The Killer (Dip Huet Seung Hung)

La vida cuesta una bala

Por Emiliano Fernández

Opus clave en el desarrollo posterior del cine de acción y película fetichizada al extremo por millones de fanáticos alrededor del globo, The Killer (Dip Huet Seung Hung, 1989) no sólo es la obra magna de John Woo sino el mejor resumen de todas esas obsesiones formales y temáticas que supo acumular desde el mismo comienzo de su carrera y que se expandirían incluso más a posteriori, aunque sin ya nunca alcanzar esta cima cualitativa. Todo lo que define al cine del chino/ hongkonés aquí dice presente y en su mejor versión estilística, hablamos de esa bipolaridad de base entre las escenas de acción caóticas y los instantes de melodrama lírico etéreo, las lluvias de disparos entrecruzados y los duelos a la mexicana, las cámaras lentas en perpetua combinación con las explosiones gore sobre los cuerpos, las conversaciones irónicas entre rivales con sus pistolas/ revólveres a centímetros de sus rostros, el gustito por utilizar ambas manos en eso de empuñar múltiples armas, las palomas blancas en tanto metáforas de los paradójicos espíritus de los protagonistas, la iconografía cristiana apuntalando relatos de amistad y traición, la presencia de tragedias exacerbadas que no perdonan a mujeres y niños en su furia destructora, un constante ballet de muerte símil emboscadas cíclicas que simbolizan los sacrificios que conlleva el honor, la recurrencia de primeros planos muy inteligentes e imágenes congeladas para subrayar determinados gestos de los actores, los juegos en torno a la identidad y/ o las diversas vidas de los doppelgängers existenciales que plantea la historia, villanos mafiosos, cobardes y maquiavélicos que desconocen la ética, y finalmente las salidas imprevistas en medio de combates caracterizados por las cruzadas de un “ejército de un solo hombre” -siempre con una misión inclaudicable- contra un sinnúmero de adversarios que mueren como moscas.

 

El sicario del título es Ah Jong/ Jeffrey (el gran Chow Yun-fat), un señor que suele trabajar para las Tríadas de Hong Kong vía un intermediario que es también su mejor amigo, Fung Sei/ Sydney Fong (Chu Kong), quien le encarga matar a un sujeto en un club nocturno en una labor que deriva en la ceguera de la cantante del lugar, Jennie (Sally Yeh), una chica que termina con sus córneas dañadas accidentalmente por el fogonazo del revólver de Jong, amén del hombre recibiendo dos disparos en la espalda. Desde ese instante el sentimiento de culpa del protagonista se intensifica y comienza a seguir a la fémina, incluso salvándola en la calle de dos malhechores que pretendían robarla y violarla, detalle que desencadena una relación romántica enmarcada en el desconocimiento de Jennie de la identidad del hombre y la inusitada resolución de este último en lo que atañe a “jubilarse” mediante un último trabajo muy bien pago, el que resulta ser el de Wong Dung-yu/ Tony Weng (Yip Wing-cho), un oligarca cabecilla de las Tríadas -y socio de la víctima anterior- que es despachado en una ceremonia pública, la Fiesta del Barco del Dragón. El asunto pronto se complejiza porque el artífice de las dos muertes, Hay Wong Hoi/ Johnny Weng (Shing Fui-on), nada menos que el sobrino de Dung-yu, decide no pagarle a Jong y mandarlo matar, a lo que para colmo se suma el acoso que sufre el sicario por parte de dos oficiales de policía, el Inspector Li Ying (Danny Lee) y su compañero y buen amigo el Sargento Tsang Yeh (Kenneth Tsang), con el primero siendo ninguneado y presionado por su superior, el Jefe Inspector Dou (Barry Wong), por la muerte de una mujer a raíz de un ataque cardíaco que fue tomada de rehén por un peligroso delincuente, Wong Hung/ Eddie Wong (Kwong Leung Wong), el cual fue abatido por Li Ying en medio de un tranvía repleto de pasajeros.

 

Muy por encima del promedio de imitadores como Quentin Tarantino, Robert Rodríguez, Luc Besson y Johnnie To, Woo en esta oportunidad retoma gran parte del andamiaje narrativo de Le Samouraï (1967) de Jean-Pierre Melville y lo vincula a sus intereses de siempre a nivel de la idiosincrasia misma de sus obras, léase los ralentís y las hermosas carnicerías del Sam Peckinpah de La Pandilla Salvaje (The Wild Bunch, 1969) y Perros de Paja (Straw Dogs, 1971), los duelos, dilemas morales y motivos musicales para cada personaje del Sergio Leone de Érase una vez en el Oeste (C’era una Volta il West, 1968) y Érase una vez en América (Once Upon a Time in America, 1984), y la obsesión cristiana y las odiseas bien bizarras de redención en sintonía con el Martin Scorsese de Calles Salvajes (Mean Streets, 1973) y Taxi Driver (1976). Por supuesto que la pátina local asiática viene por el lado de las hipérboles típicas del wuxia, género de las artes marciales chinas que el director y guionista reinterpreta sirviéndose de todas las citas señaladas con anterioridad: en el cine de Woo una y otra vez Occidente y Oriente se dan la mano a través de -en primera instancia- las referencias a los engranajes formales más inconformistas del film noir y el western y -en segundo lugar- esa catarata de exageraciones de todo tipo que suelen primar en el acervo cinematográfico de buena parte de Asia, casi siempre hermanadas a una combinación un tanto loca -“loca” para los ojos occidentales- de universos artísticos que a priori no parecerían encajar/ complementarse entre sí, como en este caso la epopeya policial de acción, el sustrato melodramático y hasta los musicales, sin duda otro de los berretines del realizador (más allá de las recurrentes escenas vertiginosas y la aparición de canciones símil videoclip por la profesión de Jennie, la estructura del folletín más clásico dice presente vía la misión autoimpuesta de Jong de llevar a cabo ese último gran asesinato para poder retirarse y utilizar el dinero para hacer operar a la señorita en el extranjero, porque de no conseguir pronto un trasplante de córnea podría perder la vista para siempre, detalle que se explica además por la ausencia de donaciones en el “banco de córneas” de Hong Kong). La recurrente toma de rehenes para chantajear de manera instantánea a los contrincantes constituye otro recurso fronterizo -siempre utilizado en Oriente, ahora en desuso en la otra orilla del planeta- tendiente a poner de manifiesto que por más técnica brillante que se posea en esto de reventar al prójimo cuanto antes, el trasfondo de improvisación es crucial y nada reemplaza a la sabiduría de la experiencia, algo que el equipo de la película en su conjunto llevó a la práctica creando las coreografías de las disputas en el set de filmación.

 

Woo había demostrado previamente talento en obras como A Better Tomorrow (Ying Hung Boon Sik, 1986) y su continuación de 1987, no obstante The Killer abrió un período de oro que siguió con Bullet in the Head (Dip Huet Gai Tau, 1990), Once a Thief (Chung Hang Sei Hoi, 1991) y Hard Boiled (Lat Sau San Taam, 1992), etapa que finalizó con los años hollywoodenses, de los que se destaca únicamente Contracara (Face/ Off, 1997), y su vuelta a China de la mano de las dignas Red Cliff (Chi Bi, 2008) y su secuela del 2009. La maestría, ambición y desparpajo del realizador no sólo quedan en evidencia en la serie de emboscadas que padece el protagonista y su improbable nuevo amigo, el Inspector Li Ying, suerte de doble suyo del otro lado de la línea que separa hipócritamente qué es legal y qué no lo es, sino también en secuencias magníficas como la de la persecución automovilística entre Fung Sei, un sicario que es contratado por Hay Wong Hoi, Paul Yau (Fan Wei Yee), y un Tsang Yeh que estaba vigilando al primero y recibe de sopetón un balazo del segundo en pos de utilizar al intermediario para encontrar al tenaz Jong, lo que incluso se expande a un cuarto factor cuando el herido ya mortalmente Tsang es asimismo seguido por una patrulla de uniformados. Es precisamente la puesta en crisis de esta doble amistad por muerte coyuntural y/ o atisbo de perfidia, la de Jong con Fung Sei y la de Li con Tsang Yeh, la que consolida el vínculo entre el asesino y el inspector, provocando tanto el acercamiento entre opuestos aparentes como la unión de ideologías bajo el paraguas de ambos ser unos marginados dentro de sus respectivas profesiones, presos del continuo y caprichoso yugo de sus jefes/ empleadores (en este sentido, la masculinidad fraternal de la trama también está apuntalada en el glorioso ardid del personaje femenino insignificante, esa “Jennie, la semi cieguita” que funciona como una excusa para que se desencadene la acción, circunstancia que enfatiza el desenlace ya que el famoso trasplante -el catalizador retórico- queda en nada y sólo subsiste en pantalla la tragedia detrás de la muerte de Jong y la autoinmolación institucional de Li Ying al fusilar frente a sus colegas policías al neurótico y pusilánime Hay Wong Hoi, un plutócrata mafioso que simboliza al capitalismo). La filosofía detrás de The Killer está condensada en aquel intercambio que tienen Li y su compañero acerca de la actitud de Jong de salvar a una niña que recibió un disparo en una de las mega escaramuzas, remarcando que la vida cuesta apenas una bala sin que a fin de cuentas importe si es a sangre fría o con auténtica conciencia humanista, lo que implica que andar jugando con las herramientas del poder -la violencia y las armas- siempre provocará muertes de inocentes…

 

The Killer (Dip Huet Seung Hung, Hong Kong, 1989)

Dirección y Guión: John Woo. Elenco: Chow Yun-fat, Danny Lee, Chu Kong, Kenneth Tsang, Sally Yeh, Shing Fui-on, Yip Wing-cho, Barry Wong, Kwong Leung Wong, Fan Wei Yee. Producción: Tsui Hark. Duración: 111 minutos.

Puntaje: 10