La trayectoria del realizador estadounidense Sam Raimi resulta un tanto mucho frustrante porque luego de un comienzo muy prometedor, con neoclásicos de la Clase B cercana a la comedia física o slapstick, el asunto comenzó a desinflarse una vez que el director trepó al nivel del Hollywood pomposo, aburguesándose sin remedio. El puntapié inicial lo aportó ¡Es Asesinato! (It’s Murder!, 1977), propuesta amateur muy poco vista que efectivamente anticipó la llegada de la trilogía del horror cómico delirante alrededor de Ash Williams (Bruce Campbell), aquella de las recordadas Diabólico (The Evil Dead, 1981), Noche Alucinante (Evil Dead II, 1987) y El Ejército de las Tinieblas (Army of Darkness, 1992), pivotes fundamentales de esta fase inaugural caricaturesca que también abarca La Fiesta del Crimen (Crimewave, 1985), trasheada con guión de los hermanos Joel y Ethan Coen, y El Hombre sin Rostro (Darkman, 1990), suerte de exploitation espiritual de Batman (1989), de Tim Burton, y Dick Tracy (1990), de Warren Beatty. El ciclo de decadencia mainstream está repleto de proyectos vergonzosos por encargo, específicamente Rápida y Mortal (The Quick and the Dead, 1995), Enamorado (For Love of the Game, 1999), La Premonición (The Gift, 2000), Oz, el Poderoso (Oz, the Great and Powerful, 2013) y Doctor Strange en el Multiverso de la Locura (Doctor Strange in the Multiverse of Madness, 2022), lote al que se añade una nueva trilogía pero en esta ocasión inmunda a niveles francamente dolorosos, léase El Hombre Araña (Spider-Man, 2002), El Hombre Araña 2 (Spider-Man 2, 2004) y El Hombre Araña 3 (Spider-Man 3, 2007). Las únicas excepciones de calidad fueron Un Plan Simple (A Simple Plan, 1998), trabajo que en su momento fue malinterpretado como un rip-off de Fargo (1996), la odisea criminal de los Coen que también transcurría en una Minnesota nevada, y Arrástrame al Infierno (Drag Me to Hell, 2009), intento claramente desesperado de regreso al terror para recuperar algo de la legitimidad semi desaparecida de los años iconoclastas iniciales, algo que también anticipa desde el trailer un proyecto de próximo estreno, ¡Ayuda! (Send Help, 2026). Mención aparte merecen las participaciones de Raimi como guionista en faenas ajenas como las bobas Ruedas Sueltas (Easy Wheels, 1989), de David O’Malley, y El Manicomio (The Nutt House, 1992), de Adam Rifkin y Scott Spiegel, y las simpáticas El Gran Salto (The Hudsucker Proxy, 1994), de los Coen, y El Hombre con el Cerebro que Grita (Man with the Screaming Brain, 2005), debut como director de Campbell, el cual luego entregaría una experiencia metadiscursiva bizarra que retomó muchísimo de su fama vía Ash, Mi Nombre es Bruce (My Name Is Bruce, 2007).
Un Plan Simple, la joyita que nos ocupa, está basada en la novela homónima de 1993 de Scott B. Smith, quien asimismo escribió el guión como hiciese con la otra adaptación de su escasa producción literaria, Las Ruinas (The Ruins, 2008), film errático pero interesante de Carter Smith, amén de las tramas para las descartables Siberia (2018), de Matthew Ross, y Una Obra Maestra (The Burnt Orange Heresy, 2019), de Giuseppe Capotondi, y de aquella deslucida reinterpretación de la novela de 2014 de William Gibson, La Periferia: Conexión al Futuro (The Peripheral, 2022), una serie creada por el propio Smith para Amazon Prime Video. El opus pasó por las manos de diferentes directores hasta llegar a Raimi, desde Mike Nichols y John Dahl hasta Ben Stiller y John Boorman, siendo precisamente este último quien fichó como protagonistas a Bill Paxton y Billy Bob Thornton, una dupla que ya había trabajado en Un Paso en Falso (One False Move, 1992), de Carl Franklin, sin olvidarnos que el guión en sí fue escrito por Smith durante una colaboración de nueve largos meses con Stiller, el verdadero responsable -sin acreditar- de la traslación de las páginas a la gran pantalla. A pesar de que Raimi y el director de fotografía de turno, el canadiense Alar Kivilo, materializaron el enfoque sobrio que necesitaba la historia en términos de desarrollo de personajes, motor crucial del relato, lo cierto es que todas las locaciones fueron elegidas por Boorman, que a su vez abandonó el proyecto por problemas de financiamiento, el apuro de rodar antes de que finalice el invierno y sobre todo su decisión de privilegiar otra gesta, El General (The General, 1998), la querida biopic sobre las andanzas delictivas de Martin Cahill (Brendan Gleeson), jefe del hampa irlandesa y artífice de muchos robos legendarios. Todo transcurre en el Condado de Wright, Minnesota, donde viven los hermanos Hank (Paxton) y Jacob Mitchell (Thornton), el primero un contador y empleado de atención al cliente en una fábrica/ empaquetadora de alimento para el ganado que está casado con Sarah (Bridget Fonda), hermosa mujer embarazada que eventualmente da a luz a una nena, Amanda, y el segundo un desempleado con un ligero retraso mental que se pasa todo el tiempo borracho y/ o tonteando con su único amigo, Lou Chambers (Brent Briscoe), otro cuarentón sin estudios ni trabajo con una esposa que lo detesta, Nancy (Becky Ann Baker). Un día los hermanos Mitchell más Chambers, a la vuelta de una visita al cementerio para dejar flores en la tumba de los padres del dúo, encuentran un avión estrellado en el medio del bosque cuando se salen del camino por un zorro que había sustraído una gallina en una granja cercana, animal al que pretendían cazar con la mascota canina de Jacob, Marybeth.
Dentro de la nave hallan un cadáver devorado por cuervos y un bolso con 4.4 millones de dólares en billetes de cien, tesoro que acuerdan poner en custodia de Hank hasta que arribe la primavera, se derrita la nieve, las autoridades descubran el avión y llegue la tranquilidad de que nadie reclamará el dinero, condición sine qua non para que se produzca el ansiado reparto en tres partes iguales y la inmediata fuga del pueblo. El secreto dura poco porque Jacob menciona de pasada la existencia de la nave al sheriff local, Carl Jenkins (Chelcie Ross), y el propio Hank le cuenta todo a Sarah, quien lo insta a reponer en el avión medio millón de dólares en una bolsa para simular que los escombros están intactos, ya que nadie abandonaría dicha suma, idea que deriva en desastre porque el dueño de la granja en donde el zorro se apropió de la gallina, Dwight Stephanson (Tom Carey), vecino de los hermanos, termina con un golpe en la cabeza gracias al paranoico de Jacob, llave para neumáticos en mano, y luego para colmo es asfixiado por el contador antes de escenificar un accidente en un puente con la moto de nieve del anciano. Sarah, una bibliotecaria, pronto deduce que el cadáver de la aeronave es Stephen Bokovsky, uno de los dos hermanos raptores de Lizzie McMartin, la heredera de una familia acaudalada de Michigan cuyo cuerpo fue encontrado por la policía, por ello concibe un plan enrevesado para incriminar a un Chambers que anda reclamando por adelantado su parte del botín y amenazando a Hank con denunciarlo por el asesinato de Stephanson, algo que Jacob prometió callar y luego no cumplió. El plan abarca emborrachar a Lou en su hogar con la ayuda de su amigote y engañarlo para que confiese falsamente el homicidio del veterano, grabación subrepticia de por medio, no obstante todo nuevamente se va al demonio porque Chambers al verse traicionado estalla de furia, saca una escopeta y le apunta a Hank, preámbulo para que Jacob lo mate de un tiro y para que Nancy, testigo del asunto, desempolve un revólver que asimismo la conduce a la muerte, en esta ocasión por la intervención del contador y la escopeta del finado. Luego de escenificar una disputa doméstica y salir impunes alegando defensa propia, los Mitchell continúan con problemas porque Jacob cae en la depresión y quiere recuperar la granja derruida familiar, lo que contradice el acuerdo previo de abandonar la zona para siempre una vez que puedan gastar el dinero, y además llega al condado un supuesto agente del FBI en busca de un avión perdido, Neil Baxter (Gary Cole), en realidad el hermano del cadáver devorado por los cuervos, Vernon Bokovsky, que pretende ya recuperar los 4.4 millones de dólares del rescate asesinando al sheriff, éste sin poder olvidar la referencia a la aeronave de antaño.
Entre un soundtrack austero del tantas veces grandilocuente Danny Elfman y una fotografía realmente clasicista para el promedio bufonesco de Raimi, como decíamos antes, ahora la nieve omnipresente, los planes fallidos en secuencia y una esposa embarazada constituyen ingredientes que de hecho reenvían a Fargo, sin embargo el tono de parodia sádica criminal de aquella aquí está reemplazado por una impronta de tragedia griega debido a la familia en crisis, un destino implacable, esas calamidades cada vez más estrambóticas y los extremos a los que llegan los personajes para salirse con la suya. El latiguillo conceptual apunta a la distancia entre Jacob y Hank como si fuese un enfrentamiento del tipo rusticidad proletaria versus mojigatería burguesa, sin que la película romantice o defienda demasiado a ninguna de las dos perspectivas porque ambas son capaces de la misma brutalidad, amén del hecho de que los burgueses por supuesto se llevan el premio en materia de decir una cosa y hacer otra desde el fariseísmo payasesco, masoquista o acomodaticio, adepto a someterse a las diatribas del poder más concentrado. Hoy se puede identificar un mínimo homenaje a Los Pájaros (The Birds, 1963), alegoría apocalíptica por antonomasia de Alfred Hitchcock, por los cuervos del comienzo cargando sobre el contador mientras saqueaba los escombros del avión, al igual que los otros animales de la trama -el zorro, las gallinas, la perra- apuntan a un cuento de hadas para adultos en donde la moraleja pasa por la condena de la ambición modelo capitalista, esa que por la oportunidad de rapiñar algo de papel moneda es capaz de entregarle el alma a Mefistófeles y más allá. Por momentos la epopeya tiene mucho de retrato de la estupidez, la hipocresía y el egoísmo de los seres humanos en general, quienes suelen adaptar sus creencias a los cambios del contexto inmediato para autojustificarse a escala cotidiana, planteo al que se suma el control risible de las mujeres sobre los varones en cuestiones importantes que se contraponen a las pavadas que hegemonizan los hombres dentro de la comarca de lo femenino. La realización se luce en especial en materia de esa espiral de secretos, traiciones y asesinatos que crece cual bola de nieve gracias a la paranoia y la codicia de cada cómplice directo e indirecto en el pacto maquiavélico, en este sentido la fotografía ocre e hiper luminosa de Kivilo, paradigmática de los años 80 y 90, señala por contraste el sustrato cada vez más negro de este thriller símil laberinto de corrupción moral en el que la supervivencia siempre exige un sacrificio más para garantizar la impunidad, un “saltito” adicional hacia la locura de la culpa y el arrepentimiento ya que el óbito no puede deshacerse y la ristra de barrabasadas superpuestas o en paralelo sólo puede ir en aumento.
Aquel trauma económico de fondo, basado en Jacob sin la granja de sus sueños y en Hank descubriendo que su padre se arruinó al pagar sus estudios universitarios, complementa las compulsiones de cada uno, en el caso del primero una torpeza de cadencia utópica y en lo que respecta al segundo un pragmatismo pancista que resulta extremadamente burgués en su marco de falsa respetabilidad social, siempre preocupado por la apariencia maniática de padre, esposo y empleado impoluto. En pantalla la incontinencia verbal de los personajes los lleva a ponerse en peligro ante terceros y ellos mismos, a nivel del grupito en cuestión, por ello la desconfianza exacerba las diferencias y los conduce a la sospecha, el delirio y el canibalismo implícito, esa eliminación de cabos sueltos que se confunde con ajustes de cuentas de larga data. El posible suicidio del padre de los hermanos Mitchell, otro de los arcanos que el retrasado mental le revela al contador para que salga por fin de su burbuja de autoindulgencia/ autoengaño baladí, le agrega otra capa de oscuridad a la parentela y a la sensación de claustrofobia o quizás asfixia emocional progresiva del relato. Los planes de la principal representante del segmento rosa, la cuasi femme fatale Sarah, por momentos nos acercan a la comedia negrísima ya que tienden a provocar catástrofes varias en manos del pollerudo de su marido, hablamos de las ideas de devolver el medio millón de dólares al avión y de grabar la confesión trucada de Lou, como si estuviésemos ante una sátira de esa superioridad moral que se adjudican tantas mujeres frente a la fauna masculina, aquí esta última dejándose atontar por los cantos de una sirena que nada hace en primera persona y todo lo terceriza en cuanto al peligroso dinerillo. La soledad escalonada de la criatura de Thornton, por cierto entregando un desempeño genial al igual que Paxton, va despuntando como el corazón de la historia porque el envilecimiento no llega a ser asimilado del todo por su psiquis como sí ocurre en el caso de Hank, el cerebro de las movidas criminales de nuestro neo noir si no tomamos en cuenta a su esposa, pensemos que la “simpleza” del título es general y cubre el conformismo de los tres cómplices excluyentes aunque el núcleo ético del hermano de lento discurrir es mucho más fuerte que su equivalente del hermano supuestamente astuto, paradoja entre existencial y biológica de por medio que compara a los Mitchell con los Bokovsky. La fantasía del dinero arreglándolo todo mágicamente, cual promoción social que cae del cielo o una relectura del sueño americano cien por ciento de influjo capitalista, se desvanece a medida que avanza el metraje porque los crímenes del pasado reciente deben ser tapados con nuevas aberraciones y los pies de los responsables terminan más y más y más metidos en el fango, sin contar las manchas profusas de sangre. Pinceladas accesorias pero interesantes son la virginidad de Jacob, encerrado en su burbuja obrera aniñada en vías de extinción durante el ascenso del neoliberalismo, y la imbecilidad del sheriff de Wright, un Jenkins que ni siquiera le pide a Baxter/ Bokovsky que enseñe su hipotética placa identificadora de agente del FBI, dejando entrever esa mediocridad del aparato represivo yanqui que se esconde detrás de tanta superficie gubernamental lustrosa certificada por Hollywood. El fatalismo supremo del desenlace, con el otrora secuestrador matando al sheriff y Hank ajusticiándolo para después cargarse a su propio hermano porque Jacob prefiere el suicidio antes que seguir acumulando angustia, pone de manifiesto por un lado el dominó imprevisible de acontecimientos una vez que uno se suma al baile de la parca, jugada que implica la eventual caída de las piezas sobre la mesa, y por el otro lado la vacuidad del dinero y de la dimensión social de la riqueza, siempre reducida a un capricho sin lógica auténtica alguna, detalle en pantalla representado mediante la necesidad final del contador de quemar su tesoro al descubrir que la lacra institucional registró el número de serie de la décima parte de los billetes, haciendo imposible su utilización porque el azar ya demostró estar en contra de las probabilidades de éxito de estos zopencos posmodernos…
Un Plan Simple (A Simple Plan, Estados Unidos/ Francia/ Alemania/ Japón/ Reino Unido, 1998)
Dirección: Sam Raimi. Guión: Scott B. Smith. Elenco: Bill Paxton, Billy Bob Thornton, Bridget Fonda, Gary Cole, Brent Briscoe, Chelcie Ross, Becky Ann Baker, Tom Carey, Jack Walsh, Bob Davis. Producción: Adam Schroeder y James Jacks. Duración: 121 minutos.