Gritos en la Noche

La reconstrucción incestuosa

Por Emiliano Fernández

A pesar de que hoy en día al tremendo Jesús Franco (1930-2013) se lo suele homologar de manera automática a esa Clase B grotesca y delirante que englobaría buena parte de su derrotero profesional, en realidad el cineasta español cuenta con una primera etapa de su carrera en la que coqueteó con la posibilidad de un periplo en el mainstream tradicional y si bien dos de sus rasgos fundamentales ya estaban presentes, léase su carácter prolífico y su tendencia a la esquizofrenia creativa/ artística, aquella génesis como director de los años 60 y principios de los 70 aglutina una serie de obras con una factura técnica relativamente buena, un pulso narrativo firme, estrellas varias del momento e incluso ideas claras en lo que atañe a lo que se pretende transmitir o “vender” al público, un panorama que se licuaría progresivamente por los ataques de la censura franquista, cierta torpeza formal que siempre lo acompañó, su propia idiosincrasia rupturista/ iconoclasta/ terrorista, el cansancio para con la prolijidad y el dejo ideológico siempre hipócrita de los films industriales y desde ya la necesidad de adaptarse a los presupuestos ínfimos con los que trabajaba y los múltiples países europeos que recorrió. Antes de volcarse a los dos rubros que más satisfacciones le darían, el terror y el exploitation anárquico, Franco se paseó por la comedia, el melodrama, el thriller y el musical en una jugada que eventualmente lo llevaría a su peculiar “período de oro”, ese que se abre con Gritos en la Noche (1962) y La Mano de un Hombre Muerto (1962), las dos primeras colaboraciones con su actor fetiche Howard Vernon, un intérprete suizo célebre por trabajar para Jean-Pierre Melville en El Silencio del Mar (Le Silence de la Mer, 1949), Bob, el Jugador (Bob, le Flambeur, 1956) y León Morin, Sacerdote (Léon Morin, Prêtre, 1961), y que se cierra con Vampyros Lesbos (1971) y Ella Mata en Éxtasis (Sie Tötete in Ekstase, 1971), dos de sus faenas más recordadas con la malograda Soledad Miranda, bella ninfa que lamentablemente moriría en un accidente automovilístico en 1970 en Lisboa, Portugal, a la temprana edad de 27 años luego de debutar a instancias del amigo Jesús vía un pequeño aporte sin acreditar en la hoy olvidada La Reina del Tabarín (1960).

 

Esta fase inaugural de la trayectoria de Franco, asimismo abarcando una pata actoral para terceros como en el caso de su magnífica intervención en El Extraño Viaje (1964), joya de Fernando Fernán Gómez, incluye cosillas tan diversas como el film noir La Muerte Silba un Blues (1964), las eróticas y surrealistas Necronomicón (Necronomicon: Geträumte Sünden, 1968) y Venus de las Pieles (Paroxismus, 1969), el exploitation de “hembras entre rejas” 99 Mujeres (Der Heiße Tod, 1969), el eurospy desquiciado La Ciudad sin Hombres (Die Sieben Männer der Sumuru, 1969), las exploraciones en el terreno de su reverenciado Donatien Alphonse François de Sade en línea con Marqués de Sade: Justine (Marquis de Sade: Justine, 1969) y La Isla de la Muerte (De Sade 70, 1970) y su serie de coloridas y/ o lunáticas colaboraciones con el inefable Christopher Lee, aquella de Fu Manchú y el Beso de la Muerte (The Blood of Fu Manchu, 1968), El Castillo de Fu Manchú (The Castle of Fu Manchu, 1969), El Juez Sangriento (Il Trono di Fuoco, 1970) y El Conde Drácula (Nachts, wenn Dracula Erwacht, 1970), amén de La Isla de la Muerte. Ahora bien, definitivamente las mejores películas del señor, conocido en el ambiente anglosajón como Jess Franco, uno de muchos apodos que utilizó para no saturar el mercado por un ritmo de trabajo que llegó a las once odiseas anuales, son Gritos en la Noche y su cuasi secuela Miss Muerte (1966), esta última luego objeto de una remake, Ella Mata en Éxtasis, y Gritos en la Noche a su vez reeditada en ocasión de La Venganza de la Casa Usher (Revenge in the House of Usher, 1983) y seguida por corolarios inferiores como El Secreto del Dr. Orloff (1964), Los Ojos Siniestros del Doctor Orloff (1973), El Siniestro Doctor Orloff (1984) y Los Depredadores de la Noche (Faceless, 1988), todas de Franco, además de productos encarados por otros, como El Enigma del Ataúd (1967), de Santos Alcocer, y Orloff y el Hombre Invisible (La Vie Amoureuse de l’Homme Invisible, 1970), de Pierre Chevalier, en conjunto un popurrí que ofrece distintas variantes del motivo del científico loco adepto a la tortura, los crímenes en serie, la voluptuosidad explícita y esos despropósitos del racionalismo egoísta burgués.

 

La historia de Gritos en la Noche recupera chispazos de Los Ojos Misteriosos de Londres (The Dark Eyes of London, 1939), de Walter Summers, y su remake alemana Los Ojos Muertos de Londres (Die Toten Augen von London, 1961), de Alfred Vohrer, y sigue las macabras andanzas del Dr. Orloff (Vernon), un psicópata que en 1912 vive en un castillo en las afueras de París con un criado ciego y algo retrasado mental, Morpho Lodner (Ricardo Valle), parricida, sexópata y asesino en serie deforme, y con Arne (Perla Cristal), pareja esclavizada del médico y una ex convicta con cadena perpetua como el anterior, dúo de cómplices que fueron sacados del presidio por Orloff cuando era el matasanos del penal de turno y un día se le ocurrió simular la muerte de ambos mediante una inyección de insulina. Como su hermosa hija, Melissa (Diana Lorys), sufrió quemaduras en su rostro y cuerpo por un incendio en su laboratorio, el protagonista no tiene mejor idea que raptar prostitutas y cantantes de cabarets para someterlas a cirugías experimentales con vistas a devolverle la belleza a Melissa sirviéndose de un trasplante, planteo que dejó cinco “desapariciones” que son investigadas por el Inspector Edgar Tanner (Conrado San Martín), sujeto que tiene de segundo al oficial Malou (Fernando Montes) y de prometida a Wanda Bronsky (Lorys de nuevo), una astuta bailarina de ballet que insólitamente demuestra estar obsesionada con la pesquisa y por ello se manda por motu proprio -y de manera sigilosa, sin decirle nada a Tanner- en una misión encubierta haciéndose pasar por furcia en los cabarets cual carnada para el chiflado y ese asistente multifunción, Morpho, ambos adeptos a manosear a las señoritas y Orloff tomando nota del parecido de la bailarina con su hija, deseos incestuosos de por medio. Mientras que el inspector se entretiene con sucesivas charlas con un borracho y pescador que le acerca datos cruciales sobre el castillo, el hilarante Jean Rousseau alias Jeannot (Venancio Muro), Wanda se topa con el científico en la noche parisina y es llevada a la guarida del terror, donde Lodner mata a Orloff luego de hallar de improviso el cadáver de Arne, asesinada por el médico cuando pretendía abalanzarse contra Melissa por celos.

 

El Dr. Orloff de Vernon y el “Tío Franco”, sólo comparable en el fantaterror español con el hombre lobo del imponderable Paul Naschy, Waldemar Daninsky, y con la tetralogía de los Caballeros Templarios Ciegos de Amando de Ossorio, esa zombie de La Noche del Terror Ciego (1972), El Ataque de los Muertos sin Ojos (1973), El Buque Maldito (1974) y La Noche de las Gaviotas (1975), constituye una mixtura del bastión extracinematográfico, como por ejemplo las figuras del ignoto Jack, el Destripador y el criminal de guerra nazi Josef Mengele, y de referencias ya más propias del séptimo arte, en sintonía con el loquito titular de Werner Krauss de El Gabinete del Dr. Caligari (Das Cabinet des Dr. Caligari, 1920), de Robert Wiene, ese Dr. Génessier (Pierre Brasseur) de Los Ojos sin Rostro (Les Yeux sans Visage, 1960), de Georges Franju, aquel putañero Profesor Immanuel Rath (Emil Jannings) de El Ángel Azul (Der Blaue Engel, 1930), de Josef von Sternberg, y desde ya los Frankenstein de Colin Clive y Peter Cushing correspondientes a Frankenstein (1931), de James Whale, y La Maldición de Frankenstein (The Curse of Frankenstein, 1957), opus de Terence Fisher, respectivamente. El director y guionista, de hecho, aquí se inspira tanto en el terror gótico de Fisher, Mario Bava y el Roger Corman adaptando a Edgar Allan Poe como en el acervo más macro de la Universal Pictures y la Hammer Film Productions con el objetivo de redondear una hazaña truculenta y sensual que por un lado se anticipa a lo realizado por Herschell Gordon Lewis y Russ Meyer, otros dos expertos en el campo del sadismo bien libidinoso, y por el otro lado inaugura el gore y el sexploitation en castellano a través de la famosa escena de la víctima desnuda cercenada por el doctor con un bisturí, la cantante Irma Gold (Mara Laso), y aquella otra de las “tetas al aire” de Bronsky cuando pretendía huir de nuestro Igor hispano, Morpho, ambas secuencias rodadas con dobles de cuerpo. Franco introduce su humor negro o cáustico marca registrada mediante frasecitas de los personajes que auguran la catástrofe, el momento del desacuerdo generalizado entre los testigos al confeccionar el identikit de los sospechosos, el maltrato y la manipulación conductista del matasanos para con su asistente monstruoso, las diversas intervenciones de Jeannot y sus peleas con Malou, esos arrebatos histéricos repentinos de Arne, algún que otro demente que confiesa los crímenes para llamar la atención y finalmente la presencia de clichés del género como ese búho y ese gato negro en el castillo de Orloff. Más allá del leitmotiv del psicópata seudo moralista de la alta burguesía que busca reconstruir lo perdido o vengarse, el latiguillo de la bohemia llena de meretrices, esas ridículas muertes de Arne y Melissa y el desenlace abrupto con el disparo de Tanner sobre Lodner y su caída desde las alturas de los muros del castillo, a decir verdad Gritos en la Noche, también conocida como El Horrible Dr. Orloff y tiempo después objeto de una digna remake con Klaus Kinski, Jack, el Destripador (Jack, the Ripper, 1976), y otra muy floja con Siegfried Lowitz, La Venganza del Doctor Mabuse (Dr. M Schlägt Zu, 1972), niega en parte el resto del arsenal retórico y formal franconiano porque las actuaciones son muy buenas, la edición bastante prolija y el relato ameno y sin tantos desvaríos, esperpentos o carne femenina mancillada, destacándose la inteligencia al refritar la premisa de Los Ojos sin Rostro y en especial la fotografía de corte expresionista de Godofredo Pacheco, el cual a posteriori trabajaría sin acreditar para Narciso Ibáñez Serrador en ocasión de la genial La Residencia (1969). La propuesta en sí concibe una de las grandes obsesiones temáticas del cineasta, la destrucción de la inocencia y la virtud a través de su opuesto exacto, léase la apología del libertinaje, las utopías pasionales y todos los excesos violentos, y en el trajín -de modo subrepticio- deja en primer plano el talento del señor, ese que a futuro terminaría tapado por la repetición incesante en cuanto al reciclaje de recursos y estereotipos del mejunje exploitation, en este sentido pensemos en el sustrato ya demasiado alicaído de clásicos trash posteriores como Eugenie de Sade (Eugénie, 1973), La Mujer Vampiro (La Comtesse Noire, 1973), Virgen entre los Muertos Vivientes (La Nuit des Étoiles Filantes, 1973), El Reformatorio de las Perdidas (Frauengefängnis, 1976), el nazisploitation tácito Greta: La Torturadora (Greta: Haus ohne Männer, 1977), el nunsploitation Cartas de Amor de una Monja Portuguesa (Die Liebesbriefe einer Portugiesischen Nonne, 1977), Sadomanía (1981), Luna Sangrienta (Die Säge des Todes, 1981) y la mencionada Los Depredadores de la Noche, protagonizada por Vernon, Helmut Berger, Telly Savalas, Stéphane Audran, Caroline Munro y la gloriosa Brigitte Lahaie, socia de Jean Rollin, en esencia la única epopeya rescatable de la vorágine Clase Z o pornográfica en la que derivó la trayectoria de Franco desde los 80 en adelante…

 

Gritos en la Noche (España/ Francia, 1962)

Dirección y Guión: Jesús Franco. Elenco: Howard Vernon, Ricardo Valle, Conrado San Martín, Diana Lorys, Perla Cristal, Mara Laso, Venancio Muro, Fernando Montes, María Silva, Félix Dafauce. Producción: María Ángel Coma Borrás, Leo Lax y Marius Lesoeur. Duración: 87 minutos.

Puntaje: 7