El Cristal Encantado (The Dark Crystal)

La reconstitución es un proceso tortuoso

Por Emiliano Fernández

En el devenir del cinéfilo abundan las películas formativas, films que marcan -para bien o para mal- una estructura de consumos culturales incipientes, en pleno desarrollo durante los primeros años de la vida. Por regla general del campo en cuestión, son los productos más “luminosos” los que se abren camino volcando la psicología hacia el éxtasis de las grandes aventuras y su corolario, las regiones desconocidas que atraviesan los protagonistas de las epopeyas. Eternamente rezagados, aunque igual de influyentes a futuro, son esos arquetipos de la “oscuridad” que se construyen de a poco: no hablamos de las pavadas relacionadas con la concepción facilista del dolor sino del temor real y palpable a perder el control del mundo que nos rodea y vernos devorados por alguno de los agentes de su gran indiferencia.

 

De hecho, este factor imprevisible constituye el eje del terror infantil y de realizaciones que lo han sabido explotar y expandir, invocando la imaginería tenebrosa para fijar símbolos imborrables en la mente de los consumidores. Sin lugar a dudas El Cristal Encantado (The Dark Crystal, 1982) es la obra maestra del rubro porque por un lado tuvo la valentía de extremar cada ítem del manual de estilo de los cuentos de hadas más impiadosos, y por el otro logró alcanzar la cumbre del régimen cualitativo/ formal de turno; uno sustentado en la combinación de fantasía medieval, la quimera de la supresión de las diferencias, una mitificación de índole social, el esquema de las profecías religiosas y una cercanía concreta para con el fatalismo del arte barroco, con un genocidio y muchos sacrificios de por medio.

 

La dimensión trágica encuentra su correlato en un diseño de producción deslumbrante, hasta el día de hoy inigualado: la dirección de arte, los sets, el vestuario y la articulación de los personajes/ títeres rankean en punta en las carreras de los dos responsables máximos del film, Jim Henson y Frank Oz. A años luz de Plaza Sésamo (Sesame Street) o la más popular Laberinto (Labyrinth, 1986), aquella suerte de secuela de “corazón tierno” de la presente, el opus se juega por una narrativa sencilla pero insólitamente recargada en lo referido al núcleo tétrico y la corporalidad de los animatronics, en especial si los pensamos dentro de la dialéctica conservadora de los blockbusters bobos que ya hegemonizaban el panorama desde fines de la década del 70, mucho antes del fetiche de los CGI de plástico.

 

Pero más allá de la exuberancia visual y los prodigios de la utilería, ¿exactamente qué tiene de extraordinario el “camino del héroe” que propone El Cristal Encantado? La odisea de Jen, el pequeño protagonista, en pos de restituir el fragmento faltante del Cristal divinizado -metáfora de la unidad que debería prevalecer por sobre la arrogancia y el egoísmo- posee un marco maravilloso apuntalado en el binomio residual de la discordia, léase las dos razas en las que se dividieron los guardianes del Cristal de la Verdad: los Místicos, hechiceros diletantes de la paz, y los Skeksis, criaturas símil aves de rapiña que gustan de exaltar su feudalismo monárquico. En la actualidad no existe ni una película que vincule la bondad a la sabiduría y la maldad al sadismo del holocausto material, ya no sólo como contingencia.

 

Si bien la masacre del pueblo de Jen, los Gelfling, de por sí incrementa el nivel de violencia conceptual que maneja el convite, Henson y Oz no sienten el más mínimo pudor a lo largo del metraje a la hora de ejemplificar y/ o ilustrar lo sucedido en el pasado mediante los permanentes ataques de los Garthim, unos seres mezcla de escarabajo y cangrejo que funcionan como el brazo armado de los Skeksis. A pesar del cúmulo de detalles dark y la crueldad en el desarrollo, los directores en todo momento consiguen mantener la esperanza de cambio a fuerza del tono de ensoñación profunda con el que administran las desdichas de Jen y su interés romántico Kira, otra sobreviviente Gelfling tanto del exterminio como del páramo inerte en el que se transformó este mundo mágico vía el ansia de perpetuidad.

 

La inocencia tolkieniana del dúo, sólo superada por los Podlings que criaron a la señorita, contrasta con la falta de escrúpulos de los Skeksis, una raza que comparte con los Místicos el saberse moribunda y dependiente del Cristal. Que en una obra infantil se homologue el afán de eternización con el ejercicio concreto del poder es admirable (el horror científico se da cita gracias a la extracción de la “esencia vital” de los Podlings a manos de los villanos), aunque aún más fascinante resulta el acento puesto sobre la premisa de una reconstitución identitaria de los vínculos comunales, que no debe ser confundida con una lectura simplista de la restauración que plantea el desenlace: aquí aparecen la paciencia y la ofrenda dolorosa como condiciones del discernimiento más elevado, el que nos lleva a convivir en armonía.

 

El Cristal Encantado (The Dark Crystal, Reino Unido/ Estados Unidos, 1982)

Dirección: Jim Henson y Frank Oz. Guión: David Odell. Elenco: Jim Henson, Kathryn Mullen, Frank Oz, Dave Goelz, Steve Whitmire, Louise Gold, Brian Muehl, Bob Payne, Mike Quinn, Tim Rose. Producción: Jim Henson y Gary Kurtz. Duración: 93 minutos.

Puntaje: 10