Los Ángeles al Desnudo (L.A. Confidential)

La prosperidad muta en impunidad

Por Emiliano Fernández

Viendo el asunto de manera retrospectiva, se podría decir que Curtis Hanson estuvo toda su carrera preparándose para dirigir Los Ángeles al Desnudo (L.A. Confidential, 1997), su evidente mejor película y gran obra maestra del neo noir basada en la novela homónima de 1990 de su admirado James Ellroy, trayectoria algo mucho bizarra porque en esencia el norteamericano empezó escribiendo una seguidilla de guiones muy recordados, hablamos de aquellos de Los Endemoniados (The Dunwich Horror, 1970), de Daniel Haller, El Socio del Silencio (The Silent Partner, 1978), de Daryl Duke, Perro Blanco (White Dog, 1982), de Samuel Fuller, y Los Lobos no Lloran (Never Cry Wolf, 1983), de Carroll Ballard, que supo combinar con unos comienzos como realizador francamente desastrosos, basta con pensar que en el variopinto lote del inicio encontramos algún que otro clon de Psicosis (Psycho, 1960), de Alfred Hitchcock, y colaboración bastante deslucida con el maravilloso Roger Corman, con quien a su vez ya había trabajado en Los Endemoniados, Sensualidad Morbosa (Sweet Kill, 1972), un par de propuestas olvidadas y colectivas en los campos del sexploitation y el terror, Fly Me (1973), corealizada junto a Jonathan Demme y Cirio H. Santiago, y Evil Town (1977), encarada con Larry Spiegel y Peter S. Traynor, una cruza delirante de drama familiar, comedia y cine de artes marciales, Los Pequeños Dragones (The Little Dragons, 1979), una paradigmática farsa sexual estudiantil de la década del 80 que terminó siendo el primer protagónico de nada menos que Tom Cruise, Los Estudiantes Debutan (Losin’ It, 1982), y hasta un largometraje televisivo para la ABC que se metía con el delicado tópico de la criminalidad adolescente -narcotráfico y robos incluidos- en la Nueva York previa a la gentrificación, Infierno Blanco en Times Square (The Children of Times Square, 1986). Ahora bien, la verdadera génesis del devenir profesional de Hanson, esa que le permitió por fin dejar de lado las propuestas alimenticias y hacer algo cada vez más personal y/ o de su interés, vino por el lado de una trilogía de suspenso de neto corte retro hitchcockiano, aquella compuesta por Falso Testigo (The Bedroom Window, 1987), reformulación apenas disimulada de La Ventana Indiscreta (Rear Window, 1954), Malas Influencias (Bad Influence, 1990), lectura ochentosa de Pacto Siniestro (Strangers on a Train, 1951), y la célebre La Mano que Mece la Cuna (The Hand That Rocks the Cradle, 1992), exponente de esas epopeyas de suspicacias e inquietud hogareña centradas en la convivencia con un psicópata de piel de cordero símil La Sombra de una Duda (Shadow of a Doubt, 1943), muy en sintonía también con Atracción Fatal (Fatal Attraction, 1987), de Adrian Lyne, y Mujer Soltera Busca (Single White Female, 1992), de Barbet Schroeder.

 

El director venía de Río Salvaje (The River Wild, 1994), un simpático thriller de aventuras en la espesura silvestre protagonizado por Meryl Streep, Kevin Bacon y David Strathairn, cuando se propuso rodar Los Ángeles al Desnudo, una verdadera odisea de impronta coral y profundamente dinámica que recupera los latiguillos literarios de Ellroy, como la pluralidad de personajes, los diálogos secos y directos, la peligrosidad altisonante metropolitana, el nihilismo polirubro y por supuesto esa conjunción entre brutalidad, corrupción y pancismo desorbitado dentro de las fuerzas policiales o de represión en general, en suma ingredientes fundamentales del hardboiled detectivesco de Dashiell Hammett, James Gunn, Raymond Chandler, Cornell Woolrich, James M. Cain, Horace McCoy y Jim Thompson, entre otros, todos mega paladines de una novela negra que solía girar alrededor del crimen organizado, muchos homicidios, una retahíla de antihéroes amargos, algún que otro misterio morboso o bien lascivo, la degradación citadina y en ocasiones bucólica, las viudas negras o féminas despampanantes, una ambigüedad moral que todo lo consume y ese huracán de violencia y sexo semi sadomasoquista que parecía bendecir para a posteriori terminar maldiciendo a los personajes. Aquí el núcleo del relato es el Departamento de Policía de Los Ángeles de 1953, una paliza verídica y racista a jóvenes mexicanos conocida como Navidad Sangrienta y en especial una masacre en la cafetería Búho Nocturno (Nite Owl) que las elites endilgan a tres delincuentes afroamericanos que secuestraron y violaron a una azteca, caso en el que terminan involucrados de manera directa o indirecta tres miembros del precinto, primero el Sargento Ed Exley (se luce Guy Pearce), vástago hiper legalista de un uniformado/ mártir institucional, Preston Exley, que murió en un asalto a manos de un delincuente que nadie pudo identificar y que él bautizó Rollo Tomasi para asignarle los rasgos de una impunidad social contra la que decidió enfrentarse, segundo el Oficial Bud White (ese joven y temible Russell Crowe), clásico matón de índole visceral que se muestra implacable contra aquellos hombres que maltratan a las mujeres porque su propia madre murió a golpes con un fierro por parte de su progenitor mientras él miraba atado a un radiador durante la friolera de tres días seguidos, y tercero el Sargento Jack Vincennes (un histriónico y pícaro Kevin Spacey), cruzado de narcóticos que trabaja de asesor técnico en una serie televisiva policial llamada Placa de Honor (Badge of Honor), especie de parodia camuflada de Dragnet (1951-2004), y se la pasa haciendo arrestos bobos de celebridades hollywoodenses -o de la industria del espectáculo a escala macro- a partir de la información que le suministra Sid Hudgens (el querido Danny DeVito), editor de la popular revista sensacionalista Secreto (Hush-Hush).

 

A contrapelo del mainstream de los 80 en adelante y de su lamentable tendencia hacia la sobresimplificación, el maniqueísmo exacerbado, la pulcritud ética y la ponderación de los adalides del orden reaccionario y toda esa patética corrección política, el extraordinario guión de Hanson y Brian Helgeland, este último famoso por sus colaboraciones con Ate de Jong, Richard Donner, Kevin Costner, Clint Eastwood, Paul Greengrass, Tony Scott y su hermano Ridley Scott, apuesta a recuperar todos los motivos más transitados del film noir pero sin caer en los citados reduccionismos contemporáneos ni tampoco en cierta “lavada de cara” del cine de mediados del Siglo XX que pretendía contentar al sistema de censura aminorando la intensidad de la virulencia literaria en la transposición a la gran pantalla, lo que genera una película esplendorosa ya que a la maestría narrativa marca registrada del Hanson ya maduro se suman el tono pesimista del policial de antaño y la libertad de la posmodernidad en materia de sexo, balaceras y putrefacción doctrinaria aunque dejando de lado por suerte las moralinas de turno en lo que atañe a la separación taxativa entre blancos y negros/ buenos y malos como si los grises no existiesen en la sociedad cínica real o la búsqueda de redención, un horizonte permanente para la enorme mayoría de los mortales de carne y hueso, no fuese parte de la ecuación existencial del ser humano desde siempre. El laberinto que nos regala Los Ángeles al Desnudo, tan dramático y verosímil como irónico y despiadado, está marcado por la especulación pragmática y las conspiraciones del nuevo capitalismo a lo Barrio Chino (Chinatown, 1974), de Roman Polanski, y El Largo Adiós (The Long Goodbye, 1973), de Robert Altman, porque en términos prácticos nos topamos con un proceso de traspaso de poder desde una figura mafiosa tradicional, Mickey Cohen (Paul Guilfoyle), administrador en la ciudad en cuestión de los negocios interconectados de las drogas, la extorsión y las prostitutas y hoy encarcelado por deudas fiscales, hacia un sindicato difuso, cuasi estatal y siempre en las sombras que en la trama está representado por sus dos cabecillas visibles, el Capitán de Distrito Dudley Smith (un James Cromwell siempre cumplidor), algo así como la figura paternal de Exley y un jefe cruel que utiliza a White para golpear a otros delincuentes/ posibles competidores del gremio criminal, y Pierce Patchett (regresa Strathairn, ya visto en Río Salvaje), por un lado un magnate del rubro de la construcción de autopistas y por el otro un proxeneta del jet set cultural y del statu quo político, financiero y empresario especializado en orgías en mansiones lujosas con drogas, pornografía y una generosa colección de putas operadas para que se parezcan a las estrellas del séptimo arte de entonces, servicio denominado Flor-de-Lis (Fleur-de-Lis).

 

Más allá de la soltura con la que Hanson va mechando las múltiples subtramas, esferas y personalidades con el objetivo de primero pulir este suculento combo retórico, equilibrando siempre la pesquisa detectivesca, la manipulación psicológica entrecruzada, el acervo de la acción noventosa y hasta los chispazos de faena romántica, y segundo encauzar el derrotero de los tres policías protagonistas hacia una batalla en común contra la conjura de Smith y Patchett, en la que además participan desde el Fiscal Ellis Loew (Ron Rifkin), un marica reprimido que se acuesta con un pobre actor marihuanero caído en desgracia que aparece asesinado, Matt Reynolds (Simon Baker), hasta dementes fascistoides veteranos como Buzz Meeks (Darrell Sandeen) y Dick Stensland (Graham Beckel), éste un otrora compañero de White, el sumamente ambicioso y eficaz film también se caracteriza por un humor negro a veces tácito y en otras ocasiones explícito que le agrega una pátina de efusión y sabiduría autoreflexiva muy extraña viniendo de una propuesta gigantesca de época financiada por la Warner Bros.; pensemos en este sentido en la escena en la que Bud malinterpreta el rostro inflamado de una tal Susan Lefferts (Amber Smith) como una paliza cuando en realidad es el producto de una cirugía pagada por Patchett para parecerse a Rita Hayworth, señorita que fallece en la cafetería Búho Nocturno, aquella otra memorable secuencia en la que Exley confunde a Lana Turner (Brenda Bakke) con una meretriz personificando a la actriz cuando él y Vincennes pretenden hablar en un restaurant con Johnny Stompanato (Paolo Seganti), el soberbio guardaespaldas de Cohen, y desde ya toda la idea sarcástica del último acto de la sociedad entre Ed y Bud después del homicidio de Jack por obra del mandamás corrupto y oportunista feroz, Smith, jugada que tiene que ver con el triángulo amoroso entre los dos esbirros de la ley y la infaltable femme fatale, Lynn Bracken (la genial y glamorosa Kim Basinger), hembra del staff del alcahuete de la alta burguesía, Patchett, que está lookeada como Veronica Lake, una intersección discursiva entre la melancolía y vulnerabilidad del ámbito privado y la estupidez, el desenfreno plutocrático y el culto a la celebridad de ese ecosistema público que adora erotizarse a puro parasitismo y artificialidad pueril con Ava Gardner, Marilyn Monroe, Jane Russell o las nombradas Hayworth, Turner y Lake. Hanson evita toda nostalgia actual hueca en las excelentes fotografía de Dante Spinotti y música de Jerry Goldsmith y logra un desempeño muy parejo y admirable del elenco en su conjunto, interpretaciones que le calzan como anillo al dedo a esta fascinante elegía al momento en el que nuestro sueño ingenuo de prosperidad muta en exención corporativista, sistema al que termina plegándose Ed, o en tedio y dimisión, tal el caso del Bud redimido del desenlace…

 

Los Ángeles al Desnudo (L.A. Confidential, Estados Unidos, 1997)

Dirección: Curtis Hanson. Guión: Curtis Hanson y Brian Helgeland. Elenco: Kim Basinger, Russell Crowe, Kevin Spacey, Guy Pearce, James Cromwell, Danny DeVito, David Strathairn, Ron Rifkin, Paul Guilfoyle, Paolo Seganti. Producción: Arnon Milchan, Michael G. Nathanson y Curtis Hanson. Duración: 138 minutos.

Puntaje: 10