My Friend Dahmer

La violencia simbólica

Por Emiliano Fernández

Realmente es muy difícil hacer una película sobre Jeffrey Dahmer porque el muchacho traspasó todos los simpáticos límites sociales por antonomasia: el norteamericano (1960-1994) dedicó gran parte de su vida adulta a actividades varias relacionadas con la violación, el canibalismo, la necrofilia, la preservación de cadáveres y los experimentos con el cerebro símil lobotomía, dando por resultado el asesinato, abuso y desmembramiento de 17 niños y jóvenes adultos en un período que va desde 1978 a 1991, año de su arresto. Luego de ser condenado a cadena perpetua por los crímenes, esos que le valieron el apodo de “Caníbal de Milwaukee”, apenas un par de años después fue asesinado a golpes en la prisión por un esquizofrénico, un episodio que no hizo más que acrecentar la leyenda -y sobre todo el misterio- a su alrededor. La fascinación de Dahmer con los cuerpos muertos era a la vez curiosidad por la anatomía y funcionamiento de los mismos e incapacidad de excitarse con algo que esté vivo, de allí surge su colección de cráneos utilizados como juguetes sexuales.

 

El señor en el pasado ya había sido el eje de diversos documentales, films y especiales televisivos, sin embargo su biopic más recordada sigue siendo Dahmer (2002), dirigida y escrita por David Jacobson y protagonizada por Jeremy Renner en su primer rol importante en el cine. A diferencia de aquella, que optaba por un enfoque bastante tradicional basado en flashbacks en torno a los homicidios y la personalidad introvertida del protagonista, ahora My Friend Dahmer (2017) se concentra en los últimos años del colegio secundario del susodicho, justo antes de su primer asesinato, el de Steven Hicks de 1978. Vale aclarar que la película es una adaptación directa de la novela gráfica homónima del 2012 de John “Derf” Backderf, un antiguo compañero escolar de Dahmer cuya técnica como dibujante está muy en sintonía con la del mítico Robert Crumb. Este opus de Marc Meyers, un realizador que hasta el día de hoy no había hecho nada particularmente memorable, ofrece un interesante pantallazo acerca del contexto familiar y educativo de un bisoño Dahmer.

 

Como era de esperar, la obra que nos ocupa funciona como un anti-“coming of age”/ anti-relato de iniciación con todas las letras porque desde el vamos el futuro asesino ya arrastra de adolescente muchos de los rasgos que luego marcarían su vida de adulto, dejándonos no con una transformación y/ o un crecimiento escalonado, esas características de siempre del formato narrativo en cuestión, sino con una serie de catalizadores anímicos que activan los traumas, maltratos y fantasías presentes -de por sí y desde mucho antes- en su psiquis. El veinteañero Ross Lynch compone con gran eficacia al protagonista, un actor que insólitamente es conocido por sus trabajos en distintos productos de la factoría Disney y que aquí se las ingenia para aprovechar los pocos diálogos, la disposición física alicaída y el tono apesadumbrado de su personaje. La madre de Dahmer, Joyce (Anne Heche), es una enferma psiquiátrica que impulsa confrontaciones permanentes con su marido, Lionel (Dallas Roberts), un químico que no sabe cómo lidiar con ella y que ve con preocupación la costumbre del adolescente de levantar animales muertos en la ruta para después disolver su carne mediante ácidos con el objetivo de conservar sus huesos. Jeffrey a su vez tiene un hermano menor, Dave (Liam Koeth), quien como él padece la apatía de sus progenitores.

 

El propio Backderf (Alex Wolff) está en la trama como un aspirante a caricaturista que lidera un grupito de compañeros de Dahmer, sobre el cual comienzan a interesarse cuando lo ven imitando a un epiléptico en pleno ataque en un pasillo del colegio, circunstancia que los lleva a formar un “fan club” en torno a Jeff para utilizarlo en bromas pesadas como simular espasmos corporales frente a adultos solemnes, incluir a Dahmer en todas las fotos de los clubs escolares y pautar una reunión con el Vicepresidente Walter Mondale, perteneciente a la administración de Jimmy Carter, durante una visita a Washington D.C. Dahmer de a poco se irá acercando a sus inquietudes y tendencias futuras mediante una situación social/ familiar/ psicológica/ afectiva muy compleja que por cierto incluye su incipiente homosexualidad, la atracción que siente hacia un corredor que resulta ser un médico, el bullying de siempre por parte de los otros chicos, su iniciación en el “hobby” de asesinar animales, sus payasadas para llamar la atención en la escuela y a ojos de sus seudo amigos, el divorcio ya consolidado de sus padres, un alcoholismo que mitiga su angustia emocional y que se va agravando paulatinamente, los sueños centrados en tener sexo con cadáveres y finalmente sus primeros intentos relacionados con matar a otros seres humanos.

 

My Friend Dahmer evoca de manera inteligente dos elementos clásicos de los films sobre asesinos en serie, léase el ninguneo que sufren de la mano de la sociedad (dentro de la cual se camuflan para pasar desapercibidos) y la enorme destreza para obtener lo que quieren de una forma u otra (si bien casi todos en algún momento cometen un error, al igual que el resto de la humanidad, lo cierto es que la mayoría se las arregla para salir airosos no importa la coyuntura o el objetivo de turno): cada pequeño reto que Jeffrey se propone a ojos del incrédulo de Backderf y compañía, deriva en éxito por parte del muchacho y en un enigma aún mayor sobre su siguiente movida, un esquema que coloca al misántropo en un nivel intelectual muy superior al de los chiquillos que se burlan de él de manera indirecta en episodios de una violencia simbólica que soporta mudo y que eventualmente desencadenará el otro tipo de violencia, la física/ material. El guión de Meyers coquetea sutilmente con el morbo detrás de cualquier proyecto sobre Dahmer a través del suspenso y la sensación de peligro, ahora apuntalados no tanto en los intentos frustrados del protagonista por “encajar” en su entorno sino en su conciencia de que en realidad nunca se adaptará porque ya no hay dentro suyo ni un gramo de empatía para con esa sarta de pobres diablos que lo circundan.

 

A pesar de que en esencia la propuesta no incluye ingredientes sustancialmente novedosos, es de destacar la decisión de hacer énfasis en el período bisagra en la vida del psicópata y no incorporar ni un asesinato en pantalla, dejando a la bomba de tiempo constantemente a punto de estallar y transformando al convite en su conjunto en una suerte de precuela muy detallista de Dahmer, casi como si Lynch le pasase la posta -en un acuerdo pautado de antemano- al Renner del opus del 2002. Retomando lo que decíamos anteriormente, lo que sí hace la película es faltarle el respeto al infantilismo berretón de los coming of age y los lugares comunes de los thrillers de maníacos, cuya psicología jamás es trabajada de la misma forma con la que se explota el costado más “colorido” de sus fechorías, ya que si hay algo en lo que My Friend Dahmer brilla es en el retrato de la cotidianidad desabrida de una persona real que nada tiene que ver con los facilismos, el trazo grueso y la estupidez amarillista de esas típicas fantochadas mediáticas en lo que atañe a los casos policiales. La ferocidad de los homicidios y las violaciones/ profanaciones sobre los cadáveres por parte del protagonista, sumado a que todo ocurrió no en un pasado remoto sino en un contexto histórico muy próximo como lo es la década del 80, contrasta de manera sublime con esta colección de anécdotas entrecruzadas sobre los disparadores de tanto horror y tanta muerte, condensando el espanto en el dolor que padeció un Dahmer que antes de victimario fue él mismo víctima en función de la sociedad en la que vivimos y su ciclo de crueldad sin fin…

 

My Friend Dahmer (Estados Unidos, 2017)

Dirección y Guión: Marc Meyers. Elenco: Ross Lynch, Dallas Roberts, Anne Heche, Alex Wolff, Liam Koeth, Vincent Kartheiser, Tommy Nelson, Harrison Holzer, Cameron McKendry, Adam Kroloff. Producción: Marc Meyers, Michael Merlob, Adam Goldworm, Jody Girgenti y Milan Chakraborty. Duración: 107 minutos.

Puntaje: 8