El Beso Desnudo (The Naked Kiss)

Lágrimas en tus ojos

Por Emiliano Fernández

La prostitución siempre fue, es y será un tópico candente porque trae muy al primer plano la hipocresía social ya que casi nadie desea hacerse cargo del hecho de que entre vender el cuerpo y vender la fuerza de trabajo sinceramente no hay muchas diferencias porque la dignidad intrínseca del sujeto en cuestión se ve comprometida en ambos casos mediante la paradigmática explotación capitalista, esa que por cuestiones de pudor y mojigatería descerebrada se lleva a cabo en el ámbito privado en lo referido a la prostitución y por un tema de ponderación pancista altisonante se realiza adelante de todos los otros mortales en materia del mentado “trabajo tradicional” esclavista. Si bien hay casos en el mercado en los que los individuos trabajan para sí mismos y no dependen de manera tan evidente o hasta tajante de terceros, el patrón común es precisamente lo contrario y por ello llama mucho la atención la tendencia de muchos burgueses y lúmpenes a vincular a la prostitución con la trata de blancas pasando por alto que el trabajo estándar también padece de semejante estado de cosas y mucho más en estos tiempos de crisis, cuando la pobreza crece y los capitalistas especuladores aprovechan el desempleo para bajar todavía más los salarios y empeorar las condiciones laborales, momentos en los que la prostitución también se dispara pero hacia el extremo opuesto, el de los cuentapropistas que mandan a la mierda a los empleadores/ proxenetas. Las críticas de derecha e izquierda siempre estuvieron presentes en lo que respecta al “oficio más viejo del mundo”, hablamos primero de las risibles condenas morales/ religiosas/ legales de la sociedad, siempre a caballo de los monigotes y santurrones inmundos de crucifijo en mano y arma policial, y segundo del neopuritanismo sexual de los progres repugnantes contemporáneos que ven a la cama como algo a condenar de por sí y por ello se esconden en una falsa diversidad y un falso respeto para victimizar compulsivamente a los que viven de la cópula y sus coloridos rituales, unos capados y reaccionarios de mierda que no sólo escupen fariseísmo social sino que evidentemente no cogen nunca ni vieron un puto video porno en su vida ni se sienten capaces de dejar de fetichizar hacia lo negativo/ reprimido al coito, actividad desacralizadora por antonomasia para la cual la cortesía y la deferencia no significan nada ya que lo único importante es la vehemencia corporal y por supuesto ese instinto subversivo primario que se caga en buena medida en todas las reglas y preconceptos estandarizados que la comunidad edifica para encerrarse en utopías de previsibilidad ética, reproductiva o placentera de cartón pintado.

 

El Beso Desnudo (The Naked Kiss, 1964), escrita y dirigida por el querido Samuel Fuller, trabaja todo este entramado de hipocresía que emparda a las furcias con los ex reos en el sentido de que los representantes institucionales se encargan de homologar una y otra vez al individuo con su trabajo/ condición y de presionar sobre el sujeto para que jamás olvide lo que es o fue con la meta de basurearlo sistemáticamente, martirizarlo tracción a sadismo cobarde y en especial esclavizarlo bajo el manto de un castigo crónico que parece nunca desvanecerse, suerte de sanción que no le permite al mortal escapar de su pasado o presente sin que importe a donde vaya o el flamante rumbo que haya tomado su vida para aquel entonces. Al igual que en su película previa, la también magistral Shock Corridor (1963), en la que pensaba el fariseísmo en materia de los neuropsiquiátricos, instituciones del espanto en las que las comunidades gustan de recluir a los enfermos mentales y de las que los pacientes salen en un estado muchísimo peor al que entraron por los tratamientos brutales, las condiciones de vida infrahumanas y la sobremedicación compulsiva de turno a la que son sometidos por la lacra médica y sus secuaces de siempre, los enfermeros, aquí el realizador indaga tanto en la moralidad castradora de pueblito chico con sus representantes de la ley siempre prestos a expulsar a los considerados “indeseables”, léase los ladrones y las prostitutas, los primeros a regiones muy lejanas y las segundas a lugares más cercanos porque son sus principales clientes, como en la engañosa tolerancia de determinados payasos de la burguesía que la van de ciudadanos modelos aunque resulta que son unos pervertidos tremendos en la intimidad que para colmo se sienten identificados con la vida de las meretrices como si las trabajadoras sexuales fuesen unas delirantes patéticas como ellos, planteo discursivo que nuevamente trae a colación el nuevo ascetismo y abstinencia sexual de la seudo izquierda mediante esta tendencia a empardar al acto amatorio con algo esencialmente sucio y por ello condenable ya que de por sí se aleja de sus desvaríos en torno a modelos idílicos de comunidad, por cierto tan intransigentes, absolutistas y necios como aquellos de los censuradores compulsivos de la inquisición medieval y sus constantes pavadas en materia de buscar herejes y escracharlos hasta la muerte, lo que en suma nos deja por un lado con la persecución fascista del enjambre institucional/ represivo y por el otro lado con la ortodoxia del falso asceta moralizador que esconde un perversito detrás amigo de sobredimensionar el rol del sexo en la vida cual juego de amor y odio al respecto.

 

El comienzo del opus de Fuller es uno de los más famosos y más expresionistas descocados de la historia del séptimo arte: en 1961 una meretriz, Kelly (Constance Towers), golpea con su cartera al que fuera su proxeneta, el ahora borracho Farlunde (Monte Mansfield), al punto de que el hombre le saca la peluca, vemos que está pelada debajo y luego ella le tira un chorro de soda con un sifón para incautar 75 dólares adeudados, billetes que mete en su corpiño, de una billetera con 800 dólares obtenidos de puro parásito y en función de una colección de mujeres cuyas fotos tiene pegadas en la repisa de una librería de su casa cual establo de yeguas a vigilar, así las cosas los créditos iniciales comienzan a correr mientras ella se arregla la peluca y el rostro frente a un espejo que desde ya es la cámara, toma subjetiva invertida que nos sitúa a nosotros como voyeurs de primera fila del mismo modo en que antes nos había colocado -vía un irónico masoquismo- en la posición del alcahuete recibiendo la paliza. Más adelante descubrimos el contexto del encontronazo, uno que se vincula a la toma de conciencia de Kelly de que el chulo la explotaba y por ello convenció a otras seis señoritas de abandonarlo, provocando a su vez que Farlunde la drogara y le afeitara la cabeza por completo y que la chica en respuesta esperase el momento en que estuviese con mucho alcohol encima para reclamar el dinero que le debía, jugada estupenda que sin embargo la dejó muy a merced del desquite del proxeneta, el cual ordenó a sus amigos del hampa arrojarle ácido en la cara a la mujer apenas la vean. Kelly pasa dos años trabajando en pueblos bajo el disfraz de “vendedora de champagne” hasta que en 1963 llega a Grantville, otra ciudad diminuta donde tiene a su último cliente como prostituta, el capitán de la policía Griff (Anthony Eisley), quien pretende expulsarla para que trabaje en un burdel disfrazado de club nocturno al otro lado de la frontera del Estado, en Dellmar Falls, Candy a la Carta, regentado por una madama veterana amiga del uniformado, Candy (Virginia Grey), no obstante la ex meretriz alquila un cuarto a la costurera Josephine (Betty Bronson) y se consigue un puesto como enfermera, a cargo de la experimentada Mac (Patsy Kelly), en el Centro de Ortopedia de Grantville, donde se destaca cuidando a niños en recuperación por extremidades atrofiadas. Justo cuando la mujer está pronta a casarse con el tataranieto del fundador del pueblo, el ricachón y muy culto J.L. Grant (Michael Dante), descubre que el susodicho es un pederasta hediondo y por ello lo mata de manera impulsiva golpeándolo en la cabeza con un teléfono, generando una investigación por parte de Griff.

 

Fuller, uno de los padres indiscutibles del cine independiente norteamericano y él mismo conociendo muy bien la autocensura de Hollywood en tabúes como la prostitución, el abuso infantil y el fariseísmo de los enclaves pequeños del interior, juega con suma perspicacia con la anomalía absoluta dentro del acervo yanqui de la furcia antiromantizada reconvertida en heroína y con la demonización de lo que en cualquier otra película del período -y de hoy también, a decir verdad, considerando el conservadurismo imperante- sería su contraparte masculina ideal y/ o la de cualquier mujer del triste promedio social, ese Grant acaudalado, buen mozo y refinado que no sólo había aceptado sin mayores problemas su pasado de puta sino que compartía intereses varios con la fémina como su amor por Johann Wolfgang von Goethe, Charles Baudelaire, George Gordon Byron alias Lord Byron y sobre todo la Sonata para Piano Número 14 o Claro de Luna (1802), de Ludwig van Beethoven, incluso subrayando que Griff y el millonario, el cual se la pasa viajando en plan de vacaciones permanentes y posee un castillo en Normandía, un chalet en la Riviera Francesa y un yate en Montecarlo, son amigos íntimos desde que el supuesto playboy salvase al policía durante la Guerra de Corea (1950-1953), por ello cuando el pederasta le pide ser su padrino en la boda el hombre de nuevo ataca a Kelly pensando que no le aclaró desde el vamos su pasado de furcia cuando efectivamente la protagonista siempre fue sincera con todos, de hecho es la única verdaderamente honesta en el reino de la hipocresía de Grantville y zonas aledañas. En este sentido basta con pensar que el capitán condena a las prostitutas en público pero es un cliente más que fiel en privado y hasta le lleva “candidatas” a la madama de Candy a la Carta, somete a Kelly a interrogatorios bien crueles después del homicidio de Grant creyendo que lo estaba chantajeando con ensuciar su “buen nombre” y le trae a la celda de la comisaría un desfile de testigos que la acusan de maquiavélica cuando los maquiavélicos son ellos, empezando con Farlunde, el cual afirma que extorsionó a un político, le robó 800 dólares de su bolsillo y se fugó de la ignota ciudad, y continuando con Candy y Buff (Marie Devereux), la primera también endilgándole un esquema de chantaje como venganza por haberla golpeado y por haberle metido 25 dólares en la boca que le había adelantado a Buff, otra enfermera, para convertirla en puta, además el oficial de policía utiliza un testimonio a su favor de Dusty (Karen Conrad), una colega embarazada a la que le dio mil dólares de Grant para que tenga a su hijo, con vistas a acusarla de haber recibido dinero del fallecido.

 

Tanto El Beso Desnudo como Shock Corridor constituyen la cúspide de la trayectoria de Fuller, quien luego entregaría otras obras maestras como Más allá de la Gloria (The Big Red One, 1980) y Perro Blanco (White Dog, 1982), porque ambas exacerban aquel sustrato de corrupción, tragedia y mentiras sistemáticas de los otros exponentes del film noir de la carrera del señor, recordemos para el caso lo hecho en las extraordinarias La Voz de la Primera Plana (Park Row, 1952), El Rata (Pickup on South Street, 1953), La Casa del Sol Naciente (House of Bamboo, 1955), El Kimono Escarlata (The Crimson Kimono, 1959) y La Ley del Hampa (Underworld, U.S.A., 1961), lo que sin duda no debe hacernos pasar por alto la importancia de los engranajes formales, retóricos y temáticos del melodrama en la producción artística del director y guionista incluso en sus exponentes cercanos al western, las epopeyas bélicas, las aventuras, el espionaje y el cine de acción; sustrato que se nota mucho en la resolución de la película que nos ocupa vía la ciclotimia de Buff, quien pasa se condenar a Kelly diciendo que Candy no le dio 25 dólares para que trabaje en su prostíbulo a llorar en su cama abrazada a una fotografía enmarcada de su padre muerto y confesarle a Griff la mentira para no reconocer lo cerca que estuvo de “hacer la noche”, y a través de la histeria y repentina vuelta a la memoria de la protagonista del rostro de aquella chiquilla inocente que fuera abusada por su prometido, Bunny (Betty Robinson), a la que ve jugando azarosamente a través de los barrotes de la ventana de su mazmorra, provocando primero la incredulidad del capitán y a posteriori del arrepentimiento de Buff una búsqueda entre los purretes de la ciudad con el objetivo de no sólo exculpar a Kelly sino de finiquitar una racha de violaciones a chiquillas que por supuesto tienen por eje/ responsable al tataranieto del fundador del no tan idílico o pacífico pueblo. Más allá de determinadas secuencias que incluyen cortes medio extraños a mitad de camino entre el dejo underground, contracultural y de pocos recursos del convite y cierta pretensión experimental por parte de Fuller, tres son las escenas en las que el realizador se permite desviarse del registro dramático clásico norteamericano y que homologan al trabajo en su conjunto con aquellas desviaciones en color de Shock Corridor en materia de los relatos de los pacientes que entrevistaba el adalid de turno, Johnny Barrett (Peter Breck), hablamos de la secuencia de créditos, la fantasía veneciana de ella y Grant y el genial segmento musical en el Centro Médico de Ortopedia vía Kelly y los niños entonando Mi Hijo (Mon Enfant), una canción tradicional francesa.

 

La presencia de la magnífica Constance Towers, quien ya había trabajado con el director en Shock Corridor interpretando a Cathy, la novia y bailarina exótica de un Barrett periodista que se hacía ingresar por impulsos incestuosos en un instituto mental para descubrir al asesino de un tal Sloan, resulta fundamental en todo sentido porque el carisma, la belleza y la potencia escénica de la actriz nos convencen no sólo de su vulnerabilidad a raíz de su profesión sino también de su enorme fuerza de voluntad para siempre dar batalla y no dejarse estereotipar ni difamar ni manipular por los imbéciles varios de las autoridades y/ o el vulgo, todo en un trayecto que va desde la mítica escena de apertura y la de su llegada a Grantville en autobús, donde nos topamos con Shock Corridor en la marquesina de una sala de cine y la vemos leyendo nada menos que The Dark Page (1944), novela de Fuller escrita durante su paso por la infantería estadounidense en ocasión de la Segunda Guerra Mundial (1939-1945) y luego adaptada por Phil Karlson en Página Negra (Scandal Sheet, 1952), hasta aquella exoneración del desenlace del delito de asesinar al pedófilo en medio de un trasfondo anímico decididamente agridulce, pudiendo salir libre de culpa pero debiendo una vez más mudarse del pueblo porque su notoriedad y valentía no calzan del todo bien con las infaltables represión e hipocresía sociales en materia de las trabajadoras sexuales, por ello el detalle de detenerse a ver a un bebé en un cochecito -acto que duplica a uno de su arribo- simboliza que no perdió su fe en la humanidad a pesar de la constante insistencia de todos a su alrededor con verduguearla por una cosa o la otra como si ser o haber sido prostituta -el signo de interrogación acerca de su futuro queda flotando mientras la vemos abandonar Grantville- fuese la ignominia más grande del planeta en una comunidad suburbana atada con alambre, hueca, prejuiciosa, simplona, supersticiosa y con líderes respetados por todos, precisamente como el millonario pederasta, que más que esconder secretos son un saco de excrementos que se mueven como un espejo plutocrático en el que casi todos gustarían de verse reflejados si la pirámide capitalista amante de la exclusión y la estratificación no fuera tal. En El Beso Desnudo, referencia en el argot de las meretrices hacia los pervertidos, las “lágrimas en tus ojos” del melodrama de preguntas esenciales infantiles de Mi Hijo se mezclan con las condenas y persecuciones de derecha de Griff y de izquierda implícita del propio Grant, recordemos que el señor amaba a Kelly porque la consideraba una “anormal” como él y que por ello pensaba que era la única en el pueblito que lo podría comprender…

 

El Beso Desnudo (The Naked Kiss, Estados Unidos, 1964)

Dirección y Guión: Samuel Fuller. Elenco: Constance Towers, Anthony Eisley, Michael Dante, Virginia Grey, Patsy Kelly, Betty Bronson, Marie Devereux, Karen Conrad, Betty Robinson, Linda Francis. Producción: Samuel Fuller. Duración: 91 minutos.

Puntaje: 10