que supo ser muy promiscua en sus años mozos y después encontró a Jesús con vistas a redimirse de lo que hoy considera un pasado vergonzoso, constituye el contrapunto de Harry, una señora que aparentemente supo compartir la existencia criminal y prostibularia del susodicho para a posteriori entregarse a la culpa y el remordimiento, circunstancia que excita a su novio de antaño porque no deja de acosarla e invitarla -para el espanto de la fémina- a que vuelva a abrazar el sexo y los simpáticos vicios, ganándose de paso una enemiga porque la misma presencia del visitante le recuerda todo lo que desea olvidar en este presente de expiación.

 

La película juega de manera magistral con las pugnas simbólicas dentro del clan, basta con pensar en las batallas cíclicas entre por un lado una vejez obsesionada con conservar las supersticiones, las labores rurales y una marcada crudeza al momento de criar a los hijos y por el otro una juventud casi siempre frustrada a la que le cuesta horrores conseguir -y mantener- un trabajo digno que permita una vida más o menos potable para su familia. Dicotomías como fe/ ateísmo, modernidad/ tradición, quietud/ metamorfosis, cristianismo/ paganismo, locura/ cordura, manipulación/ solidaridad y altruismo/ codicia se van colando en el desarrollo retórico a medida que Harry hace de las suyas y todos se muestran cómplices de una forma u otra en su propio tormento, a veces hasta celebrándolo con la algarabía -o esa “rabia” del título- de quien no entiende del todo lo que está ocurriendo. Enmascarando a su trabajo en la comedia dramática o el drama con toques de comedia negra, Burnett recupera en parte la aspereza de su otra obra maestra, su ópera prima Killer of Sheep (1978), y sigue presentándonos sujetos con problemas reales y no esos clichés patéticos a los que recurren tantos otros cineastas afroamericanos, una decisión que rinde sus frutos ya que desarticula las previsibilidades detrás de una burguesía de servicios que tiene mucho de proletariado y campesinado en su fluir cotidiano y que hoy no se da cuenta de que está alojando a un homicida errante que no abandona su navaja ni por un segundo. La reconstrucción identitaria de la parentela en su conjunto durante el desenlace subraya primero cuánto de psicopatía tiene el amor entre los seres humanos y segundo la curiosa necesidad de una crisis en serio para que los vínculos se fortalezcan de golpe y hombres y mujeres terminen de aceptarse los unos a los otros -a pesar de las diferencias y las neurosis- o de pegar el necesario salto hacia la adultez definitiva, esa que en esencia significa asumir la propia responsabilidad en el atolladero de turno y que no se puede cambiar el entorno a puro capricho para que calce en lo que se quiere o pretende a nivel íntimo/ individual. La metáfora que domina el film, más allá del accionar disruptivo de Harry y sus implicancias en torno a la naturaleza misma de la maldad y su cadencia libertaria inconformista, pasa por un nene de una casa vecina que molesta a todo el barrio vía sus ensordecedores ensayos con una trompeta, lo que provoca que el personaje de Glover se defina a sí mismo -ante una Suzie que le pregunta si es amigo del clan- en términos de ese muchacho: hablamos no de un cofrade propiamente dicho porque si lo fuera no atormentaría a toda la manzana, sino de un ejecutante que está practicando para ser el mejor en lo suyo como efectivamente ocurre en la última toma del film, cuando el joven por fin le saca una melodía al instrumento y el sufrimiento previo de todos a su alrededor se resignifica. Como si se tratase de una versión invertida y para adultos de Mary Poppins (1964), aquí el extraño en el hogar más que una máquina del sermón vetusto y uniformizador, es una influencia por momentos nefasta y por momentos enriquecedora que pone de manifiesto lo reprimido y exacerba las tensiones hasta el punto de ebullición, instante catártico que antecede a una flamante paz familiar…

 

Dormir con Rabia (To Sleep with Anger, Estados Unidos, 1990)

Dirección y Guión: Charles Burnett. Elenco: Danny Glover, Paul Butler, Mary Alice, Richard Brooks, Carl Lumbly, Sheryl Lee Ralph, Vonetta McGee, Ethel Ayler, Davis Roberts, DeVaughn Nixon. Producción: Darin Scott, Caldecot Chubb y Thomas S. Byrnes. Duración: 102 minutos.

Puntaje: 10