En un Lugar Solitario (In a Lonely Place)

La violencia latente

Por Emiliano Fernández

En un Lugar Solitario (In a Lonely Place, 1950), de Nicholas Ray, es una de esas pocas películas del Hollywood Clásico que habilitan varias lecturas según el punto de vista que cada espectador esté dispuesto a adoptar: en primera instancia el clásico de Ray puede ser englobado con las otras dos realizaciones semejantes del mismo año, léase El Ocaso de una Vida (Sunset Boulevard, 1950), de Billy Wilder, y La Malvada (All About Eve, 1950), de Joseph L. Mankiewicz, en materia de la denuncia de los entretelones más sórdidos y/ o patéticos de la industria cultural norteamericana, un entramado mainstream que debajo del cinismo oportunista y la actitud casi siempre soberbia y mordaz oculta una serie de miserias emocionales de distinta envergadura que van sacando a la luz una vulnerabilidad que es negada de manera maniática por los sujetos para continuar privilegiando toda esa coraza de fortaleza petulante, en segundo lugar la película habilita una lectura autobiográfica ya que en ella el director de hecho recupera muchos de sus motivos favoritos como artista, en esencia hablamos de su costumbre de poner en crisis identidades en apariencia estables, festejar el inconformismo y la rebeldía, utilizar diálogos con una evidente carga de lirismo, explorar la angustia del individuo en la sociedad mediocre y uniformizadora, elogiar a los inadaptados -entendiéndolos en sus paradojas- y combinar recursos de diferentes géneros aunque siempre desde una estilización visual inmaculada, algo que se exacerba por la idiosincrasia imprevisible del protagonista, un álter ego llamado Dixon Steele (Humphrey Bogart) que como bien le dijo el propio Ray a Gavin Lambert, su asistente y amante por un tiempo, está atrapado en una impulsividad irrefrenable tendiente a dejarlo con las opciones de caer en el alcoholismo severo, suicidarse o buscar ayuda psiquiátrica, y finalmente se puede pensar a la faena en su conjunto como una de las grandes joyas del film noir más complejo y misterioso, ahora con toques de melodrama y epopeya de trastornos mentales, rubro en el que el cineasta se especializó durante sus comienzos como lo demuestran las recordadas Sendas Torcidas (They Live by Night, 1948), El Secreto de una Mujer (A Woman’s Secret, 1949), Horas de Angustia (Knock on Any Door, 1949), Nacida para el Mal (Born to Be Bad, 1950) y Odio en el Alma (On Dangerous Ground, 1951), terreno al que volvería en ocasión de la tardía La Rosa del Hampa (Party Girl, 1958), reinterpretación en color de los pivotes paradigmáticos del formato del pesar y la corrupción metropolitana.

 

Aquí Steele es un guionista que no ha tenido un verdadero éxito desde el fin de la Segunda Guerra Mundial, cinco años atrás, y está necesitado de trabajo pero se niega a encarar un proyecto que no le agrade o esté vinculado a repetirse para contentar a los ejecutivos de los grandes estudios o al público conservador y remanido que se la pasa reclamando y viendo exactamente lo mismo. El señor, ex pareja de la intérprete Frances Randolph (Alix Talton) y amigo de un actor veterano y borrachín crónico de nombre Charlie Waterman (Robert Warwick), se encuentra en un bar con su agente, Mel Lippman (Art Smith), y un realizador, Lloyd Barnes (Morris Ankrum), para entregarle un libro que este último pretende adaptar a la gran pantalla con un hipotético guión que aportaría Dixon, no obstante el protagonista no parece muy interesado porque sabe de la redundancia de las películas del director y además su temperamento explosivo lo hace inconstante a nivel humano y laboral, como muy bien lo demuestra el comienzo del relato cuando está por agarrarse a las piñas primero con un conductor que lo importuna al volante, por osar conversar con su esposa, y luego con un intérprete que basurea a su colega Waterman, en este caso sí dedicándole algo de furia física pasajera a la contraparte. Steele no tiene ningún interés en leer la novela en cuestión, una odisea estereotipada del corazón con ingredientes policiales, y por ello se lleva a su casa de Beverly Hills a la encargada del guardarropas del bar, Mildred Atkinson (Martha Stewart), ya que la muchacha sí la leyó, señorita naif que después de narrarle la historia principal abandona el hogar de Dixon frente a la mirada curiosa de una vecina, Laurel Gray (Gloria Grahame), ex actriz que participó en algunos films de bajo presupuesto y estuvo en pareja con un mega magnate inmobiliario, Baker. Atkinson aparece muerta al día siguiente, estrangulada por el brazo de un hombre y arrojada de un coche en movimiento hacia la calle, y el caso queda en manos del Capitán Lochner (Carl Benton Reid) y su ayudante Brub Nicolai (Frank Lovejoy), oficial de policía casado con Sylvia (Jeff Donnell) y antiguo subalterno del guionista en la marina durante la guerra. Steele se transforma en sospechoso del homicidio junto al novio celoso de Mildred, Henry Kesler (Jack Reynolds), e inicia un romance sincero y apasionado con la testigo estrella que lo exonera, Gray, sin embargo la mujer de a poco comprende que bajo la superficie seductora e irónica de Dixon se esconde una violencia latente que toma la forma de egolatría, impetuosidad y delirio dominante.

 

Como casi siempre en la trayectoria de un terrorista formal e ideológico de la genial estirpe de Ray, En un Lugar Solitario parece una cosa pero termina siendo otra ya que al realizador no le interesaba en lo más mínimo respetar la ortodoxia promedio de Hollywood y todo ese apego fanático a los géneros duros como si fuesen el gran secreto a atesorar para el éxito en taquilla, por ello mismo después de una primera mitad del metraje orientada al film noir por antonomasia, aquel esquema del aparente falso culpable que termina bajo el ojo de los uniformados sobre todo por pasarse de soberbio y sardónico frente a los esbirros de la ley, el asunto va girando de manera progresiva hacia el melodrama de abuso doméstico en potencia ya que Laurel realmente se enamora del señor, tanto como él de ella, pero necesita de algún tipo de confirmación acerca del detallito de que quizás Steele sí salió al encuentro de la occisa luego de despedirla y quizás sí la asesinó en un arrebato, planteo narrativo que se vincula a la falta de confianza en sí misma, dando a entender que salvo el óbito nada es determinante en la vida, a la paranoia que provocan algunas reacciones coléricas de Dixon, como la paliza alienada que le dedica a un conductor con el que chocó por manejar a toda velocidad, y finalmente a la catarata de comentarios negativos que recibe por parte de su entorno cercano y lejano relacionados con el pasado violento de su flamante pareja, ese que incluye peleas de bares, la fractura de la mandíbula de un productor y hasta un golpe que le rompió la nariz a su ex, Randolph, la cual de todos modos lo sigue queriendo y/ o por lo menos interesándose en él a escala sexual. El guión de Andrew Solt y Edmund H. North, inspirado bastante a la distancia en la novela homónima de 1947 de Dorothy B. Hughes, precisamente se hace un festín con la dialéctica de los rumores y las conjeturas que se mueven alrededor del protagonista y su tumultuoso estado mental, otro de esos adalides imparables de la angustia, la efervescencia y la ansiedad del acervo de Ray que en esta ocasión cae bajo el fuego verbal cruzado del Capitán Lochner, un investigador implacable, Sylvia, quien le comenta a Laurel sobre los pormenores del caso -y sobre una descripción muy precisa del asesinato que hizo el guionista en una cena- para advertirle del peligro, Lippman, el cual reconoce la histórica propensión irascible de su cliente, y hasta una tal Martha (Ruth Gillette), masajista de Gray que le informa sobre el episodio de la nariz rota de Frances porque también supo servirla y la misma fémina se lo contó de primera mano.

 

El director consigue un desempeño sublime tanto de Bogart como de Grahame, sin duda ubicándose entre lo mejor de sus respectivas carreras, y en cierta medida se nota en pantalla la clara familiaridad de por medio debido a que las actuaciones resultantes los dejan muy desnudos ante las cámaras como pocas veces había ocurrido y ocurrirá a futuro, pensemos en este sentido que Bogart ya había trabajado con Ray en la atractiva aunque inferior Horas de Angustia y Grahame, por su parte, no sólo había participado en El Secreto de una Mujer, coprotagonizándola junto a Maureen O’Hara y Melvyn Douglas, sino que era la esposa de entonces de Nicholas, cuyo matrimonio comenzó a desmoronarse durante el rodaje del opus que nos ocupa hasta que se divorciaron en 1952. Louise Brooks, la legendaria actriz de La Caja de Pandora (Die Büchse der Pandora, 1929), de Georg Wilhelm Pabst, llegó a afirmar que Dixon Steele fue el personaje más cercano al Bogart de carne y hueso que ella conoció porque el guionista y el mítico intérprete compartían rasgos como el egoísmo, el orgullo artístico, su amargura alcohólica y cierta disposición pendular entre la abulia de la depresión y unos estallidos de vehemencia todo terreno que llegaron a asustar a su cuarta y última esposa, Lauren Bacall, trasfondo autobiográfico que complementa al homólogo señalado del cineasta, a sabiendas de las borracheras, desvaríos y drogodependencia de Nicholas, y que llega al punto de que Bogie financió la película a través de su productora Santana Productions, responsable además de Horas de Angustia, Sirocco (1951), de Curtis Bernhardt, y la querida La Burla del Diablo (Beat the Devil, 1953), de John Huston. El desenlace prosaico, enmarcado en la desconfianza y necesidad de alejamiento de Gray y su rol central en cuanto a la retroalimentación del comportamiento agresivo de su novio, corona a la perfección este círculo vicioso del miedo hogareño que tiene que ver con la complementación malsana entre la paranoia femenina autovictimizante de Laurel y la furia patológica de un Dixon que no acepta un “no” por respuesta y no posee la capacidad para enfrentarse a los entuertos de la vida sin estallar de repente, un par de latiguillos identitarios autodestructivos que los sabotean por separado y como pareja sin que en última instancia importe aquel cadáver de Atkinson, ese responsabilidad de un Kesler, el sospechoso obvio desde el principio, que no sólo confiesa el homicidio frente a Nicolai sino que enfatiza la vulgaridad romántica burguesa de fondo, hoy volcada a la soledad y la derrota existencial…

 

En un Lugar Solitario (In a Lonely Place, Estados Unidos, 1950)

Dirección: Nicholas Ray. Guión: Andrew Solt y Edmund H. North. Elenco: Humphrey Bogart, Gloria Grahame, Frank Lovejoy, Carl Benton Reid, Art Smith, Jeff Donnell, Martha Stewart, Robert Warwick, Alix Talton, Jack Reynolds. Producción: Humphrey Bogart y Robert Lord. Duración: 94 minutos.

Puntaje: 10