Ex Machina

La realidad es simulación

Por Emiliano Fernández

Sin lugar a dudas se esperaba mucho de Alex Garland, un señor que desde la década pasada se ha ido imponiendo como uno de los guionistas más interesantes del mainstream reciente, para dar prueba de ello basta con recordar obras maravillosas como Dredd (2012), Nunca me Abandones (Never Let Me Go, 2010) y sus dos colaboraciones con el inquieto Danny Boyle, Sunshine: Alerta Solar (Sunshine, 2007) y Exterminio (28 Days Later, 2002). Su debut en la silla del director mantiene la vara en alto y hasta le otorga nueva vida a esa ambición conceptual que caracterizó a cada uno de los films en los que estuvo involucrado, siempre confiando en el desarrollo de personajes por sobre la triste parafernalia de los CGI.

 

Aquí vuelve a sorprender al ofrecer una nueva variante de la ciencia ficción, no trabajada por el británico hasta este momento: combinando los relatos de entorno cerrado, los dramas psicológicos y el suspenso sustentado fundamentalmente en la manipulación, el realizador en esta oportunidad explora los límites de la inteligencia artificial y su reverso inmediato, la capacidad del ser humano para cualificarla, dos factores considerados equidistantes con respecto a ese punto abstracto/ neurálgico en el que el intelecto se funde con la retórica de las pasiones. De hecho, ese es precisamente el eje de Ex Machina (2015), la necesidad cotidiana de los hombres de construir una amalgama de raciocinio y una identidad voluble.

 

La primera consecuencia lógica del análisis propuesto, sobre la que centra todas sus armas el opus de Garland, nos conduce a uno de los principales vasos comunicantes entre los dos planos, léase el mitificar o dicho de otra forma, la habilidad de mentir. Desde el comienzo de la historia, la simulación -en tanto el arte de argumentar ocultando las intenciones de base- se transforma en el pivote de las relaciones entre los personajes: en lo que parece ser un futuro cercano, Caleb (Domhnall Gleeson), un programador que trabaja en Bluebook, el buscador más popular y poderoso del mundo, es seleccionado por Nathan (Oscar Isaac), el CEO de la compañía, para participar en un proyecto misterioso en torno al Test de Turing.

 

Por supuesto que las alteraciones no serán pocas porque el meollo del asunto ya no pasa por el simple hecho de descubrir si el susodicho está verdaderamente frente a una computadora, sino por la proeza de determinar si el procesador en cuestión cuenta con esa entidad arbórea e inmaterial que podríamos llamar “conciencia”. Así las cosas, la trama está estructurada alrededor de siete sesiones, monitoreadas por Nathan, entre Caleb y Ava (Alicia Vikander), la máquina antropomorfizada de turno, quien permanece confinada en un cuarto de acrílico en la residencia del primero. Al borde tanto de la inocencia como del maquiavelismo, los intercambios verbales entre el trío protagónico son de lo más jugoso y sutil del cine actual.

 

Si existe un tópico que Ex Machina examina largo y tendido, más allá del entretejido de los vínculos sociales al nivel más íntimo, es el rol que desempeña en la definición concreta de “inteligencia” la conjunción del artilugio fabulador y las agendas contrastantes de los individuos, para colmo utilizando al sexo y al naturalismo más mundano como metáforas de ese juego en el que los involucrados tratan de imponerse los unos sobre los otros. Hoy Garland se luce en la dirección de actores y en una de sus estrategias discursivas favoritas, la de garantizar el existencialismo vía una dinámica narrativa escalonada que termina de estallar en el desenlace, cuando la realidad escupe de golpe sus duplicidades y paradojas…

 

Ex Machina (Reino Unido, 2015)

Dirección y Guión: Alex Garland. Elenco: Domhnall Gleeson, Oscar Isaac, Alicia Vikander, Sonoya Mizuno, Corey Johnson, Claire Selby, Symara A. Templeman, Gana Bayarsaikhan, Tiffany Pisani, Elina Alminas. Producción: Andrew Macdonald y Allon Reich. Duración: 108 minutos.

Puntaje: 9