Exit 8 (8-Ban Deguchi)

La repetición desnaturalizada

Por Emiliano Fernández

Los productos audiovisuales basados en videojuegos adquirieron cierta legitimidad gracias a traslaciones más o menos correctas como The Last of Us (2023-2025) y Fallout (2024-2026), series que entran en la misma bolsa de películas como A Minecraft Movie (2025), de Jared Hess, y Until Dawn (2025), de David F. Sandberg, lejos de bodrios de la talla de Five Nights at Freddy’s (2023), de Emma Tammi, Borderlands (2024), de Eli Roth, y Return to Silent Hill (2026), de Christophe Gans. Exit 8 (8-Ban Deguchi, 2025) es la adaptación por parte del japonés Genki Kawamura del hit indie del mismo título de 2023, videojuego de Kotake Create que unificaba el horror, la agilidad mental y los simuladores de caminata/ “walking simulators” mediante una premisa muy simple que buscaba una resolución en el corto plazo, concretamente recorrer los pasillos del metro de Tokio para hallar la Salida 8 y dejar atrás una serie de espacios liminales repetitivos que en ocasiones incluyen algunas diferencias, en el lenguaje del juego “anomalías”, que nos obligan a retroceder en nuestros pasos para subir de nivel, caso contrario -sin cambios a la vista- se debe seguir avanzando hacia el exterior pero cuidándose de no cometer errores, los cuales reinician el ciclo en la Salida 0. Kawamura, aquí en su segunda obra luego de A Hundred Flowers (Hyakka, 2022), melodrama sobre la demencia que no vio casi nadie, redondea un film ameno que inventa una historia donde no existía, así las cosas ahora tenemos a un protagonista, El Extraviado (Kazunari Ninomiya), que no interviene cuando un energúmeno burgués maltrata a una madre en el metro, a raíz de su bebé llorando, y que recibe un llamado telefónico de su ex novia (Nana Komatsu) para comunicarle que está embarazada y preguntarle qué quiere hacer, planteo que genera las dudas y el desconsuelo de un antihéroe para colmo asmático.

 

Pronto entramos en un bucle en el que las diferencias van desde lo nimio hasta situaciones tétricas deudoras de Pesadilla en lo Profundo de la Noche (A Nightmare on Elm Street, 1984), de Wes Craven, amén de dos personajes fundamentales más, El Caminante (Yamato Kôchi), un oficinista que quedó atrapado en el loop espacial luego de confundir una salida falsa con la real, y El Niño (Naru Asanuma), que se portó mal alejándose intencionalmente de su madre aunque todavía conserva rasgos humanos que a su vez hacen que identifique con enorme facilidad las anomalías, actuando de sabueso simbólico de El Extraviado. La propuesta toma la forma de un análisis nada sutil de la responsabilidad individual, desde la paternidad, claramente el fetiche temático de turno, hasta la insensibilidad contemporánea de la lacra burguesa psicopática que suele votar a la derecha y todos sus esperpentos, basta con considerar a Donald Trump, Javier Milei, Benjamín Netanyahu y demás payasos de la secta del J.P. Morgan, asimismo conocida como el culto de los millonarios bobos pedófilos neoliberales y sus testaferros. El film aglutina recursos variopintos en sintonía con esas tomas subjetivas del comienzo símil videojuego en primera persona, un marco fantástico claustrofóbico a lo La Dimensión Desconocida (The Twilight Zone, 1959-1964), legendaria serie de Rod Serling, un minimalismo de deducción por niveles cercano a El Cubo (Cube, 1997), neoclásico canadiense de Vincenzo Natali, una imaginería terrorífica que juega con las antologías del horror cinematográfico, rubro que nace con Al Morir la Noche (Dead of Night, 1945), aquella joya de Alberto Cavalcanti, Charles Crichton, Basil Dearden y Robert Hamer, y finalmente una impronta hipnótica homologable al cine de género de vocación experimental o bien inconformista, más allá de los resultados de tan nobles intenciones.

 

El popurrí del espanto cuasi surrealista no es precisamente muy novedoso que digamos aunque no está mal ejecutado por parte de Kawamura, pensemos en la sangre chorreando desde el techo, el acecho del oficinista alienado, aquellos bebés encerrados en los casilleros del metro, los ojos de los carteles que siguen al protagonista, las paredes que mutan en un amarillo histérico, esa colegiala siniestra que repite siempre lo mismo (Kotone Hanase), unas ratas monstruosas adictas a la oscuridad, algún que otro fantasma femenino modelo J-Horror -la especialidad vernácula- y aquella inundación repentina y apocalíptica del último acto del metraje. El bucle en nuestra faena se nos aparece como un castigo ontológico que lleva a repensar la vida y las decisiones de cada uno, en suma el dilema entre volcarse a la solidaridad o continuar prisionero del egoísmo posmoderno banal de siempre, espasmo de un capitalismo salvaje que hace todo lo posible para socavar los lazos sociales y venderle productos al papanatas solitario o controlable/ manejable. Lamentablemente el costado melodramático del convite, léase la duda de El Extraviado en relación a su paternidad en puerta y la culpa del mocoso por haber abandonado a su madre, es bastante esquemático y/ o aburrido y está alargado por demás en el relato aparentemente para contentar al público rosa, por lo que el ritmo se resiente de manera esporádica y la tensión acumulada nunca llega a explotar en serio como si la microscópica fauna femenina gamer estuviese en serio preocupada por consumir Exit 8, dictamen de marketing por parte de los productores de la película que se engloba dentro de la estupidez de gran parte del cine mainstream e indie del nuevo milenio, ese que de tanto pretender abarcar termina generando productos con poca o nula personalidad, engendros frankensteineanos sin la visceralidad expresiva de los 70 y 80.

 

Entre la buena música de Shouhei Amimori y Yasutaka Nakata y una referencia más que interesante a Möbius Strip II (Red Ants) (1963), fascinante obra de M.C. Escher que a su vez recuerda a Moebius (1996), epopeya argentina de ciencia ficción de Gustavo Mosquera, en la película nos topamos primero con la acertada decisión de reproducir el diseño de los pasillos del juego, algo que llama la atención por la meticulosidad del asunto, y segundo con una contraposición permanente entre la perspicacia infantil y la ceguera o soberbia necia de los adultos, por ello el purrete es más consciente del hecho de que todos somos ratones patéticos atrapados en un laberinto destinado a enloquecernos de a poco, ya sea el metro o la sociedad que lo contiene. Las actuaciones no son precisamente brillantes porque ninguno de los actores aprovecha su rol dentro del andamiaje general y honestamente las alusiones a -o los latiguillos tomados prestados de- El Resplandor (The Shining, 1980), de Stanley Kubrick, tampoco ayudan a levantar el nivel de calidad desde la originalidad, nos referimos al uso extensivo de steadicam, los personajes tenebrosos que aparecen en los pasillos/ a la vuelta de la esquina y sobre todo esa marea imprevista que antes era sangre y ahora agua con arena símil playa, aquí derivando en otra escena melosa que corta de cuajo la angustia del momento con más pavadas familieras (en una playa, por supuesto, acorde con tamaña redundancia). El motivo final de la redención vía el sacrificio personal es muy hollywoodense hueco y refuerza la idea de una realización que cumple con dignidad pero nunca termina de trepar hacia el estrato de lo verdaderamente memorable por cierta tibieza o cobardía o mediocridad a la hora de ampliar los horizontes retóricos para escapar del tren fantasma promedio del terror industrial del Siglo XXI. Ahora bien, un concepto en verdad atractivo, parte constituyente del universo gamer, pasa por la repetición desnaturalizada para sobrevivir buscando pequeñas diferencias que suelen perderse en la condensación del aparato sensorial de los seres humanos, ese principio en función del cual el cerebro agrupa información visual similar bajo la misma categoría, sin olvidarnos de la fuerte crítica del film contra la apatía y la lobotomía masiva del nuevo milenio por los celulares, pivotes de una vida virtual idiota que se come a la existencia prosaica de todos los días, la material…

 

Exit 8 (8-Ban Deguchi, Japón, 2025)

Dirección: Genki Kawamura. Guión: Genki Kawamura y Kentaro Hirase. Elenco: Kazunari Ninomiya, Yamato Kôchi, Naru Asanuma, Kotone Hanase, Nana Komatsu, Hikaru Kaihotsu, Hirota Ôtsuka. Producción: Genki Kawamura, Akito Yamamoto, Kenji Yamada, Taichi Ueda, Yuto Sakata, Taichi Itô, Minami Ichikawa y Yoshihiro Furusawa. Duración: 95 minutos.

Puntaje: 6