El Rostro Impenetrable (One-Eyed Jacks)

La venganza frente al mar

Por Emiliano Fernández

El Rostro Impenetrable (One-Eyed Jacks, 1961) como proyecto cinematográfico comenzó cuando el productor Frank P. Rosenberg le encargó al genial Rod Serling, creador de La Dimensión Desconocida (The Twilight Zone, 1959-1964), escribir un guión a partir de la novela La Auténtica Muerte de Hendry Jones (The Authentic Death of Hendry Jones, 1956), de Charles Neider, una reinterpretación de la clásica historia de Henry McCarty alias William H. Bonney alias Billy the Kid y de Patrick Floyd Jarvis Garrett alias Pat Garrett, su verdugo luego de haber compartido muchas correrías criminales de antaño. Con el guión de Serling rechazado, Rosenberg contrata a nada menos que Sam Peckinpah para el siguiente tratamiento de la historia y éste es aceptado por el productor y el eterno Marlon Brando, la estrella de la película, sin embargo ahora al que no le gusta la trama pautada es al encargo de la dirección, Stanley Kubrick, otro monstruo sagrado, quien a la par de Brando despide a Peckinpah y trae primero a Calder Willingham, aquel de La Patrulla Infernal (Paths of Glory, 1957), El Graduado (The Graduate, 1967) y Pequeño Gran Hombre (Little Big Man, 1970), y luego a Guy Trosper, el de La Celda Olvidada (Birdman of Alcatraz, 1962) y El Espía que Vino del Frío (The Spy Who Came In from the Cold, 1965), para revisar en general lo escrito. Como era de esperar, el meticuloso Kubrick termina chocando con el mucho más “suelto” y espontáneo Brando y así eventualmente da un paso al costado y es el propio actor quien se sienta en la silla del realizador en la que terminaría siendo la única ocasión en la que dirigiría a lo largo de toda su carrera, inexperiencia que lo llevó a filmar mucho más de lo conveniente, desarmar el calendario de rodaje, atrasarse mucho y pasarse de presupuesto hasta el punto de enemistarse con el estudio de turno, Paramount Pictures, el cual durante la edición final tomó el control de la película en una jugada a mitad de camino entre la imposición para lograr un corte en verdad estrenable y la retirada voluntaria de un Brando ya muy exhausto y sin los conocimientos técnicos para terminar el trabajo a tiempo.

 

El resultado de semejante maraña de situaciones y personalidades contrastantes, muchas de ellas futuras glorias del séptimo arte a escala internacional, es una propuesta extraordinaria que curiosamente no acusa recibo de la multiplicidad de individuos que pasaron detrás de cámaras porque exuda una majestuosa coherencia dramática que gira en torno a tres ejes fundamentales, la amistad, la traición y la revancha, todo en función de una historia que poco y nada tiene que ver con el mediocre y ya largamente olvidado libro de Neider y que se vincula, en cambio, con todos esos acontecimientos verídicos que el querido Peckinpah revisitaría en la legendaria y melancólica Pat Garrett & Billy the Kid (1973), protagonizada por unos magistrales James Coburn y Kris Kristofferson. El relato se inicia en Sonora, México, en 1880, cuando tres forajidos, Río alias The Kid (Brando), su mejor amigo Dad Longworth (Karl Malden) y el compañero de ambos Doc (Hank Worden), roban un banco y a posteriori se relajan entre mujeres varias y alcohol. Los rurales mexicanos, léase la policía montada, de repente sorprenden a un Doc que termina siendo acribillado y a un Longworth que escapa descalzo a través de una ventana de la habitación de la prostituta de turno y roba un caballo, con el cual pasa a buscar a un Río que estaba cortejando a una burguesa ingenua ofreciéndole mentiras y mucho lisonjeo. Ambos cofrades criminales son asediados en un monte por sus perseguidores y así surge la posibilidad de que uno de ellos se marche para buscar más caballos y vuelva para rescatar al otro: lo dejan a la suerte pero Río arregla el asunto para que vaya Dad, quien luego de llegar a una casucha precaria decide simplemente cambiar el caballo cansado en cuestión por otro y marcharse con el oro robado del banco, dejando abandonado a The Kid y condenándolo a cinco largos años de martirio en un penal mugriento de Sonora, del cual escapa junto a un nuevo amigo y ex compañero presidiario, Chico Modesto (Larry Duran). Consciente del egoísmo de Dad porque con los rurales luego visitó la casucha de la triste perfidia, Río se consagra a localizar a su némesis cuanto antes.

 

Aquí los engranajes del western se combinan de manera brillante con el melodrama porque la gesta de venganza lleva al protagonista a descubrir que Longworth ahora es sheriff de la ciudad de Monterey, en California, gracias a un tal Bob Amory (Ben Johnson), otro ladrón que cabalga junto a Harvey Johnson (Sam Gilman), con los cuatro unificando fuerzas para asaltar el banco vernáculo y presentándose en el lugar -bajo perfil de por medio- con el claro objetivo de chequear la situación en una movida que conduce a Río a enterarse de que Dad se casó con una mexicana, María (Katy Jurado), y adoptó a su hija de una relación previa, Louisa (Pina Pellicer), de la que se termina enamorando para complicar aún más las cosas. En un principio todo es tranquilidad porque los dos hombres se mienten mutuamente de la mano de un Dad que afirma que no encontró caballos y que regresó por él, aunque no pudo hacer nada ya que el monte estaba repleto de rurales, y de un Río que asevera haber podido esquivar a las autoridades robando un animal, “buena fortuna” falaz que se supone derivó en una juerga de un lustro en libertad. Louisa tiene sexo con Río a la orilla del mar luego de que éste le miente diciendo que es un funcionario del gobierno yanqui en camino a Oregón, lo que genera una situación incómoda porque después admite la patraña y la chica cae en la casa familiar y se come el regaño de su madre y su padrastro, quien utilizando de excusa el asesinato en defensa propia de un borracho abusivo por parte de The Kid le marca la espalda a latigazos y le rompe la mano derecha con la culata de una escopeta para que no se le ocurra aparecerse de nuevo por Monterey con la firme intención de desquitarse. El convite anticipa muchos de los recursos y temáticas preferidas tanto del spaghetti western como del western crepuscular, a saber: la presencia de antihéroes sumamente ambiguos, los estallidos de violencia repentina, un fuerte hedonismo marcado por el dinero y el sexo, el devenir de las pasiones sin anestesia, y la dinámica de las traiciones entre los maleantes y cómo éstos suelen tener un código ético más honesto que el de los representantes de la ley.

 

La interpretación de Marlon Brando resulta francamente exquisita porque el actor consigue convocar a gusto el dolor vengativo -tan silente como furioso- de Río, la careta que se pone su personaje en California para no ser descubierto por su ex amigo y esa sutil verborragia de conquista romántica, en la que se destaca el hilarante detalle de decirles a las féminas que tal anillo o tal collar perteneció a su madre cuando en realidad fue sustraído durante un asalto o comprado en un mercado popular a una chica circunstancial. En contraposición, Karl Malden entrega a uno de los villanos más sádicos y repugnantes de la historia del cine porque más allá de sus características concretas, eso de ser un típico hipócrita del acervo institucional/ público que edificó su castillo de naipes basándose en embustes, atropellos y un maquiavelismo siempre oportunista y de lo más cínico, de hecho calza perfecto con el evidente masoquismo de Río y del propio Brando, un gran aficionado a la autoflagelación en pantalla y a las muertes apoteósicas símil Jesucristo que ponen de relieve la violencia no sólo estatal sino también aquella que surge de los fascistas equivalentes de la sociedad civil, en esencia la todopoderosa oligarquía y sus esbirros prosaicos. Otro de los componentes cruciales de la fórmula retórica es la maravillosa Pina Pellicer, una actriz que aporta la vulnerabilidad justa a su personaje y que no cae en la proverbial -e insoportable- histeria de tantos personajes femeninos una vez que descubren que les mintieron, ella en cambio opta por trasladarle la humillación al varón porque es Río quien se rebaja engañándola cuando efectivamente no hacía falta porque ella desde el vamos se mostró interesada y fue sincera en su afecto, algo que el ladrón percibe y así provoca que se caiga su máscara estándar para estos menesteres, amándola de igual manera cuando lo acepta a pesar de su obsesión con matar a Longworth (el asunto incluye un costado incluso mucho más trágico debido a que la sensibilidad que muestra Pellicer no es para nada fingida ya que era una mujer realmente muy susceptible, llegando al extremo de suicidarse por depresión en 1964 a sus 30 años).

 

Por supuesto que este vínculo entre los personajes de Brando y Malden, figuras narrativas que ocupan el rol de Billy the Kid y Pat Garrett respectivamente, tiene mucho de filiación y paternidad atormentada ya que a las referencias de turno, The Kid/ El Chico y Dad/ Papá, se suma una especie de quiebre conceptual de la familia tácita de dos integrantes a raíz del descubrimiento por parte del hijo del carácter “no perfecto”/ enviciado del padre y la carga sobre los hombros del segundo de una culpa enorme por haberle fallado al muchacho, haber arruinado en parte su crianza de índole social y por consiguiente su existencia e ideales, planteo que desde ya constituye la base de una desilusión filosófica primigenia que salta de la unidad comunal original de nuestra vida, la parentela, hacia la otra y muchísimo más extensa y compleja, la nación que la contiene. Más allá de ser uno de los primeros westerns en los que se ve el mar y se lo aprovecha en términos dramáticos en tanto símbolo de las frustraciones y pasiones superpuestas de los personajes que pueblan la narración y que van y vienen anímicamente como las olas y su intensidad, El Rostro Impenetrable funciona como una de las obras maestras inconmensurables de la década del 60 y una odisea de una belleza esplendorosa, cortesía de la fotografía del veterano Charles Lang, colaborador habitual de John Sturges, Billy Wilder y Fritz Lang, entre otros, y de resonancias en verdad mitológicas, producto de un Brando que aprovecha muy bien cada escena y sobre todo el acto final, cuando Río es apresado por Longworth porque sus secuaces lo traicionan, matan a Modesto y se lanzan a un robo bancario que deriva en desastre, con Amory pereciendo en un tiroteo en el que mueren también el cajero, Carvey (ese inefable Elisha Cook Jr.), y una joven ocasional (tanto Ben Johnson como Slim Pickens, que compone al cobarde ayudante de Dad, Lon Dedrick, luego trabajarían con Peckinpah). El desenlace concebido por Brando era más trágico, con Louisa muriendo de una bala perdida del duelo con el agonizante Dad, no obstante el que quedó está perfecto porque le brinda una mínima posibilidad de felicidad al hiper atribulado Río, quien le promete a su amada embarazada un reencuentro futuro cual vuelco definitivo hacia la honestidad que derriba esas “jotas de un ojo” del título original en inglés, alusión al póker en general y a la jota de espadas y la jota de corazones en particular, dos cartas en las que la figura humana de turno muestra un único ojo como si se tratase de una superficie lustrosa que esconde detrás una retahíla de mentiras o quizás algo siniestro…

 

El Rostro Impenetrable (One-Eyed Jacks, Estados Unidos, 1961)

Dirección: Marlon Brando. Guión: Guy Trosper, Calder Willingham, Sam Peckinpah y Rod Serling. Elenco: Marlon Brando, Karl Malden, Pina Pellicer, Katy Jurado, Ben Johnson, Slim Pickens, Larry Duran, Sam Gilman, Elisha Cook Jr., Hank Worden. Producción: Frank P. Rosenberg. Duración: 141 minutos.

Puntaje: 10