Películas sobre la distancia conceptual y bien práctica entre el mundo de los adultos y su equivalente subyugado/ anexo de los niños y las niñas hay muchas y en términos generales suelen concentrarse, precisamente, en el yugo incuestionable ejercido por los mayores y/ o en lo que éstos interpretan en relación a lo que sería la perspectiva infantil más mundana o pragmática, por ello la gran mayoría de estas realizaciones construyen personajes pueriles inquietos, algo delirantes, dubitativos y sin la verdadera capacidad de valerse por sí mismos o siquiera rebelarse en serio contra los adultos bajo cuyas alas viven, siendo las propuestas de terror una gran excepción porque allí más que invertirse el esquema lo que sucede es una suerte de imitación del comportamiento de los mayores por parte de los purretes al extremo de que éstos comienzan a canibalizar o cazar a sus guardianes símil un castigo predatorio, amigo de la figura del “mocoso del averno”, por la tiranía pasada. Mucho menos frecuentes son los films que proponen una insurgencia infantil homologada a la independencia con respecto no sólo a los padres sino al resto de la fauna de una sociedad que siempre atrofia y limita al individuo de una manera u otra, en este sentido La Muchacha del Sendero (The Little Girl Who Lives Down the Lane, 1976), dirigida por Nicolas Gessner y escrita por Laird Koenig a partir de su novela de 1974, constituye un buen ejemplo de una obra que si bien incluye los típicos asesinatos de un menor de edad que ansía la autonomía al extremo de matar por ella con vistas a romper las cadenas del temor y la obediencia ciega, también le escapa a las características promedio del horror pueril porque aglutina géneros, recursos y formatos a lo loco sin jamás decidirse por ninguno de ellos cual brebaje muy heterogéneo.
Mixtura de obra minimalista para televisión, teatro filmado, faena cuasi surrealista, drama de abuso doméstico, relato de iniciación o “coming of age”, cine de suspenso, tragedia de desintegración familiar, el mentado terror y por supuesto thriller edificado alrededor de un enigma paradigmático, el opus de Gessner, un húngaro que desarrolló casi toda su carrera en Francia y sólo entregó otra película memorable, la también muy extraña Alguien detrás de la Puerta (Quelqu’un derrière la Porte, 1971), con Charles Bronson, Anthony Perkins y Jill Ireland, tiene por núcleo a la señorita del título, Rynn Jacobs (Jodie Foster), una nena de 13 años que habita sola en un caserón de un pueblo conservador de Estados Unidos, donde le hace creer a todos que su padre poeta, un inglés, aún vive cuando en verdad se suicidó saltando desde un precipicio al mar por padecer una enfermedad incurable. Con el alquiler de la casa pago por tres años y dinero suficiente para comida, Rynn viene de asesinar sin saberlo a su madre abusiva con algo de cianuro de potasio que le dejó su padre y también acumula el cadáver de la propietaria metiche de la residencia, Cora Hallet (Alexis Smith), quien muere accidentalmente cuando la puerta del sótano golpea su cabeza. Recibiendo visitas del afable policía local, Ron Miglioriti (Mort Shuman), y de un joven mago del que se enamora, Mario Podesta (Scott Jacoby), la muchacha muy pronto llama la atención del hijo de Hallet, Frank (Martin Sheen), un pederasta que se obsesiona con ella, que descubre sus secretos para chantajearla sexualmente y que ya había sido atrapado persiguiendo a otra niña del lugar, por ello su adinerada progenitora lo hizo casarse a los apurones con una camarera con dos hijos pequeños para demostrarle a todos los locales que ya está “curado”.
A pesar de que aquella novela original de Koenig, conocido por las tramas de Inocencia Peligrosa (Attention, les Enfants Regardent, 1978), thriller freak de Serge Leroy, y de sus tres colaboraciones con Terence Young, léase Sol Rojo (Soleil Rouge, 1971), Lazos de Sangre (Bloodline, 1979) e Inchon (1981), por cierto una de las peores realizaciones de la historia del séptimo arte, era más perversa al igual que el personaje de Foster, la película resultante es lo suficientemente perturbadora como para fascinar al espectador aunque no tanto por lo que sucede en sí en pantalla, esta colección de muertes alrededor de la chica y su mandato -heredado de su padre- en materia de sobrevivir y no dejarse carcomer el alma a instancias del vulgo y sus instituciones disciplinadoras/ de control como la escuela, la banca o los medios de comunicación, sino por las implicancias a corto y mediano plazo del relato, hablamos de la independencia de una niña que de hecho prefiere mantenerse alejada del ecosistema adulto todo lo posible y compartir momentos con Mario, un adolescente apenas mayor que ella, en una situación que le termina dando la razón ya que la interferencia de los gigantones casi siempre resulta hiper nociva y ejemplos de ello son su madre, una persona violenta, la propietaria de la casona, una arpía soberbia e insoportable, el oficial de la ley de este pueblito, un tonto bonachón que en esencia no sirve para nada, y desde ya el hijo de Hallet, el peor de todos, un claro depredador sexual que recibe el mismo tratamiento de la progenitora, cianuro de potasio en el té, y que funciona como el opuesto exacto de Podesta, un muchacho cojo e inofensivo con el que Rynn puede hablar de igual a igual hasta que el varón enferma de pulmonía por ayudarla a enterrar los dos cuerpos del sótano bajo la lluvia.
Como decíamos antes, La Muchacha del Sendero puede leerse como un drama polirubro y existencialista de probeta que se aleja del cliché de los diminutos “engendros del demonio” individuales, esos de La Mala Semilla (The Bad Seed, 1956), de Mervyn LeRoy, El Otro (The Other, 1972), opus de Robert Mulligan, y La Profecía (The Omen, 1976), de Richard Donner, y de los grupos de purretes homicidas desaforados de odiseas como El Pueblo de los Malditos (Village of the Damned, 1960), de Wolf Rilla, Los Inocentes (The Innocents, 1961), de Jack Clayton, y ¿Quién Puede Matar a un Niño? (1976), de Narciso Ibáñez Serrador. Jacoby, Sheen y Foster por entonces estaban en lo mejor de su carrera, pensemos que el primero venía de El Gran Golpe (The Anderson Tapes, 1971), de Sidney Lumet, y Bad Ronald (1974), de Buzz Kulik, el segundo acumulaba joyas como El Incidente (The Incident, 1967), de Larry Peerce, Una Historia de Tres Extraños (The Subject Was Roses, 1968), de Ulu Grosbard, Trampa-22 (Catch-22, 1970), de Mike Nichols, Sed de Venganza (Rage, 1972), de y con George C. Scott, y Malas Tierras (Badlands, 1973), de Terrence Malick, y la tercera no se quedaba atrás ya que además de sus dos famosas colaboraciones con Martin Scorsese, Alicia ya no Vive Aquí (Alice Doesn’t Live Here Anymore, 1974) y Taxi Driver (1976), había trabajado en ultra bizarreadas como Brutal Belleza (Kansas City Bomber, 1972), de Jerrold Freedman, Tom Sawyer (1973), de Don Taylor, y la legendaria Bugsy Malone (1976), de Alan Parker. Metáfora de la soledad de los mortales en general y la resistencia y libertad de los chiquillos más inconformistas, el film supera su poca chispa visual con un planteo honesto que sopesa los límites identitarios del sujeto en sociedad…
La Muchacha del Sendero (The Little Girl Who Lives Down the Lane, Canadá/ Francia/ Estados Unidos, 1976)
Dirección: Nicolas Gessner. Guión: Laird Koenig. Elenco: Jodie Foster, Scott Jacoby, Martin Sheen, Alexis Smith, Mort Shuman, Dorothy Davis, Clesson Goodhue, Hubert Noël, Jacques Famery, Mary Morter. Producción: Zev Braun. Duración: 92 minutos.