Las interpretaciones históricas suelen aplicar criterios reduccionistas y/ o aggiornamientos caprichosos a la hora de tratar de comprender procesos muy enrevesados que no ameritan lecturas que limiten el enfoque en materia de sus causas y consecuencias, por ello mismo al hablar de la caza de brujas contra simpatizantes comunistas -o contra cualquier militante de izquierda- en Estados Unidos durante las décadas del 40 y 50 hay que tener presente la serie de factores involucrados, a saber: aquel “pánico rojo” no sólo se debía a situaciones más que evidentes como la Guerra Fría con la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas, la Guerra de Corea (1950-1953) o la presencia de armamento nuclear tanto en el Oeste como en el Este de nuestro planeta, sino que también tenía que ver con la pérdida de legitimidad entre las elites institucionales y culturales del Partido Comunista en general -con su filial norteamericana a la cabeza, por supuesto- primero debido a la Gran Purga de los años 30, una serie de masacres y procesos farsescos mediante los cuales el dictador Iósif Stalin se sacó de encima a la oposición trotskista, anarquista y bolchevique de vieja cepa, y segundo por el Pacto Ribbentrop-Mólotov de 1939, un tratado de no agresión entre Alemania y la Unión Soviética en el que ambas naciones se repartieron Europa Oriental y Central justo en los momentos previos a la Segunda Guerra Mundial (1939-1945), sin embargo tampoco se puede pasar por alto la vieja costumbre de la política de aprovechar cualquier excusa, en este caso el “cuco socialista”, para eliminar a enemigos electorales de cuajo, algo que fue explotado con creces por esa lacra republicana a cargo de las dos principales entidades de acoso contra civiles y militares de izquierda, el Comité de Actividades Antiestadounidenses de la Cámara de Representantes del Congreso de los Estados Unidos y aquella Subcomisión Permanente de Investigaciones del Senado a cargo del maquiavélico Joseph McCarthy, esta última especializada en la cacería de militares y funcionarios del gobierno en cuestión y el primero dedicado sobre todo a profesionales de Hollywood que se pretendía denunciar por algún tipo de filiación comunista u opositora con el objetivo expreso de que sean incluidos en las “listas negras” de la industria audiovisual, raudos sinónimos de dignidad pisoteada.
El pánico rojo fue un movimiento espejo y un poco menos brutal -“un poco” porque los acusados estadounidenses pasaban hambre y eran conducidos al exilio forzoso en vez de ser ejecutados o terminar en un gulag, como sus homólogos rusos- para con la Gran Purga y su faceta más circense o bombástica, aquellos Juicios de Moscú llevados a cabo a instancias de Stalin entre 1936 y 1938 contra la oposición de izquierda al absolutismo imperante, de allí que el macartismo en su pata vinculada a la Cámara de Representantes incorporase las lecciones aprendidas del supuesto adversario exterior y pusiese tanto énfasis en su cruzada espectacularizada contra los llamados Diez de Hollywood, un grupo de profesionales que se negó a declarar ante el Comité de Actividades Antiestadounidenses del corrupto congresista John Parnell Thomas amparándose en la Quinta Enmienda de la Constitución, generando la pérdida inmediata de sus trabajos en los grandes estudios de Los Ángeles y unas condenas de prisión por desacato. De los diez acusados de comunistas, léase Alvah Bessie, Herbert J. Biberman, Lester Cole, Edward Dmytryk, Ring Lardner Jr., John Howard Lawson, Albert Maltz, Samuel Ornitz, Adrian Scott y Dalton Trumbo, se destacan este último, uno de los mejores guionistas de la historia de Hollywood, Dmytryk, un realizador que eventualmente traicionaría a sus compañeros y colaboraría con la caza de brujas, y Biberman, director y guionista que pasó seis meses tras las rejas y fue señalado por Dmytryk como simpatizante rojo en su testimonio ante el comité. Fue Biberman, de hecho, el único que pudo vengarse en simultáneo de la cobardía capitalista de siempre de Hollywood y el hostigamiento que llegaba desde lo alto de las elites políticas nacionales mediante la realización de un film legendario que fue prohibido pero pudo exhibirse en doce salas de su época, La Sal de la Tierra (Salt of the Earth, 1954), insólito alegato socialista y prosindical rodado en Estados Unidos y la única propuesta jamás filmada por víctimas directas de la caza de brujas, así en plural porque Herbert dirigió la epopeya que nos ocupa aunque fue ayudado por otros dos proscriptos por el mainstream, hablamos del guionista Michael Wilson y el productor Paul Jarrico, ambos también perseguidos por el Comité de Actividades Antiestadounidenses.
La película, financiada de modo totalmente independiente por el Sindicato Internacional de Trabajadores de Minas, Molinos y Fundiciones, rodada en Nuevo México y atacada por la prensa de derecha, el FBI, los loquitos anticomunistas del vulgo, todas las autoridades de inmigración, la Cámara de Representantes y la infame Legión Estadounidense, sigue muy de cerca la huelga de 1951 y 1952 del Condado Grant, en Nuevo México, por parte de los empleados mayormente mexicanos que trabajaban con explosivos bajo tierra en una mina de zinc perteneciente a Empire Zinc Company, empresa que santificaba la discriminación contra los hispanos en relación a los anglosajones porque éstos ganaban más, trabajaban menos horas, contaban con medidas de seguridad más eficaces y para colmo sí tenían agua caliente en sus casas, todas provistas por la compañía cual dueña de la vida y la muerte de sus empleados. El punto de vista dominante del relato es el de la narradora, Esperanza Quintero (Rosaura Revueltas), una ama de casa embarazada que ya tiene dos hijos, un nene grandecito y una mocosa más chica, y está casada con Ramón Quintero (Juan Chacón), un minero al servicio de la firma Delaware Zinc Inc. que vive con su familia en una residencia precaria de Zinc Town, pueblo de Nuevo México propiedad de la empresa que respondía al nombre de San Marcos. Cansado del racismo de la compañía y deseoso de igualdad con respecto a sus colegas anglosajones, Ramón forma parte del sindicato y aboga por mejores medidas de seguridad ya que la única preocupación de Delaware es aumentar la producción para satisfacer las exigencias de un nuevo contrato con el ejército yanqui, lo que obliga a los mineros a trabajar solos con la dinamita cuando se necesita de un ayudante que vigile siempre el detonador. Luego de un par de accidentes comienza una huelga que dura meses y meses en la que los trabajadores se enfrentan a la indiferencia de la compañía, las tácticas fascistas de la policía, con el sheriff a la cabeza (Will Geer), y el accionar de esquiroles varios traídos por Delaware, por ello cuando una medida cautelar prohíbe la manifestación y los piquetes de los obreros son sus esposas las que continúan la lucha en su lugar y las que terminan arrestadas por los esbirros del aparato represivo, mercenarios del capitalismo.
En una jugada discursiva muy extraña y compleja para su tiempo, La Sal de la Tierra por un lado traza la memoria histórica del despojo de fondo, aquí mediante un Ramón que lleva 18 años de trabajador subterráneo y cuyo abuelo fue de hecho el propietario de las tierras donde se asienta la mina, y por el otro lado sistematiza las tensiones internas dentro del bando proletario, algo que tiene que ver con la presencia paternalista de un organizador de la intelligentsia sindical anglosajona, Frank Barnes (Clinton Jencks), y con la pretensión de las mujeres de primero reclamar por agua caliente frente a la empresa, algo en un principio considerado superfluo por los mineros mexicanos, y a posteriori ya tomar la posta de los piquetes en las distintas entradas a la mina, lo que a su vez obliga a los machos a ponerse en el lugar de las hembras y descubrir lo difícil que es lidiar con los críos y encima sin baños adentro del hogar ni agua caliente, necesaria para lavar la ropa y bañarse en el invierno al punto de que obliga a las parentelas hispanas a cortar leña permanentemente para el fuego. Entre el montajismo ruso de Serguéi Eisenstein, muy presente en la exquisita fotografía heroica/ mitologizadora de Stanley Meredith y Leonard Stark, y el neorrealismo italiano símil los Luchino Visconti, Roberto Rossellini y Vittorio De Sica de los años 40, planteo visible en la estrategia de utilizar de actores a los mismos mineros del Condado Grant que protagonizaron la huelga real, como por ejemplo el presidente sindical Chacón, el film asimismo le asigna un rol crucial a la emancipación privada y pública de la mujer a través de esa Esperanza en la piel de la malograda Revueltas, actriz azteca que inmediatamente sería incluida en las listas negras e incluso encarcelada y deportada a México, más adelante interpretada por Ángela Molina en Punto de Mira (One of the Hollywood Ten, 2000), esa biopic de Karl Francis sobre Biberman (Jeff Goldblum), señor que no tuvo una trayectoria particularmente interesante al contrario del guionista Wilson, responsable de muchas joyas de Frank Capra, George Stevens, Joseph L. Mankiewicz, Otto Preminger, William Wyler, David Lean, Vincente Minnelli y Franklin J. Schaffner, aquí entregando una de las grandes parábolas de la historia del cine acerca de la unidad obrera contra la patronal parasitaria…
La Sal de la Tierra (Salt of the Earth, Estados Unidos, 1954)
Dirección: Herbert J. Biberman. Guión: Michael Wilson. Elenco: Juan Chacón, Rosaura Revueltas, Will Geer, Clinton Jencks, David Bauer, Mervin Williams, David Sarvis, Charles Coleman, Virginia Jencks, Frank Talevera. Producción: Paul Jarrico. Duración: 92 minutos.