Cuando comienza a trabajar en el campo cinematográfico, allá a principios de la década del 70, John D. Hancock era considerado un prodigio del ámbito teatral porque con muy corta edad ya llevaba una década, prácticamente todos los 60, dirigiendo y adaptando obras de gente muy prominente como Tennessee Williams, William Shakespeare, Bertolt Brecht y Robert Lowell, entre muchos otros, lo que le permitió saltar al séptimo arte en calidad de realizador y entregar sus tres primeras y mejores películas, primero Asustemos a Jessica hasta Morir (Let’s Scare Jessica to Death, 1971), clásico de culto de terror por antonomasia con aires etéreos y demenciales basado a lo lejos en Carmilla (1872), la legendaria novela corta del irlandés Sheridan Le Fanu, a su vez principal inspiración para Drácula (1897), de Bram Stoker, segundo La Última Batalla de un Jugador (Bang the Drum Slowly, 1973), amable drama deportivo que junto a Calles Salvajes (Mean Streets, 1973), del gran Martin Scorsese, ayudó a posicionar en el mainstream a Robert De Niro como un actor a tener en cuenta, y tercero Baby Blue Marine (1976), interesante melodrama sobre la identidad bélica norteamericana con una de las pocas verdaderas oportunidades que tuvo Jan-Michael Vincent para destacarse en el período previo a su popularidad vía la serie televisiva Lobo del Aire (Airwolf, 1984-1986). Tanto se esperaba de él, llegando a ser comparado por la prensa con el primer Terrence Malick de Badlands (1973), que se le encargó el proyecto más jugoso del momento, nada menos que la secuela de Tiburón (Jaws, 1975), de Steven Spielberg, pero ahí mismo su carrera hollywoodense finalizó al ser echado por Universal Pictures por rehusarse a trabajar con las putas/ novias/ esposas de los ejecutivos, porque quedó en el medio de una pelea entre Sidney Sheinberg y Richard D. Zanuck, dos magnates del rubro, y en especial por su propia incompetencia a la hora de llevar el rodaje a buen término sin tener realmente experiencia en el rubro de los blockbusters y toda esa presión para respetar itinerarios y/ o presupuestos gigantescos de los que dependen muchísimas personas. Hancock quedó devastado a raíz del desaire profesional y rápidamente volvería al teatro, se volcaría a diversas series televisivas, dirigiría algunos films muy olvidables por encargo, como Hombres Marcados (Weeds, 1987) y Milagro de Navidad (Prancer, 1989), y hasta apostaría a la producción indie ya entrado el nuevo milenio, como último recurso.
El único público específico que lo tiene en estima -no se podría decir en alta estima pero sí en estima- es aquel del terror, gremio muy concreto de los espectadores que en términos generales puede ser algo mucho bobalicón pero detenta una fidelidad y un conocimiento del medio que prácticamente todos los otros públicos carecen, sean del tipo que sean: más allá de la anécdota de su malograda intervención en lo que terminaría siendo Tiburón 2 (Jaws 2, 1978), del extremadamente desparejo Jeannot Szwarc, única secuela en verdad potable del lote de continuaciones que desencadenó la obra maestra de Spielberg, suceso que por cierto tuvo su contracara paradójica cuando a Hancock lo contrataron para hacerse cargo de la postproducción del neoclásico de hombres lobos Wolfen (1981) a posteriori del despido de Michael Wadleigh, su director original y principal responsable del recordado documental Woodstock (1970), está claro que es la enigmática Asustemos a Jessica hasta Morir la realización por la que hoy por hoy se lo recuerda, una mixtura bien bizarra del vampirismo femenino paulatino de Carmilla, el juego de corrupción moral de Otra Vuelta de Tuerca (The Turn of the Screw, 1898), la magnífica novela gótica de Henry James, y la convivencia entre opuestos en una residencia pesadillesca de La Casa Embrujada (The Haunting, 1963), joya de Robert Wise basada en la novela La Maldición de Hill House (The Haunting of Hill House, 1959), de Shirley Jackson. Jessica (Zohra Lampert) es una mujer muy adepta al calco de lápidas que estuvo confinada en un neuropsiquiátrico durante seis meses y que se muda junto a su esposo, Duncan (Barton Heyman), un ex contrabajista de la Filarmónica de Nueva York, a una granja destartalada de las afueras de la ciudad que el hombre compró con todos sus ahorros y la idea de cosechar manzanas. Acompañados por un amigo hippón de la pareja que se dedica a regar los terrenos lindantes con un tractor, Woody (Kevin O’Connor), el matrimonio pronto entra en crisis por los celos de ella ante una pelirroja que encuentran dentro del inmueble, Emily (Mariclare Costello), quien pasa de ser amigable a intimidante cuando Jessica comienza a experimentar visiones espeluznantes y se convence que la mujer no es quien dice ser sino Abigail Bishop, antigua habitante de la casa que se ahogó en 1880 -antes del día de su boda- y se convirtió en vampiro para succionar la sangre de todos los machos de la región, frustración sexual/ romántica/ existencial de por medio.
Condimentando el asunto con un anticuario neoyorquino que también se mudó al enclave bucólico de turno escapando del ruido y la contaminación, Sam Dorker (Alan Manson), el cual aparece muerto -y resucita más adelante, cuando todo está perdido y las utopías de paz estallaron- después de que Jessica y su esposo le venden un retrato enmarcado con plata de la familia Bishop, léase Abigail y sus dos progenitores, el guión de Hancock, basado en una historia previa de Lee Kalcheim bajo el seudónimo de Norman Jonas de índole paródica para con la contracultura del período bautizada Bebe la Sangre Hippie (It Drinks Hippie Blood), incluye tantos elementos autobiográficos del director, en línea con esa huerta de manzanas donde creció y un contrabajo que fue el instrumento de su padre, un músico profesional, como hilarantes imposiciones por parte del productor Charles B. Moss Jr. que tenían que ver con ingredientes del guión primigenio de Kalcheim a lo “detalles infaltables” de toda propuesta de horror cuasi espectral que se precie de tal, como una sesión espiritista de los cuatro personajes cruciales para invocar a todos aquellos que murieron en la casona y especialmente la presencia de una adolescente muda y con un vestido blanco (Gretchen Corbett) que Jessica confunde con una amenaza cuando en realidad sólo pretende advertirle del peligro que se cierne sobre su persona por haber permitido el ingreso de Emily al hogar, un raudo lobo con piel de cordero que adora esclavizar a los varones de la localidad, por ello todos se muestran hostiles contra los recién llegados y tienen grandes cicatrices en su cuerpo cual ganado/ alimento permanente de la señorita colorada, o directamente matarlos como hace con Woody, a quien primero rechaza porque su prioridad es engatusar a Duncan y luego ataca utilizando su sensualidad y poder femenino de sugestión. El desempeño de Hancock es de lo más contradictorio y ello en gran medida le suma puntos a la propuesta en materia de su encanto y su singularidad, por un lado demostrando ser un incompetente total a escala narrativa y llenando el relato de ambigüedades tontuelas que bien podrían anularse con algún apunte lírico sutil que explique la razón por la que esto o aquello ocupa un lugar en la trama, sobre todo teniendo a la antiheroína del título disparando contantes soliloquios en off proto malickianos, y por el otro lado administrando con inteligencia las actuaciones y esta atmósfera opresiva y alucinada de indistinción discursiva entre la locura y la cordura.
Hancock, señor que conociendo sus limitaciones sólo en otra ocasión volvería a firmar un guión, para la citada Hombres Marcados, en Asustemos a Jessica hasta Morir exprime su experiencia teatral contratando a intérpretes con los que ya había trabajado como la misma Lampert, su ex novia, cuya maravillosa composición de una desequilibrada símil narradora no fiable sería muy influyente a futuro en gran parte del terror indie y mainstream basado en la incertidumbre retórica, los criterios de verdad en pugna y la noción feminista tácita de denunciar la estupidez y soberbia del entorno intolerante de algunas mujeres victimizadas o autovictimizadas -incluido el rol basureador y ninguneador de otras hembras, no sólo de los machos- con vistas a poner en entredicho a aquellos que se abogan el derecho de decidir qué forma parte de lo aceptado a nivel colectivo y qué no, hablamos de la lacra médica e institucional. La película cuenta con algunos baches dentro de un desarrollo demasiado lánguido o aletargado pero cumple con su cometido porque atrapa y de paso analiza tópicos varios como la vergüenza pública, el límite de la paciencia individual, la enajenación, los problemas del aislamiento, la vida en comuna, el antiurbanismo, las leyendas folklóricas, el pasado ignorado, la infidelidad, el lesbianismo, la dependencia romántica y en términos de salud, la necrofilia, la crisis de pareja, el conservadurismo comunal y político y desde ya la contingencia de ese “enemigo interno” que puede adquirir la forma del adalid cultural foráneo, visto desde la perspectiva de los lugareños entrados en años y siempre agresivos para con los jóvenes, o del agente envilecedor que no soporta la felicidad ajena o aprovecha cual parásito sádico las oportunidades que surgen para extender su margen de influencia, en este sentido la conducta sexual predatoria de Emily está vinculada con una promiscuidad homologada a la cooptación de varones -y de mujeres, no nos olvidamos del dejo cercano a Carmilla de su relación con Jessica- que tiene mucho de compulsión amatoria y esconde una oquedad fría y psicopática en su interior, esa tendencia a lastimar por el simple hecho de poder hacerlo. La eficaz música de Orville Stoeber, una de las primeras bandas sonoras con sintetizadores en primer plano, suma mucho a la claustrofobia de un film que sin ser una maravilla absoluta logra pensar las redes de la histeria y la manipulación erótica desde un esquema onírico derrotista para con los ideales del hippismo del amor todopoderoso…
Asustemos a Jessica hasta Morir (Let’s Scare Jessica to Death, Estados Unidos, 1971)
Dirección: John D. Hancock. Guión: John D. Hancock y Lee Kalcheim. Elenco: Zohra Lampert, Barton Heyman, Kevin O’Connor, Gretchen Corbett, Alan Manson, Mariclare Costello. Producción: Charles B. Moss Jr. Duración: 89 minutos.