Vivarium

La vida prefabricada

Por Emiliano Fernández

Vivarium (2019) es una de esas realizaciones que con muy poco dicen mucho, lo que en el paupérrimo cine contemporáneo constituye un éxito mayúsculo debido a que este segundo largometraje del equipo formado por el director Lorcan Finnegan y el guionista Garret Shanley logra poner de manifiesto la uniformidad, pobreza y redundancia de la vida posmoderna mediante la simple metáfora que ofrece el “parasitismo de puesta” del cuco común, esa simpática ave que se parece al gavilán y adora poner sus huevos en nidos de otras especies, sólo para que al nacer el polluelo en cuestión expulse al resto de los huevos/ crías/ competidores por la comida para acaparar todo el alimento que le ofrecen unos padres adoptivos incapaces de tomar verdadera conciencia de que están criando al asesino de toda su camada. Con una estética muy deudora del surrealismo de René Magritte y un planteo narrativo digno de La Dimensión Desconocida (The Twilight Zone), la legendaria serie televisiva de Rod Serling, aquí la trama se centra en una pareja joven compuesta por la maestra de escuela primaria Gemma (Imogen Poots) y el jardinero Tom (Jesse Eisenberg), quienes con la pretensión de comprar una casa aceptan la invitación de un bizarro agente inmobiliario, Martin (Jonathan Aris), para visitar un flamante complejo urbanístico símil barrio cerrado llamado Yonder, en donde todas las propiedades son exactamente iguales, predomina el verde pastel y la ortodoxia estilística incluye el mobiliario, la decoración, las calles y definitivamente un sol y unas nubes que también parecen sintéticos porque la imperfección y el cambio -ejes fundamentales de la existencia real- brillan por su ausencia.

 

Por supuesto que Martin les muestra el hogar y de golpe desaparece sin siquiera saludar, detalle que lleva a la pareja a pretender abandonar Yonder aunque ya sin poder hacerlo porque todos los caminos los devuelven a la casa número nueve que les asignó el agente inmobiliario de manera tácita desde un principio. Con el automóvil del dúo sin combustible de tanto dar vueltas, deciden pasar la noche en el lugar y así descubren para su asombro que día a día alguien -o algo- les deja una caja con comestibles y otros artículos de primera necesidad para que se instalen allí. Tom pierde la paciencia e incendia la residencia, no obstante la acometida vuelve a ser infructuosa porque nadie viene a rescatarlos, la casa al día siguiente se yergue intacta y para colmo encuentran una nueva caja de cartón con un bebé adentro (Côme Thiry) cual “encargo de crianza”, una suerte de imposición que viene acompañada con su encierro a cielo abierto. Tres meses después, el misterioso purrete se transformó en un niño de siete u ocho años sin nombre (Senan Jennings) que grita de manera insoportable hasta que se lo alimenta, imita literalmente todo lo que dicen los dos adultos y en general se comporta como un freak que no deja de observarlos en ningún momento. Mientras que Tom se percata que el suelo de Yonder es tan artificial como todo lo demás y comienza a cavar un pozo para ver qué descubre, Gemma se obsesiona con tratar de comprender al muchacho y en función de ello pasa más y más tiempo con él a pesar de lo exasperante y a veces terrorífico que puede ser, siempre sentadito delante de un televisor que proyecta imágenes hipnóticas en blanco y negro que sólo el niño comprende.

 

Mezclando en un mismo combo chispazos de Spike Jonze, Michel Gondry, Richard Kelly, Terry Gilliam y David Lynch, la película ofrece una primera mitad de comedia kafkiana sutilmente lírica que luego muta en horror existencialista con un fuerte dejo de nihilismo y angustia, en especial porque la convivencia de la pareja se cae a pedazos cuando el hombre pretende castigar al mocoso encerrándolo en el auto sin comida y ella se lo impide con ahínco desde el vamos, generando un rápido distanciamiento que también parece provocar un deterioro en la salud del jardinero que va en consonancia con la aparición de un extraño libro, con el cual el purrete un día se presenta luego de ausentarse un buen rato, y con el descubrimiento por parte de ella de que el niño -como el propio Yonder en su conjunto- carece por completo de imaginación, algo que queda de relieve en su incapacidad de identificar alguna forma reconocible en las tristes e idénticas nubes que pueblan el cielo del desértico lugar: así como el primer acto coquetea con una comicidad tan cáustica como mundana que satiriza la farsa de la “familia nuclear” urbana perfecta gracias a la presencia disruptiva de un jovencito que exacerba todas las características típicas de los insoportables seres humanos a esa edad, la segunda parte del relato en cambio opta por oscurecer el tono con vistas a homologar a la enfermedad de Tom a la vejez, el cansancio, la locura y la clásica claustrofobia de un periplo burgués que pasa de idílico en los papeles a pesadillesco en la praxis, cortesía de un ciclo de explotación de nunca acabar en el que nadie se siente “realizado” a escala individual ni espiritual ni familiar ni barrial ni mucho menos social.

 

Otro punto a favor de Vivarium es que evita el doble ardid del rubro del monstruo en las sombras, en esta oportunidad apenas sugerido mediante la imitación del nene ante Gemma del siniestro ser/ entidad que le dio el libro, y de la misma amenaza que representa el muchacho, quien no adquiere del todo su faceta lúgubre hasta que unos meses después se metamorfosea en adulto (Eanna Hardwicke), pero incluso así el espanto que inspira es mayormente abstracto porque el miedo de ella y él se lee en términos de la indiferencia y frialdad para con sus padres adoptivos, basta con pensar en los gestos de dejarlos afuera de la casa o de darle a ella una bolsa para cadáveres cuando Gemma le pide ayuda para Tom. Más allá del parasitismo de puesta y la idea de fondo de que todos estamos criando de modo más o menos inconsciente a futuros engendros/ miembros de una comunidad un tanto mucho enferma, por cierto un esquema discursivo primordial del cine de terror, el opus de Finnegan y Shanley recupera la coyuntura asfixiante de Without Name (2016), la ópera prima en largometraje de ambos, y el aislamiento y el declive emocional de Foxes (2012), el corto previo de la dupla, con el objetivo de señalar el carácter prefabricado de la vida en sociedad de nuestros días y la poca apertura que la susodicha deja para la curiosidad y la creación en verdad revulsiva. Mención aparte merece el acompañamiento musical del reglamentario desenlace de impronta cíclica, esa genial Complicated Game (1979) de XTC que enfatiza el pesimismo de base de una obra con muy buenas actuaciones y un diseño de producción minimalista e impecable, destinada a convertirse en una realización de culto…

 

Vivarium (Irlanda/ Dinamarca/ Bélgica, 2019)

Dirección: Lorcan Finnegan. Guión: Garret Shanley. Elenco: Jesse Eisenberg, Imogen Poots, Senan Jennings, Eanna Hardwicke, Jonathan Aris, Molly McCann, Danielle Ryan, Olga Wehrly, Jack Hudson, Côme Thiry. Producción: Brendan McCarthy y John McDonnell. Duración: 97 minutos.

Puntaje: 8