Antes de dirigir la primera temporada de True Detective, Cary Joji Fukunaga apenas si era conocido por dos películas bastante atractivas de por sí, Sin Nombre (2009) y Jane Eyre (2011), las cuales le abrieron las puertas a la serie con Matthew McConaughey y Woody Harrelson. Pero en realidad su proyecto soñado era adaptar la novela Beasts of No Nation de Uzodinma Iweala, una obra durísima sobre los enfrentamientos domésticos en África: luego de un lustro de pulir el guión y buscar infructuosamente financiamiento, los capitales del caso comenzaron a llegar el año pasado en consonancia con el enorme éxito de la tira emitida por HBO, lo que a su vez derivó en un rodaje furioso en Ghana a lo largo de 35 jornadas. El resultado es una propuesta maravillosa que invoca desde la sutileza al cine de Terrence Malick y que gusta de “jugar” a dos extremos, pasando del ascetismo más crudo a micro instantes de un preciosismo francamente admirable, algo así como la contracara del sinfín de atrocidades que caracterizan al continente negro y las pobres almas que lo habitan.
Con respecto al sustrato político de la realización, aclaremos desde el inicio que hablamos de un exploitation arty de la miseria del Tercer Mundo -producto del tribalismo local y de décadas de saqueo por parte de las potencias imperialistas- destinado al consumo de los sectores burgueses biempensantes. Como las sorpresas pueden arribar de cualquier comarca estilística/ geográfica y los prejuicios particulares suelen atomizarse ante la diversidad cotidiana, conviene dejar de lado las paradojas y enfocarse en términos concretos en el opus de Fukunaga, el cual resulta necesario y muy satisfactorio si lo sopesamos dentro del orden de la lucha humanitaria internacional porque pone de relieve la profundidad del genocidio fratricida en África, una región cuya industria cultural es casi inexistente. Tomando como base esta estrategia retórica centrada en la apropiación de una voz ajena, los tres ejes del relato son la problemática de los “niños soldados”, el entretejido de las guerras civiles y la recurrencia de las limpiezas sociales/ étnicas como herramientas de asedio y embate bélico.
La primera media hora establece la estructura general y su entonación agridulce, marcada por el presente de un país sin identificar que atraviesa los coletazos de un golpe de estado perpetrado por un conglomerado militar que responde a las siglas CRN (Consejo de Reforma Nacional), en constante batalla con las guerrillas de las FDN (Fuerzas de Defensa Nativa), y consintiendo la presencia de entidades externas/ de asistencia como la inefable Organización de las Naciones Unidas. En el medio de todo este torbellino nos topamos con un pequeño territorio neutral en el que vive Agu (Abraham Attah) junto a su familia (padre, madre, una hermana menor y un hermano mayor) en una relativa armonía, hasta que por supuesto el conflicto derrumba su puerta y el mocoso termina vagando “en la maleza” con la mitad del clan en plena huida y los miembros restantes -masculinos- acribillados por los acólitos del CRN. El encuentro fortuito con las FDN será el comienzo de un calvario que incluirá rituales de iniciación, crímenes de todo tipo y la destrucción de la inocencia y la fe.
De hecho, el film parece inspirarse en Ven y Mira (Idi i Smotri, 1985), aquella obra maestra de Elem Klimov que arrancaba con un joven desenterrando un rifle, deseoso de combatir en la estepa rusa contra la avanzada nazi: en esencia hoy tenemos una inversión en lo referido al prólogo y el tercer acto, quedando las truculencias y catástrofes del nudo inalteradas. Mientras que al chauvinismo inicial y la debacle posterior de Ven y Mira se le oponen el amor familiar y esa luz de esperanza de Beasts of No Nation (2015), lo que predomina en el desarrollo de ambas es una serie de calamidades enroladas en un humanismo descarnado, lejos de los atajos bobos hollywoodenses pero en ocasiones cercano a los golpes de efecto del andamiaje festivalero. La dinámica de las tragedias está bien administrada y responde a la exigencia de analizar tanto el derrotero individual de Agu (caso testigo de miles de huérfanos) como los entretelones institucionales de las naciones africanas (casi todo el sur del globo vive enfrascado en crisis eternas que carcomen cualquier indicio de estabilidad).
Sinceramente hacía mucho tiempo que no se veía a un “hombre orquesta” como Fukunaga, aquí dirigiendo, produciendo, escribiendo el guión y encargándose de la fotografía. La exquisita música de inflexión ambient de Dan Romer complementa a la perfección a imágenes que le deben su idiosincrasia al esquema antropológico de Werner Herzog y Peter Weir. Ahora bien, la pretensión de embellecer lo horrendo, en sintonía con John Boorman o el susodicho Malick, se condice con un retrato detallista de la cultura autóctona, y por suerte el convite esquiva la fórmula del blanco anglosajón y cristiano -el outsider de turno- que viene a salvar a los nativos y a descubrirse a sí mismo en el trajín (la perspectiva en primera persona “asustó” a muchos productores). Más allá de una duración excesiva, las excelentes actuaciones de Attah y de Idris Elba como el dantesco Comandante de las FDN, junto con la denuncia de lo acaecido por esos lares, constituyen desde el vamos méritos suficientes para elevar a la epopeya por sobre la cobardía y mediocridad contemporáneas…
Beasts of No Nation (Estados Unidos, 2015)
Dirección y Guión: Cary Joji Fukunaga. Elenco: Abraham Attah, Idris Elba, Kurt Egyiawan, Kobina Amissah-Sam, Ama K. Abebrese, Francis Weddey, Grace Nortey, Opeyemi Fagbohungbe, Emmanuel Nii Adom Quaye, Jude Akuwudike. Producción: Cary Joji Fukunaga, Idris Elba, Amy Kaufman, Riva Marker, Daniela Taplin Lundberg y Daniel Crown. Duración: 137 minutos.