Jackson County Jail

La pesadilla burguesa

Por Emiliano Fernández

Existen películas que si bien fueron encaradas obedeciendo a criterios artísticos/ formales/ comerciales bien específicos que se corresponden a una época o a un estado concreto de la industria cinematográfica, de hecho superan todos esos determinismos y se abren camino gracias a una idiosincrasia propia que apenas si toma a las referencias en cuestión como pivotes sobre los cuales construir otra cosa más compleja. Jackson County Jail (1976) es un típico exponente de estas rarezas que consiguen ir mucho más allá de los confines a los que aparentemente estaban destinadas a priori, basta con pensar que la película que nos ocupa cuenta con elementos del exploitation de violación y venganza aunque al mismo tiempo se ubica muy lejos de aventuras trash hiper infladas como por ejemplo The Last House on the Left (1972) o I Spit on Your Grave (1978), pudiendo ser calificada como “leve” en comparación con aquellas y al mismo tiempo como “muy heavy” si la pensamos teniendo presente lo que podría ser una road movie de vocación existencialista en la tradición de Bonnie and Clyde (1967) o Days of Heaven (1978), por nombrar sólo a dos realizaciones que volcaron todas sus energías a retratar el periplo de una pareja de fugitivos a lo largo y ancho de la “Norteamérica profunda”, ese inmenso terreno de contradicciones donde estallan todas las previsibilidades citadinas -sin duda una máscara poliforme de la violencia anónima- con vistas a poner de manifiesto las diversas caras del horror a lo desconocido.

 

El planteo de base es minúsculo y nos ofrece el derrotero de una pequeña burguesa del enclave profesional, Dinah Hunter (la bellísima Yvette Mimieux), en esencia una ejecutiva publicitaria que reside en Los Ángeles y renuncia a su trabajo luego de una discusión con un cliente sobre una publicidad televisiva de toallas sanitarias femeninas. Cuando la mujer llega al hogar que comparte con su novio David (Howard Hesseman), grande es su sorpresa al verlo con una señorita suelta de ropa y jugueteando en la piscina, Candy (Marciee Drake). Cansada de las infidelidades y la banalidad californiana y decidida a recuperar su independencia abandonando la casa de su pareja, Hunter le pide por teléfono a una amiga y ex jefa, Allison (Nan Martin), su antiguo puesto como publicista en Nueva York. Dinah, en vez de tomarse un avión, prefiere hacer algo de turismo recorriendo con su auto todo el país hasta la Costa Este de Estados Unidos, un viaje que prometía interesante pero comienza accidentado debido -primero- a una camarera de un restaurant (Betty Thomas) que pretende birlarle algo de cambio a la hora de pagar en la caja y -segundo, y mucho más grave- a una joven parejita de autoestopistas, Bobby Ray (Robert Carradine) y su novia embarazada Lola (Nancy Lee Noble), que le roba el vehículo, la cartera y todo lo demás. A partir de este punto comienza la verdadera pesadilla de Hunter porque queda varada en el Condado de Jackson del título, donde definitivamente el deporte más popular/ eximio es la violación.

 

Dejada desamparada al costado del camino y en medio de la noche, la protagonista de inmediato debe hacer frente a un primer intento de acoso de parte de un barman, Dan Oldum (Britt Leach), que se abalanza cuando le pide usar el teléfono para solicitar ayuda, situación de la que es “rescatada” por un policía, Burt (John Lawlor), que la arresta cuando el cantinero afirma que la mujer lo atacó. Como no tiene documento de identidad por el asalto y los oficiales no pueden comunicarse con nadie en Los Ángeles y Nueva York, Dinah queda prisionera en la cárcel de la estación de policía local, justo al lado de una celda en la que se encuentra Coley Blake (un jovencísimo Tommy Lee Jones), un criminal de larga data que será extraditado a Texas por homicidio y que ella vio al costado de la ruta horas antes al ser capturado por los uniformados a raíz de un accidente automovilístico. Cuando el Sheriff Dempsey (Severn Darden) abandona el precinto y entra el encargado nocturno, Hobie (Fredric Cook), las cosas se vuelven a complicar para la mujer ya que el señor no tiene mejor idea que violarla salvajemente, luego de lo cual Hunter lo mata golpeándolo con un banquito de madera. Pronto Blake se hace de las llaves de las puertas y ambos comienzan un escape que de por sí también arranca trágico porque al conducir en la camioneta del finado se topan con Dempsey, el cual minutos después termina muerto al chocar con otro auto con una dupla de borrachines al volante (Ira Miller y Jackie Robin).

 

La despampanante película fue dirigida por Michael Miller, un cineasta que encararía por aquella época una simpática aunque muy inferior trilogía clase B, compuesta por Street Girls (1975), Silent Rage (1982) y Class Reunion (1982), antes de dedicarse a una catarata de films para TV, y escrita por nada menos que Donald E. Stewart, el ilustre responsable de los guiones de Missing (1982), The Hunt for Red October (1990), Patriot Games (1992) y Clear and Present Danger (1994). El tono narrativo es notoriamente naturalista y a pesar de la serie de infortunios que atraviesa la adalid, lo cierto es que jamás hallamos las clásicas hipérboles del exploitation más desaforado ni tampoco los momentos meditabundos o las impostaciones del drama testimonial, sin duda porque tanto Miller como Stewart desean mantener el verosímil mundano intacto con el objetivo de hacer más visceral y dolorosa la cruzada bucólica de Hunter a través de la corrupción, las traiciones, los abusos y la locura del inefable “norteamericano promedio”. En este sentido, el realismo sucio pero nada exagerado del fluir retórico se ve complementado por la exquisita presencia de Mimieux, una mujer con un enorme talento actoral que aporta toda la fuerza que su personaje necesita para seguir avanzando bajo la utopía de poder recuperar su vida anterior, esa que el Blake del genial Tommy Lee Jones se encarga de destruir cuando le recuerda que ya mataron a dos policías y que en el campo endogámico e inflexible nadie le garantizará un juicio justo.

 

Muy por encima de lo que suele ser la media de las obras producidas por el querido Roger Corman, Jackson County Jail conserva sus pies sobre la tierra durante todo su desarrollo y subraya la brutalidad que puede esconder el carácter azaroso del día a día, dejando entrever la precariedad de la condición de fugitivo, la pérdida absoluta de legitimidad por parte del entramado estatal que se autoimpone como la “autoridad”, el delirio hedonista propio de los que gozan de un ápice de poder y finalmente las minucias paradójicas de las metamorfosis definitivas, sin que importe si son voluntarias o no como en el caso de Hunter (en un inicio ella pretende un cambio sutil de ámbito que se asemejaría a una vuelta a sus orígenes neoyorquinos, no obstante el destino le impone el chiste irónico de mutar en serio y hacia una región que jamás hubiese considerado, ese sustrato de paria en fuga que Coley abraza con sinceridad, a sabiendas de la hipocresía de la enorme mayoría de la humanidad volcada a distintos grados de vileza y maquiavelismo). El film incluso juega con el recurso del doppelgänger vía esa chica que Dinah encuentra en el restaurant del principio (interpretada por Marcie Barkin), con quien la protagonista se pone a charlar de manera casual y así descubrimos que bien podría representar -por su alegría y esperanza, en oposición a tanta frustración- a la misma Hunter pero años atrás, sobre todo considerando que la muchacha recorre el trayecto Nueva York/ Los Ángeles, invirtiendo los polos espaciales del relato.

 

Desde la reunión con los colegas de Blake en el granero, entre los que está la gloriosa Mary Woronov, una figura infaltable del cine indie contracultural del período, pasando por los maravillosos intercambios verbales entre el dúo de prófugos cuando llegan a una casa inhóspita y supuestamente vacía, y llegando a la extraordinaria secuencia del desenlace, esa que incluye una huida/ persecución a pie con cámara en mano que fue improvisada durante el rodaje y unos segundos finales que sintetizan todo lo que estaba bien en aquel nihilismo tan pero tan sensato de la década del 70, el opus del equipo Miller/ Stewart/ Corman se mueve en simultáneo como una odisea coherente y adictiva de crueldad trivial y como una alegoría impiadosa de cómo funciona la mentalidad caníbal del imbécil con uniforme y sus socios de turno (aquel barman acosador -sin ir más lejos- era un amigote del policía que arresta a Dinah en primer término, lo que por supuesto implica intercambios de “favores”). Conceptos macro como cosificación, prepotencia crónica, impunidad, violencia enquistada, delirios vernáculos de poder y estupidez lisa y llana se van colando en la obra y alcanzan su punto de ebullición cuando en el acto final cristalizan la solidaridad y el apego en la pareja de marginados y generan como respuesta un insólito tiroteo con motivo de un desfile -con los oficiales reventando a músicos y demás- y el asesinato del personaje de Jones, el cual cae sobre una bandera estadounidense ante los ojos deshechos y/ o perplejos de Hunter…

 

Jackson County Jail (Estados Unidos, 1976)

Dirección: Michael Miller. Guión: Donald E. Stewart. Elenco: Yvette Mimieux, Tommy Lee Jones, Nan Martin, Betty Thomas, Marcie Barkin, Robert Carradine, Britt Leach, Severn Darden, Fredric Cook, Mary Woronov. Producción: Roger Corman, Paul Gonsky y Jeff Begun. Duración: 84 minutos.

Puntaje: 8