Los dos creadores principales de De Ratones y Hombres (Of Mice and Men, 1939), sin duda una de las grandes adaptaciones que ha dado el cine norteamericano, el director Lewis Milestone y el novelista John Steinbeck, sentían un apego muy grande por las fábulas para adultos con moralejas más o menos explícitas: Steinbeck, ganador del Premio Nobel de Literatura en 1962 y hoy uno de los escritores más respetados y más famosos de Estados Unidos, estaba fascinado con las consecuencias en la década del 30 de la Gran Depresión y del Cuenco de Polvo/ Dust Bowl y tuvo un vínculo muy cercano con el séptimo arte desde el principio de su carrera, siendo el responsable de la historia de películas como Viñas de Ira (The Grapes of Wrath, 1940), de John Ford, La Vida es así (Tortilla Flat, 1942), de Victor Fleming, Ocho a la Deriva (Lifeboat, 1944), de Alfred Hitchcock, La Perla (1947), de Emilio Fernández, El Poni Rojo (The Red Pony, 1949), también de Milestone, ¡Viva Zapata! (1952), de Elia Kazan, Al Este del Paraíso (East of Eden, 1955), otra maravilla de Kazan, El Omnibus Perdido (The Wayward Bus, 1957), de Victor Vicas, Destinos sin Rumbo (Cannery Row, 1982), de David S. Ward, y En Lucha Incierta (In Dubious Battle, 2016), de James Franco; y en lo que respecta a Milestone, el señor fue conocido por su gran fetiche con las realizaciones bélicas pacifistas y por haber sido acusado de simpatizante comunista durante el macartismo e incluido en las listas negras de Hollywood, dirigiendo obras muy interesantes como Hermanos de Armas (Two Arabian Knights, 1927), La Horda (The Racket, 1928), el clasicazo Sin Novedad en el Frente (All Quiet on the Western Front, 1930), El Cuarto Poder (The Front Page, 1931), El General Murió al Amanecer (The General Died at Dawn, 1936), Rebelión (Edge of Darkness, 1943), Un Paseo en el Sol (A Walk in the Sun, 1945), El Extraño Amor de Martha Ivers (The Strange Love of Martha Ivers, 1946), Arco del Triunfo (Arch of Triumph, 1948), Hasta el Último Hombre (Halls of Montezuma, 1951), La Gloria se Escribe con Sangre (Pork Chop Hill, 1959), Once a la Medianoche (Ocean’s Eleven, 1960) y Motín a Bordo (Mutiny on the Bounty, 1962), estas dos últimas en su regreso a yanquilandia luego de un exilio europeo por la prohibición y en Motín a Bordo específicamente debiendo sobrellevar el fluir imparable de Marlon Brando.
Los protagonistas son George Milton (Burgess Meredith), un hombre pequeño e inteligente que no tuvo educación formal, y Lennie Small (Lon Chaney Jr.), un gigantón con retraso mental y primo del anterior, titán que recibió una patada violenta de un caballo cuando niño que lo dejó con un comportamiento caprichoso y muy olvidadizo, siempre atascado en esa etapa de la vida. Ambos son trabajadores rurales migrantes que recorren California en pos de ganarse el sustento en diversas granjas y plantaciones durante aquella Gran Depresión y vienen huyendo de una horda de energúmenos que querían linchar a Lennie por un supuesto intento de violación, debido a que tocó y agarró el vestido rojo de una muchacha histérica que empezó a gritar a pesar de la inocencia de un Small que en algunas ocasiones puede llegar a ser peligroso por su fuerza descomunal y su falta total de conciencia en torno a su energía. Luego de tomar un autobús y caminar muchos kilómetros, el dúo llega a un rancho propiedad del Señor Jackson (Oscar O’Shea), un terrateniente caracúlico que gobierna el lugar a través de Slim (Charles Bickford), algo así como un capataz tácito y comprensivo, y Curley (Bob Steele), hijo despreciable del mandamás y celoso extremo de su joven y bella esposa, Mae (Betty Field), una chica que a su vez se aburre en la granja y sufre el ninguneo de su marido al punto de que se desquita coqueteando con los peones y sobre todo con Slim, quien le regala un cachorro de los varios que tuvo su perra y por ello intensifica la rivalidad con Curley. George y Lennie sueñan con tener un terreno y una casita llenos de animales donde poder plantar y cosechar su comida, con el grandulón obsesionado con criar conejos hermosos y suaves, y hasta la dupla acepta incorporar al proyecto a Candy (Roman Bohnen), un anciano manco a quien los patrones le dieron 250 dólares por perder la mano izquierda trabajando en la plantación, sin embargo todo se derrumba primero porque el sádico de Curley golpea ferozmente a Lennie para desquitarse por su cobardía ante Slim, provocando que Small le destroce la mano derecha al apretársela con su colosal fuerza, y después porque la putona descerebrada de Mae, atrapada en su anhelo de convertirse en una actriz hollywoodense, cava su propia tumba cuando le ofrece al gigante tocar su pelo, frente a lo cual la fémina grita y así el pobre hombre se asusta y le rompe el cuello por accidente.
El guión de Eugene Solow, conocido sólo por la presente película y por Niebla sobre San Francisco (Fog Over Frisco, 1934), clásico del misterio y el suspenso de William Dieterle correspondiente al primer período de la carrera de Bette Davis, sigue muy de cerca la novela homónima de 1937 de Steinbeck y la adaptación teatral que el mismo año encaró el autor en Broadway, explorando con suma perspicacia tópicos como la soledad del camino, la compulsión destructora de los hombres, la necesidad de entendimiento mutuo para poder convivir, el desamparo y el abandono que padecen los marginados, la amistad a pesar de las contingencias del destino, los sueños de salir de la pobreza, la crueldad del capitalismo agropecuario, la impunidad y soberbia de la patronal promedio, la estupidez maquiavélica de determinadas mujeres y los correlatos migratorios de la Crisis del 30 y las sequías del Cuenco de Polvo, unas gigantescas tormentas provocadas por la destrucción de gramíneas naturales, plantas que retienen la humedad en el suelo, y el cultivo masivo de trigo al extremo de erosionar indefectiblemente la tierra. Pero la película no es sólo una alegoría sobre la exclusión que padecían las mayorías en aquel momento y que padecen sus homólogas de hoy en día, sino también una parábola sobre el sentido del sacrificio propio y el del ser querido, planteo que nos lleva a un aspecto insólito del film en lo que atañe al mainstream de su tiempo, el de funcionar como una reflexión bien explícita acerca de la eutanasia, temática que aparece no sólo en el legendario final, cuando Milton se apiada de Small antes de que lo destripen Curley y los suyos por haber matado a Mae y le pega un tiro en la nuca, sino en el gesto de otro de los peones del campo, el veterano Carlson (Granville Bates), de sacrificar al perro de Candy, un animal muy mayor que ya casi no caminaba ni comía, suerte de renuncia afectiva que es por piedad aunque duele muchísimo en el alma. En materia de la denuncia de la falacia detrás del “sueño americano”, el film de Milestone incluso incorpora a un hombre negro dentro de la ecuación vía Crooks (Leigh Whipper), un trabajador que vive apartado de la barraca de los blancos por ser el único de color y que a pesar de su pesimismo -producto de la segregación y del hecho de no tener a nadie con quien hablar- también apuesta a unirse a los tres socios en pos del rancho idílico.
De Ratones y Hombres, cuyo título remite a un prodigioso poema de Robert Burns sobre las frustraciones de la vida sin que importe el tamaño o poder de los sujetos considerados, supera a las otras dos versiones de la novela de Steinbeck, la televisiva de 1981 de Reza Badiyi con Robert Blake y Randy Quaid y la asimismo bastante digna dirigida por Gary Sinise en 1992 y protagonizada por el susodicho y John Malkovich, y es fundamentalmente una obra tan diminuta como despampanante que lanzó las carreras de Lon Chaney Jr., por entonces un actor muy experimentado aunque sin haber podido lucirse previamente, algo que se corregiría gracias a opus como El Hombre Lobo (The Wolf Man, 1941), de George Waggner, El Fantasma de Frankenstein (The Ghost of Frankenstein, 1942), de Erle C. Kenton, La Tumba de la Momia (The Mummy’s Tomb, 1942), de Harold Young, El Hijo de Drácula (Son of Dracula, 1943), de Robert Siodmak, y A la Hora Señalada (High Noon, 1952), de Fred Zinnemann, y del querido Burgess Meredith, célebre por haber interpretado a Mickey, el entrenador de la saga iniciada con Rocky (1976), de John G. Avildsen, y por aquel extraordinario Pingüino que compuso en ocasión de la serie televisiva Batman (1966-1968), amén de sus participaciones en La Dimensión Desconocida (The Twilight Zone, 1959-1964), de Rod Serling, El Día de la Langosta (The Day of the Locust, 1975), de John Schlesinger, Juego Sucio (Foul Play, 1978), de Colin Higgins, y Furia de Titanes (Clash of the Titans, 1981), de Desmond Davis. Betty Field, por su parte, asimismo se convertiría en toda una institución del séptimo arte gracias a películas como Cumbres de Pasión (Kings Row, 1942), de Sam Wood, El Amor a la Tierra (The Southerner, 1945), de Jean Renoir, El Gran Gatsby (The Great Gatsby, 1949), de Elliott Nugent, Picnic (1955), de Joshua Logan, Nunca Fui Santa (Bus Stop, 1956), también de Logan, La Caldera del Diablo (Peyton Place, 1957), de Mark Robson, Una Venus en Visón (BUtterfield 8, 1960), de Daniel Mann, La Celda Olvidada (Birdman of Alcatraz, 1962), de John Frankenheimer, 7 Mujeres (7 Women, 1966), de Ford, y La Jungla Humana (Coogan’s Bluff, 1968), de Don Siegel. La película juega de manera magistral y a dos puntas con la tentación y la metáfora del hombre que se tropieza con una piedra, por un lado, enfatizando que la atracción hacia el sexo opuesto y el objeto del deseo en sí muchas veces equivalen a una roca que puede no ser culpable de la caída en cuestión -por su pasividad o candidez- pero que ayuda mucho, y con la oposición entre la dureza de la vida bucólica y la añoranza de algo bello que la balancee homologado a la suavidad, por el otro lado, de allí la fragilidad fatalista de todo lo que cae en manos de Lennie, ya sea la tela del vestido rojo, los conejos, el cachorro que le regala Slim y la mismísima hembra a la que se siente atraído y también mata sin querer, de puro amor sin control ni conocimiento de la propia capacidad corporal y las ansias urgentes de la intimidad reprimida, esa Mae que pronto “se estropea” como todas las otras cosas hermosas y delicadas que no cuajan con el contexto agreste y de lo más desapacible, ejemplo de una transitoriedad agradable que parece simbolizar en simultáneo el marco englobador de la vida, léase el sufrimiento y el dolor, y los pequeños chispazos de alegría efervescente, unos instantes fugaces de gozo y/ o júbilo que en tantas oportunidades nosotros mismos somos los encargados de destruir debido a la pulsión de muerte y a los autosabotajes conscientes…
De Ratones y Hombres (Of Mice and Men, Estados Unidos, 1939)
Dirección: Lewis Milestone. Guión: Eugene Solow. Elenco: Burgess Meredith, Lon Chaney Jr., Betty Field, Charles Bickford, Roman Bohnen, Bob Steele, Oscar O’Shea, Granville Bates, Leigh Whipper, Noah Beery Jr. Producción: Lewis Milestone. Duración: 106 minutos.