Réquiem para un Peso Pesado (Requiem for a Heavyweight)

Las cicatrices no son medallas

Por Emiliano Fernández

La representación en el séptimo arte del boxeo, definitivamente el deporte más hermoso, brutal y sincero de todos, ha atravesado diferentes etapas históricas que se condicen con la sensibilidad de cada tiempo y con cómo el mainstream la fue interpretando a lo largo de los años: todo empezó con un primer período de películas que trabajaron el tópico dentro de la arquitectura de los melodramas familiares o románticos más tradicionales, en línea con El Campeón (The Champ, 1931), de King Vidor, Ciudad de Conquista (City for Conquest, 1940), de Anatole Litvak, y El Caballero Audaz (Gentleman Jim, 1942), de Raoul Walsh, luego sobrevino una etapa caracterizada por elementos muy marcados del film noir y la corrupción metropolitana que pueden identificarse en obras de la talla de El Triunfador (Champion, 1949), de Mark Robson, El Luchador (The Set-Up, 1949), de Robert Wise, y La Caída de un Ídolo (The Harder They Fall, 1956), también de Robson, a posteriori llegó el período que hoy casi todos conocen de modernización identitaria del género de la mano de un puñado de propuestas que se tiraron de cabeza a la pileta del drama de héroe clásico o antihéroe posmoderno, para el caso basta con pensar en Ciudad Dorada (Fat City, 1972), de John Huston, Rocky (1976), de John G. Avildsen, El Campeón (The Champ, 1979), de Franco Zeffirelli, y Toro Salvaje (Raging Bull, 1980), de Martin Scorsese, derrotero variopinto que finalmente nos deja con la vertiente boxística de las últimas décadas que gusta de combinar todos los formatos anteriores en una infinidad de opus entre los que se destacan Golpe a la Vida (The Boxer, 1997), de Jim Sheridan, Ali (2001), de Michael Mann, Million Dollar Baby (2004), de Clint Eastwood, y El Ganador (The Fighter, 2010), de David O. Russell. Sin embargo las verdaderas obras revolucionarias dentro del género, esas que lo sacaron de la comarca del melodrama y el policial negro para darle estatuto autónomo al cien por ciento, fueron El Estigma del Arroyo (Somebody Up There Likes Me, 1956), de Wise, sobre la figura de Rocky Graziano en la piel de Paul Newman, y Réquiem para un Peso Pesado (Requiem for a Heavyweight, 1962), la obra maestra de Ralph Nelson protagonizada por un excelente y eterno Anthony Quinn como Louis “Mountain” Rivera.

 

El guión fue firmado por nada menos que Rod Serling, el genio detrás de La Dimensión Desconocida (The Twilight Zone, 1959-1964) y Galería Nocturna (Night Gallery, 1969-1973), él mismo un boxeador durante sus años de servicio en la milicia estadounidense en el contexto de la Segunda Guerra Mundial y aquí adaptando una historia suya previa que fue filmada bajo el mismo título para Playhouse 90 (1956-1961), un legendario ciclo de unitarios de la CBS que en su mayoría se transmitieron en vivo y que inspiraron a otras recordadas adaptaciones cinematográficas como por ejemplo Sufrir es mi Destino (The Helen Morgan Story, 1957), de Michael Curtiz, Días de Vino y Rosas (Days of Wine and Roses, 1962), de Blake Edwards, Juicio en Nuremberg (Judgment at Nuremberg, 1961), de Stanley Kramer, y La Matanza del Día de San Valentín (The St. Valentine’s Day Massacre, 1967), de Roger Corman. Nelson, conocido sobre todo por Una Voz en las Sombras (Lilies of the Field, 1963), Papá Ganso (Father Goose, 1964), Duelo en el Cañón del Diablo (Duel at Diablo, 1966), Charly (1968) y Soldado Azul (Soldier Blue, 1970), también había dirigido la versión primigenia televisiva -emitida en 1956- y en esta oportunidad opta por reemplazar al también maravilloso Jack Palance por un Quinn que tenía apenas dos meses de libertad porque ese era el intervalo de filmación de la monumental Lawrence de Arabia (Lawrence of Arabia, 1962), de David Lean, llegando incluso Réquiem para un Peso Pesado a estrenarse antes que la mega epopeya desértica del británico. A diferencia de la condescendencia y/ o las habituales simplificaciones de las fórmulas posteriores del héroe de buen corazón aunque explotado y el antihéroe de cadencia autodestructiva que no sabe cómo lidiar con sus propios demonios, el retrato que propone la odisea que nos ocupa es mucho más crudo, neutro y paradójico porque se nota el conocimiento de primera mano por parte de Serling en lo que al boxeo se refiere y su idea de no romantizar para nada ninguno de los aspectos involucrados -ni el deportivo ni el comercial ni el cruento ni el afectivo ni el profesional ni el familiar ni el popular- con vistas a ofrecer al espectador un pantallazo humanista pero al mismo tiempo cargado de un realismo sucio y honesto hasta la médula.

 

La obra comienza con una de las escenas más famosas y memorables de la historia del cine, esa en la que luego de un travelling en el bar neoyorquino de Charlie (Herbie Faye), retrato de todos los colegas/ amigos del protagonista mientras ven por televisión el combate de Rivera con nada menos que Cassius Clay (la leyenda se interpreta a sí misma, aún en los años previos a que se cambie su nombre por Muhammad Ali), somos testigos de una toma subjetiva desde los ojos de Mountain que nos aclara la dura paliza que recibe por parte de Clay, los instantes en los que se le nubla la vista y su derrota final por knockout, periplo que se corta cuando el susodicho de repente se para adelante de un espejo y vemos cuán lastimado, deforme y mareado está en realidad (al estupendo trabajo de maquillaje de Dick Smith sobre el rostro de Quinn se suma una lentitud en cuanto a los movimientos de la cámara que se condice por un lado con la noción de “gigante destruido” que recorre el film y por el otro lado con aquellos años previos a la steadicam de Garrett Brown, cuando los aparatejos bien pesados dominaban el gremio cinematográfico y complicaban mucho las cosas si se pretendía rodar símil cámara en mano para un plano subjetivo como el presente). Pronto descubrimos que la única familia que tiene Louis es su manager Maish Rennick (Jackie Gleason) y su cutman o curador de heridas Army (Mickey Rooney), quienes se enteran en el vestuario por boca del Doctor Gilbert (Lou Gilbert), el cual le revisa el muy dañado ojo izquierdo, que Rivera tiene una lesión esclerótica y ya no puede volver a boxear porque podría quedarse ciego o desangrarse hasta fallecer. Al enterarse de la noticia, el protagonista entra en una crisis muy profunda porque lleva 17 años de boxeo profesional y no sabe hacer otra cosa más allá de pelear en el ring, a lo que para colmo se agrega un evidente cuadro de demencia pugilística o encefalopatía crónica traumática después de mil golpes en la cabeza, lo que implica lentitud cognitiva, cierta torpeza y problemas en el habla. Mountain busca trabajo y hasta comienza una relación con una chica de una agencia de empleo, Grace Miller (Julie Harris), no obstante las deudas de Rennick con la capomafia “Ma” Greeny (Bertha Levine alias Madame Spivy) enturbian las pocas opciones del púgil.

 

Si en parte se puede calificar a Réquiem para un Peso Pesado como una obra de transición entre los postulados del film noir de los 50 aplicados al cine de boxeo y la modernización definitiva de los 70 en adelante, sobre todo por la presencia de esa subtrama centrada en un Maish que apostó 1.500 dólares a que Louis se caía antes del cuarto asalto pero perdió todo debido a que el hombre aguantó hasta el séptimo round ante Clay, lo que encima lo dejó con una deuda adicional hacia una Greeny que también arriesgó por su cuenta en el mismo sentido, por otro lado se puede pensar al opus de Nelson como un trabajo ya decididamente revolucionario de por sí porque en realidad el foco no es ese “collar de ahorque” económico cortesía de Rennick, su mentor y una figura a la que respeta desde siempre por más que nunca logró posicionarlo más arriba del quinto puesto en el ranking, sino el deterioro físico y psicológico inevitable que trae aparejado tanto el deporte de turno como la misma edad, detalle que transforma al guión de Serling en una exploración existencialista muy completa y heterogénea sobre el paso del tiempo, la posibilidad de reconstruir la vida, el dilema de aceptar o no los fracasos, el surgir tardío del amor, las miserias y bajezas del capitalismo deportivo y/ o del espectáculo, los otrora amigos que mutan en parásitos, las ironías del impiadoso destino, los recursos y anhelos de cada persona, la muerte como una posibilidad cercana y por supuesto la pobreza endémica de los centros urbanos y cuánto colaboran las inequidades sociales validadas por el vulgo en reproducir una y otra vez el canibalismo tácito promedio actual. El loable regodeo moral de Mountain, el cual gusta de repetir frente a Miller que en sus 111 peleas nunca aceptó un soborno, se viene abajo -como casi siempre ocurre en la praxis- cuando el hambre y la jubilación golpean a la puerta y se ve obligado a considerar seriamente la propuesta que le trae Maish vía Perelli (Stanley Adams es el único actor que repite su rol con respecto a aquella versión original de la CBS), un promotor/ organizador de peleas de lucha libre de impronta bastante circense que trabaja con Greeny y pretende transformar a Rivera en un bufón más de esos combates previamente arreglados como una forma de que Rennick abone lo que debe, atuendo ridículo de indígena incluido.

 

Resulta indudable que en general la interpretación de Serling para la pantalla grande de su relato televisivo, traslación en la que definitivamente gozó de mayor libertad creativa tratándose de un 1962 en pleno éxito de La Dimensión Desconocida, es mucho más oscura y deprimente porque aquí se cae a pedazos la otra opción profesional que tiene Louis y que le llega de la mano de Grace, eso de trabajar de cuidador en un campamento de niños en las Montañas de Adirondack, en el Estado de Nueva York, debido a aquella célebre secuencia en la que la mujer se topa de salida con Rennick en la escalera del hotelucho donde vive junto al boxeador y Army, momento central en la construcción del ideario estándar de las películas deportivas futuras más crudas -ya no sólo del cine de boxeo- ya que allí la joven le recrimina al manager la explotación indiscriminada a la que sometió a Rivera y Maish le devuelve la gentileza acusándola de hacer tanto o más daño que él al construir en la mente del púgil fantasías ya francamente irrealizables como la metamorfosis de carrera hacia lo pedagógico/ la preceptoría/ el tutelaje infantil, en esencia señalando las típicas pavadas, ingenuidades y quimeras necias de la burguesía profesional -y de buena parte del gremio femenino, a decir verdad- cuando se proponen hacer el bien sin conocer en serio el acervo identitario de quienes están hablando, específicamente los sectores obreros, marginales y/ o postergados de larga data que poco y nada pueden hacer rodeados de la hipocresía y la competitividad de los entornos laborales burgueses y aledaños. En este sentido, el mundo que nos propone el dúo de Nelson y Serling es terrorífico por lo preciso y verdadero: Army es el testigo consciente de los sueños rotos que pide “basta” y acompaña a su cofrade herido, Rennick es el parásito que destruyó la amistad de antaño, Miller es la diletante de la caridad y el engaño onírico del sainete que no cambia nada, Greeny representa a las fauces de la corrupción capitalista que todo lo devora y finalmente Mountain no es sólo una pobre víctima de las circunstancias y de sus propias decisiones sino también un hombre sensato que aprendió que las cicatrices no son medallas sino marcas imborrables del caminar a los tumbos en ese pasillo de la vida que se va haciendo cada día más angosto y desesperante…

 

Réquiem para un Peso Pesado (Requiem for a Heavyweight, Estados Unidos, 1962)

Dirección: Ralph Nelson. Guión: Rod Serling. Elenco: Anthony Quinn, Jackie Gleason, Mickey Rooney, Julie Harris, Stanley Adams, Bertha Levine, Lou Gilbert, Cassius Clay, Herbie Faye, Val Avery. Producción: David Susskind. Duración: 95 minutos.

Puntaje: 10