A lo largo de prácticamente toda su carrera cinematográfica James Foley tuvo que lidiar con un fracaso comercial tras otro hasta que en su madurez, hace no tantos años, por fin gozó de un éxito planetario con las trasheadas eróticas apenas disfrutables -sobre todo por la presencia de la celestial Dakota Johnson- Cincuenta Sombras más Oscuras (Fifty Shades Darker, 2017) y Cincuenta Sombras Liberadas (Fifty Shades Freed, 2018), un par de exploitations grasientos que incluso con su idiotez y torpeza le sacaron la modorra castrada al mainstream contemporáneo, lo que en esencia nos dejó en primera instancia con un período entrecortado de gloria, ese que abarca Hombres Frente a Frente (At Close Range, 1986), Hasta la Noche, mi Amor (After Dark, My Sweet, 1990) y El Precio de la Ambición (Glengarry Glen Ross, 1992), y en segundo lugar con una andanada de thrillers entre correctos, rutinarios, poco inspirados y francamente olvidables a partir de la década del 90, pensemos en aquellas Angel y Demonio (Fear, 1996), El Secreto (The Chamber, 1996), El Corruptor (The Corruptor, 1999), Ambiciones Secretas (Confidence, 2003) y Seduciendo a un Extraño (Perfect Stranger, 2007), amén de rarezas variopintas -y también algo mucho pobretonas- como los dramas Los Desenfrenados (Reckless, 1984) y Un Día para Recordar (Two Bits, 1995) y la lamentable colaboración ficcional con su amiga Madonna, ¿Quién es esa Chica? (Who’s That Girl, 1987), dupla creativa que tuvo más suerte en el terreno del videoclip porque Foley dirigió para la diva ochentosa por antonomasia una trilogía de cortos, hablamos de los correspondientes a True Blue (1986), Papa Don’t Preach (1986) y por supuesto Live to Tell (1986), canción que fue concebida inicialmente por la cantante y compositora junto a Patrick Leonard para la película que nos ocupa y a posteriori incluida en True Blue, su recordado álbum del mismo año que también abarca los otros dos temas.
Si bien El Precio de la Ambición es la mejor película del realizador, trabajo muy cáustico sobre el canibalismo capitalista en el ecosistema inmobiliario con un guión monumental de David Mamet basado en su excelente obra teatral de 1983, Hombres Frente a Frente y Hasta la Noche, mi Amor la siguen de cerca aunque en el terreno del film noir, la segunda especializándose en el ámbito predecible del policial, el urbano, y la primera en su opuesto exacto, el bucólico, porque de hecho está inspirada en el derrotero criminal de Bruce Alfred Johnston Sr., líder de temer de una de las pandillas de ladrones más famosas del Estado de Pensilvania porque estaba muy bien organizada, era capaz de cargarse a cualquiera que resultase una amenaza y literalmente se llevaba cualquier cosa de valor que encontrase en los distintos lugares robados, no sólo las clásicas joyas y dinero en efectivo sino también equipos de golf, alfombras, pieles, cigarrillos y sobre todo tractores, mercancía en verdad muy cotizada por el generoso volumen de campos para trabajar en los dos condados en los que más se movían los delincuentes, Lancaster y Chester. Bradford “Brad” Whitewood Jr. (Sean Penn, marido por entonces de Madonna) es un púber desempleado de la Pensilvania rural que vive en la miseria junto a su madre Julie (Millie Perkins), su hermano menor Thomas “Tommy” Whitewood (Chris Penn, el malogrado hermano real de Sean, fallecido en 2006 a los 40 años por sobrepeso y diversas drogas), su abuela (Eileen Ryan, madre tanto de Chris como de Sean) y el novio de Julie, Ernie (Alan Autry), panorama deprimente que cambia de a poco primero mediante la relación romántica entre Brad y una bella joven local llamada Terry (Mary Stuart Masterson), quien eventualmente se transforma en su pareja, y segundo a través del vínculo del muchacho con su casi desconocido padre, para colmo su tocayo, el facineroso Bradford “Brad” Whitewood Sr. (Christopher Walken).
Paradigmática fábula sobre el huérfano que idealiza aquello que nunca tuvo, un progenitor, para después chocarse contra la pared de la verdad de siempre, eso de que nadie es perfecto y mucho menos la figura paternal en cuestión, un Whitewood Sr. que efectivamente tiene una predilección por los tractores, lava todo el dinero sustraído comprando y vendiendo automóviles usados, sale con una furcia con look y comportamiento de arpía, Mary Sue (Candy Clark), y basurea a Tommy porque es muy probable que sea hijo de otro macho en ocasión de un período del patriarca tras las rejas, de allí que haya optado por abandonar a la honestamente anodina Julie para dedicar todo su tiempo a la pandilla y sus actividades, a su vez compuesta por Boyd (J.C. Quinn), Tony Pine (David Strathairn) y los dos hermanos de Brad Sr., Dickie (R.D. Call) y Patch (el querido Tracey Walter). El buen guión de Nicholas Kazan, hijo del tremendo Elia y artífice de las historias de obras como Frances (1982), de Graeme Clifford, Impulso Infernal (Impulse, 1984), de Graham Baker, Patty Hearst (1988), joyita de Paul Schrader, Mi Secreto me Condena (Reversal of Fortune, 1990), de Barbet Schroeder, El Imperio del Crimen (Mobsters, 1991), de Michael Karbelnikoff, Matilda (1996), película de Danny DeVito, Poseídos (Fallen, 1998), de Gregory Hoblit, El Hombre Bicentenario (Bicentennial Man, 1999), de Chris Columbus, Nunca más (Enough, 2002), de Michael Apted, El Abogado del Mal (The Whole Truth, 2016), de Courtney Hunt, y su único opus como realizador, El Amante Ideal (Dream Lover, 1993), transcurre en aquella primavera de 1978, cuando Brad Jr. se incorpora a la comitiva criminal de su progenitor, y lleva al extremo los resortes melodramáticos prototípicos del film noir porque respeta los sucesos reales, léase el ataque de Brad Sr. contra su vástago y una Terry que se llamaba Robin Miller y termina falleciendo, todo porque el muchacho es arrestado por el robo de tractores y comienza a hablar con las autoridades con la posibilidad de delatar al cabecilla.
Ese tono narrativo ultra etéreo de mediados de los 80, aquí elevado a la enésima potencia por la fotografía preciosista del español Juan Ruiz Anchía y la música sutil y elegíaca de Leonard, genial utilización de los sintetizadores a lo dream pop de por medio, se unifica a pura paradoja con el sustrato crudo, visceral e impiadoso del relato, trasfondo que además queda simbolizado en la brutalidad de un Whitewood Sr. que asesina a todos los amigos/ colegas de la pandilla subsidiaria de Brad Jr., también ante la contingencia de una “fuga de información” masiva que desnude al sindicato de los malhechores, e incluso llega a violar a la noviecita de 16 años de su hijo para arruinarle la relación por lo que considera una mala influencia ya que Terry piensa en exceso y habla también de más, conjunción retórica que provoca una especie de lirismo surrealista de la pobreza y de la falta de oportunidades de progreso verdadero para personajes que deambulan entre el atajo semi suicida de la vida fuera de la ley y las inequidades de toda índole de la plutocracia capitalista. Gran parte del encanto de la propuesta de Foley radica en el estupendo desempeño de Sean Penn, el cual venía de neoclásicos criminales adicionales como Reformatorio (Bad Boys, 1983), de Rick Rosenthal, y El Halcón y el Muñeco de Nieve (The Falcon and the Snowman, 1985), de John Schlesinger, y de un Christopher Walken ya veterano que había colaborado con gente como Sidney Lumet, Paul Mazursky, Michael Winner, Woody Allen, James Ivory, Michael Cimino, Jonathan Demme, Herbert Ross, John Irvin, Douglas Trumbull, David Cronenberg y John Glen, señor que contrapesa -desde el carisma y ese horror de gesticulación silente- las ambiciones ingenuas de la criatura de Penn en especial luego del asesinato en un lago de un soplón policial y otrora miembro de la banda, Lester Peralsky (Jake Dengel). Hombres Frente a Frente es una de las grandes sagas delictivas y cuasi mafiosas de los 80 y sin duda la más ninguneada, siempre a la espera de ser descubierta por todos los cinéfilos en serio…
Hombres Frente a Frente (At Close Range, Estados Unidos, 1986)
Dirección: James Foley. Guión: Nicholas Kazan. Elenco: Sean Penn, Christopher Walken, Chris Penn, Mary Stuart Masterson, Millie Perkins, Eileen Ryan, Tracey Walter, David Strathairn, J.C. Quinn, Candy Clark. Producción: Elliott Lewitt y Don Guest. Duración: 116 minutos.