The Terminal Man

La psicocirugía contra la violencia

Por Emiliano Fernández

¿Hasta dónde los dispositivos de control como por ejemplo los celulares de hoy en día, esa pata de la tecnología que ha perdido en gran parte la condición de verdadera herramienta creativa multifunción de las computadoras hogareñas, pueden inmiscuirse en los procesos orgánicos de los individuos para aprisionarlos/ redireccionarlos hacia comportamientos funcionales al poder económico, político, social, cultural, etc.? Esa es la pregunta que sobrevuela -adaptada a su tiempo, por supuesto- alrededor de The Terminal Man (1974), una rareza casi completamente olvidada a la que algunos cinéfilos llegan de la mano de los comentarios elogiosos de directores como Stanley Kubrick y Terrence Malick, para quienes fue/ es una de sus películas de cabecera y por supuesto se entienden las razones detrás de ello: este pequeño film, dirigido por el británico Mike Hodges después de las recordadas Get Carter (1971) y Pulp (1972) y antes de ser echado de Damien: Omen II (1978) por “diferencias creativas” -eufemismo estándar para los desacuerdos en cuanto a la producción en general- y de completar la estrafalaria Flash Gordon (1980), está caracterizado por esa frialdad quirúrgica que tanto fascinó al genial Kubrick y por un tono narrativo entre crudo, ensoñado y poético que podríamos vincular sin problemas al acervo artístico de Malick.

 

El guión de Hodges está basado en la novela homónima de 1972 de Michael Crichton, el legendario responsable de obras muy originales de la ciencia ficción anglosajona como Westworld (1973), Coma (1978), Looker (1981), Runaway (1984), Jurassic Park (1993) y Sphere (1998): anticipando la utilización en medicina de los neuroestimuladores, el núcleo del relato es una operación experimental sobre Harry Benson (George Segal), un científico especializado en inteligencia artificial que a posteriori de un accidente automovilístico queda con lesiones cerebrales que le disparan episodios de violencia -siempre precedidos por un olor muy fuerte que sólo él percibe- y luego lagunas en su memoria, llevándolo a recobrar el conocimiento en entornos desconocidos. Las agresiones psicóticas dentro de un extraño cuadro de epilepsia incluyen utilizar de saco de boxeo a su esposa o dispararles a los vecinos, algo que se agrava de la mano de la creencia por parte del paciente de que las máquinas compiten con los hombres y muy pronto dominarán el mundo. La psicocirugía de turno pretende implantarle un microordenador en su cuello, una batería de energía atómica en su hombro y una serie de electrodos en su cerebro con vistas a detectar el inicio sutil de cada ataque de violencia y emitir una descarga tranquilizadora para abortarlo de inmediato.

 

Desde ya que todo eventualmente se va al demonio cuando Benson se fuga del hospital en el postoperatorio y el equipo de médicos a cargo, los doctores John Ellis (Richard Dysart), Arthur McPherson (Donald Moffat) y Robert Morris (Michael C. Gwynne), quedan bajo el ojo público y terminan siendo responsables de la escalada criminal que protagoniza el buenazo de Harry, ya que en esencia las “eminencias” no previeron que el cerebro se iba a volver adicto a las descargas placenteras provocadas por los electrodos frente a la mínima posibilidad de un episodio de crueldad para con cualquiera que tenga adelante el paciente, circunstancia que en términos prácticos significa que los sesos/ centro de mando de Benson generan repetidos ataques -cada vez con una mayor frecuencia- en pos de recibir otra dosis de la droga estimulante eléctrica. Mientras se conduce una búsqueda a contrarreloj a partir de predicciones sobre el momento del próximo estallido de furia, Harry comienza un raid que incluye el asesinato con unas tijeras de una amigovia, Angela Black (Jill Clayburgh), la destrucción de todos los robots -barreta en mano- de su laboratorio, el ahorcamiento de un sacerdote (Ian Wolfe) con la cadena alrededor de su cuello y el meterse en la casa de su psiquiatra, Janet Ross (Joan Hackett), la única que desconfiaba de la intervención invasiva.

 

Esquivando insólitamente la parodia antiinstitucional clásica símil A Clockwork Orange (1971) o Britannia Hospital (1982), el opus de Hodges funciona más bien como un retrato ascético y muy detallista acerca de los peligros de la soberbia científica y la vanagloria del conductismo más literal, ese que sigue cual ecuación patética los lineamientos del estímulo y la respuesta como si no existiesen un millón de factores externos en el medio que podrían influir, más aún tratándose de un enjambre orgánico desconocido como el cerebro humano o su homólogo de cualquier otro animal. A través de un ritmo sosegado y un tono retórico elegante y glacial que curiosamente jamás aburren porque ponen al descubierto las muchas flaquezas de cada uno de los personajes en su trabajo/ fluir cotidiano, la película denuncia también la tendencia posmoderna a la cosificación ya no sólo de los sujetos como entidades individuales a manipular sino también de sus partes corporales mediante una medicina sin moral -o siquiera sensatez- que pretende reducir a todo y todos a máquinas que pueden controlarse según patrones continuos de comportamiento y órdenes que los tecnócratas paparulos de las elites -esos que definitivamente desconocen la permanente presencia del caos- creen que siempre serán obedecidas para así erigir otro inestable castillo de naipes.

 

El olvido que ha padecido The Terminal Man tiene mucho que ver con las dificultades conceptuales que plantea, su distanciamiento emocional concienzudo y ese pesimismo todo terreno que corre bajo sus venas, todos ingredientes que hoy por hoy la convierten en un oasis del séptimo arte a descubrir en el desierto contemporáneo de la uniformización cultural: sin lugar a dudas se podría decir que hablamos de la mejor película de Hodges y de uno de los pocos exponentes del mainstream en los que se analiza con profundidad las contradicciones de los avances técnicos, la facilidad con la que quedan al servicio de los poderosos, el carácter de “ratas de laboratorio” de los ciudadanos de a pie, la presencia de psicóticos camuflados entre el vulgo y esa triste verdad que apunta al viejo dicho de que a veces la cura es peor que la enfermedad, en este caso cortesía de una pedantería académica de pretensiones omniscientes que busca garantizar su dominio absoluto sobre el cuerpo y la mente de los seres humanos. Aquí tenemos por un lado la altivez decadente de unos agentes institucionales que caen en el simplismo y la improvisación y por el otro la impronta semi suicida de un Benson que parece entregarse a sus verdugos como los usuarios actuales de los artilugios tecnológicos se consagran a sus proveedores de psicotrópicos pulsionales…

 

The Terminal Man (Estados Unidos, 1974)

Dirección y Guión: Mike Hodges. Elenco: George Segal, Joan Hackett, Richard Dysart, Donald Moffat, Michael C. Gwynne, William Hansen, Jill Clayburgh, Norman Burton, James Sikking, Ian Wolfe. Producción: Mike Hodges. Duración: 107 minutos.

Puntaje: 7