Stillwater

La vida es brutal

Por Emiliano Fernández

Meredith Kercher, una estudiante británica de intercambio que residía en un departamento de Via della Pergola 7 de la ciudad de Perugia, en Italia, fue asesinada a los 21 años el primero de noviembre de 2007 en un aparente intento de arremetida sexual que derivó en muchos golpes y cortes con un cuchillo en su habitación y en el baño que compartía con otra estudiante extranjera, la norteamericana Amanda Knox, quien descubrió el cadáver junto con su novio de entonces, Raffaele Sollecito. Luego de un duro interrogatorio por parte de la policía que incluyó palizas y amenazas varias, Knox se implicó a sí misma y a su jefe, el congoleño Diya Patrick Lumumba, dueño de un bar donde la acusada trabajaba de camarera. Si bien Lumumba rápidamente queda libre porque la noche del homicidio estuvo atendiendo a diversos clientes en su local y hasta aparecieron huellas dactilares en la escena del crimen de un ladrón con prontuario, el marfileño Rudy Guede, el aparato legal italiano siguió considerando a Knox y a su novio como partícipes fundamentales del asesinato y por ello los sentenció en 2009 a 26 y 25 años de prisión respectivamente, lo que generó un escándalo internacional porque los expertos yanquis pretendían exonerar de todo cargo a la boba de la estudiante y la prensa vernácula europea, en cambio, se regodeaba en el vilipendio y reproducía las tácticas de difamación de la cruel fiscalía italiana en pos de demonizar a la originaria de un país odiado por casi todos, Estados Unidos. A pesar de que se sabe que Guede fue el autor material del sanguinario e improvisado ataque, sentenciado luego a unos 30 años de cárcel que eventualmente se convirtieron en 16, y de la absolución definitiva en 2015 de Knox y Sollecito por parte de la Corte Suprema de Casación de Italia, siempre quedaron dudas en torno al grado de involucramiento de Amanda en todo el asunto y específicamente a lo que hizo o no hizo en la previa, el durante y la etapa posterior a la arremetida fatal contra Kercher, parte activa de una comunidad de alumnos internacionales.

 

El agitado ecosistema del crimen que nos ocupa ya había sido adaptado a la gran pantalla en la por demás fallida El Rostro de un Ángel (The Face of an Angel, 2014), de Michael Winterbottom, aunque mediante la perspectiva habitual mainstream del outsider o tercero despersonalizador que ve todo el asunto desde un supuesto “ojo clínico” externo que de a poco se va enturbiando cuando se involucra más y más en el meollo del asesinato y el circo diplomático/ judicial/ mediático a su alrededor, en pantalla la periodista Simone (Kate Beckinsale) y el documentalista Thomas (Daniel Brühl), no obstante es Stillwater (2021), de Tom McCarthy, la realización que le hace verdadera justicia al caso desde las clásicas paradojas de la ficción, léase manteniéndose bastante lejos de los detalles verídicos pero conservando el núcleo conceptual paradigmático de este atolladero legal y asimismo invirtiendo el ardid retórico de El Rostro de un Ángel ya que en esta oportunidad es uno de los involucrados directos quien protagoniza el relato, nada menos que el progenitor, Bill (Matt Damon), de la norteamericana acusada, Allison (Abigail Breslin), hoy por hoy una estudiante universitaria en Francia que empezó una relación lésbica con una tal Lina que pasó de lo apacible romántico a la furia cuando empezaron a convivir y Lina arrancó con una retahíla de infidelidades, por ello una noche tuvieron una pelea, Allison fue a un bar y allí conoció a un árabe que le robó la cartera, Akim, sujeto que ella considera responsable del asesinato de su pareja porque momentos después, cuando regresó al departamento en Marsella compartido, la yanqui descubrió el cadáver de su novia y llamó a la policía, panorama que la dejó con una condena de nueve años de prisión efectivos, de los que ya cumplió cinco, debido al hecho de que las autoridades jamás hallaron al mentado Akim, figura fantasmal que muchas veces en los tribunales europeos equivale al lugar común xenófobo de evadir responsabilidades acusando al inmigrante marginal de delitos varios.

 

Francamente sorprende la jugada del guión del director, Marcus Hinchey, Thomas Bidegain y Noé Debré de evitar los intermediarios burgueses o institucionales chupasangres, como abogados, reporteros o esbirros de la represión pública, para volcarse directamente a los esfuerzos de Bill por exonerar a su única hija del homicidio, hablamos de un trabajador petrolífero de la pequeña metrópoli de Stillwater, en el Estado sureño de Oklahoma, que está desempeñándose como obrero de la construcción y como limpiador de los destrozos dejados por un tornado en la ciudad, un hombre parco y muy religioso que no tiene relación con su madre pero sí con su abuela, Sharon (Deanna Dunagan), y que viene de padecer el suicidio de su esposa, años de alcoholismo y el “asuntillo” de su hija en Marsella, a la que va a visitar regularmente en la cárcel de la ciudad francesa para además mantenerse al tanto acerca del progreso de las apelaciones que lleva la abogada de la muchacha, una veterana de apellido Leparq (Anne Le Ny) que considera que ya se agotaron todas las instancias procesales posibles y la detenida debería aceptar su condena, incluso optando por desechar la posibilidad de investigar una nueva pista centrada en el jefe del programa de asistencia para estudiantes de la otrora universidad de Allison, Patrick Okonedo (William Nadylam), quien se comunicó con ella para decirle que otra alumna, Souad (Nassiriat Mohamed), le comentó que había conocido en una fiesta a un veinteañero llamado Akim que se había vanagloriado de haber apuñalado a una chica años atrás y quedar impune. Bill comienza una pesquisa por su cuenta, a veces ayudado por una fémina que actúa como traductora y que conoció en un hotel, Virginie (Camille Cottin), actriz teatral y madre de la pequeña Maya (Lilou Siauvaud), sin embargo Souad sólo le revela que Akim vive en Kalliste, un barrio pobre de Marsella en donde golpean al progenitor desesperado mientras trataba de dar con el sospechoso, a quien identifica por un breve instante en una pandilla de jóvenes.

 

McCarthy, un actor reconvertido en este cineasta responsable de propuestas interesantes en sintonía con Descubriendo la Amistad (The Station Agent, 2003), Visita Inesperada (The Visitor, 2007), Ganar Ganar (Win Win, 2011) y la oscarizada En Primera Plana (Spotlight, 2015) y de obras muy flojas como En tus Zapatos (The Cobbler, 2014) y Las Aventuras de Timmy Fracaso (Timmy Failure: Mistakes Were Made, 2020), la primera un encargo para Adam Sandler y la segunda para la Walt Disney Pictures, aprovecha con gran astucia la condición de antihéroe del proletariado de Bill y no fuerza ninguna de las situaciones planteadas por la trama ya que el hombre hace lo que puede en todo momento a escala de la investigación por su hija, la vida que decide encarar en Marsella para estar cerca de ella y la relación afable que establece con la mini familia de Virginie y Maya, con las cuales pasa a convivir en un departamento al punto de cuidar de la mocosa cuando su madre está ausente por ensayos y demás. Stillwater, película que lamentablemente padece de un problema muy común del cine contemporáneo, la duración excesiva, en general combina sabiamente un primer acto símil thriller en contexto exótico, ahora apuntalado en el choque entre el sureño ignorante y el sustrato alienígena galo, una segunda parte de drama de adaptación cultural, reconstitución familiar y hasta ribetes románticos, cuando el protagonista comienza una relación con la actriz y a Allison le permiten salidas esporádicas del presidio, y finalmente un tercer acto que se lanza de cabeza hacia el suspenso porque Bill se reencuentra al azar con Akim (Idir Azougli) en un partido de fútbol del Olympique de Marseille, al que asiste con la niña, y lo secuestra para que no vuelva a escapar y con la meta de cortarle algo de cabello para cotejar su ADN con el hallado en la escena del crimen, movida que corre por cuenta de un detective privado y agente jubilado de la policía, Dirosa (Moussa Maaskri). El realizador y guionista lleva hasta sus últimas consecuencias la perspectiva obrera y ello implica que el film denuncia la estupidez de los burgueses y su carácter quisquilloso y abiertamente histérico a la hora de ensuciarse las manos, tratar con energúmenos, hablar con contrincantes ideológicos o simplemente lidiar con resultados adversos en el campo que sea, ejemplos son Virginie, quien se niega a seguir conversando con un testigo porque es racista (Gilbert Traïna), la misma Allison, que se la agarra con su padre porque no quiso decirle que la abogada rechazó seguir la flamante pista y él se encargó del asunto por no contar con el dinero suficiente para pagar al detective privado, y Nedjma (Naidra Ayadi), otra tarada de seudo izquierda como su amiga, la actriz, que no es más que un manojo de prejuicios ya que desde el vamos piensa que el estadounidense pobretón de Bill le dio el visto bueno a Donald Trump, para colmo luego de escuchar que no votó en aquella elección de 2016, debido a que es un ex convicto y a aquellos que tienen antecedentes penales se les impide votar, comienza a atacarlo por su condición de ex recluso. La película recupera lo mejor de los dramas intimistas criminales de la década del 70 y no se anda con los floreos estúpidos de la fotografía preciosista omnipresente del mainstream actual porque confía en la labor de los intérpretes, hoy con un elenco prodigioso en el que se destaca lo hecho por el maravilloso Matt Damon, un actor genial y medido a más no poder que mantiene en todo momento a su Bill con los pies sobre la tierra y lejos de cualquier caricatura chauvinista norteamericana del montón, por ello en el regreso del desenlace del hombre y su vástago a yanquilandia la propuesta se mantiene distante con respecto al oportunismo político y la pompa celebradora de los representantes institucionales. La amargura agridulce del final, de hecho, pinta por completo a la idiosincrasia seca y realista del film porque aquellos que estaban destinados a ayudar terminan ninguneando al protagonista o hasta fagocitándolo, pensemos en el rechazo de Leparq o la movida a lo “cuchillo en la espalda” del detective contra Bill, mandándole la policía ante la sospecha del secuestro de Akim para después situarse como el héroe que logró las correlaciones de ADN, planteo retórico al que se suma primero la culpa verdadera de Allison en la muerte de Lina, la cual efectivamente contrató al árabe para expulsar del departamento a la víctima por sus infidelidades aunque la cosa se salió de las manos, y segundo la misma identidad del personaje de Breslin, una lesbiana real de cuerpo cuadrado, machona y con carácter de mierda, no una modelito publicitaria a lo porno. Otra de las cúspides de la realización es la escena del epílogo, la del padre y la hija en el porche de la casa, de vuelta en Stillwater, cuando él le dice a ella que la vida es brutal porque comparten experiencias traumáticas y la chica eventualmente comenta que todo sigue igual en Oklahoma, algo con lo que Bill no concuerda porque afirma ya no reconocer el lugar de nacimiento por todo lo vivido en Francia, bella forma de ponderar la necesidad de abrir los ojos ante lo distinto y dejar de encerrarse en problemas, situaciones y puntos de vista dignos de existencias en un termo hermético cultural y siempre ortodoxo…

 

Stillwater (Estados Unidos, 2021)

Dirección: Tom McCarthy. Guión: Tom McCarthy, Marcus Hinchey, Thomas Bidegain y Noé Debré. Elenco: Matt Damon, Camille Cottin, Abigail Breslin, Lilou Siauvaud, Anne Le Ny, Idir Azougli, Moussa Maaskri, Naidra Ayadi, William Nadylam, Nassiriat Mohamed. Producción: Tom McCarthy, Jonathan King, Steve Golin y Liza Chasin. Duración: 140 minutos.

Puntaje: 7