Perteneciente a la amplia gama de películas que están siendo restauradas y/ o redescubiertas por el público cinéfilo internacional en el Siglo XXI después de una recepción inicial algo gélida o tal vez no acorde con el valor artístico verdadero de cada realización, un catálogo ecléctico que incluye obras como Prisioneros de la Tierra (1939), del argentino/ italiano Mario Soffici, Cinco (Five, 1951), del estadounidense Arch Oboler, La Criada (Hanyo, 1960), del surcoreano Kim Ki-young, Insiang (1976), del cineasta filipino Lino Brocka, y La Profecía del Boxeador (Mo, 1983), del chino Kuei Chih-Hung, el caso de Ajedrez del Viento (Shatranj-e Baad, 1976), escrita y dirigida por el iraní Mohammad Reza Aslani, es un tanto extremo porque hablamos de un film que sólo se proyectó una vez, en concreto en el Festival Internacional de Cine de Teherán en su edición de 1976, y luego fue prohibido por el régimen que surgió a posteriori de la Revolución Iraní de 1979, enorme movimiento social que derrocó a la monarquía prooccidental del último sha de Persia, Mohammad Reza Pahleví, y llevó al poder a una teocracia republicana, antioccidental e igualmente autoritaria encabezada por el ayatolá Ruhollah Jomeiní, el cual gobernó hasta su fallecimiento en 1989 en medio de una larga guerra con Irak en pos del dominio del Golfo Pérsico y el ecosistema cultural islámico en general. Aslani, en esencia un poeta, teórico del arte y documentalista de idiosincrasia vanguardista que rodó muchos cortos experimentales, durante décadas dio por perdida a la película, su único largometraje ficcional hasta el estreno de la también muy difícil de hallar El Fuego Verde (Atash-e Sabz, 2008), hasta que uno de sus hijos encontró los negativos originales en 2014 en una tienda de antigüedades de Teherán, así el director logró contrabandearlos hacia Europa y la realización fue objeto de un cuidadoso proceso de restauración a instancias de la Cineteca di Bologna y The Film Foundation/ World Cinema Project de Martin Scorsese, todo con dinero de George Lucas, derivando en una proyección en 2020 en Cannes y la ya edición en blu-ray en 2022 por parte de The Criterion Collection.
La sorprendente película, asombro que viene tanto de su condición de anomalía dentro de la tradición cinematográfica iraní como del desarrollo por momentos bastante críptico de los acontecimientos narrados, se abre camino como el antepasado más claro del cine de Asghar Farhadi, experto en los arcanos de entrecasa, y está centrada en el óbito de una matriarca de una familia aristocrática de Teherán que está en decadencia y se dedica a la orfebrería y joyería, por ello la “heredera oficial” es su hija, una enferma crónica que no puede caminar (Fakhri Khorvash), aunque el que controla el caserón de turno y el negocio familiar es su padrastro, el dictatorial, hedonista y maquiavélico Hadji Amoo (Mohamad Ali Keshavarz), el segundo marido de la difunta después del todopoderoso Atabak y un hombre que echó a casi todos los sirvientes de la mansión y creó nuevas escrituras/ títulos de propiedad con sellos apócrifos para autoproclamarse dueño incuestionable de todo. La heredera, que se mueve como nosotros únicamente dentro de los muros del hogar, le ordena a su doncella adolescente (Shohreh Aghdashloo) que queme los documentos de Hadji Amoo, no obstante se gana una bofetada cuando pretende ordenarle que abandone el domicilio de inmediato. El patriarca, que se comporta como Atabak porque éste asimismo fue un tirano que recibió a la madre de la lisiada como parte de pago por una deuda que su progenitor tenía con el aristócrata, es odiado por sus dos sobrinos porque pretende dejarlos sin un céntimo, primero Ramazan (Akbar Zanjanpour), el cual desea casarse con la heredera y volcarse al comercio del vino, y segundo Shaban (Shahram Golchin), joven que se confabula con la doncella y anhela abrir una fábrica sin saber bien de qué. Con testigos adicionales como un doctor anciano, un niño cuasi esclavizado y una criada avejentada que oficia de curandera (Anik Shefrazian), esta olla a presión claustrofóbica explota cuando la tullida mata desde su silla de ruedas a Hadji Amoo golpeándolo en la cabeza con la complicidad de Ramazan y la doncella, los cuales ayudan a esconder el cadáver en un gran vasija de vidrio del sótano.
Aslani recupera una premisa clásica del suspenso y el acervo del horror sobre todo de la década del 60, léase la locura inducida en una mujer vulnerable o quizás la manipulación hogareña más macabra y escalonada símil El Sabor del Miedo (Taste of Fear, 1961), de Seth Holt, El Extraño Viaje (1964), de Fernando Fernán Gómez, y Cálmate, Dulce Carlota (Hush Hush, Sweet Charlotte, 1964), de Robert Aldrich, mediante el declive de la salud de la lisiada a raíz de una serie de detalles que indican que el padrastro sigue vivo, como el hecho de que Ramazan no traiga el ácido para disolver su cuerpo o comentarios por parte de unos músicos o el comisario que investiga su desaparición (Hamid Taati) a pedido de unos acreedores que piden el raudo pago de deudas contraídas, quienes afirman haberlo visto recientemente en las calles de Teherán, provocando una paranoia importante en la criatura de Khorvash que decanta en un vínculo lésbico con su doncella y en la destrucción de todos los jarros del sótano/ bodega sin hallar el cadáver de Hadji Amoo. Como si fuese una fábula de descomposición moral a lo Edgar Allan Poe o un drama shakesperiano de “sucesión sucia” en sintonía con Hamlet (1603), Macbeth (1606) y El Rey Lear (King Lear, 1606) o una conjunción preciosista y llena de elipsis de recursos de la ópera, la pintura, el teatro, la escultura, el expresionismo alemán y el cine mudo, Ajedrez del Viento sitúa a la codicia, el canibalismo y el vasallaje como leitmotivs cruciales pero sin descuidar la ironía de fondo y materializándola en un coro griego tácito de lavanderas populares que charlan sin restricciones a orillas de una fuente mientras amalgaman los chismes y la realidad más prosaica, amén de retomar pivotes infaltables del policial negro como por ejemplo la pesquisa inútil del comisario, la presencia de la femme fatale de la bella Aghdashloo, una púber que intima con el padrastro y su hijastra aunque en realidad parece estar enamorada de Shaban, y la homologación del crimen con la mugre, el polvo, la culpa onírica y desde ya la necesidad de limpiarse de la muerte porque el asunto conduce a la autodestrucción.
Desde la escena del comienzo, esa del ascenso de Hadji Amoo a lo más alto del clan luego del funeral de la matriarca, hasta un desenlace pesadillesco símil infierno en la tierra, el de la lisiada descubriendo a su némesis escondido en su propia casa y muriendo de repente de un infarto después de matarlo de un tiro, episodio planeado por la ninfa y un Shaban que es asesinado momentos luego por su propio hermano, la película por un lado utiliza un tono sepulcral para burlarse de estas pasiones plutocráticas en ebullición, testimonio de ello es el hecho de que la doncella en última instancia abandone la mansión, su supuesto “premio”, y se la deje a los testigos de la batalla hogareña, el niño y la criada ajada, y por el otro lado pondera a la parapléjica, ajedrecista y vitricida de la perfecta Khorvash como un símbolo de las frustraciones o soluciones intermedias que propone el relato para personajes que a veces saben lo que desean pero no logran llevarlo a la praxis, pensemos en este sentido en ese Hadji Amoo que parece haber matado a su esposa pero no consigue retener el dinero, en los proyectos eventualmente saboteados de sus sobrinos y la doncella para quedarse con todo y en las paradojas de la misma heredera, quien se hace tratar tanto por la curandera como por el doctor, que acepta casarse con Ramazan aunque desea a la adolescente, que se dice única beneficiaria pero debe compartir el tesoro con el resto de los habitantes de la morada y que para colmo parece sufrir por el homicidio y/ o la influencia del “no fantasma” de un Hadji Amoo obsesionado con la púber. Entre Rainer Werner Fassbinder, Serguéi Paradzhánov, Max Ophüls, Henri-Georges Clouzot, Roman Polanski, Alfred Hitchcock, Akira Kurosawa, Robert Bresson, Stanley Kubrick y aquel Luchino Visconti modelo aristocracia frágil o en ruinas, Aslani aquí unifica el cinismo de la avaricia, las “cosas vulgares” según palabras del médico, y la farsa detrás del puritanismo y la familia, las “cosas santas”, en una jugada que anticipa la caída de la nobleza, el fundamentalismo de la Revolución Iraní y esos cambios gatopardistas por venir, siempre dejando intacto un marco institucional necio y despótico…
Ajedrez del Viento (Shatranj-e Baad, Irán, 1976)
Dirección y Guión: Mohammad Reza Aslani. Elenco: Fakhri Khorvash, Mohamad Ali Keshavarz, Akbar Zanjanpour, Shohreh Aghdashloo, Shahram Golchin, Hamid Taati, Agha Jan Rafii, Anik Shefrazian, Majid Habibpoor, Javad Rajavar. Producción: Bahman Farmanara. Duración: 100 minutos.