Justo luego de realizar su tres películas más famosas y celebradas, El Caso Mattei (Il Caso Mattei, 1972), Lucky Luciano (1973) y Excelentísimos Cadáveres (Cadaveri Eccellenti, 1976), una trilogía de clásicos del cine testimonial focalizados en la corrupción estatal y civil y los vínculos que el crimen organizado posee con la estructura del poder institucional y mafioso de larga data, Francesco Rosi realizaría la que para muchos es su obra maestra definitiva, Cristo se Detuvo en Éboli (Cristo si è Fermato a Eboli, 1979), un opus en el que sigue con sus obsesiones temáticas de siempre pero trabajándolas desde una sutileza mucho más pronunciada que en última instancia señala que en el equilibrio/ contienda de antaño entre sus raíces neorrealistas y su curioso existencialismo político de barricada parece que ganó la pulseada esta segunda dimensión, concretamente su versión más reposada y costumbrista aunque sin que ello implique -para nada- la desaparición de la otra vertiente, la más antigua. Rosi, una de las figuras centrales en la segunda generación neorrealista en consonancia con Pier Paolo Pasolini, Ettore Scola, Gillo Pontecorvo, Valerio Zurlini, Bernardo Bertolucci y los hermanos Vittorio y Paolo Taviani, a lo largo de toda su carrera exploró el círculo de influencias cercanas y lejanas -léase amigos y enemigos- de cada hombre en función de su profesión, ideas e intereses de máxima, en primer lugar, y la trabazón entre lo público y lo privado en términos de la eventual supremacía del primer estrato sobre el segundo debido al ejercicio indiscriminado y maquiavélico del poder por parte de aquellos que lo detentan en la sociedad y las instituciones, en segundo término, planteo doble que por cierto se fue repitiendo insistentemente en un derrotero que de todos modos tuvo algún que otro período de tipo excepcional de cine comercial más clásico/ tradicional hermanado al melodrama y a esas faenas bélicas o criminales del promedio mainstream, como por ejemplo la etapa de fines de los 60 hasta los primeros 70 o aquella otra de los 80 en adelante, caracterizadas a su vez por odiseas como El Momento de la Verdad (Il Momento della Verità, 1965), Y Vivieron Felices (C’era una Volta, 1967), Hombres contra la Guerra (Uomini Contro, 1970), Tres Hermanos (Tre Fratelli, 1981), Carmen (1984), Crónica de una Muerte Anunciada (Cronaca di una Morte Annunciata, 1987), La Conexión de Palermo (Dimenticare Palermo, 1990) y la final La Tregua (1997).
Cristo se Detuvo en Éboli, de la que se conocen dos versiones principales en el mercado internacional, una de 150 minutos de duración que fue a parar a las salas cinematográficas y otra sin cortes de 220 minutos -dividida en cuatro partes- que fue aquella que el director y guionista le presentó a la compañía productora, la RAI, y que se emitió por televisión y hoy se considera la canónica por antonomasia, en suma funciona como un buen resumen de las preocupaciones ideológicas y formales de Rosi porque recupera mucho de la desnudez hiper sincera en cuanto a retratar las miserias populares de sus primeros films enrolados en el neorrealismo tardío, El Desafío (La Sfida, 1958) y Los Maleantes (I Magliari, 1959), además no deja de inspirarse en aquellos experimentos cuasi documentales llevados al terreno de la corrupción gubernamental correspondientes a Salvatore Giuliano (1962) y Las Manos sobre la Ciudad (Le Mani sulla Città, 1963), y finalmente retoma -como decíamos previamente- la fuerza de la denuncia de izquierda de El Caso Mattei, Lucky Luciano y Excelentísimos Cadáveres aunque “maquillando” la avanzada ideológica de turno con los ingredientes y la idiosincrasia que brindan las facetas naturalistas anteriores del devenir del realizador, uno que resultaría primordial dentro del rubro más comprometido y apasionante del séptimo arte, aquel que va desde Pontecorvo y Costa-Gavras, pasa por Alan J. Pakula y Oliver Stone y llega a Paul Greengrass y Michael Winterbottom, entre tantos otros cineastas que optaron por analizar tópicos controversiales y militar su verdad en tiempos de puritanismo higiénico, mediocridad y una corrección política que pretende renunciar a la individualidad para contentar a los sultanes risibles de la apatía acrítica. Aquí adapta las famosas memorias homónimas de 1945 de Carlo Levi, un médico, pintor y escritor turinés que durante los años 1935 y 1936 fue condenado por el régimen fascista a raíz de su militancia antiautoritaria a un exilio en Lucania/ Basilicata, una región árida, olvidada y muy pobre del sur de Italia habitada por los típicos campesinos del mezzogiorno y una mínima capa gerencial de burgueses que hegemonizan todo el poder y toman las decisiones del entramado público desde el infaltable asco/ animadversión contra los que consideran unos animales semi humanos, a los que en sí ellos mismos mantienen en la pobreza para controlarlos y explotarlos a gusto en su rol de productores de alimentos y materias primas.
Como en otras ocasiones en su trayectoria, Rosi apuesta más a un estudio de personajes y un desarrollo identitario que a una simple historia de índole habitual prosaica, por ello se toma su tiempo para mostrarnos la llegada de Levi (Gian Maria Volontè) a la estación de tren de Éboli, su decisión de adoptar a un simpático perro abandonado llamado Barone, el alojamiento en una casa humilde del pequeño pueblo de Aliano, el primer encuentro con el que será su gran carcelero a cielo abierto, el alcalde y maestro de escuela primaria Don Luigi Magalone (Paolo Bonacelli), el descubrimiento de que en el lugar hay otros diez exiliados políticos compulsivos antifascistas (dos comunistas entre ellos, considerados los más peligrosos por las autoridades), la presencia de Don Traiella (François Simon), el cura borracho del pueblo al que los chicos le lanzan piedras mientras él responde despreciando a todos los campesinos de la localidad, el odio que los habitantes pauperizados y siempre próximos a padecer malaria sienten hacia los dos médicos de Aliano, el Doctor Milillo (Enzo Vitale), tío de Magalone, y el Doctor Gibilisco (Francesco Callari), quienes a su vez se quejan porque los campesinos no respetan sus prescripciones ni quieren pagarles por su pobreza, el lloriqueo adicional por parte del recaudador de impuestos, los recorridos del protagonista por calles y casas de impronta medieval, el hecho de atestiguar la ridícula prohibición de no poder socializar con los otros desterrados o ir más allá del cementerio local, la aparición de un tal Barón Nicola Rotunno (Alain Cuny), un oligarca terrateniente y fanático cristiano delirante, el comienzo de las patéticas aventuras imperialistas de Benito Mussolini en Etiopía/ Abisinia, la visita de la hermana de Carlo, la también médica Luisa (Lea Massari), la mudanza a una casona lejos de la mirada del alcalde, el encuentro con Giulia Venere (la sublime Irene Papas), una empleada doméstica con 17 hijos a la que los lugareños consideran una bruja por su promiscuidad y porque suele extremar cada una de las supersticiones animistas de Lucania, la obsesión local con emigrar a Estados Unidos en pos de progreso o mejores condiciones de existencia, la atracción que siente Levi hacia Venere, algún que otro eclipse de connotaciones sociales místicas, las diversas discusiones/ polémicas que tiene con el alcalde por su costumbre de censurarle cartas y libros, el arribo del castrador de animales al pueblo, los retratos que realiza de Carmelino (Carmelo Lauria), el vástago más pequeño de Giulia, la resolución de la mujer de no trabajar más para Carlo para que no se ponga celoso su amante, el barbero de Aliano, las payasadas que hace el borrachín de Traiella en una misa navideña, las ridiculizaciones públicas que padecen los impresentables Magalone, Milillo y Gibilisco por impedirle a Levi ejercer la medicina para conservar el monopolio en salud pública y cobrar lo que gusten por ello a los habitantes de Aliano, la eventual victoria del protagonista en el conflicto en cuestión cuando enferma la hija del alcalde y para atenderla le exige que lo deje ver también a los otros pacientes de la comarca, y finalmente la amnistía general que llega desde Roma una vez que las tropas fascistas terminan de controlar Etiopía, llevando a Carlo a abandonar la región y a regresar a su Turín natal en 1937. La llamada “vida subterránea” que retrata la película, la de la postergación provinciana amparada por los falsos federalismos modernos, relaciona este tejido de situaciones e individuos con los mega problemas que se mueven por detrás en materia de injusticias e inequidades comunales pero también en lo que atañe a conceptos jurídicos y filosóficos que permitan al pueblo mantener su autonomía frente a los avances caprichosos del enjambre institucional, académico o administrativo, casi siempre volcado a las falsas soluciones mágicas instantáneas o las imposiciones más descabelladas y banales.
A pesar de su extensa duración, su tono narrativo seco y bien melancólico y su impronta marcadamente coral y enrevesada a nivel de los múltiples vínculos entre los personajes, a decir verdad Cristo se Detuvo en Éboli constituye una propuesta de lo más accesible para el público en general porque su honestidad retórica y su subdivisión bajo el formato de viñetas interconectadas apuntalan un devenir ameno que va desplegando su complejidad con unas muy poco usuales naturalidad y frescura. El guión del director, su colaborador habitual Raffaele La Capria y el mítico Tonino Guerra, quien supo escribir para realizadores de la talla de Federico Fellini, Michelangelo Antonioni, Elio Petri, Vittorio De Sica, Andrei Tarkovsky y Giuseppe Tornatore, entre muchos otros, construye continuas dicotomías existenciales que hablan de la falta de determinismos últimos en vidas que apuntan para un lado y al mismo tiempo lo hacen para el otro, el opuesto, basta con pensar en la actitud de base del protagonista (Levi pasa de aquellas condescendencia y burla típicas de la pequeña burguesía -y en especial de los sectores intelectuales- a comprender e interesarse en serio en los campesinos, pero no en términos de antropología símil anecdotario pedante sino viendo a los marginados y compartiendo sus padecimientos en el día a día de mil formas distintas, al punto de que su vuelta a Turín le resulta agridulce debido a que ya no puede despegarse de la mentalidad bucólica del eterno excluido, esquema que lo lleva a señalar las miserias, torpezas y fabulaciones ideológicas de una izquierda clásica y una derecha fascista que se sirven del modelo estatal para ejercer su poder, siempre desde una tiranía y un paternalismo que jamás acceden al ideario y las verdaderas necesidades de los sectores menesterosos), de Don Traiella (el cura, por ejemplo, en la citada misa navideña por un lado trata con respeto a los etíopes, sin denigrarlos bajo las acusaciones de paganos salvajes de los partidarios de Mussolini, y por el otro lado les reclama a los habitantes de Aliano los regalos en cabras/ ganado que supuestamente le corresponden en tanto autoridad eclesiástica de la región, amén de refregarles en la cara que son unos herejes que casi nunca asisten a la iglesia ni se confiesan ni reciben la comunión ni bautizan a sus hijos) y de Magalone (el alcalde aglutina detalles de funcionario kafkiano moderado que quiere acercarse a lo que él interpreta como los miembros de la burguesía privilegiada o culta, léase la clase media y el propio Carlo, y en simultáneo funciona como el paradigmático cómplice pusilánime y mitómano de las elites hegemónicas, a las que defiende bajo la idea de que hace falta un gobierno fuerte/ de extrema derecha para eliminar las divisiones ideológicas y llevar a la nación a un destino prefijado de gloria homologado a un imperio con colonias en África, decidiendo obviar que la promesa fascista de tierras suena a chiste para unos campesinos que desconfían del poder y a los que le sobra suelo pero carecen de todo lo demás, hablamos de comida, salud, ropa, educación, trabajo, vivienda digna, etc.). El olvido voluntario al que apunta el título, ese que refleja la amnesia oportunista de un Estado benefactor que niega la existencia de las legiones de pobres que genera junto a sus cofrades de la alta burguesía y los oligopolios, decanta en el intelecto del personaje del genial Volontè, actor fetiche de Rosi, en un bello anarquismo antiestatal que pretende dar de baja el acervo unitario, centralizado y remoto que impide que los excluidos sean entendidos por los jerarcas incluso cuando existe una verdadera intención en ese sentido. Así las cosas, el exilio en la tierra inhóspita quiebra las abstracciones cándidas de izquierda sobre los marginados para darles entidad material sin anestesia ni utopías, masas de seres humanos embrutecidos y siempre deseosos de escapar del ciclo de la miseria, el ninguneo, la muerte y el pancismo y la demagogia de la política…
Cristo se Detuvo en Éboli (Cristo si è Fermato a Eboli, Italia/ Francia, 1979)
Dirección: Francesco Rosi. Guión: Francesco Rosi, Tonino Guerra y Raffaele La Capria. Elenco: Gian Maria Volontè, Paolo Bonacelli, Alain Cuny, Lea Massari, Irene Papas, François Simon, Enzo Vitale, Francesco Callari, Carmelo Lauria, Antonio Allocca. Producción: Franco Cristaldi y Nicola Carraro. Duración: 220 minutos.