Aguas Profundas (Deep Water)

La promiscuidad de mi esposa

Por Emiliano Fernández

Luego de dos largas décadas de silencio que se contabilizan desde Infidelidad (Unfaithful, 2002), aquella correcta remake con Richard Gere, Diane Lane y Olivier Martínez de La Mujer Infiel (La Femme Infidèle, 1969), uno de los clásicos de su ídolo de siempre Claude Chabrol, Adrian Lyne hoy vuelve al ruedo con nada menos que una adaptación de una novela de la enorme Patricia Highsmith centrada en los paradigmáticos conflictos de pareja y una suerte de guerra de guerrillas de alcance doméstico y apocalíptico intimista, Mar de Fondo (Deep Water, 1957), la cual ya había sido trasladada primero al cine en Francia vía Aguas Profundas (Eaux Profondes, 1981), de Michel Deville, y a posteriori a la televisión de la mano de la miniserie alemana Aguas Profundas (Tiefe Wasser, 1983), de Franz Peter Wirth. En lo que respecta a sus dos evidentes hermanas a nivel temático, la propuesta que nos ocupa supera a la citada Infidelidad pero desde ya cae unos escalones por debajo de Atracción Fatal (Fatal Attraction, 1987), sin duda alguna la obra maestra del realizador británico obsesionado con los matrimonios en crisis y el erotismo que deriva en algún tipo de compulsión, delirio romántico o fetichismo a la larga algo malsano, pensemos para el caso en otros convites que también coquetearon abiertamente con el tópico en cuestión como por ejemplo las bien bobaliconas Nueve Semanas y Media (Nine 1/2 Weeks, 1986) y Propuesta Indecente (Indecent Proposal, 1993), exponentes hiper comerciales de la libido pomposa de las décadas del 80 y 90, y la mucho más interesante Lolita (1997), por un lado una remake del legendario opus homónimo de 1962 de Stanley Kubrick y por el otro lado una nueva adaptación de la novela homónima de 1955 del genial Vladimir Nabokov, todo un clásico de la literatura sobre la pedofilia y toda esta manipulación sentimental cruzada.

 

Como decíamos antes, sin llegar a lo mejor de la carrera de Lyne, un profesional de peso y preciosista experto que empezó a trabajar en el campo de la publicidad televisiva al igual que otros colegas de su misma generación como Hugh Hudson, Alan Parker y los hermanos Tony y Ridley Scott, pero superando por mucho aquello que el ámbito cinematográfico contemporáneo tiene para ofrecer en lo referido a productos sensuales, inteligentes, ricos y fundamentalmente dirigidos sólo al público adulto, rubro que en gran medida está casi extinto en tiempos de infantilismo escapista lavacerebros para retrasados mentales, Aguas Profundas (Deep Water, 2022) nos ofrece la historia de Vic (Ben Affleck) y Melinda (Ana de Armas), un matrimonio siempre al borde de la separación porque se sostiene apenas en un pacto tácito mediante el cual se evita el divorcio y se mantiene unida a la familia, una que incluye a una hija pequeña llamada Trixie (Grace Jenkins), a condición de que el varón tolere los affaires de su esposa con otros hombres mientras ambos conviven bajo el mismo techo aunque en partes separadas de la casa. Vic, sujeto extraño que cría caracoles y que se enriqueció y dejó de trabajar luego de crear un chip para drones militares del gobierno, se va cargando uno a uno a los amantes de su esposa: primero afirma que mató a un tal Martin McRae, un “amigo” de Melinda, ante el bobo de Joel Dash (Brendan Miller), lo que genera que salga huyendo con rapidez, después ahoga en una pileta durante una fiesta al reemplazo del anterior, el pianista Charlie De Lisle (Jacob Elordi), y finalmente revienta a piedrazos, le provoca una atroz caída y deja en un riacho a un desarrollador inmobiliario con el ego muy inflado, Tony Cameron (Finn Wittrock), un ex amante reaparecido de la mujer que pretendía llevársela con él a Brasil junto a una Trixie que prefiere quedarse con su padre.

 

La película es una mixtura meticulosa y bastante sensata de primero thriller de traición y sadomasoquismo romántico, éste un planteo basado no sólo en los cadáveres en sí sino en las sospechas, acoso e investigación de un tercero que pretende descubrir in fraganti a Vic, el escritor de novelas negras y guionista hollywoodense Don Wilson (Tracy Letts), señor a su vez casado con la bella Kelly (Kristen Connolly), claro interés platónico del personaje de Affleck, y segundo drama familiar minimalista, algo que se enfatiza constantemente en la trama a través del carácter apaciguado y tenebroso del padre, a la vez respetando la libertad de Melinda y todavía amándola lo suficiente como para asesinar por ella, y mediante el conocimiento que de los crímenes del macho tienen tanto Trixie, en complicidad pueril sin culpa con su progenitor, como la propia Melinda, quien pasa de pretender denunciarlo ante la policía por el asuntillo del pianista en la piscina a directamente encubrirlo cuando en el final descubre la billetera de Cameron y la quema porque justo en ese momento la relación con Vic había vuelto a florecer y se podría aseverar que las esperanzas de un futuro mejor estaban a tope. Lyne, como en las propuestas citadas y la también recordada Alucinaciones del Pasado (Jacob’s Ladder, 1990), muestra un inusitado cariño hacia todos los personajes -“inusitado” para el maniqueísmo barato promedio del mainstream yanqui- y establece con maestría esa sutil relación de complementariedad simbólica que existe entre ellos, ya que evidentemente Vic y Melinda no pueden vivir el uno sin el otro aunque tampoco la segunda puede dejar de putañear por ahí, siempre algo mucho borracha, y él por su parte parece no conseguir superar un sustrato reprimido silente que la mayoría del tiempo lo hace ver como un hombre frío o apático y a veces se deshace para mutar/ explotar en ráfagas de violencia.

 

Una diferencia importante entre el film y la novela pasa por el final ya que en las páginas el marido estrangula a su esposa y no es aceptado por ésta en su condición de asesino pasional que haría lo que sea por conservarla a su lado, una jugada retórica que curiosamente no es irrespetuosa para con el legado heterogéneo de Highsmith, una lesbiana que sólo disfrutaba de la compañía masculina y odiaba a las mujeres porque consideraba que sólo sirven para el sexo por ser unas meretrices y/ o descerebradas vanidosas, ya que reemplaza el fatalismo furibundo del libro de 1957, habitual en muchas novelas de la escritora, por el misterio y la picardía del criminal exitoso/ impune que tanto utilizó en el ciclo de cinco entregas sobre Tom Ripley, aquel compuesto por El Talentoso Sr. Ripley (The Talented Mr. Ripley, 1955), Ripley Bajo Tierra (Ripley Under Ground, 1970), El Juego de Ripley (Ripley’s Game, 1974), El Muchacho que Siguió a Ripley (The Boy Who Followed Ripley, 1980) y Ripley en Peligro (Ripley Under Water, 1991). Adaptar una novela de la autora que inspiró a faenas inmortales como Extraños en un Tren (Strangers on a Train, 1951), de Alfred Hitchcock, A Pleno Sol (Plein Soleil, 1960), de René Clément, El Amigo Americano (Der Amerikanische Freund, 1977), de Wim Wenders, El Talentoso Sr. Ripley (The Talented Mr. Ripley, 1999), de Anthony Minghella, y Carol (2015), de Todd Haynes, siempre será un reto descomunal por los laberintos psicológicos e idas y vueltas de los personajes, sin embargo este Lyne con la friolera de 81 años logra una obra muy digna gracias a su paciencia narrativa, una fotografía maravillosa de Eigil Bryld, esos chispazos de erotismo muy bien administrados, un realismo seco y pragmático y el excelente desempeño de este Affleck ya veterano y una De Armas preciosa y etérea que justifica el deseo indómito de los varones a su alrededor…

 

Aguas Profundas (Deep Water, Estados Unidos/ Australia, 2022)

Dirección: Adrian Lyne. Guión: Zach Helm y Sam Levinson. Elenco: Ana de Armas, Ben Affleck, Tracy Letts, Grace Jenkins, Dash Mihok, Rachel Blanchard, Kristen Connolly, Jacob Elordi, Brendan Miller, Finn Wittrock. Producción: Steven Zaillian, Arnon Milchan, Anthony Katagas, Benjamin Forkner, Guymon Casady y Garrett Basch. Duración: 116 minutos.

Puntaje: 7