La Muerte de Robin Hood (The Death of Robin Hood, 2026), tercera odisea del cineasta estadounidense Michael Sarnoski luego de la interesante Cerdo (Pig, 2021) y la aburrida y descartable Un Lugar en Silencio: Día Uno (A Quiet Place: Day One, 2024), desde la perspectiva del susodicho funciona como un punto intermedio entre el indie del opus con Nicolas Cage y aquel mainstream pomposo del trabajo protagonizado por Lupita Nyong’o, respectivamente, y si bien se agradece la noción de fondo de deconstruir el mito alrededor del bandolero del título, todo un clásico del folklore medieval inglés que vivía en el Bosque de Sherwood y robaba a los ricos para ayudar a los pobres, sinceramente la movida retórica de Sarnoski y su socio de cabecera, un Hugh Jackman siempre fotogénico que protagoniza y produce la película, no sale del todo bien porque la idea de ponderar a un Robin brutal y avejentado -asesino sin rasgos redimibles- resulta muy burda en pantalla y para colmo la partición tajante del relato espantará a prácticamente todo el público, hablamos de una media hora inicial con una carga de gore astronómica, incluido el arte de reventar a mujeres y niños, y unos 90 minutos siguientes ultra pacíficos volcados a las cavilaciones de la vejez en torno al complejo de culpa y las ganas de conocer a la parca, una salida de emergencia existencial. En la Inglaterra de 1247 el Hood de Jackman, un ladrón sanguinario que fue objeto de leyendas populares benévolas porque mató al Sheriff de Nottingham, revienta de un raudo cuchillazo en el cráneo a una mujer que pretende matarlo en venganza por haber asesinado a sus parientes, Wainwright (Jade Croot), y se topa con un otrora compinche al que adoptó cuando niño, el Pequeño Juan (Bill Skarsgård), quien ahora responde al nombre de Edward desde que una década atrás mató y suplantó a un sujeto para quedarse con su granja, lo que le permitió formar una familia con Margaret (Katie Breen), mujer que mutó en propiedad de ese hacendado dueño de la tierra que eventualmente se apoderó de todo.
Robin acepta ayudar a su cofrade de antaño para la masacre de turno y en la arremetida elimina a los terratenientes, muere a cuchillazos la fémina, se salva la hija del matrimonio, la Pequeña Margaret (Faith Delaney), y un mocoso de los usurpadores, Hendrie (Alfie Lawless), termina con una flecha de Hood clavada en su ojo derecho que de todos modos le permite desplazarse hasta el hogar de los latifundistas. El patriarca (Clive Russell) llora al crío y parte en una cruzada de revancha en la que pretende incendiar la granja y que calza con los planes suicidas de Robin, deseoso de una “muerte honorable”, pero después de una dolorosa batalla -una mano destruida y una antorcha enterrada en una boca de por medio- el Pequeño Juan lo priva de la gloria del óbito al salvarlo clavándole un hacha en la cabeza al hacendado. En plena agonía por sus heridas, Juan lo arrastra hacia un refugio religioso en una isla, el Priorato de San Clemente, donde lo cura con esmero la abadesa, la Hermana Brigid (Jodie Comer), y recibe unas lecciones de jardinería de un leproso encargado de la cosecha (Murray Bartlett). Juan desaparece con su hija aunque tiempo después regresa la Pequeña Margaret en soledad luego de haber sido violada y de presenciar el asesinato de su padre, por ello es adoptada por el protagonista bajo la condición de que acepte el nombre con el que se presentó en el priorato, Randolph, no obstante esta paz mental y la tensión erótica con la abadesa duran poco porque eventualmente se aparece un adolescente con la cara destrozada que es el último varón con vida del clan de Hendrie, Godwyn (Noah Jupe), el cual a su vez se hace llamar Arthur para ocultar su intención de reclamar desquite. La identidad en La Muerte de Robin Hood está vinculada a un significante vacío que sólo se llena en función del trauma del momento o las necesidades coyunturales del sujeto para garantizarse otro día con vida, esquema que el director trabaja más desde la visceralidad que desde el cinismo posmoderno y sus comodines vacuos de la gran industria cultural.
Sarnoski recurre a varias canciones folklóricas elegíacas, continúa con su fetiche macabro/ misantrópico de los dos opus anteriores y en esencia recupera el trasfondo preciosista y lírico de David Lowery y algo de la antropología cultural de Robert Eggers, sin olvidarnos de esa premisa que se parece mucho -aunque en una relectura castrada o meditabunda- a su homóloga de El Engaño (The Beguiled, 1971), la joya de Don Siegel con Clint Eastwood, Geraldine Page y Elizabeth Hartman sobre otro asesino moribundo de incógnito recibiendo las “atenciones” del ecosistema rosa, antes involucrando a varias féminas y ahora a una sola que se masturba a escondidas. Aquí la verdad y las fabulaciones se mezclan en la memoria popular pero también en la psiquis de los protagonistas de los relatos idealizados, como Robin y el Pequeño Juan, convertidos en mitos de una justicia social inexistente que en realidad es pillaje para sobrevivir y muchas veces por simple diversión, en este sentido la película juega permanentemente con la condición de víctima y victimario de nuestro Hood, atrapado entre la amargura de la vejez y cierta necesidad -nunca reconocida del todo, a veces más explícita- de alcanzar alguna tranquilidad de conciencia cercana a la redención o expiación de sus pecados, planteo que por supuesto está equiparado dentro del andamiaje discursivo a lo femenino conciliador de la hermosa Brigid en contraposición a la furia de la masculinidad promedio, con el leproso oficiando de figura intermedia entre los extremos. Los diálogos, lamentablemente, son un poco mucho redundantes a la hora de apuntalar de manera constante que las historias que nos contamos crean la realidad y a posteriori ésta se convierte en una serie de leyendas, según Robin ficciones peligrosas en las que no podemos depositar confianza alguna por su dejo envilecido, escapista o mentiroso sin reconocerlo, todo mientras la abadesa le habla acerca de alcanzar un equilibrio entre su nihilismo marca registrada y el saber oral masivo sin restricciones, uno caótico porque se aleja de la verdad.
Queda claro que las intenciones de Sarnoski son buenas porque juzga a la violencia como una epidemia o maldición eterna que abarca a los adversarios y sus familias, saltando de generación en generación, y en gran medida el horizonte del relato -por lo menos el largo segmento correspondiente al monasterio- pasa por un humanismo de secretos, sabiduría, convivencia y múltiples vidas superpuestas en una sola existencia, esa de trotamundos de Robin Hood. Tamaña deconstrucción, como decíamos antes, incluye una tensión libidinosa estándar con Brigid, víctima indirecta del forajido porque quemó vivos a su marido y sus hijos pero al mismo tiempo le otorgó una razón para vivir, eso de consagrarse a cuidar a los desvalidos que llegan al priorato, por ello puede aseverarse que el último acto coquetea con el melodrama hecho y derecho, sin embargo esta pose excesivamente oscura y fatalista se come lo que podría haber sido una epopeya de cama en donde prime en serio la pasión y no tanta solemnidad mortuoria inconducente que a la larga aburre, ya que la verborragia sobre la sanación y las segundas oportunidades deriva en un quedantismo autoindulgente típico del nuevo milenio y su apatía. La media hora del comienzo a la que hacíamos referencia maravillará a los mismos espectadores que odiarán el resto del metraje y viceversa, dejando entrever la esquizofrenia formal de la propuesta en su conjunto y su triste incapacidad para construir una transición eficaz entre las dos fases narrativas, encima ambas coronadas por un desenlace en el que se nos presenta la reencarnación implícita de Robin en la Pequeña Margaret -flamante arco incluido, obsequio de nuestro antihéroe- aunque en una acepción pura/ cristalina cercana al nirvana de las mentiras que tapan la verdad modelo Un Tiro en la Noche (The Man Who Shot Liberty Valance, 1962), clásico del oscurantismo chauvinista de John Ford, indudablemente un remate trasnochado y demasiado naif considerando todas las carnicerías por las que atravesamos y la imposibilidad de barrerlas debajo de la alfombra…
La Muerte de Robin Hood (The Death of Robin Hood, Estados Unidos, 2026)
Dirección y Guión: Michael Sarnoski. Elenco: Hugh Jackman, Jodie Comer, Bill Skarsgård, Murray Bartlett, Noah Jupe, Faith Delaney, Clive Russell, Alfie Lawless, Katie Breen, Jade Croot. Producción: Hugh Jackman, Alexander Black, Aaron Ryder y Andrew Swett. Duración: 122 minutos.