Una Luz en el Infierno (A Bronx Tale)

Las filosofías de la escuela y del barrio

Por Emiliano Fernández

Hay que reconocer que los que vimos en su momento de estreno Una Luz en el Infierno (A Bronx Tale, 1993), aquella ópera prima como director y guionista -en este último caso no acreditado- de Robert De Niro, terminamos algo decepcionados porque buscábamos una película en el mismo estilo muy pirotécnico de las colaboraciones del legendario actor con Francis Ford Coppola, Sergio Leone, Brian De Palma y su amigo Martin Scorsese en el rubro mafioso más bien posmoderno, hablamos de ese grupete de propuestas que van desde El Padrino Parte II (The Godfather Part II, 1974), Érase una vez en América (Once Upon a Time in America, 1984) y Los Intocables (The Untouchables, 1987) hasta Calles Salvajes (Mean Streets, 1973) y Buenos Muchachos (Goodfellas, 1990), no obstante el film que nos ocupa evidentemente era “harina de otro costal” ya que por un lado sí retenía algún que otro ingrediente/ enseñanza de esos maestros de la realización cinematográfica, especialmente el tono nostálgico aunque desromantizado que enmarca el relato, propio de aquel retrato de la infancia y la adolescencia/ joven adultez de Calles Salvajes, El Padrino Parte II y Érase una vez en América, y por el otro lado se abría camino por cuenta propia apostando por la difícil tarea de balancear el melodrama familiar, la reconstrucción de época, las pinceladas costumbristas italoamericanas, una insólita subtrama romántica interracial, la carta de amor al Bronx del título original en inglés y por supuesto los dilemas éticos paradigmáticos de toda odisea acerca del crimen organizado que se precie de tal, en esta oportunidad con un protagonista tironeado entre el “dinero fácil” del delito y el mandato moral conservador del proletariado de marco urbano católico, un combo que De Niro lee a nivel espiritual y logra cohesionar -siguiendo lo aprendido con Scorsese- mediante el neorrealismo y el Nuevo Hollywood de la década del 70, planteo que equivale a decir que apela en igual proporción al naturalismo tragicómico de base barrial y a cierto pesimismo que acepta a la vida como viene y esquiva el acartonamiento prototípico del mainstream cuando nos quiere sermonear.

 

El que recibió crédito en solitario por el guión es Chazz Palminteri porque así fue el pacto explícito con De Niro, quien desde que viese en 1990 el unipersonal teatral del susodicho, ese homónimo del año anterior, se obsesionó con adaptarlo a la gran pantalla y por ello aceptó las condiciones del autor, léase retener el control sobre el libreto autobiográfico y reservarse el papel del capo mafioso de turno, siempre y cuando De Niro pudiese dirigir el film e interpretar al padre del protagonista. La película no tiene una historia tradicional y en gran medida ofrece una serie de viñetas que pintan a los distintos personajes a lo largo del tiempo, con una primera mitad ambientada en 1960 y una segunda parte que salta a 1968: Calogero (Francis Capra), un niño de nueve años que vive en el Bronx con su madre ama de casa, Rosina (Kathrine Narducci), y su padre conductor de ómnibus, Lorenzo (De Niro), suele reunirse con los otros mocosos del lugar para idolatrar a los coloridos personajes de la mafia vernácula, por cierto encabezada por el adusto Sonny (Palminteri), dueño de un bar muy popular mediante un testaferro, Tony Tupé (Robert D’Andrea), y principal beneficiario de las apuestas ilegales del barrio, una zona que controla con mano de hierro al extremo de acribillar a tiros y en plena calle a un sujeto que se peleó con un protegido suyo, Carmine (Joe Pesci), asesinato del que Calogero es testigo pero no dice nada a la policía, por ello Sonny lo apadrina para celebrar su silencio haciendo que trabaje en el bar sirviendo tragos y tirando los dados para el total espanto de su progenitor, el cual le repite que los vecinos le tienen miedo al capo y en realidad no lo respetan porque lo doloroso de la vida es trabajar a diario por el sustento, sin embargo el niño continúa visitando a Sonny y ocho años después se transforma en un adulto precoz (Lillo Brancato) que junto a sus amigos posee un “club social” que replica el modelo de negocios del bar del personaje de Palminteri, una situación que se complica cuando Calogero se enamora de una negra, Jane (Taral Hicks), porque la pandilla de púberes suele ser bastante racista y adora pelearse con todos los afroamericanos.

 

De Niro en Una Luz en el Infierno reproduce al pie de la letra esa estrategia que Scorsese aplicó en Buenos Muchachos en materia de saturar al relato de bípedos estrafalarios para compensar la simpleza absoluta de la trama de fondo con el realismo sucio, la crónica en mosaico y el mismo desarrollo de unos personajes que por tan grotescos se sienten muy próximos o verosímiles, así nos topamos con un popurrí estupendo de gangsters que abarca al mencionado Tony Tupé, un cantante frustrado que entona cada palabra y efectivamente usa un peluquín, Eddie Papilla (Eddie Montanaro), ludópata con una mala suerte espantosa que tiende a contagiar, JoJo, la Ballena (Fred Fischer), un panzón cercano a la obesidad mórbida, Frankie Pastel de Café (Dave Salerno), un sujeto con la cara repleta de cicatrices por lo que parece haber sido un caso grave de viruela, Jimmy Susurros (Clem Caserta), la “mano derecha” de Sonny y gran experto en musitar secretos al oído, Danny Knockout (Frank Pietrangolare), el infaltable matón que puede dejar fuera de combate a cualquiera con apenas un golpe, y Bobby Barras (Alfred Sauchelli Jr.), ex recluso que pasó la mitad de su existencia en prisión. Palminteri, quien vería autosaboteada su carrera como dramaturgo y guionista por el batacazo de Fielmente Tuya (Faithful, 1996), película fallida de Paul Mazursky que escribió a partir de otro de sus trabajos para las tablas, para principios de los 90 era un semi desconocido porque sólo había acumulado diversas participaciones actorales televisivas y una trilogía de comedias simpáticas aunque destinadas al olvido, ¿Dónde Está el Dinero? (There Goes the Neighborhood, 1992), de Bill Phillips, y aquellas Transilvania, mi Amor (Innocent Blood, 1992) y Oscar (1991), ambas dirigidas por un John Landis ya en franca decadencia, en la primera tratando de retomar el terror ultra irónico de Un Hombre Lobo Americano en Londres (An American Werewolf in London, 1981) y en la segunda, de hecho, utilizando la figura de otro italoamericano, el súper cotizado Sylvester Stallone, para parodiar el andamiaje retórico/ discursivo del cine de mafiosos de las últimas dos décadas.

 

Si bien, como afirmábamos al inicio, el debut de Robert detrás de cámaras quedó atrapado por su propio minimalismo o humildad expresiva entre joyas de Scorsese de alto perfil, las asimismo incomprendidas en su momento Cabo de Miedo (Cape Fear, 1991) y Casino (1995), el tiempo ha sabido proporcionar la distancia necesaria para juzgar al film a la luz de la catarata de basura que Hollywood ha venido entregando desde entonces, ya sea en este neo film noir o en cualquier otro género, por ello hoy por hoy queda en primer plano el esfuerzo artesanal de De Niro y Palminteri en lo que atañe a construir personajes ricos y contradictorios que a su vez hacen las veces de los dos mentores del protagonista o las dos facetas de la educación que todo ser humano debiera recibir, la formal/ académica/ clásica y esta callejera/ pícara/ delictiva, especie de esquema identitario complementario ya que los “puntos flojos” de cada una son compensados por la sabiduría de la otra en función de las necesidades de los diferentes entornos vitales. Este choque entre las filosofías de la escuela y del barrio también tiene mucho que ver con dos trípticos conceptuales que recorren toda la película, el primero engloba al racismo, la misoginia/ sexismo y el clasismo, perspectivas que dominan los intercambios en Nueva York y buena parte del planeta, y el segundo es el del respeto, el miedo y el amor, tres condiciones que se superponen de manera caótica en ambos mentores aunque también en Jane, otro foco de conflicto en línea con los enemigos mortales, aquellos Montescos y Capuletos, de Romeo y Julieta (Romeo and Juliet, 1597), la obra de William Shakespeare. A pesar de que los problemas pretéritos siguen estando, en esencia un final de trazo grueso y cierta torpeza primeriza que impide que el relato explote en furia de verdad como en los gloriosos opus de Coppola, Leone, De Palma y el tremendo Scorsese, de todos modos Una Luz en el Infierno es una epopeya siempre disfrutable y con excelentes diálogos que sobrepasa por mucho al otro film de De Niro como realizador, El Buen Pastor (The Good Shepherd, 2006), retrato fragmentario sobre la génesis de la CIA…

 

Una Luz en el Infierno (A Bronx Tale, Estados Unidos, 1993)

Dirección: Robert De Niro. Guión: Chazz Palminteri. Elenco: Robert De Niro, Francis Capra, Lillo Brancato, Chazz Palminteri, Taral Hicks, Kathrine Narducci, Joe Pesci, Clem Caserta, Eddie Montanaro, Fred Fischer. Producción: Robert De Niro, Jon Kilik y Jane Rosenthal. Duración: 121 minutos.

Puntaje: 9