Sangre de Héroes (The Blood of Heroes)

Las cicatrices y la seda

Por Emiliano Fernández

Sangre de Héroes (The Blood of Heroes, 1989), también conocida como Salute of the Jugger, es al mismo tiempo la única película como realizador del gran David Webb Peoples, célebre por haber sido el guionista de Blade Runner (1982), Ladyhawke (1985), Los Imperdonables (Unforgiven, 1992), Héroe Accidental (Hero, 1992), 12 Monos (12 Monkeys, 1995) y Soldier (1998), y una de las obras más injustamente olvidadas desde la década del 80 al presente, para muchos -es decir, para los pocos que la vieron- algo así como el Santo Grial del cine distópico: hablamos de una mixtura muy bien balanceada de ciencia ficción apocalíptica desértica símil Mad Max (1979) y película deportiva hiper brutal enmarcada en una clase B marginal esplendorosa y en excelentes escenas de acción, incluso con el enorme privilegio de haber trasladado su influencia a la realidad porque el deporte salvaje que juegan los protagonistas en pantalla -ideado al cien por ciento por el también guionista Peoples- ha sido adaptado bajo el nombre de Jugger en distintas partes del globo, sobre todo en Alemania y en esa Australia donde se filmó la faena, y hace poco ha dado sus pasos iniciales hacia una futura profesionalización general con las primeras competencias internacionales entre equipos de diversos países. En la trama la disciplina se llama simplemente El Juego y es una mezcla de boxeo, volcado por supuesto al terreno del Vale Todo y con diversas semi armas, y el rugby tradicional aunque todavía más violento, ahora con un equipo/ “jugg” de cinco jugadores/ “juggers” en el que sólo uno de los susodichos, el “qwik”/ corredor, está habilitado a tomar el balón, nada menos que un cráneo de perro, mientras todos los demás luchan entre ellos con barras bloqueadoras y cadenas a lo largo de tres tiempos de cien piedras cada uno que son arrojadas a un gong improvisado.

 

El encanto fundamental de la película, definitivamente realizada con un presupuesto ínfimo y la buena disposición de todo el elenco y el equipo técnico, no pasa por el fluir de una narración tradicional, esa que es casi inexistente, sino por lo bien desarrollados que están los personajes, por el carácter minimalista/ desesperado/ naturalista del contexto en el que se mueven y especialmente por la ausencia total de toda la aburridísima parafernalia del mainstream en cuanto a los lugares comunes de los viajes iniciáticos, las gestas pomposas de aventuras y las sobreexplicaciones insoportables alrededor de lo que está ocurriendo o el funesto destino de la humanidad en lo que atañe al período anterior y posterior al relato en sí, siempre tendiendo a subrayar lo obvio que ya fue enfatizado hasta el hartazgo en una infinidad de propuestas semejantes de antaño. Aquí no encontraremos ni lamentaciones ni discursos proféticos ni esa basura sentimental/ romántica para infradotados que tantas veces dice presente en la fantasía hollywoodense y zonas aledañas, como por ejemplo la ciencia ficción apesadumbrada y meditabunda del indie más soporífero: en Sangre de Héroes en cambio prima la conciencia colectiva de que el mundo es así y listo, no hay que escudriñar en torno a cómo se llegó al baldío inhóspito prototípico del género de la debacle planetaria porque los personajes -al igual que la enorme mayoría de los bípedos reales, por cierto- están más preocupados por sobrevivir en el devenir diario que por andar filosofando sobre qué les espera, planteo que le aporta un colosal atractivo a una realización con un trasfondo cyberpunk que se acopla al quid retórico sin pedir perdón ni mucho menos refregándoselo en el rostro al espectador (ese naturalismo al que nos referíamos es sin duda la gran clave para que toda la curiosa amalgama funcione tan bien y no existan rispideces de por medio).

 

En esta oportunidad seis son los peregrinos que recorren los pueblos del yermo apocalíptico en busca de enfrentamientos que les permitan vivir ya que si vencen a los locales, éstos les deben pagar un tributo -el “dinero” en esta coyuntura indigente son los engranajes, tuercas, resortes y rulemanes de otra época- y ofrecerles un cráneo de perro que pasa a ser empleado en la contienda además como una insólita ofrenda y/ o trofeo, la cual a su vez le enseñarán a las autoridades de un poblado futuro en lo que puede leerse como un primitivo sistema de jerarquías deportivas: Sallow (el siempre genial Rutger Hauer), Mbulu (Delroy Lindo) y Big Cimber (Anna Katarina) son los “enforcers”/ ejecutores, una defensa paradójicamente ofensiva, Young Gar (Vincent D’Onofrio) es el “chain”, el muchacho de las cadenas, quien debe proteger de manera particular al qwik, y Dog Boy (Justin Monjo) es el corredor propiamente dicho, el encargado de clavar el cráneo/ balón en una estaca para marcar un tanto, a lo que se suma una especie de preparador físico y médico prosaico, Gandhi (Gandhi MacIntyre), quien viaja con un armario de mochila y cura y sutura las múltiples heridas que reciben los juggers en una competencia que no tiene límites en cuanto a las agresiones que van y vienen en el reducido campo de juego. Cuando Dog Boy no pueda caminar más por una pierna destrozada y deba ser abandonado en el desierto, una chica tomará su lugar en el equipo errante, Kidda (Joan Chen), la cual dejó atrás a su familia de origen asiático y junto a Young Gar pronto presionará al resto de sus colegas con el objetivo manifiesto de que acepten presentar un “desafío” -para poder empaparse de riquezas- ante La Liga, un poderoso conglomerado de nueve equipos que corresponden a las Nueve Ciudades, léase la subdivisión de una aristocracia hedonista subterránea que gobierna al mundo de los humanos, vive entre los más ostentosos lujos y tiene como único pasatiempo -justo como las masas de la superficie- a El Juego, aunque mucho más profesionalizado y rodeado de un circo de comidas y orgías sin fin para atraer a los jugadores ingenuos a sus fauces. Sallow, el más experimentado, jugó en La Liga en el pasado y fue expulsado porque se metió con la pareja oficial de uno de los oligarcas que administran este negocio de las metrópolis bajo tierra, Lord Vile (Hugh Keays-Byrne), señor que apenas lo ve le asigna a su jugger estrella, el fornido Gonzo (Max Fairchild), otrora amigo del a posteriori tuerto Sallow, una tarea bien feroz, el romperle ambas piernas y dejarlo ciego definitivamente durante el desafío, en esencia el único mecanismo que tienen las huestes populares para poder ingresar a La Liga.

 

Peoples crea un universo narrativo que resulta fascinante debido a la pluralidad de detalles que lo componen y que uno como espectador va descubriendo de modo paulatino con el transcurso de los minutos, un ecosistema muy agresivo para la vida en el que las reglas son innegociables y en donde la lucha por sobrevivir está homologada por un lado al camino recorrido y por el otro a la misma voluntad de los sujetos, ya suprimida a nivel general la belleza o el cuidado físico maniático/ trivial porque prácticamente todos pasan hambre y poseen sus cuerpos tapados de cicatrices, mucho más en el caso de esos juggers que llegan al punto de las deformaciones y desfiguraciones más grotescas producto de los tremendos encontronazos en ocasión de El Juego, una verdadera carnicería que no perdona a ninguno de los atletas, narices semi “desvanecidas”, orejas arrancadas y ojos despedazados de por medio. El director y guionista apuesta constantemente a esta oposición entre los cuerpos mancillados de los juggers, metáfora extrema de la miseria en la que vive el grueso de los mortales en este contexto, y esa seda que Gandhi le menciona a Kidda, quien de inmediato pasa a fantasear con la posibilidad de que ella también pueda vestir ropajes hechos del lujoso tejido como las mujeres de la aristocracia de las Nueve Ciudades, triste utopía por su condición transitoria en consonancia con la clásica explotación de los atletas menesterosos en manos de las elites capitalistas, su recubrimiento de una opulencia banal y su abandono cuando ya no rinden lo esperado, en términos concretos cuando sus cuerpos -por edad o por acumulación de heridas, fracturas y dolencias- no responden a las exigencias del deporte en cuestión. La película está repleta de elementos maravillosos como la aceptación popular como si nada de la brutalidad/ el ansia de sadismo, la necesidad de un mínimo divertimento en medio de la pobreza, las “dificultades” varias del sexo después de las pugnas -los jadeos se mezclan con los quejidos- y el look protoindustrial de la ciudadela subterránea, esa que exige un peaje para acceder al ascensor de entrada (vale aclarar que la versión íntegra es la de 99 minutos, la que incluye el desenlace agridulce original de Peoples). Entre jerarcas afectados ridículos, oligarcas femeninas que se excitan con la hemoglobina y una colección de luchadores que abarcan desde los esclavos al servicio del poder hasta los cuentapropistas que hacen gala de su libertad, Sangre de Héroes se burla de los sueños de fama y fortuna en el deporte al poner de relieve todos los sacrificios requeridos y entrega gloriosas escenas de acción que combinan efusividad, cámara lenta y un caos de lo más sanguinario y adictivo…

 

Sangre de Héroes (The Blood of Heroes, Australia/ Estados Unidos, 1989)

Dirección y Guión: David Webb Peoples. Elenco: Rutger Hauer, Delroy Lindo, Anna Katarina, Vincent D’Onofrio, Gandhi MacIntyre, Justin Monjo, Joan Chen, Max Fairchild, Hugh Keays-Byrne, Richard Norton. Producción: Charles Roven. Duración: 99 minutos.

Puntaje: 9