Terrifier

La pureza del dolor

Por Emiliano Fernández

Sinceramente hacía mucho tiempo que no nos topábamos con un slasher a lo bestia y sin anestesia como Terrifier (2017), un trabajo que pasa de largo ante la opción de incluir alguna clase de mensaje sobre lo que sea, que evita asimismo cualquier tipo de corrección política acorde con estos días de cultura higiénica e inofensiva y que en esencia nos regala una masacre a la vieja usanza, centrada en el ancestral y querido placer de ver correr a un chiflado -con algún objeto cortante en sus manos- detrás de una víctima más o menos circunstancial. Este opus del norteamericano Damien Leone es un pequeño oasis en este sentido porque para colmo recupera aquellos practical effects de antaño (maquillaje, títeres, prótesis, maniquíes, bella sangre simulada, etc.) y deja de lado todo CGI, en una jugada que termina siendo maravillosa ya que apunta abiertamente a la algarabía homicida desde la “pureza” del dolor, restituyendo la corporalidad y la sensación de peligro a todo lo narrado.

 

La fórmula que aplica el director y guionista es sencilla pero muy pocos en nuestro presente han tenido la valentía para llevarla al límite, justo como en este caso: Leone toma la arquitectura general del slasher setentoso/ ochentoso y la condimenta con el extremismo europeo y el porno de torturas de la década pasada, consiguiendo un cóctel muy interesante que no se anda con chiquitas frente a eso de ponderar como único verdadero protagonista al psicótico y jugando todo el tiempo con las expectativas del público conservador y timorato que busca identificarse continuamente con alguna víctima al paso, en especial con las femeninas. Si existe algo en lo que aquí se luce el realizador es de hecho en proponer una posible heroína, reventarla, proponer otra, volverla a reventar y así sucesivamente, lo que resulta un festín para los fanáticos más hardcore y entrados en años del horror, ya hastiados de soluciones retóricas bobas y conformistas y encima mal ejecutadas por autores anodinos.

 

En términos prácticos tenemos una vuelta del simpático Art, the Clown, un personaje que ideó Leone en ocasión de sus dos primeros cortos, The 9th Circle (2008) y Terrifier (2011), esos que a su vez brindaron el marco para -y pasaron a formar parte de- su ópera prima All Hallows’ Eve (2013), un trabajo atractivo aunque bastante inferior que funcionaba como una antología centrada en tres historias alrededor del mismo lunático, específicamente un payaso mudo y por demás tétrico que se la pasaba cometiendo las mayores barrabasadas imaginables en solitario o con secuaces varios que compartían su gustito por torturar y quitar vidas. La siguiente película del realizador, Frankenstein vs. The Mummy (2015), fue una obra muy olvidable y debe haber sido por ello que se decidió a retomar al personaje de su hit underground del 2013, ahora ya abandonando definitivamente todo el sustrato de ciencia ficción de antaño y apostando sólo al acecho terrenal símil clase B con esteroides.

 

Luego de un prólogo en el que una conductora televisiva entrevista a la única sobreviviente de la carnicería previa de Art, una mujer que al despertar del coma descubrió que su rostro estaba desfigurado porque el homicida se lo comió en gran parte, y en donde vemos cómo el agradable sujeto se maquilla y prepara su bolsa repleta de elementos contundentes, otros afilados, alguna que otra sierra y hasta una pistola, la trama en sí comienza cuando Tara (Jenna Kanell) y Dawn (Catherine Corcoran) salen de una fiesta por Halloween y se topan con Art, primero en la calle y luego en una pizzería en la que paran a comer, donde el señor por supuesto hace otra de sus “travesuras” de siempre (embarra todo el baño con heces y orina, escribiendo su nombre en las paredes a pura fecalofilia), lo que genera que lo echen de inmediato del local. Mientras las dos amigas descubren que su auto tiene un neumático desinflado y Tara llama por teléfono a su hermana Victoria (Samantha Scaffidi) para que las venga a recoger, Art vuelve a la pizzería y se carga a los dos empleados de turno vía decapitación, velitas decorativas y muchos cuchillazos en ojos sobre todo (sus preferidos).

 

A partir de allí la propuesta se transforma en una hermosa montaña rusa llena de emociones y tripas al descubierto cuando Tara le pide usar el sanitario a Mike (Matt McAllister), un exterminador de ratas que está trabajando en un edificio cercano en medio de la noche, circunstancia que es aprovechada por Art para secuestrar a Dawn. Tara escucha el lamento de un bebé, lo sigue y así se topa con una mujer enajenada (Pooya Mohseni), que lleva en sus brazos una muñeca a la que llama Emily y considera su hija. La joven logra irse con facilidad dándole la razón pero no se podría decir lo mismo de su posterior encuentro con Art, quien comienza a perseguirla con un bisturí y esa sonrisa escalofriante de siempre. Luego de escondites y cortes mutuos, el payaso logra drogarla y llevarla a una habitación inmunda en donde despierta atada a una silla, con una cinta en su boca y al costado de un Art decidiéndose qué utilizar entre las opciones de su bolsa. Finalmente toma la sierra y pronto descubrimos que detrás de una sábana tiene colgada a Dawn desnuda y boca abajo, la cual pasa a ser cortada a la mitad empezando por su vagina y terminando por su cráneo.

 

Por supuesto que una Tara en plena desesperación termina liberándose de sus ataduras y desencadenando un juego sutil del gato y el ratón entre ella, Art, Victoria y unos cuantos personajes secundarios más que van cayendo bajo el yugo del homicida, a quien no le tiembla para nada el pulso al apartarse del fetiche de los psicóticos yanquis con las armas blancas y -por ejemplo- reventarle la cara a balazos a la víctima que se ponga pesada. De hecho, y como decíamos al inicio, Leone disfruta de lo lindo evitando los clichés más sonsos del slasher en función de lo heterogéneo de Art al momento de matar, la falta de una única contrafigura excluyente y la presencia de una dialéctica narrativa apuntalada en la furia y el sadismo explícito, sin alicientes de ningún tipo a sabiendas de que nuestro héroe real es ese amigo del caos y la violencia irrestricta, el muchacho con el traje de payaso. Las actuaciones son más que potables para el promedio del bajo presupuesto estadounidense y la afluencia del gore resulta en verdad prodigiosa y transmite autenticidad porque el equipo técnico se luce a más no poder en su rubro, construyendo las truculencias con gran eficacia.

 

En el rol de Art tenemos a un David Howard Thornton muy histriónico -y hasta gracioso por momentos- que viene a reemplazar a Mike Giannelli de All Hallows’ Eve, redondeando un asesino clásico y a la vez contemporáneo al que todo le importa un comino ya que está en esto sólo por su amor hacia la cacería de humanos (si hay una moraleja detrás del film parecería ser que el buen demente de corazón anarquista no puede pasar de la esquina sin que aparezca algún bípedo que pida a gritos ser faenado). Otra de las características de la película que llama la atención es que ninguno de los personajes es esencialmente un tonto ya que todos toman conciencia rápido del peligro que corren y así actúan en consecuencia sin esas pavadas del mainstream en lo referido a poner a la potencial víctima en bandeja para que el loquito la mate en un santiamén y sin esfuerzo. Leone aquí consigue lo que gran parte del cine de terror hispanoamericano -y argentino en particular- pretende lograr pero nunca llega a alcanzar, léase el edificar una epopeya en miniatura en la que el nerviosismo y los sustos tengan más que ver con el suspenso apremiante y las entrañas en el piso que con los estereotipos por antonomasia del género, con las poses nostálgicas sin talento o con esa colección de citas aburridas e hiper conservadoras que buscan fotocopiar esquemas del pasado aunque careciendo desde el vamos de aquel cariño para con el horror y su sustrato inconformista, ese que no nos pide reverencias sino una creatividad dolorosa y desatada…

 

Terrifier (Estados Unidos, 2017)

Dirección y Guión: Damien Leone. Elenco: David Howard Thornton, Jenna Kanell, Catherine Corcoran, Samantha Scaffidi, Matt McAllister, Pooya Mohseni, Gino Cafarelli, Katie Maguire, Cory DuVal, Clifton Dunn. Producción: Damien Leone, Phil Falcone y George Steuber. Duración: 82 minutos.

Puntaje: 8