Doce Monos (Twelve Monkeys)

La tierra murió gritando

Por Emiliano Fernández

Apasionante mixtura entre Bandidos del Tiempo (Time Bandits, 1981), 1984 (1949), de Eric Arthur Blair alias George Orwell, Brazil (1985), Matadero Cinco o La Cruzada de los Niños (Slaughterhouse-Five or The Children’s Crusade, 1969), de Kurt Vonnegut, y La Jetée (1962), el extraordinario mediometraje de Chris Marker que de hecho aparece en los créditos como fuente directa de inspiración general, Doce Monos (Twelve Monkeys, 1995) es sin duda una de las mejores películas de ciencia ficción de las últimas décadas y una de las pocas recientes que están construidas alrededor de los pormenores de la trama y la puesta en escena y no de los CGI más aparatosos, esos que rápidamente pasarían a controlar casi por completo el segmento mainstream del género al punto de desvirtuar sus preceptos históricos relacionados con la especulación filosófica y de transformar a toda la faena en un simple y torpe espectáculo de masas símil atracción hueca de parque de diversiones de antaño. El enorme Terry Gilliam aquí dirige por segunda vez al hilo un guión que no firmó ya que Pescador de Ilusiones (The Fisher King, 1991), aquella maravilla protagonizada por Jeff Bridges y Robin Williams, fue escrita por Richard LaGravenese, ahora con el matrimonio compuesto por David Webb Peoples y Janet Peoples firmando el extraordinario guión y con el primero siendo además responsable de la trama de películas como Blade Runner (1982), Ladyhawke: El Hechizo de Aquila (Ladyhawke, 1985), Los Imperdonables (Unforgiven, 1992), Héroe Accidental (Hero, 1992) y Soldier (1998), amén de esa pequeña gran maravilla que incluso dirigió, Sangre de Héroes (The Blood of Heroes, 1989). Gilliam en esencia toma el sustrato distópico, las ucronías y el steampunk de 1984 y la propia Brazil, suerte de adaptación de la anterior, para combinarlos con los viajes agridulces por distintas épocas de Matadero Cinco y Bandidos del Tiempo, otro trabajo de su cosecha, a su vez con la intención de conservar intacto el lirismo del clásico de Marker sin renunciar a la algarabía retórica y la envergadura que reclama un exponente de raigambre hollywoodense.

 

Luego de que un virus desconocido matase entre 1996 y 1997 a la friolera de cinco mil millones de personas en todo el planeta, el derrotero narrativo comienza en un 2035 en que los sobrevivientes, apenas el uno por ciento de la población humana mundial, viven bajo tierra en una dictadura freak obsesionada con encontrar una cura para una pandemia que garantizó el dominio de los animales sobre la superficie del planeta y el de la tecnocracia en las profundidades. Con gran parte de los bípedos encerrados en jaulas cuadradas cual prisión retrofuturista que se asemeja a un zoológico con detalles de laboratorio, James Cole (Bruce Willis), quien cumple cadena perpetua por comportamiento antisocial y rebelarse contra las elites del momento, es uno de los reos que pasan a llamarse “voluntarios” cuando son seleccionados para encarar tareas suicidas en nombre de las cúpulas -autodenominadas “científicos”- como subir a la superficie con trajes herméticos para recolectar insectos para su estudio. Debido a su gran memoria, a Cole se le encarga aprovechar la nueva tecnología de turno, nada menos que los viajes en el tiempo vía un tubo un tanto bizarro que lanza al expedicionario cual torpedo, y hallar en 1996 a los responsables de desperdigar la versión original del virus, un grupo ambientalista de extrema izquierda llamado El Ejército de los 12 Monos, fundamentalmente con vistas a desarrollar una vacuna a partir de una muestra de la enfermedad sin las mutaciones subsiguientes. El hombre de inmediato termina en 1990 y no en el 1996 planeado, así es arrestado por andar en calzoncillos y con un impermeable transparente, golpeado por la policía y enviado a un manicomio de Baltimore, donde es puesto bajo el cuidado de la psiquiatra Kathryn Railly (Madeleine Stowe), una profesional heterodoxa en oposición a sus despiadados y cínicos colegas, y donde conoce a Jeffrey Goines (Brad Pitt), un militante anticapitalista bastante loquito con el que charla acerca de los experimentos con animales a cargo de la humanidad y lo mucho que ésta merecería ser aniquilada de la faz de la tierra por su crueldad y un egoísmo que destruye todo lo natural.

 

Como consecuencia de un intento fallido de escape, cortesía de un Goines que le consigue la llave del pabellón en el que ambos están encerrados, James es confinado a una habitación minúscula e inmovilizado en una mesa/ camilla antes de ser transportado de nuevo a 2035, donde sumado a unos sueños recurrentes que tiene desde pequeño, los que involucran una persecución y un tiroteo en un aeropuerto, comienza a escuchar una voz que insiste en llamarlo Bob y no termina de aclararle si es otro voluntario, un espía de los payasos de los científicos o un producto de su imaginación, del caos psicológico que experimenta por los viajes temporales o de sus traumas por haber crecido en un contexto de muertes masivas a lo largo del globo y en su Filadelfia natal. El protagonista convence a los jerarcas del mundo subterráneo de que ya cuenta con la experiencia suficiente para regresar al período previo a la expansión del virus para finiquitar su misión y así nos topamos con dos periplos más hacia el pasado: en el primero es enviado accidentalmente a una trinchera francesa durante la Primera Guerra Mundial, recibiendo un disparo en la pierna como resultado, y a posteriori a 1996, ahora con una Railly ya famosa luego de escribir un libro inspirado en Cole y centrado en el Complejo de Casandra, léase las profecías funestas que nadie cree; y el segundo viaje está vinculado con la aparente confirmación de que Jeffrey, además de líder de El Ejército de los 12 Monos, es el máximo responsable de propagar la enfermedad, la cual aparentemente fue tomada prestada de su millonario padre, el virólogo Leland Goines (Christopher Plummer), en plan de castigar a la humanidad y en función de aquella charla que tuvo con el personaje de Willis en el neuropsiquiátrico. Es en este último éxodo en el que las cosas se invierten porque Cole termina creyendo que está demente y Railly que está cuerdo porque se cumplió un vaticinio del hombre en relación a un nene de nueve años llamado Ricky Neuman que parecía haberse caído en un pozo abandonado aunque en realidad estaba escondido en un establo, tratándose todo de una broma infantil muy sádica.

 

El film de Gilliam amplifica sustancialmente el trasfondo básico de La Jetée, una obra de poco menos de media hora construida casi por completo a través de un fotomontaje y una narración en off, logrando ir más allá de las tres obsesiones excluyentes de la carrera de Marker, hablamos del sustrato poético, los juegos caprichosos de la memoria y el peso de las decisiones individuales dentro del esquema social/ comunal, ya que en Doce Monos se hace todavía más evidente la desesperación del protagonista al punto de dudar no sólo de su racionalidad sino también de la existencia de múltiples líneas temporales, la misión que se le asignó y su pasado, presente y futuro, poniendo de manifiesto que lo que tantas propuestas semejantes de fantasía temporal dan por sentado, la “adaptación” del sujeto a los cambios bruscos de coyuntura, aquí se cae a pedazos porque un realismo mugroso toma la posta y lleva a Cole a enloquecer de manera progresiva tanto por el viaje en sí como por el choque de argumentos contrastantes entre las supuestas figuras de autoridad de ambos contextos, aquel del Siglo XX y el nuevo del Siglo XXI, esquema que desde ya le permite al director regresar a uno de sus intereses temáticos de siempre que lo acompaña desde sus días con los Monty Python, la parodia de la autoridad, ahora a través del detalle de señalar la brutalidad, la soberbia y la soberana ridiculez de sendos representantes estatales y/ o del statu quo represivo (así como en aquel presente del catastrófico nuevo milenio es sometido a baños brutales de desinfección e interrogatorios patéticos por parte de un comité de científicos, en la década del 90 del siglo pasado también recibe el mismo tratamiento antes de ser recluido en el manicomio y también debe comparecer contra su voluntad ante unos monigotes institucionales, los psiquiatras, que se abogan el derecho de determinar quién está cuerdo y quién es un lunático irremediable, o quizás “curable” aunque sólo a condición de que avale -paradójicamente- la locura de fondo y se someta al juicio autocontenido y autojustificante de los fanáticos de las drogas, los electroshocks y los chalecos de fuerza).

 

Mediante sus inefables tomas oblicuas, contrapicados y juegos varios con las lentes de las cámaras, el realizador construye un tanque hollywoodense en verdad insólito que exprime de manera maravillosa a un Willis que evita todos sus clichés actorales y se ubica con comodidad en un rango intermedio entre su faceta dramática y la veta cómica de su carrera, aquí trabajada con gran sutileza vía un humor negro y bien contracultural que siempre está implícito en las escenas al igual que la parodia acompañaba cada segundo de Brazil, en esta oportunidad incluso con el regreso de aquella lucha existencial por la autoafirmación y el amor propio -y el dedicado a la contraparte femenina- con vistas a redondear una mínima autonomía por fuerza de un entorno estatal/ capitalista/ social de talante despótico y asfixiante, siempre un sinónimo de la explotación del burócrata gris de antaño, el Sam Lowry de Jonathan Pryce, y del pobre obrero de los viajes por el tiempo que hoy tenemos ante nosotros, un James que se debate entre la angustia del oprimido, la sensación de haber perdido la brújula de su propia psiquis y el cariño hacia el personaje de la genial y bella Stowe, relación que por suerte no está para nada romantizada desde la típica sonsera pueril norteamericana sino desde un peligro que hasta incluye un secuestro y la posibilidad concreta de violación y de un asesinato a manos de Cole, quien habita un 2035 en el que definitivamente los dos grandes alicientes/ placebos para sobrellevar el encierro son las drogas y las hembras. Entre alusiones a dibujos animados anarquistas, Monkey Business (1931), de los Hermanos Marx, Los Pájaros (The Birds, 1963) y Vértigo (1958), con este último opus de Alfred Hitchcock también citado en La Jetée a través de la recordada escena de la secuoya gigante talada y la resonancia particular en el fluir del tiempo, la propuesta piensa a la tecnología como un marco de permanente incomunicación de la mano de la silla que se eleva y aprisiona al protagonista y vía esa esfera de cámaras y televisores que les sirven a los personeros del poder para interrogar a James desde una confortable distancia.

 

Ingredientes como la presencia sardónica de aquel morphing noventoso símil obsesión con la transformación cosmética y de la mítica What a Wonderful World (1967), de Bob Thiele y George David Weiss, en la eterna voz de Louis Armstrong, o la exquisita utilización de la Introducción de la Suite Punta del Este (1982), de Astor Piazzolla, como la canción central de la obra, se dan la mano con chispazos de comedia desaforada como por ejemplo esa estupenda escena en la que ella es confundida con una prostituta por un proxeneta, Wallace (Joseph McKenna), que piensa que le están usurpando su territorio y que termina golpeado con un teléfono por James y siendo testigo del hombre arrancándose de repente varios dientes con una navaja, debido a la creencia de Cole de que tienen rastreadores insertados por los científicos, todo asimismo derivando en una de las líneas de diálogo más hilarantes de la película, cortesía del propio Wallace y dirigida a los oficiales, “ey, ¿es la policía? Soy una víctima inocente, ¡me atacó una puta cocainómana y un maldito dentista desquiciado!”. Ahora bien, la característica más interesante del convite en su conjunto, más allá del remate del desenlace -extraído del trabajo de Marker- vinculado a la circunstancia del protagonista soñando toda su vida con su propia muerte cual recuerdo defectuoso y fragmentado de una infancia que se combina con todas las otras profecías, pasa por el trasfondo político y la falta completa de criterio de las autoridades en lo que respecta a detectar dónde está el verdadero peligro, lo que se relaciona con la idiosincrasia casi siempre ridícula de la hegemonía en las sociedades humanas y la costumbre comunal de manejarse con prejuicios reduccionistas que tienden a obviar la realidad más prosaica con la meta de adaptarla a las nociones de moda: incluso mucho más que La Jetée, la cual en esencia se abocaba a la dimensión individual, Doce Monos apuesta a examinar lo social sirviéndose de la idea del “malentendido”, ese que de hecho motiva todas las acciones del film en consonancia con una asignación de culpas que falla olímpicamente en su apreciación y de paso condena al genocidio a casi todos los humanos; basta con recordar que en el final descubrimos que El Ejército de los 12 Monos son unos militantes ambientales inofensivos, los cuales liberan a los animales de un zoológico de Filadelfia y secuestran y encierran al padre de Jeffrey en la jaula del gorila, y que el verdadero responsable de diseminar la peste no es otro que la mano derecha del virólogo, el Doctor Peters (David Morse), un único y solitario verdugo que extrae el virus del laboratorio propiedad del personaje de Plummer con vistas a comenzar a ajusticiar a la humanidad en el mismo instante en que la versión infantil de Cole (Joseph Melito) ve cómo su yo adulto es acribillado por los guardias del aeropuerto intentando infructuosamente detener a Peters. En la película todos terminan burlados, desencajados o directamente convertidos en cadáveres a corto o mediano plazo, de manera tácita o en pantalla, mientras la tierra muere gritando, parafraseando la excelente canción de Tom Waits que suena en el metraje, The Earth Died Screaming (1992), y subrayando la farsa del conocimiento acumulado cual progreso que tiende a “mejorar” la vida de los mortales, hoy metamorfoseados en peones de un juego del destino que se les escapa de las manos por una imprevisibilidad que su mega altanería jamás hubiese considerado posible…

 

Doce Monos (Twelve Monkeys, Estados Unidos, 1995)

Dirección: Terry Gilliam. Guión: David Webb Peoples y Janet Peoples. Elenco: Bruce Willis, Madeleine Stowe, Brad Pitt, Christopher Plummer, David Morse, Joseph Melito, Jon Seda, Christopher Meloni, Frank Gorshin, Vernon Campbell. Producción: Charles Roven. Duración: 129 minutos.

Puntaje: 10