El físico teórico Julius Robert Oppenheimer (1904-1967) fue una figura científica de lo más polémica que en esencia se hizo muy conocido en el segundo lustro de la década del 20 por la denominada Aproximación de Born-Oppenheimer, un principio de la mecánica cuántica formulado bajo la supervisión del alemán Max Born, y por sugerir en la década siguiente la existencia de los agujeros negros, léase las regiones del espacio con alta concentración de masa y con capacidad de atrapar partículas. Con problemas psicológicos y físicos a cuestas, como depresión, colitis y tuberculosis, el intelecto brillante pero demasiado heterogéneo y errante de Oppenheimer lo lleva a ganar un enorme prestigio en los círculos académicos y científicos de Europa y Estados Unidos de mediados del Siglo XX al extremo de que el nefasto General Leslie Groves, la autoridad militar máxima del Proyecto Manhattan (1942-1947), parte de la carrera en pos del desarrollo de la bomba atómica junto con la Operación Borodino de los rusos y el Proyecto Uranio de los nazis, lo nombra director del Laboratorio Nacional de Los Álamos, aquel cónclave de una pluralidad de especialistas mundiales y en términos concretos un complejo científico y castrense ultra secreto de Nuevo México donde efectivamente se idearon los dispositivos atómicos tanto de la Prueba Trinity del 16 de julio de 1945, nada menos que la primera detonación de un arma nuclear con plutonio de la historia, como de los Bombardeos Atómicos de Hiroshima y Nagasaki del 6 y 9 de agosto de 1945, en estos casos mediante las bombas Little Boy, de uranio, y Fat Man, de plutonio, respectivamente. Oppenheimer sistemáticamente mostró reacciones contradictorias ante las masacres en Japón, el macartismo y la misma posibilidad del desarrollo posterior de otros dispositivos asesinos masivos como la bomba de hidrógeno o bomba termonuclear, todo en complicidad con los genocidas de Groves y Harry S. Truman, el presidente en funciones durante las postrimerías de la Segunda Guerra Mundial (1939-1945). Aislado políticamente luego del conflicto bélico por enfrentamientos en la comunidad académica, viejas simpatías comunistas y el desprecio obstinado de J. Edgar Hoover, autócrata del FBI, el físico vería con sumo espanto la eclosión de la carrera armamentista y de la Guerra Fría, después de la Conferencia de Potsdam de 1945, y la espantosa retahíla de pruebas nucleares, entre 1946 y 1958, en el Atolón Bikini de las Islas Marshall, siendo expulsado del gobierno en 1954 por el sucesor de Truman, Dwight D. Eisenhower, y a posteriori, recién en 1963, rehabilitado por los mandatarios John F. Kennedy y Lyndon Johnson pero sólo a una escala simbólica.
Si bien promovió con gran ahínco la puesta en funcionamiento de algún tipo de autoridad internacional que regulase la proliferación de armas nucleares siguiendo los pasos de la flamante Organización de las Naciones Unidas u ONU, algo que quedaría en la nada por la seguridad interna fetichizada y la animadversión paranoica entre Estados Unidos y la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas, y en esencia logró quitarles a los militares el control de la energía nuclear, una movida que tuvo que ver con la creación en 1946 de la Comisión de Energía Atómica de Estados Unidos, entidad civil que escapaba a la influencia castrense del Laboratorio Nacional de Los Álamos, Oppenheimer se la pasó negando y defendiendo la existencia de la bomba que ayudó a construir desde una ciclotimia y una conciencia en crisis preocupantes que divagaban mucho a nivel ético e incurrían en constantes paradojas y desvaríos, amén de haber denunciado como comunistas a su amigo Haakon Chevalier y el ex alumno Bernard Peters, intentado estrangular de repente a un tal Francis Ferguson, otro amigo, y aparentemente haber provocado por despecho el suicidio en 1944 de su célebre amante de los años mozos, Jean Tatlock, una militante de izquierda que conoció antes de casarse en 1940 con la germana Katherine “Kitty” Vissering Puening, con la que tuvo dos vástagos, Peter en 1941 y Katherine en 1944. La llamada fisión nuclear, descubierta en 1938 por los químicos alemanes Otto Hahn y Fritz Strassmann y explicada teóricamente en 1939 por los físicos austríacos Otto Robert Frisch y Lise Meitner, fue la base no sólo del arma más mortífera jamás concebida por la humanidad sino asimismo del germen de la primera tecnocracia moderna, esa del Proyecto Manhattan que bajo la excusa de combatir al Imperio del Japón y a la dictadura de Adolf Hitler unificó criterios geopolíticos, científicos, económicos, organizacionales, estratégicos y marciales para que los gobernantes del orden planetario de la segunda mitad del Siglo XX -e incluso los del nuevo milenio- pudiesen presionarse recíprocamente, lo que desencadenaría la mitificación de las bombas nucleares y un escenario global de destrucción mutua asegurada en caso de una guerra atómica, por ello la figura de Oppenheimer, falleciendo en un relativo olvido por cáncer de garganta a los 62 años de edad, regresó una y otra vez a la memoria audiovisual mediante la miniserie Oppenheimer (1980), de Barry Davis, el documental El Día Después de Trinity (The Day After Trinity, 1981), de Jon Else, y dos interesantes films, Día Uno (Day One, 1989), de Joseph Sargent, y El Proyecto Manhattan (Fat Man and Little Boy, 1989), de Roland Joffé.
Justo como le tocase anteriormente a Sam Waterston en la citada Oppenheimer, a David Strathairn en Día Uno y a un Dwight Schultz que en El Proyecto Manhattan decididamente quedaba algo mucho opacado por el magnético Paul Newman en el rol del General Groves, ahora es el actor irlandés Cillian Murphy el encargado de calzarse los zapatos del físico teórico en ocasión de Oppenheimer (2023), odisea escrita y dirigida por Christopher Nolan e inspirada en Prometeo Americano: El Triunfo y la Tragedia de J. Robert Oppenheimer (American Prometheus: The Triumph and Tragedy of J. Robert Oppenheimer, 2005), una biografía escrita durante más de dos décadas por el historiador Martin J. Sherwin y después completada codo a codo con el escritor y periodista Kai Bird, dupla norteamericana que eventualmente ganaría el Premio Pulitzer de Biografía en su edición del año 2006. Aquí el cineasta británico piensa los tópicos de la responsabilidad moral detrás de la concepción del armamento nuclear, el entramado de alianzas y de traiciones que trae aparejada la función pública y desde ya los demonios psicológicos de un hombre que mutó en simultáneo en el arquetipo máximo del salto de lo teórico bien abstracto a lo práctico maquiavélico y de la ancestral fábula -ahora aggiornada y llevada al extremo- del ascenso a las cúspides del poder estatal seguido de una estrepitosa caída debido a su propia esquizofrenia, el mismo entorno caníbal dirigencial, los muchos enemigos que se ganó y una coyuntura postbélica que en última instancia no supo comprender en toda su envergadura, desde la Guerra Fría y la caza de brujas anticomunista de los años 50 hasta su pendular culposo entre la izquierda y la derecha del espectro ideológico y su necesidad de congraciarse con diferentes jerarcas del momento para no perder su posición de preeminencia. En este sentido, el Oppenheimer de Nolan guarda un parecido extraordinario con el hombre de carne y hueso porque a lo largo de las tres horas de duración, metraje que jamás se siente pesado por la destreza del realizador, la criatura de Murphy efectivamente demuestra ser un genio en el campo teórico aunque incapaz para lo práctico, un líder fenomenal en términos laborales/ de equipo pero sin lograr prestarle una mínima atención a su vida privada -con familia, vástagos y amantes encabezando la lista- y por sobre todas las cosas un sujeto siempre osado en materia de las implicancias de los desarrollos en física de su tiempo que convive con un cobarde supremo a la hora de lidiar con la cacería institucional de “rojos” de aquella época y en lo que atañe a mostrarse en público realmente arrepentido por los monstruosos bombardeos sobre Japón.
La exquisita y meticulosa fotografía del suizo Hoyte Van Hoytema, colaborador del inglés desde Interestelar (Interstellar, 2014), se divide en un color consagrado a la perspectiva subjetiva y algo trastornada del protagonista y un blanco y negro que retrata una realidad consagrada a una audiencia pública de 1959 con motivo del posible nombramiento de Lewis Strauss (Robert Downey Jr.), caudillo de la Comisión de Energía Atómica y uno de los enemigos acérrimos de Robert, como secretario de comercio, episodio en el que uno de los colegas de Oppenheimer, David Hill (Rami Malek), saca a relucir que Strauss se ensañó con el mandamás del Proyecto Manhattan durante la administración de Eisenhower en plan de venganza por dos hechos puntuales, primero su rechazo a la bomba de hidrógeno que Edward Teller (Benny Safdie, aquí en su faceta actoral ya que su fama se debe a los films dirigidos con su hermano Josh) propuso con insistencia en Los Álamos, negativa que según el astuto film se explica por el convencimiento de Oppenheimer de que cualquier nuevo armamento será utilizado y no quedará en un “estado latente” como en un principio se creía en la ingenua comunidad académica/ científica, y segundo su visto bueno ante el Congreso en la polémica alrededor de la exportación de isótopos radiactivos a otras naciones, algo que Strauss veía como peligroso mientras que Robert celebraba como parte de un proceso de paz internacional homologada a colaborar con otros países, compartir los avances en la investigación y favorecer la creación de un organismo que regule la fisión nuclear para que no se llegue, de hecho, al mundo de nuestros días, donde las ojivas atómicas están a la espera de que algún mandatario psicópata las utilice contra sus enemigos elegidos a dedo. Nolan, un cineasta kubrickiano hasta la médula porque el intelecto es más importante que la idiotez melodramática maniquea promedio de Hollywood y de cinematografías nacionales semejantes, incluye el amor con la autodestructiva Tatlock (Florence Pugh) y la alcohólica Kitty (Emily Blunt), dos féminas de militancia comunista que lo ven como un timorato con vocación de mártir facilista, sin embargo no recurre al sentimentalismo del mainstream actual e incluso esquiva el esperable “ejemplo” de los efectos de la radiación utilizando a un miembro del equipo de Los Álamos, recordemos para el caso la escena del opus de Joffé en torno al accidente y lento fallecimiento por envenenamiento de Michael Merriman (un joven John Cusack), todo ahora metamorfoseado en una serie de visiones/ alucinaciones/ delirios de un Oppenheimer que imagina a sus colegas muriendo calcinados por la bomba.
El color, como aseverábamos con anterioridad, aquí va a parar a las “peculiaridades” del jefazo, por cierto siempre bajo el ala de Groves (Matt Damon), y en dos tiempos narrativos, aquella prolongada fase previa a la Prueba Trinity y su defensa en 1954 ante un comité investigador del macartismo que en esencia fue ensamblado por Strauss y comandado por su testaferro y cuasi fiscal conceptual, Roger Robb (Jason Clarke), para colmo con un “veredicto” ya decidido de antemano, eso de no renovarle su credencial de seguridad tanto por sus múltiples vínculos con izquierdistas y sus patéticas acusaciones contra amigotes de antaño como por las evidencias fabricadas por el FBI, su muy mala relación con la derecha dominante en los gobiernos de Truman y Eisenhower y la persecución que sufrió a manos de diversos chiflados recargados de un anticomunismo ortodoxo, pensemos por ejemplo en Kenneth Nichols (Dane DeHaan), Boris Pash (Casey Affleck) y William Borden (David Dastmalchian). Nolan va y viene en el tiempo con mano maestra y va dando forma a otro de sus rompecabezas fascinantes luciéndose en los tres registros fundamentales del relato, hablamos de la epopeya de aprendizaje o bildungsroman para la etapa universitaria y/ o primigenia de Robert, el thriller para el generoso segmento correspondiente al Proyecto Manhattan y el courtroom drama en lo referido al frenesí del último acto y su planteo en paralelo sustentado en los procesos inquisitoriales contra Strauss, apoyado por un ayudante ignoto del Senado (Alden Ehrenreich), y contra el mismo Oppenheimer aunque a puertas cerradas, en pantalla defendido por Lloyd Garrison (el querido Macon Blair), quien desde el vamos intuye la emboscada con ánimos de linchamiento para ya destruir la reputación del protagonista en tanto “padre de la bomba atómica”. El film incorpora de modo brillante el suceso más conocido concerniente a los llamados “espías del átomo”, aquel de Klaus Fuchs (Christopher Denham) pasándole secretitos a los soviéticos antes y después de la Segunda Guerra Mundial, e incluso indaga en los breves aunque reveladores intercambios entre el emblema de Los Álamos y Albert Einstein (Tom Conti), el cual colaboró -desde la teoría y las conjeturas- en la creación del dispositivo destructor pero sin el involucramiento activo del anterior, amén de la anécdota del lastimoso encuentro con Truman (ese irónico Gary Oldman). Nolan no sólo viabiliza quizás las mejores actuaciones de Murphy y un muy contenido Downey Jr. sino que pone en el tapete sin eufemismos el pragmatismo del poder y su clásica tendencia a desechar a los idiotas útiles una vez que cumplieron su función…
Oppenheimer (Reino Unido/ Estados Unidos, 2023)
Dirección y Guión: Christopher Nolan. Elenco: Cillian Murphy, Emily Blunt, Robert Downey Jr., Jason Clarke, Matt Damon, Alden Ehrenreich, Florence Pugh, Macon Blair, Tom Conti, Casey Affleck. Producción: Christopher Nolan, Emma Thomas y Charles Roven. Duración: 180 minutos.