La década del setenta fue una etapa muy prolífica para el realizador norteamericano William Friedkin, que comenzó con la adaptación de la obra teatral de Mart Crowley, The Boys in the Band (1970), película considerada un hito del cine queer, para luego adentrarse en otro tema aún más tabú, el tráfico de drogas entre Estados Unidos y Francia. A partir de allí su carrera en esa década sería descomunal porque El Exorcista (The Exorcist, 1973), un film recordado y temido por todo el mundo, y Sorcerer (1976), la adaptación norteamericana de la novela de George Arnaud El Salario del Miedo (Le Salaire de la Peur, 1950), llevada al cine en Francia por Henri-Georges Clouzot y protagonizada por Yves Montand, forjarían el resto de la leyenda. A un nivel filosófico Contacto en Francia, El Exorcista y Sorcerer podrían ser consideradas tres aproximaciones al mal, a una figura del mal que se manifiesta para apoderarse de las personas y convertirlos en sus instrumentos, apoderarse de aquellos que se atreven a verlo de frente y a dedicar su vida a combatirlo y apoderarse de las armas que estos individuos utilizan en su cruzada, pero lo más importante e impactante del cine de Friedkin siempre ha sido el resultado de esta batalla maniquea.
Contacto en Francia (The French Connection, 1971) comienza con una doble escena que transcurre a la par en Marsella, al sur de Francia, y en Brooklyn, en Nueva York. En Europa un hombre que sigue a un zar de la droga es asesinado cerca de su casa mientras que en Nueva York una pareja de detectives de la policía, cansada de arrestar a los peces chicos, acude a un bar donde se encuentran con varios traficantes de heroína, a los que deciden seguir. Los detectives en cuestión son el irascible y temperamental Jimmy Doyle (Gene Hackman) y su más centrado compañero Buddy Russo (Roy Scheider), apodados Popeye y Cloudy respectivamente. Ambos encuentran en un conocido antro una pista que los conduce a un bar de barrio que funciona como fachada, donde se teje un gran negocio de tráfico de heroína que tiene como protagonista a un narcotraficante francés, Alain Charnier (Fernando Rey), y a su socio y ejecutor, Pierre Nicoli (Marcel Bozzuffi), quienes convencen a Henri Devereaux (Frédéric de Pasquale), una celebridad televisiva francesa, de que acceda a brindar su nombre a un lujoso auto en el que los criminales piensan introducir la droga en Estados Unidos. A través de muchas horas de vigilancia y gracias a convencer a su superior de colocar micrófonos, la investigación avanza pero Charnier descubre que la policía le pisa los talones, por lo que comienza un juego de evasión que termina con un intento fallido de matar a Doyle, una persecución memorable y una redada el día del intercambio en una fábrica abandonada en las Islas Wards.
Si nos atenemos a la trama pareciera que muy poco ocurre en este neo-noir clasicista que hereda del cine negro un protagonista sin miedo a adentrarse en la oscuridad, pero semióticamente Friedkin le trasmite al espectador un gran cúmulo de información en cada escena. Durante todo el film hay una contraposición constante entre los personajes de Doyle y Charnier. El francés tiene una vida acomodada con una novia joven a pesar de ser un hombre mayor, se comporta como un aristócrata, come en los mejores restaurantes, camina con elegancia y seguridad en sí mismo. En resumen, parece ser un hombre distinguido y exitoso que tiene el control de todo lo que acontece a su alrededor. Doyle, en cambio, vive en una pocilga, tiene sexo casual y termina esposado a su propia cama por una desconocida, come y bebe bazofias que difícilmente puedan denominarse comida y bebida, vive ofuscado y apresuradamente, sin disfrutar de nada. A priori se podría decir que Charnier vive la vida, disfruta todo lo bueno que el mundo tiene para ofrecer sin pedir disculpas, porque se lo merece, mientras que Doyle padece cada minuto de su existencia, sintiendo frío y consumiendo las sobras que le llegan a su áspero y curtido paladar negro. Así es cómo Friedkin posiciona esta batalla entre el bien y mal que nunca termina. En este escenario Doyle y Russo se mueven en un mundo podrido, en unas calles llenas de drogadictos patéticos y de narcotraficantes que quieren aprovecharse de los desposeídos por la recesión, que ya a principios de la década del setenta estaba convirtiendo a Nueva York en la cuna de las pandillas. Aquí un par de policías honestos y dedicados intentan combatir esta podredumbre y la recompensa es escasa. Para ello ambos se adentran en esa putrefacción, la respiran, conviven con ella, pero siempre sabiendo cuál es su misión. El mejor símbolo de este mundo es el subte de Nueva York, un lugar sórdido y con poca luz en el que da miedo entrar y permanecer. Pero hacer el bien, perseguir a los que hacen daño, nunca es reconfortante, es una misión que reclama cortar la cabeza de la serpiente para poder descansar, al menos por un momento. Doyle es un mártir que sabe que su vida es un sacrificio, que los placeres de los que los narcotraficantes disfrutan son a costa del sufrimiento y la descomposición social y ya hace mucho que ha dejado sus pruritos morales de lado para luchar en las trincheras.
Pero Contacto en Francia es un policial sucio heredero de películas como Bullit (1968), de Peter Yates, ambas producidas por Philip D’Antoni al igual de The Seven-Ups (1973), dirigida por el propio productor, que da cuenta de algo muy importante respecto de este tema, que los límites entre el bien y el mal se han desdibujado. Desde afuera es imposible distinguirlos. Tan solo dentro de la lucha misma, infiltrado en la suciedad, es posible distinguirlos, por lo que la sociedad ha perdido la perspectiva. Ya nadie está capacitado para juzgar el accionar de Doyle porque la contienda ha transformado a los guerreros. Charnier reconoce esta situación y señala que el único problema es Doyle, es el único que puede trastocar sus planes, por lo que intentan eliminarlo. Todo el resto de la policía son peones confundidos, que intentan ganarse su pensión, sobrevivir, ascender, perseguir la cola de la serpiente, pero que no saben cómo ni están dispuestos a pagar el precio de combatir el crimen organizado. Pero esta lucha no es solo una lucha entre el bien y el mal, es una lucha entre los de abajo, los perdedores, el policía dedicado, y el aristócrata burlón francés enriquecido a costa de la explotación de la miseria humana, del deseo de escape de una sociedad en ebullición que de a poco abandonaba el ideal de sus padres de que el trabajo dignifica.
Para lograr atrapar al espectador con una historia así, William Friedkin recurre a una tensión desgarradora, con escenas de suspenso realmente apremiantes, ya sea de persecuciones, vigilancia, discusiones entre colegas e incluso el desguace de un auto, una de las secuencias más exquisitas de la historia del cine. Cada acto es un enigma en el que puede pasar cualquier cosa. Contacto en Francia es una gran persecución, una búsqueda de atrapar a algo o a alguien que consume a Doyle hasta la médula, un policía descarnado y violento, siempre al borde del arrebato de furia, de la suspensión, pegándole a todos los drogadictos que encuentra en los tugurios que allana. La gran persecución de Popeye Doyle es una quimera para apaciguar esta locura por erradicar el mal en Nueva York, hablamos de la droga y los narcotraficantes. La sensación de derrota, de que la lucha contra la droga es una guerra perdida, lleva a Doyle a lanzarse decidida y desquiciadamente, sin temor a nada, hacia la caza de los narcotraficantes.
La escena de Fernando Rey engañando a Gene Hackman en el subterráneo de Nueva York y burlándose de él mientras el subte se aleja es una de las mejores secuencias de todo el séptimo arte, con un Rey que disfruta su pequeña victoria después de un largo escarceo, la contracara de la ofuscación del personaje interpretado por Hackman, un momento que se repite en espiral durante gran parte de la película. Mientras que Doyle vive todo como una lucha constante en el fango, desde la disputa con su superior para que acceda a poner micrófonos para avanzar con la investigación hasta la cotidianeidad de tener que tirar un café intomable en un vaso desechable mientras se muere de frío después de comer una porquería al paso, por otro lado para Charnier todo fluye, sus negocios, la comida, el mejor café en los mejores restaurantes de la ciudad.
Por si esto fuera poco, Contacto en Francia tiene una de las mejores persecuciones de la historia del cine, con Doyle confiscando un auto civil para seguir un tren elevado de Nueva York en el que Pierre Nicoli intenta escapar después de su fracasado ensayo en pos de asesinar al aguerrido detective de narcóticos. Gene Hackman y Fernando Rey ofrecen unas actuaciones tan extraordinarias que opacan a Roy Scheider, que tiene un rol menor como compañero de Popeye, dejando al resto del elenco, que completan Tony Lo Bianco, Marcel Bozzuffi y Bill Hickman, en un lugar muy secundario.
Al igual que Z (1969), el genial thriller político del realizador griego nacionalizado francés Costa-Gavras, la película de Friedkin, escrita por Ernest Tidyman en base a la novela homónima de no ficción de 1969 de Robin Moore, narra la historia como si fuera un documental, siempre intentando atenerse a los hechos reales. Para que la película tenga este cariz realista el director de fotografía Owen Roizman, responsable del rubro en films como Network (1976), de Sidney Lumet, y Los Tres Días del Cóndor (Three Days of the Condor, 1975), de Sydney Pollack, inserta la cámara de manera que se funde con la misma desesperación de Doyle, siguiendo su pulso desbocado, sus nervios, ofreciendo así una epopeya que oscila entre la vertiginosidad de las persecuciones y las escenas semióticas que despliegan significantes al espectador anonadado. Contacto en Francia constituyó un antes y un después en el cine gracias a una crudeza que generó un cisma entre aquellos que la amaron y los que veían cómo una forma nueva de narrar emergía del caos y la libertad creativa de los sesenta, ofreciendo una lectura descarnada sobre la policía y sobre la lucha contra el narcotráfico e introduciendo un estilo que sería pulido por Sidney Lumet en Sérpico (1973), apenas un par de años después.
Contacto en Francia (The French Connection, Estados Unidos, 1971)
Dirección: William Friedkin. Guión: Ernest Tidyman. Elenco: Gene Hackman, Fernando Rey, Roy Scheider, Tony Lo Bianco, Marcel Bozzuffi, Frédéric de Pasquale, Bill Hickman, Ann Rebbot, Harold Gary, Arlene Farber. Producción: Philip D’Antoni. Duración: 104 minutos.