Un tufillo indisimulable de exploitation arty del cine de Terrence Malick, Werner Herzog y Peter Weir -aunque en versión devaluada posmoderna- recorre cada minuto de Sueños de Trenes (Train Dreams, 2025), obra dirigida por Clint Bentley y escrita por el susodicho más Greg Kwedar, en esencia un equipo creativo que siempre se encarga de los guiones pero divide las responsabilidades a nivel de la realización, pensemos en la otra propuesta firmada por Bentley, Jockey (2021), y en aquellas dos de Kwedar, Transpecos (2016) y Las Vidas de Sing Sing (Sing Sing, 2023), esta última sinceramente la única interesante del lote gracias a su autenticidad y a las maravillosas actuaciones de Colman Domingo y Clarence Maclin, los protagonistas. Basada en la novela corta homónima de 2011 del ya fallecido Denis Johnson, quien inspiró las asimismo mediocres El Hijo de Jesús (Jesus’ Son, 1999), de Alison Maclean, y Las Estrellas al Mediodía (Stars at Noon, 2022), de Claire Denis, la historia gira alrededor de la vida durante los Siglos XIX y XX de Robert Grainier (Joel Edgerton), un huérfano que en su juventud conoce a Gladys (Felicity Jones) y se casa con ella, engendrando una nena bautizada Kate a la que mantiene trabajando como obrero y leñador estacional para conglomerados gigantescos del ferrocarril y la industria maderera, respectivamente. El hombre construye una cabaña para su familia pero eventualmente la pierde durante un enorme incendio forestal que ni esqueletos deja, por ello Grainier decide quedarse en el lugar y reconstruye su casa con la esperanza de que su esposa e hija algún día milagrosamente regresen, lo que desde ya pronto lo conduce a la locura de la mano de visiones e incluso un delirio sobre la vuelta de una Kate preadolescente (Zoe Rose Short).
Lo mejor de la película, adquirida para su distribución por Netflix luego de participar en la edición del año 2025 del Festival de Sundance, es la actuación de Edgerton, un australiano todo terreno, la canción que aporta el inefable Nick Cave para los títulos finales, una joyita especialmente compuesta para el film, y el surtido de secundarios que acompañan el tedioso y repetitivo periplo existencial de Grainier, hablamos de Arn Peeples (William H. Macy), un dinamitero veterano que fallece cuando se le cae encima una rama azarosa, el “Apóstol” Frank (Paul Schneider), un beato apestoso que termina asesinado por un pistolero negro, Elijah Brown (Brandon Lindsay), en venganza por haber matado a su hermano, Ignatius Jack (Nathaniel Arcand), un indígena dueño de un almacén que ayuda al protagonista a convivir con el duelo, y Claire Thompson (Kerry Condon), una viuda y agente del flamante Servicio Forestal de Estados Unidos que traba amistad con Robert cuando más adelante en su derrotero se dedica a llevar y traer pasajeros con su semi carruaje. El lavado de cara mainstream modifica tres detalles fundamentales con respecto al libro que tienen que ver con la corrección política o la simple exacerbación del andamiaje melodramático, así las cosas ahora la licantropía de la mocosa resucitada brilla por su ausencia, el aborigen no es un borracho que termina atropellado por un tren y por cierto Grainier no forma parte de la turba del inicio deseosa de arrojar a un chino desde un puente, Fu Sheng (Alfred Hsing), sino que presencia el asuntillo sin hacer nada incluso luego de los gritos en caída libre del sujeto, faena que lo lleva a creer que el asiático lo maldijo para siempre al igual que todos los árboles que destruyó en su vida para llenarle la andorga a los cochinos explotadores.
Sueños de Trenes, por lo menos cuando no se pierde en su propia artificialidad, pretende analizar temáticas de importancia como la deforestación sin control, el tendido de tipo mafioso de vías ferroviarias, el esclavismo promedio capitalista, la sombra permanente de la muerte cuando las condiciones laborales son precarias, la mecanización y reemplazo del proletariado y el fluir en general del trabajador golondrina del campo, aquí representado mediante esa temporada de tala que condiciona la vida -y las largas ausencias- de Robert, quien atestigua el reemplazo de las hachas de los leñadores de antaño por las motosierras, amén de arrebatos furiosos de xenofobia/ racismo. Por momentos la odisea funciona como un homenaje a ese silencio masculino en el trabajo que se opone a ciertos especímenes del mundo de los varones que quiebran la regla de manera notoria, sobre todo aquel Frank que habla y habla y habla sin parar al igual que las mujeres y recibe su recompensa de parte de un Brown que sitúa en primer plano la hipocresía de los santurrones de todos los estratos sociales, sin embargo la película jamás logra construir su tan anhelado naturalismo de cadencia poética ya que casi todo se siente maquinal y los personajes no pueden trepar a la condición de criaturas independientes en sus escasos movimientos, en todo caso se parecen a maniquíes que pasan de una escena a otra a puro capricho de una pirámide plutocrática que nunca termina del todo señalada porque lo que aquí predomina, como aseverábamos con anterioridad, es una interpretación muy errónea/ reduccionista del cine antropológico y existencial de gente como Malick, Herzog y Weir, realizadores que sí han sabido analizar tanto la vida y el trabajo bajo condiciones extremas como la locura de influjo comunal.
En el relato todo el tiempo se subraya, desde diálogos flojos y un narrador omnisciente que tampoco es la gran cosa, a cargo de un Will Patton que asimismo leyó la novela de Johnson para el audiolibro correspondiente, la posibilidad de un castigo divino por el homicidio del chino y por el hecho de arrasar los bosques sin piedad alguna, en suma las supuestas causas de un incendio que para colmo durante la etapa previa se anticipa por demás a través de las palabras y una colección de premoniciones que experimenta el protagonista como si hiciese falta añadir todavía más previsibilidad al asunto, de hecho quitándole su única alegría/ posesión, la parentela. Entre escenas de relleno y un CGI que va a parar a las llamas y a un oso que pulula por ahí también en plan de “poesía de la debacle”, Sueños de Trenes tiene buenas intenciones aunque se siente vacía, lenta, banal y demasiado redundante, algo que abarca las visiones innecesarias del caso y la romantización de la miseria mediante el preciosismo constante de la fotografía de Adolpho Veloso y la música de Bryce Dessner, guitarrista de The National, banda que viene de capa caída desde hace rato. Como mucho del acervo arty perezoso y/ o automatizado de nuestro Siglo XXI, destinado a levantar nominaciones en la temporada de premios, la epopeya de Bentley se mira el ombligo del lirismo chauvinista y no puede -o no sabe, lo más probable- incorporar un trasfondo social de denuncia más comprometido con la andanada de catástrofes que ocurren en pantalla y que tienen que ver con la ausencia absoluta del Estado, lo que trae a colación los sueños húmedos de la lacra neoliberal del nuevo milenio en materia de regresar a la depredación y las masacres de este mismo capitalismo ultra salvaje del Siglo XIX y comienzos del XX…
Sueños de Trenes (Train Dreams, Estados Unidos, 2025)
Dirección: Clint Bentley. Guión: Clint Bentley y Greg Kwedar. Elenco: Joel Edgerton, Felicity Jones, William H. Macy, Kerry Condon, Paul Schneider, Alfred Hsing, Nathaniel Arcand, Will Patton, Brandon Lindsay, Zoe Rose Short. Producción: Teddy Schwarzman, Ashley Schlaifer, Marissa McMahon, Will Janowitz y Michael Heimler. Duración: 104 minutos.