Tame Impala es el proyecto musical del australiano Kevin Parker casi en la más absoluta soledad con la excepción de algunas baterías, bajos y guitarras de colaboradores muy ocasionales, ya que el señor efectivamente se encarga de las voces, todos los instrumentos y efectos y la mismísima producción en términos generales, siempre influenciada por Todd Rundgren, Syd Barrett/ Pink Floyd y un Dave Fridmann que supo colaborar con Kevin en calidad de ingeniero de mezcla. La propuesta de Parker, en parte similar a las de colegas como MGMT y sus compatriotas y amigos Pond, no ofrece nada novedoso porque la neopsicodelia, el rótulo más utilizado al momento de describir a Tame Impala, le precede por mucho de la mano de dos camadas cruciales, primero la funk de los 70 y 80, esa de Sly and the Family Stone, Funkadelic/ Parliament y Prince, y segundo la de la década del 90, ensalada en la que entran desde Primal Scream, The Flaming Lips, Spiritualized, Super Furry Animals y Mercury Rev hasta la escena madchestereana de Happy Mondays, The Stone Roses, Inspiral Carpets, The Charlatans y 808 State, sin olvidarnos de la vertiente indie electrónica del nuevo milenio de Animal Collective, por cierto muy sui generis. El debut de este andamiaje unipersonal -y sin duda su disco más conocido- es Innerspeaker (2010), interesante mixtura entre la Invasión Británica de los años 60 y la primera psicodelia heterogénea estadounidense modelo The Byrds, Janis Joplin, The Electric Prunes, Jefferson Airplane, The Doors, Jimi Hendrix y The Beach Boys circa Pet Sounds (1966), sin desconocer el costado rockero ni la variante popera del asunto desde cierta filosofía indie de anclaje lo-fi, muy preocupada por garantizar el sustrato amigable del combo ya que las tentaciones garage están contenidas. La secuela parcial, Lonerism (2012), constituyó un trabajo en el que dominan los sintetizadores por sobre las guitarras y ya se empieza a sentir el influjo psicodélico posmoderno de todos los estereotipos del caso, principalmente The Flaming Lips más el big beat de The Chemical Brothers y Fatboy Slim y el shoegaze de My Bloody Valentine, Ride, Chapterhouse y Slowdive, amén de un interés más marcado para con la fase lisérgica de The Beatles, hablamos por supuesto de Revolver (1966), Sgt. Pepper’s Lonely Hearts Club Band (1967) y Magical Mystery Tour (1967).
Currents (2015) fue un salto nada sutil hacia la música disco, el synth-pop y la new wave desde una filosofía más psicodélica deforme que vinculada al french house de Daft Punk, por ello mismo en la placa Giorgio Moroder y Nile Rodgers/ Chic se unifican con el rhythm and blues, el gospel y el neo soul mediante un electropop de idiosincrasia por momentos inusitadamente lánguida, jugada esquizofrénica que administrada por cualquier otro que no sea Parker hubiese dado por resultado un desastre mayúsculo o una obra hipócrita, sin la sinceridad lúdica del australiano. Se podría decir que The Slow Rush (2020) funciona como una suerte de relectura según Tame Impala del soft rock, el dream pop, el techno y el hip hop progresivo rockeado aunque hip hop al fin, como si Kevin quisiese entregar un álbum relativamente optimista vampirizando a Fleetwood Mac, Paul McCartney/ Wings, Prince, The Human League, Cocteau Twins, Beck y Kanye West, entre otros puntos de referencia que exacerban la impronta ecléctica del trabajo y la pretensión indisimulable de volcarse en un cien por ciento a expandir el público fagocitando el universo pop. El nuevo álbum de Tame Impala, Deadbeat (2025), se abre camino como una aventura mayormente dance que es la consecuencia lógica de todo el desarrollo previo volcado a la electrónica porque en esta ocasión el australiano se lanza de cabeza al big beat hiper psicodélico de The Chemical Brothers, incluso copiando las bases ansiosas, los coros lunáticos y esos chispazos de tensión in crescendo, panorama al que se suma un pianito espectral que juega entre las dos vertientes principales en lo referido al horizonte aportado por el dúo de Ed Simons y Tom Rowlands, por un lado el breakbeat de Exit Planet Dust (1995) y Dig Your Own Hole (1997) y por el otro lado el house/ post-disco de Surrender (1999) y Come with Us (2002), más detalles de rock setentoso, dub, ambient, hypnagogic pop y dancehall. La jugada definitivamente enajenará a los fans que todavía esperan un regreso al rock lo-fi de Innerspeaker o por lo menos al sustrato híbrido de guitarras/ sintetizadores de Lonerism, sin embargo Deadbeat propone una curiosa y eficaz ortodoxia big beat para suplantar la semi experimentación de antaño, ya sea que apuntemos a la música disco de Currents o el pop ochentoso de The Slow Rush, en cierta medida retomando a nivel espiritual el minimalismo en producción de los comienzos sin tampoco renunciar a esa convicción psicodélica que ha venido siendo la verdadera constante en la carrera del inquieto Parker, un artesano admirable aunque no particularmente brillante en serio.
La apertura del nuevo lote de canciones, My Old Ways, logra amalgamar una intro lo-fi de piano, un desarrollo general de cadencia dance e incluso un puente que reenvía a la música disco modelo Off the Wall (1979), de Michael Jackson, todo al servicio de unos versos que dejan de lado la luminosidad de The Slow Rush y lamentan el regreso a viejos hábitos nada saludables del pasado, cuya naturaleza última queda en el misterio aunque pareciera que el asunto podría ser drogas, violencia o alguna relación tóxica, a su vez de tipo romántica o laboral. La breve No Reply empieza en la neopsicodelia dreampopera y eventualmente deja paso a la vuelta del piano meditabundo del track anterior para apuntalar una angustia apenas maquillada, en esta oportunidad vinculada a lo que parece ser una primera cita con una señorita que no marcha del todo bien porque el narrador se la pasa autojustificando su egoísmo y su torpeza por no saber expresarse con soltura, por estar cansado/ tenso/ preocupado, por no preguntarle a la mujer sobre su vida y trabajo, por ser algo descortés, por contar chistes malos, por ser solitario/ misántropo y por no saber demasiado sobre el séptimo arte mientras que ella exuda cinefilia. Dracula, uno de los mejores temas del álbum, combina el post-disco y el electropop con el objetivo de construir una oda a la cultura de las raves y su variante rural, las doofs, celebrando especialmente la nocturnidad de las fiestas electrónicas a través de la metáfora no muy original pero eficaz del vampirismo, de ahí el título que remite al célebre conde y a la novela de 1897 del irlandés Bram Stoker, así en la letra aquella trasnoche gótica del libro muta en una aventura del corazón en la que el chupasangre le aclara una y otra vez a la señorita reglamentaria que sólo podrán verse cuando la luz del día desaparezca. Loser constituye una rareza dentro de Deadbeat porque es lo más parecido al sonido de los comienzos, léase Innerspeaker y Lonerism, en un movimiento bastante contradictorio ya que el riff hardrockero de guitarra símil Led Zeppelin, Black Sabbath o Deep Purple está ejecutado con teclados y para colmo los arreglos son propios del funk, Parker canta en falsete y el puente y el outro resultan ultra souleros, a lo que se añade una letra que depreca el perdón de la mujer amada por alguna falta que queda en el terreno del enigma, quizás una infidelidad, un detalle cobarde o algún comentario poco afortunado que derivó en la pelea/ crisis en cuestión.
Ubicada entre el dancehall y el dub, Oblivion cuenta con una letra muy precaria y tapada por toneladas de eco, en esencia volcada a tratar de impedir una ruptura romántica que deja paso a la resignación del olvido, excusa para que el australiano siga aprendiendo cómo componer y en especial cómo producir tracks en el ecosistema del dance, un lenguaje que claramente aún no maneja en toda su magnitud porque tiende a confundir repetición con hipnosis o impasse onírico, un error muy común entre los legos en lo que respecta a las pistas de baile porque todavía no terminan de identificar las múltiples variaciones y sorpresas que puede ofrecer una buena epopeya de agite corporal. Not My World arranca en un trance algo raquítico y a posteriori el asunto por suerte deriva en un acid house mucho más colorido, en el que Kevin desparrama sus marcas registradas psicodélicas porque es momento de volver a una de sus grandes obsesiones como letrista, el aislamiento, ahora reflexionando acerca de sus hábitos noctámbulos de trabajo/ ensayo en contraposición a la vida diurna de la enorme mayoría de la humanidad a nivel cotidiano, planteo que lo lleva a enfatizar que vivir una existencia normal debe ser agradable aunque no es su mundo ni nunca lo será. Piece of Heaven es otro engendro frankensteineano cuya accesibilidad comercial no debe hacernos olvidar que empieza coqueteando con el pop barroco, luego se decide por esas alternativas hypnagogic y bedroom que veneran al synth-pop, para ya en el último tramo -una coda, en términos prácticos- reorientar el eje hacia el ambient y el pop progresivo sesentoso más etéreo, nuevamente en función de unos versos que resultan poco memorables y se consagran a retratar el instante en el que el protagonista se despierta por primera vez en la habitación de su interés amoroso femenino, un cuarto desordenado que se idealiza desde la iconografía religiosa. Obsolete, como Oblivion, juega con el dancehall y hubiera funcionado mucho mejor como instrumental porque las palabras de Parker son casi siempre descartables y por momentos deja entrever que tenía ideas musicales más interesantes que abandonó para privilegiar una imaginería popera ochentosa que se pierde entre el vendaval de canciones nostálgicas semejantes del Siglo XXI, aquí otra vez indagando en los pormenores de una crisis del corazón a raíz de promesas incumplidas, reproches, insomnio, celos, silencios dolorosos, mentiras, pretextos y un progresivo desenamoramiento en la pareja.
Ethereal Connection es la primera odisea breakbeat del disco, un track que bordea los ocho minutos de duración que habilita pinceladas de trance y techno, aquellos truquillos robados a The Chemical Brothers y un puñado de versos que por supuesto respetan el ABC de las pistas de baile al poner en la misma bolsa el amor, el optimismo existencial y una sensación de algarabía lisérgica que asimismo se homologa al movimiento del cuerpo, verdadero rasgo infaltable que aquí queda tácito por lo menos en la comarca de las palabras. See You on Monday (You’re Lost), una joyita deliciosa, representa otro regreso a la psicodelia de las primeras placas pero reemplazando el pulso rockero y funky de Loser por un pop barroco que hace un uso magistral -y auténticamente sugestivo- de los sintetizadores, el falsete y los coros, siempre desde una idiosincrasia que conjura por igual a The Beach Boys y XTC circa Skylarking (1986) y consigue la proeza de levantar el nivel de calidad de las letras, hoy una alegoría sobre la falta de certezas en el cariño y la vida en general y acerca del sustrato controlador de determinados individuos, todo en el contexto de un nuevo amor que genera una suposición de estabilidad que se sabe transitoria aunque no por ello menos placentera. Para el momento de la llegada de Afterthought, anteúltima canción del lote que nos ocupa, Kevin lamentablemente se está quedando sin ideas y refrita todo el dance/ house previo y los arreglos de Quincy Jones para el primer Michael Jackson adulto, no sólo aquel de Off the Wall sino también el de Thriller (1982), a su vez el paso previo al salto hacia el proto new jack swing un tanto robótico de Bad (1987), fórmula que puede no ser extraordinaria aunque una vez más funciona con relativa solvencia en consonancia con una letra -muy cercana a las de las baladas, dicho sea de paso- en la que el narrador le ruega a una femme fatale, Josephine, que deje de tratarlo como a otro de sus amantes del montón y se comprometa a un vínculo responsable, si se quiere un poco más monógamo tradicional. End of Summer es el cierre de la placa y su segunda gesta breakbeat, una especie de homenaje por momentos nada disimulado a la beatlesca Tomorrow Never Knows, obra maestra de Revolver que Parker pretende actualizar desde el big beat, el trance y el ambient e incluso copiando la cadencia de la voz de John Lennon, no obstante los poco más de siete minutos no resultan atractivos por la poca imaginación de fondo y otra letra automatizada de ruptura romántica y todos los latiguillos del caso, como por ejemplo la posibilidad de quedar como amigos, la sensación de indiferencia mutua y el recuerdo de las postrimerías abrumadoras de esta relación que estalla en mil pedazos.
Deadbeat habilita distintas lecturas que se conectan con lo que decíamos con anterioridad, la primera vinculada a la melancolía de la música actual y su mediocridad, universo en el que Tame Impala sin hacer nada novedoso por lo menos apuesta a una sana experimentación a partir de ingredientes ya ampliamente trabajados en el pasado, esos mismos pivotes que en el nuevo milenio en innumerables oportunidades derivan en tracks mucho menos disfrutables u honestos que los que entrega por regla general Parker. La segunda acepción tiene que ver con el lugar del álbum dentro de la carrera específica del músico australiano, definitivamente un regreso al costado introspectivo y fatalista de su derrotero profesional esquivando el pop a secas y el soft rock del opus discográfico previo, The Slow Rush, el cual ofrecía una inmediatez apta para todo público que en esta ocasión está eclipsada por un repliegue a la neopsicodelia más evidente de las tres primeras aventuras, Innerspeaker, Lonerism y Currents, sin embargo con la paradoja de que la electrónica bailable reemplaza al rock de los dos eslabones iniciales y a la new wave bastante kitsch del tercer álbum. La tercera y última lectura se reduce a los problemas que está experimentando Kevin a la hora de escribir en sí las letras, cuya pobreza alarmante tocó subsuelo en The Slow Rush y parece haberse acomodado a sus anchas en Deadbeat, en este sentido basta con recordar que las placas de 2010, 2012 y 2015 no eran tampoco una maravilla del lirismo posmoderno pero por lo menos los versos impersonales que acompañaban aquellas canciones tenían un poco más de valor y en todo caso podían excusarse en la relativa mocedad del cantante, hoy un señor que roza los cuarenta años y continúa aferrado a los mismos clichés -en su versión más inofensiva, para colmo- vinculados al desamor, el reviente nocturno/ drogón y la soledad masoquista modelo adolescente. El susodicho, ya con tres lustros de carrera y habiéndole vendido en 2024 todo su catálogo a Sony Music Publishing para no tener que preocuparse nunca más por los rankings de escuchas o ventas, por ahora parece no querer contentar a los admiradores de su vertiente rockera aunque tampoco se siente del todo feliz reincidiendo en la pretensión de masividad del trabajo de cinco años atrás, de allí que esta “tercera posición” representada en el dance le permita volcarse a un limbo de indecisión hasta que elija en serio alguna de las alternativas ensayadas a lo largo del tiempo.
Deadbeat, de Tame Impala (2025)
Tracks:
