En Madre María (Mother Mary, 2026) una vez más David Lowery deja de lado la vertiente más valiosa de su cine, el eje narrativo por sobre el lirismo de Mi Amigo, el Dragón (Pete’s Dragon, 2016), remake del film original de 1977 de Don Chaffey y un no acreditado Don Bluth, y Un Ladrón con Estilo (The Old Man & the Gun, 2018), aquel homenaje a Robert Redford maquillado de comedia criminal, y se lanza de cabeza a su extremo opuesto y definitivamente fallido o por lo menos muy errático, hablamos del lirismo por sobre el eje narrativo de La Leyenda del Caballero Verde (The Green Knight, 2021), relectura de un célebre poema del Siglo XIV de autor desconocido, Sir Gawain y el Caballero Verde (Sir Gawain and the Green Knight), Historia de Fantasmas (A Ghost Story, 2017), un drama romántico de resonancias sobrenaturales, y En un Lugar sin Ley (Ain’t Them Bodies Saints, 2013), semi refrito de esos amantes en fuga de Bonnie & Clyde (1967), de Arthur Penn, y Malas Tierras (Badlands, 1973), de Terrence Malick, amén de dos opus adicionales que se corresponden con sendas categorías y que sinceramente conviene olvidar, Peter Pan & Wendy (2023), bodrio para Disney que está muy lejos del otro trabajo del realizador para el gigante multinacional, Mi Amigo, el Dragón, y St. Nick (2009), ópera prima ultra indie que ya condensaba bastante del preciosismo etéreo y profundamente vacío por venir. Como de estratificación vive el capitalismo, no cuesta nada afirmar que Madre María se ubica por debajo de Historia de Fantasmas, algo así como la cumbre dentro de la vertiente esteticista del devenir de Lowery, y cae en la misma bolsa de En un Lugar sin Ley y sobre todo La Leyenda del Caballero Verde, su otro film reciente determinado por un surrealismo de poco vuelo y por momentos cutre o tonto, casi videoclipero trasnochado en su afán avant-garde.
La trama, responsabilidad del propio director, tiene potencial pero como casi siempre en su caso deriva en escenas demasiado extensas, poco desarrollo de personajes y un trasfondo retórico digno de la superficialidad publicitaria: luego de lo que parece ser un intento de suicidio en uno de sus shows, colgada del cuello mediante un cable al caer/ lanzarse desde una plataforma en las alturas, Madre María (Anne Hathaway), una diva estadounidense del segmento pop rosa, impulsivamente decide visitar en el Reino Unido a su otrora vestuarista y en apariencia amante, Sam Anselm (Michaela Coel), quien la detesta porque la abandonó y en esencia nunca le dio reconocimiento alguno por haberla apoyado en sus comienzos en la industria de la música, planteo que se toma su tiempo para eventualmente derivar en una situación sobrenatural de sucesivas metamorfosis, por ello el odio de Anselm hacia la reaparecida María, hoy solicitándole que le confeccione un vestido para un próximo recital, tiempo atrás la hizo apretar tan fuerte sus dientes que se partió una de sus muelas de juicio, así las cosas se la sacaron, la encía sangró esa misma noche y la hemoglobina se convirtió en una especie de fantasma con forma de tela rojiza que vuela y comienza a acosar a la cantante, a quien en una sesión espiritista una fan le abre una herida en una mano, Imogen (Tahliah Debrett Barnett alias FKA Twigs), por la que el espíritu del resentimiento de la diseñadora de moda pretende ingresar para poseerla, sin embargo el espectro finalmente entra en su anatomía a través de su boca durante la caída en escena registrada por el sinfín de celulares del público presente. El último acto del relato cubre la idea de Anselm, no del todo arrepentida de su odio porque su contraparte jamás le pidió perdón de manera sincera, de exorcizar a María de esta entidad que la violenta y sistemáticamente le genera angustia.
La película llega tarde, muy tarde, al ecosistema de los ídolos musicales/ cinematográficos/ religiosos/ deportivos/ plutocráticos y sus varias sectas, megalomanías, acólitos, caprichos, banalidades y perversiones del montón, esquema que de una forma u otra estuvo presente en obras de los últimos meses como El Momento (The Moment, 2026), de Aidan Zamiri, La Torre de Hielo (La Tour de Glace, 2025), de Lucile Hadžihalilović, Hurry Up Tomorrow (2025), de Trey Edward Shults, Lurker (2025), film de Alex Russell, Opus (2025), de Mark Anthony Green, Him: El Elegido (Him, 2025), de Justin Tipping, y Parpadea Dos Veces (Blink Twice, 2024), de Zoë Kravitz, sin olvidarnos de El Ídolo (The Idol, 2023), miniserie de Sam Levinson, Reza Fahim y Abel Tesfaye alias The Weeknd para HBO, y del origen no tan lejano de todo este revival onanista sobre las miserias de la fama y el poder, Vox Lux (2018), de Brady Corbet. Queda claro que Lowery no sabe bien qué hacer ni cómo exprimir sus dos latiguillos principales, por un lado la locura y competencia en el ambiente artístico modelo El Cisne Negro (Black Swan, 2010), de Darren Aronofsky, y su fuente innegable, Las Zapatillas Rojas (The Red Shoes, 1948), la obra maestra de Michael Powell y Emeric Pressburger, y por el otro lado el motivo textil de Americana (2023), de Tony Tost, Vestido Maldito (In Fabric, 2018), de Peter Strickland, y La Chaqueta de Piel de Ciervo (Le Daim, 2019), de Quentin Dupieux alias Mr. Oizo, más Pieles (Pelts, 2006), un episodio de Dario Argento perteneciente a la segunda temporada de Maestros del Horror (Masters of Horror, 2005-2007), serie de Mick Garris para Showtime. Llama la atención poderosamente la torpeza del cineasta a la hora de administrar los inserts musicales, todos moviéndose entre el dance y lo baladístico y firmados por las talentosas aunque desperdiciadas FKA Twigs y Charlotte Emma Aitchison alias Charli XCX, y en especial de limitar su engolosinamiento baladí con la palabrería aunque no tanto la imaginería cristiana, esquema que va desde el título, expresión anglosajona que alude a la Virgen María, hasta las referencias en diálogos al Espíritu Santo, el Pentecostés, Juana de Arco, la comunión y una virtud vinculada a la santidad o el misticismo o la diafanidad. En pantalla la ruptura muta en un sinónimo de alejamiento espacial y el desprecio es un sentimiento más fuerte que el amor, de hecho la negra británica construyó su carrera en la alta costura gracias a una gran fuerza de voluntad impulsada por el odio hacia la blanquita yanqui, en este sentido la venganza de la primera sobre la segunda tiene que ver con la indiferencia o lastimarle el ego inflado al negarse a escuchar su música y en concreto la canción durante la cual utilizará el vestido de turno.
El recurso sobrenatural ingresa con demasiado retraso, recién en la segunda mitad de las casi dos horas de metraje y luego de un drama psicológico muy light de sadomasoquismo femenino/ lésbico, para colmo la literalidad de las metáforas todo lo empaña a través de las alegorías del rencor mediante la sangre y el dolor de muela, en primera instancia, y de la depresión compartida/ mutuamente infligida vía ese fantasma rojo amorfo símil tela, ya en segundo lugar, un planteo sobreexplotado a lo largo de la historia y carente de imaginación verdadera por más que intervengan los artificios visuales surrealistas de Lowery. Son de lo más histriónicas las actuaciones de Hathaway y Coel, esta última vista hace poco en Los Christopher (The Christophers, 2025), una joya de Steven Soderbergh, y resultan atractivos el cameo de FKA Twigs, la secuencia pomposa de la posesión propiamente dicha, una oda tácita a Las Zapatillas Rojas cual mini ópera muda, y la participación como la asistente de María, aquella Hilda, de Hunter Schafer, la actriz travesti de Euphoria (2019-2026), serie de Levinson para HBO. Se agradece que todo el backstage de los shows de la diva esté encarado desde la teatralidad, el barroquismo, los travellings y las cuasi pinturas vivientes/ “tableaux vivants” de Peter Greenaway, genio del séptimo arte de fines del Siglo XX. La propuesta suele derrapar en un esteticismo vacuo de pretensiones líricas porque jamás se aclara el origen de la aversión de la morocha, léase la pelea en sí entre ellas, ni la génesis de la depresión de la caucásica más allá de la compulsión fantasmal hacia el dolor, lo que a su vez refuerza la noción de que estamos frente a otro/ a oligarca “triste” o “cansado” de ser famoso, rico y superpoderoso en un mundo lleno de pobreza e injusticia. La idea del último acto de vestir las propias penurias, como si ventilando el trauma se pudiese purgarlo del intelecto o el corazón o el alma en general, resulta bastante naif y digna de un psicologismo burgués new age hoy vetusto, por ello la blanca privilegiada tiende a autocompadecerse (quiere mantener al fantasma dentro de ella) y la negra que sabe en serio lo que es sufrir está determinada por el odio de clase (en el segmento final se apiada de su otrora amiga y así le extrae el espectro). Entre la “transustanciación del sentimiento”, la reconversión del sentir en un vestido y viceversa, y cierta idea de parodiar por lo bajo esa munificencia de los artistas que esconde segundas intenciones o una enorme vulnerabilidad, Madre María funciona mejor a escala videoclipera que narrativa o discursiva y entrega una ambición francamente loable que no conduce a nada interesante a largo plazo, ya que carece de la capacidad de dejar algo en la mente del espectador a nivel conceptual, estético o moral…
Madre María (Mother Mary, Estados Unidos/ Reino Unido/ Finlandia/ Alemania, 2026)
Dirección y Guión: David Lowery. Elenco: Anne Hathaway, Michaela Coel, Hunter Schafer, FKA Twigs, Sian Clifford, Jessica Brown Findlay, Kaia Gerber, Alba Baptista, Isaura Barbé-Brown, Taylor Sieve. Producción: David Lowery, Jonathan Saubach, Toby Halbrooks, James M. Johnston, Maximilian Leo, Jonas Katzenstein y Jeanie Igoe. Duración: 112 minutos.