Confianza (Trust)

La quimera de la protección

Por Emiliano Fernández

Confianza (Trust, 2010), dirigida por David Schwimmer y escrita por Andy Bellin y Robert Festinger, es una de las poquísimas películas adultas, inteligentes, concisas y pacientes que haya dado el mainstream norteamericano del nuevo milenio, un trabajo que no sólo se mete con un tema delicado que para muchos remilgados del neopuritanismo es tabú y para los morbosos y estúpidos promedio una verdadera obsesión digna de la paranoia burguesa del nuevo milenio, nada menos que la pedofilia, sino que además explora el tópico en cuestión desde una perspectiva abarcadora/ compleja que va detallando las sucesivas fases de los momentos previos, el desarrollo y el período subsiguiente a la manipulación pederasta en sí, evitando por cierto la típica -y hoy por hoy, aburrida y redundante- investigación de las autoridades de corte hollywoodense, opción discursiva que aquí está presente pero apenas como un complemento más de la mixtura retórica que nunca “tapa” al retrato o foco central, el correspondiente a la víctima y su círculo cercano con sus padres como figuras destacadas y especialmente su progenitor en tanto adulto traumatizado que no sabe cómo manejar el enojo y la desesperación que la arremetida le produce. Mucho de este conocimiento y de este respeto para con la temática tiene que ver con el background de Schwimmer, un actor cómico conocido por interpretar a Ross Geller en Friends (1994-2004), popular sitcom creada por David Crane y Marta Kauffman para la NBC, y al Capitán Herbert Sobel en la miniserie Band of Brothers (2001), a cargo de Steven Spielberg y Tom Hanks para la cadena HBO, neoyorquino que además de una estrella mundial es un insólito director de un centro para el tratamiento de las violaciones en Santa Mónica, en el Estado de California, que ha trabajado y estudiado el asunto durante décadas, de allí el verismo del abordaje de su propuesta, el claro alejamiento del formato del thriller policial/ judicial y la bienvenida presencia de un “final abierto”, profundamente sensato, que no simplifica la problemática.

 

Annie Cameron (Liana Liberato) es una muchacha de 14 años de Chicago que comienza a hablar, en una de esas clásicas salas de chat de los primeros años del Siglo XXI, con un tal Charlie (Chris Henry Coffey), un sujeto del que se enamora a la distancia, sobre todo por sus consejos en relación al vóley y cierta sutileza en la comunicación que contrasta con el tono rudo de otros varones, a pesar de que la bombardea con mentiras diciéndole en un principio que tiene 16 años, después 20 y finalmente 25, lo que no impide que mantengan largas conversaciones sensuales por teléfono y chat a lo largo de dos meses. Cuando pautan un encuentro en un centro comercial la chica descubre que Charlie pasó largamente los 30 años pero aun así toma un helado con él y lo acompaña a un hotel para que se pruebe algo de lencería roja que le regaló, luego de lo cual la viola y filma el episodio mientras la joven está petrificada en la cama. La mejor amiga de Annie, Brittany (Zoe Levin), que trabaja en una tienda de cosmética, la ve con el hombre y eventualmente denuncia la situación ante las autoridades del colegio de ambas y así intervienen Doug Tate (Jason Clarke), un agente del FBI especializado en casos de pedofilia, y Gail Friedman (Viola Davis), una psicóloga asimismo del rubro. Annie, que tiene una hermana menor llamada Katie (Aislinn DeButch) y un hermano mayor adolescente ya en la universidad, Peter (Spencer Curnutt), no acepta el abuso y afirma que todo forma parte de una relación tradicional que no es comprendida por nadie, sobre todo por sus dos progenitores, Lynn (Catherine Keener) y Will (Clive Owen), este último un ejecutivo publicitario con un excelente vínculo con su jefe y amigo, Al Hart (Noah Emmerich), que se obsesiona con la violación al extremo de comenzar a investigar el asunto por su cuenta, robarle a Tate las transcripciones impresas de los chats entre la menor y el adulto y experimentar alucinaciones alrededor del encuentro en el hotel y de episodios variopintos de venganza contra los distintos agresores sexuales de la metrópoli y más allá.

 

El guión de Bellin, aquel de Lovelace (2013), biopic de Rob Epstein y Jeffrey Friedman sobre Linda Lovelace, la mítica protagonista de Garganta Profunda (Deep Throat, 1972), de Gerard Damiano, y Festinger, responsable de Una Cita en el Parque (Hampstead, 2017), comedia romántica amable de Joel Hopkins, y En el Dormitorio (In the Bedroom, 2001), neoclásico del afamado Todd Field, como decíamos antes ofrece un paneo muy interesante y completo sobre la naturalización social de la fantasía pederasta y las diferentes aristas, perspectivas e ingredientes que intervienen en la violación y la crisis familiar, pensemos en padres burgueses workaholics ausentes, un despertar sexual muy confuso, la creencia de que un amante mayor aportará madurez o sabiduría, la erotización publicitaria, marketinera y mediática de la niñez y la pubertad, la idea ingenua de que el amor lo resuelve todo en la vida, el marco francamente idiotizante y hedonista del enamoramiento en sí, ese exceso de confianza en la adolescencia vinculado a las hormonas en ebullición y el paradigmático narcisismo tecnodependiente del Siglo XXI, la tendencia posmoderna a negar la realidad o por el contrario, a exacerbarla de manera delirante cual espejo deforme que habla más de los desvaríos del sujeto que de la praxis social conflictiva que cree interpretar adueñándose de la siempre escurridiza verdad, las dificultades para hablar de sexo y atracción libidinosa en general en el seno de las parentelas nucleares de antaño, en esta coyuntura desarmadas/ saboteadas por la soledad egoísta omnipresente y la ausencia de paciencia para conocer y aceptar al prójimo o semejante, y finalmente la popularidad estudiantil en Estados Unidos de esas hembras “tontas, putas y malcriadas” -parafraseando a South Park (1997-2023), la serie animada de Trey Parker y Matt Stone- que en el film están sintetizadas en el personaje de Serena Edmonds (Zanny Laird), precisamente una colegiala rica y banal que recibe toda la atención y la sumisión posibles de los otros miembros de toda la comunidad educativa.

 

Schwimmer, cuyos únicos otros trabajos de peso como director son la mediocre comedia televisiva Desde que te Fuiste (Since You’ve Been Gone, 1998) y la relativamente simpática Corre, Gordo, Corre (Run Fatboy Run, 2007), suerte de relectura yanqui de lo que sería una faena romántica inglesa con Simon Pegg y Thandiwe Newton, aquí trabaja muy bien y en paralelo -sin que ninguna de las dos líneas argumentales destruya a la otra, más bien procurando que se complementen y enriquezcan recíprocamente- la propensión de Annie y su padre a encerrarse en sí mismos, la primera atravesando una metamorfosis que va desde la idealización del acosador a la aceptación del abuso y el segundo igualmente pasando de una furia ciega y monotemática al cuestionamiento de su rol protector como padre, planteo ideológico que sin caer en el fatalismo nihilista de todos modos enfatiza las quimeras de fondo, primero la sensiblera de la chica, que tiene que crecer de golpe desayunándose con que la mentira y el maquiavelismo son inherentes al entramado de poder de la sociedad humana y capitalista, y segundo la guardiana del patriarca, el cual comprende mal y tarde que el peligro exterior jamás desaparece por más que se fetichicen las palabras de apoyo, los muros altísimos del hogar, el cariño familiar, las alertas on line o cualquier otra farsa de seguridad que dura lo que un soplido en el viento. Con grandes actuaciones de Owen, Davis y una Liana Liberato que realmente tenía 14 años al momento del rodaje, el film indaga con astucia en esta idea de que nadie es especial, autoengaños que niegan la intercambiabilidad aparte, y sobre todo en aquella etapa histórica intermedia de los vínculos sociales entre la distancia telefónica de antaño, tantas veces utilizada para encuentros sexuales ridículos, y la apología de la virtualidad aséptica del nuevo milenio, esa que limitó mucho más el sustrato humano de las relaciones comunales/ románticas/ laborales/ eróticas en consonancia con intercambios multimedia aunque con una cautela magnificada al extremo de la hipérbole…

 

Confianza (Trust, Estados Unidos, 2010)

Dirección: David Schwimmer. Guión: Andy Bellin y Robert Festinger. Elenco: Clive Owen, Liana Liberato, Catherine Keener, Jason Clarke, Viola Davis, Chris Henry Coffey, Spencer Curnutt, Aislinn DeButch, Noah Emmerich, Zoe Levin. Producción: David Schwimmer, Heidi Jo Markel, Tom Hodges, Robert Greenhut, Dana Golomb y Ed Cathell III. Duración: 106 minutos.

Puntaje: 9