La Residencia

La ubicuidad del erotismo

Por Ernesto Gerez

“¿Tienes un buen final para tu película?”, le preguntó Chicho Serrador al director Juan Antonio Bayona después de una entrevista que el director catalán le hizo cuando Chicho recibió el Goya de Honor de 2019. Cincuenta años después del estreno de La Residencia (1969), Narciso Ibáñez Serrador seguía pensando que tener un buen final era lo más importante de todo. Sin embargo, La Residencia es mucho más que ese gran final influenciado por Psicosis (1960), que a su vez anticipaba la violencia de los más jóvenes; tema que tendría su máximo exponente en su tremenda segunda y última película para cine, ¿Quién Puede Matar a un Niño? (1976). Porque algunas escenas de La Residencia son superiores a la del final e incluso tuvieron para el cine español más importancia y trascendencia. Una de ellas es la del primer asesinato (tal vez también el primero del género español); estilizado mediante un ralentí y musicalizado con un piano dulce, como si fuera una canción de cuna que se deforma con la caída del cuerpo acuchillado. La víctima es una de las adolescentes que viven en el internado, una casa que evoca a un castillo del terror gótico y que bien podría haber sido una locación de la Hammer. Referencia a medias, sobre todo si pensamos en el erotismo lésbico presente que anticipa al de la productora inglesa que se dará recién al año siguiente con las películas basadas en Carmilla de Sheridan Le Fanu, siguiendo la línea inaugurada por Roger Vadim en 1960 con Et Mourir de Plaisir.

 

El erotismo de La Residencia nunca se presenta lineal, tradicional o de manera aislada sino ubicuo y mediante el morbo, el sadismo, el voyeurismo o el exhibicionismo. Como alimentado del sexploitation previo y a la vez anticipando las sádicas nazisploitation de los setenta al estilo de Ilsa She Wolf of the SS (1974) y sus propias exploits. También está presente en el internado de señoritas el espíritu del WIP (acrónimo de women in prison, “mujeres en prisión”) inaugurado veinte años antes por Caged (1950). La protagonista y regente del internado es la Sra. Fourneau, Lili Palmer como la MILF recia que adoctrina pero también seduce (y se deja seducir) por las muchachitas. El personaje de Palmer le permite a Serrador adentrarse en otro tema tabú como el incesto, y no sólo para insinuarlo sino para explicitarlo mediante la relación de la señora Fourneau con su hijo Luis (John Moulder-Brown), el único muchachín de la mansión que recibe un beso libidinoso de su madre además del consejo de que busque a una mujer como ella.

 

Al sadismo Chicho lo explota casi desde el principio: una de las alumnas es castigada en clase y la señora Fourneau la manda con su Smithers, Irene (Mary Maude), una desclasada obsecuente que forma parte de las pupilas pero es tan o más mala que la regente y que se ufana de manejar las cosas desde adentro. Irene la castiga a latigazos en una mazmorra digna de Sade mientras la señora mira caliente y el lesbianismo tácito de la premisa se hace carne húmeda. Serrador lo filma magistralmente, haciendo un montaje paralelo con el resto de las chicas rezando, agradeciendo la protección del señor; un plano a los latigazos, un plano a los rezos, lo discursivo hecho plano, hecho cine; después de ese montaje no hace falta agregar ni una palabra, el género una vez más dando cátedra en eso de hablar desde las imágenes. Además de ser una virtuosa con la fusta, otra de las cuestiones que maneja Irene es la agenda sexual. “Estar sin chicos, eso deja a las chicas al borde de un ataque de nervios”, le dice una de las internas a la recién llegada Teresa (Cristina Galbó), y le cuenta que hay un empleado que va a la mansión una vez por semana a llevar leña; Irene es la que da el número para la cita semanal con el afortunado. Se garcha en el granero, de día, de escapada. Con el único polvo de la película Serrador exprime al máximo el fuera de campo y genera una secuencia densa, viajera y particularmente erótica. En lugar de mostrar la escena de sexo utiliza planos cerrados de las caras cachondas de las chicas que se quedan en una clase de bordado mientras una se escapa para ir al granero al encuentro de la aguja en el pajar. Serrador utiliza las risas, la música y los gemidos para generar el clima; las caras y los labios en primerísimo primer plano son tan potentes como esa escena de sexo que no vemos

 

Lo que tampoco vemos hasta el final es la cara del demente que las acecha. En la segunda muerte la cámara adopta el punto de vista del asesino, recurso que termina de conectarla con Peeping Tom (1960) y yeite también del gusto de Argento, que seguramente tomó algo de este infierno de señoritas para su Suspiria (1977); plano subjetivo que el slasher transformará en lugar común del género sobre todo después del éxito de Halloween (1978). En esta segunda muerte, en lugar de usar una melodía que se despega de la imagen, Serrador usa la música para aumentar la tensión; y en lugar del ralentí hace directamente una pausa, congela el plano con el cuchillo perforando el cuello de la víctima, gesto moderno que le agrega una sensibilidad casi camp y un sensacionalismo del que sólo puede abusar alguien que siempre supo que no hay mal y buen gusto, sino solo gustos, o -en todo caso- que el supuestamente malo es muchas veces el más sabroso.

 

La Residencia (España, 1969)

Dirección y Guión: Narciso Ibáñez Serrador. Elenco: Lilli Palmer, Cristina Galbó, John Moulder-Brown, Maribel Martín, Mary Maude, Cándida Losada, Pauline Challoner, Tomás Blanco, Víctor Israel, Teresa Hurtado. Producción: Arturo González y José M. Maldonado. Duración: 105 minutos.

Puntaje: 9