Jean de Florette y Manon del Manantial

Las flores de la avaricia

Por Emiliano Fernández

A Claude Berri en muchas oportunidades se lo suele recordar exclusivamente como uno de los productores más prolíficos e interesantes de Europa, un señor que trabajó con figuras de la talla de Roman Polanski, Jacques Demy, Patrice Chéreau, Volker Schlöndorff, Jean-Jacques Annaud, Bertrand Blier, Dino Risi, Édouard Molinaro, Philippe Garrel, Pedro Almodóvar, André Téchiné, Pierre Richard, Serge Gainsbourg, Claude Zidi, Costa-Gavras y Abdellatif Kechiche, lo que tiende a opacar que también dejó un legado como director que incluyó obras de relevancia como su ópera prima, El Viejo y el Niño (Le Vieil Homme et l’Enfant, 1967), y sus grandes neoclásicos de entrada la década del 80 y principios de los 90, hablamos de Adiós, Pelele (Tchao, Pantin, 1983), Jean de Florette (1986), Manon del Manantial (Manon des Sources, 1986), Uranus (1990) y Germinal (1993), todos films de alguna implicancia social y/ o política que dejaban ver el trasfondo inconformista de un realizador heterogéneo y sumamente porfiado. Dentro de una carrera tan extensa que comienza en los 60 y termina con la muerte de Berri en 2009, se destaca el díptico que conforman Jean de Florette y Manon del Manantial, no sólo dos propuestas históricas extraordinarias sino también en conjunto uno de los más grandes éxitos de taquilla de su tiempo y una de las más esplendorosas producciones de la historia del cine francés, ambas cargadas de una ambición preciosista y un corazón narrativo agridulce con la capacidad de superar inmediatamente a cualquier producto similar hollywoodense. Rodadas a la par a lo largo de un período de 30 semanas y orientadas a explorar con inteligencia -y de manera indirecta- la primera fase de la especulación agraria moderna que deja atrás las frutas y verduras clásicas para abrazar los monocultivos destructores del suelo, esos que a posteriori reclaman comprar más y más tierras, las dos películas cuentan con una génesis un tanto particular porque están basadas en las novelas homónimas de Marcel Pagnol, las cuales recibieron el nombre colectivo de El Agua de las Colinas (L’Eau des Collines, 1963), libros que a su vez estaban inspirados en Manon del Manantial (Manon des Sources, 1952), un opus dirigido y escrito por el propio Pagnol que originalmente poseía cuatro horas de duración y que fue editado por la distribuidora al punto de “volarle” 40 minutos, lo que enfureció al realizador y lo motivó a escribir la versión completa novelada de la historia, una de las mejores sagas centradas en esa Francia bucólica de mentiras y luchas intestinas.

 

 

Jean de Florette (1986):

 

Jean de Florette (1986) es toda una curiosidad en términos retóricos porque cualquier director anglosajón haría un drama exacerbado y/ o deprimente con el mismo material, sin embargo Berri y su coguionista Gérard Brach, nada menos que el colaborador histórico de Roman Polanski y un artista que supo trabajar además con Marco Ferreri, Jean-Jacques Annaud, Michelangelo Antonioni, Bertrand Blier, Dino Risi, Andrey Konchalovskiy, Otar Iosseliani y Dario Argento, entre otros, deciden construir una parábola tragicómica acerca de la codicia humana disfrazada de simpleza y amistad, donde los detalles sutilmente hilarantes no vienen en forma de chistes o remates visuales o siquiera por la puesta en escena de las situaciones del relato, sino por las coloridas interpretaciones y en especial por la convicción de los mismos personajes, los cuales insisten con sus objetivos o anhelos en línea con esa típica obsesión masculina que cierra los ojos ante la ética, la solidaridad y hasta la evidencia que tiene enfrente que lo contradice a todas luces, en este último caso suponiendo que el maquiavelismo llegue cortesía de aquellos que lo rodean y no de él mismo. La trama es de una sencillez arrolladora: Ugolin Soubeyran (un irreconocible Daniel Auteuil que se recibe de gran actor con este papel) es un campesino afable e iletrado que en la década de 1920 regresa a su pequeño pueblo de Provenza, luego de finalizar el servicio militar, con la meta de hacerse rico plantando claveles, flores que claramente dejan muchas más ganancias que los duraznos, las ciruelas, los damascos y demás frutas que viene cultivando su tío, César Soubeyran alias “Le Papet” (un veterano y muy eficaz Yves Montand), a quien convence de la rentabilidad del proyecto y de la necesidad de encontrar una fuente de agua en las inmediaciones porque los claveles beben a montones, así ambos se presentan frente a Pique-Bouffigue (Marcel Champel), un viejo cascarrabias con un generoso manantial en su propiedad que se rehúsa a vender las tierras, derivando todo en una pelea en la que el agricultor vecino fallece de un golpe accidental contra una piedra y con el terreno yendo a parar a su hermana, Florette, una mujer con la que César de joven tuvo una relación que se malogró cuando a él lo llamaron para la colimba de antaño en África, no obstante la fémina fallece poco después y por ello la rústica casa y el valioso suelo que la rodea son heredados por su único hijo, un jorobado que responde al nombre de Jean Cadoret alias Jean de Florette (el magnífico Gérard Depardieu), hombre de 35 años y ex recaudador de impuestos que decide abandonar su vida en la ciudad de Crespin y mudarse junto a su familia, léase su esposa Aimée (Elisabeth Depardieu, pareja real de Gérard por entonces) y su pequeña hija Manon (Ernestine Mazurowna), a la antigua morada de Pique-Bouffigue. A partir de la llegada de Jean, Ugolin y César se confabulan para lograr que se vaya lo más rápido posible y desista en su empeño de criar conejos para la venta y alimentarlos con zapallos que asimismo cultivará, así los Soubeyran se aprovechan de la desconfianza de los habitantes de la aldea, Bastides, hacia los forasteros, los deformes y los citadinos y lo “pintan” en el pueblo como un jorobado misterioso de Crespin que compró la granja del muerto, no como lo que es, el heredero natural del terreno por ser el sobrino de Pique-Bouffigue. Ugolin se hace amigo de Jean aunque nunca pierde de vista el proyecto de los claveles ni el hecho de que junto a César taparon el manantial del vecino con cemento, detalle que le esconden a todos al extremo de condenar al clan de recién llegados a tener que caminar un kilómetro de ida y otro de vuelta hacia otra fuente de agua dentro de la propiedad, una tarea descomunal que los Cadoret deben repetir múltiples veces en el día para irrigar los zapallos y el maíz que también plantaron, amén de dar de beber a los conejos en un contexto de falta de lluvias, aljibes precarios y ventiscas polvorientas que profundizan la sequía y la angustia por unas finanzas siempre tambaleantes. Valiéndose de la maravillosa fotografía de Bruno Nuytten, la genial música de Jean-Claude Petit y la belleza y delicada decadencia de la Francia agreste, Berri edifica un relato a la par austero y dinámico que por un lado celebra la dura vida cercana a la naturaleza y por el otro elimina cualquier dejo romántico o naif de las sociedades bucólicas, mostrándolas tan intolerantes, soberbias y manipuladoras como los enclaves metropolitanos con los que tantas veces gustan de compararse favorablemente, esquema que no se reduce al ocultamiento de información por parte de los Soubeyran -siempre deseosos de comprar las tierras al menor valor posible- sino que se extiende a toda la comunidad en su conjunto porque nadie en Bastides le cree a César cuando pretende convencerlos de que el manantial de Pique-Bouffigue se secó con el tiempo porque el viejo sólo se preocupaba por sus olivos, lo que implica que a lo largo de la penuria de Jean y los suyos -esa que todos atestiguan- ni un alma es capaz de comentarles sobre la existencia del manantial ya que la lógica de la aldea es la del “no te metas”, en términos prácticos la misma que existe en las grandes ciudades, la soberana indiferencia ante el destino del prójimo. Es este trasfondo social de sadismo tácito consensuado, en el que se mezclan temas de eterna vigencia como la xenofobia y la discriminación a los discapacitados o a los diferentes en el aspecto que sea, el que convierte a Jean de Florette en una realización que va mucho más allá del clásico tópico de la usurpación inmobiliaria escalonada y la contienda entre intereses contrapuestos, aquí para colmo con un bando saboteando a un otro que cree que sólo está peleando contra las inclemencias naturales y/ o los caprichos de la diosa fortuna. En este sentido, el núcleo vital del convite es Depardieu porque a pesar de que Montand y Auteuil están perfectos como el jerarca vampiresco y el tonto útil, respectivamente, es el legendario Gérard el que le agrega esa efervescencia ideológica/ anímica/ existencial a la película mediante un Jean hiper trabajador que no está preparado para bajar los brazos en esto de concretizar su vida campestre soñada lejos del bullicio de las urbes, totalmente inconsciente de que el eje de la faena pasa por una disputa de supervivencia familiar entre la parentela que supo construir y las pretensiones del rico y solterón César de “resucitar” su linaje agonizante vía su último pariente vivo, el huérfano Ugolin, personaje con una fisonomía similar a una rata que se contenta con apenas mantener encuentros amatorios con prostitutas de otro poblado cercano, Aubagne. Cuando finalmente llega el colapso, con Cadoret hipotecándolo todo para comprar herramientas y dinamita con vistas a hacer un pozo en busca de agua y así terminar pereciendo cuando una de las rocas que vuelan por los aires golpea su cabeza, el proceso del despojo capitalista habrá terminado porque el financista detrás de la hipoteca es el mismo César, quien cierra sus fauces sobre el manantial cuando la viuda, Aimée, vende la casa y el suelo, abona lo adeudado a la sanguijuela con patas y se marcha del lugar para regresar a su oficio de soltera, ser cantante de ópera. El costumbrismo del film no es para nada inocente ni bufonesco porque pinta a los tres protagonistas de pies a cabeza a través de un estupendo desarrollo de personajes que involucra al espectador con seres de carne y hueso que pueden pasar de las flores de la avaricia al arrepentimiento por el dolor causado y de la quimera del paraíso verde a la desazón de los escollos sin fin, poniendo de relieve cuánto de impostación moderna/ posmoderna hay en tantos exponentes cinematográficos de época -desde la década del 80 hasta nuestro presente- que no consiguen llegar al nivel de sinceridad, elegancia, humanidad, astucia, laconismo y complejidad del gran opus de Berri.

 

Jean de Florette (Francia/ Italia/ Suiza, 1986)

Dirección: Claude Berri. Guión: Claude Berri y Gérard Brach. Elenco: Yves Montand, Gérard Depardieu, Daniel Auteuil, Elisabeth Depardieu, Ernestine Mazurowna, Margarita Lozano, Armand Meffre, André Dupon, Pierre Nougaro, Jean Maurel. Producción: Pierre Grunstein y Alain Poiré. Duración: 120 minutos.

 

 

Manon del Manantial (Manon des Sources, 1986):

 

Cuesta reconocerlo pero la verdad es que Manon del Manantial (Manon des Sources, 1986) cae un escalón por debajo de Jean de Florette (1986), sobre todo por la ausencia de Gérard Depardieu y un reemplazo de los engranajes narrativos de antaño, vinculados a la denuncia de las matufias de los terratenientes cuando se proponen ampliar sus dominios cueste lo que cueste, por una serie de latiguillos infaltables del melodrama que por más que están muy bien administrados, en esencia son lugares comunes del género que uno ve venir a kilómetros a la distancia dentro del relato (específicamente nos referimos a los tópicos del triángulo amoroso y el descenso social/ económico/ cultural y al inefable ardid de las revelaciones en cuanto al parentesco de los protagonistas, por supuesto guardadas para el remate del periplo retórico). La acción se traslada a una década en el futuro, ya con Manon rondando los 18 años (Emmanuelle Béart) y viviendo en una casa menesterosa dentro del otrora terreno de Jean que es habitada por una pareja de ancianos piamonteses que le enseñaron a vivir de la tierra cuidando un rebaño de cabras y cazando con muchas trampas a conejos y pájaros, todo mientras César (Yves Montand) y Ugolin (Daniel Auteuil) se enriquecieron gracias a los claveles que sembraron con el agua del manantial de la finca subvalorada que adquirieron, Les Romarins. Así las cosas, Ugolin alias Galinette se termina enamorando perdidamente de la muchacha después de verla bañarse desnuda en un espejo de agua y bailando al son de la que fuera la armónica de su padre, despertando una obsesión en el hombre que no es precisamente recíproca ya que la chica sigue teniendo presente el momento en que él y César destaparon el manantial de la propiedad justo cuando ella y su madre estaban de salida, a posteriori de la muerte de Cadoret y sin haberle revelado la información al jorobado en ningún momento, detalle que los transforma en sus asesinos indirectos. Si por un lado Ugolin no deja de carcomerse por dentro ante la indiferencia/ desprecio de Manon y llega al punto de coserse en el pecho -del lado izquierdo, del corazón- una cinta para el pelo de ella, por el otro lado la mujer comienza a interesarse en un maestro de escuela llamado Bernard Olivier (Hippolyte Girardot), un joven educado y buen mozo que gusta de recolectar minerales en las colinas de la zona para enseñarle a sus alumnos la composición del suelo. Manon explota en su odio no sólo contra los Soubeyran sino contra Bastides cuando escucha a dos paisanos reconocer amargamente que no hicieron nada para asistir a su progenitor, el “forastero de Crespin”, ni para avisarle de la existencia de la fuente de agua dentro de su terreno heredado porque “los jorobados traen mala suerte”, no era asunto de ellos y los propios Soubeyran son uno de los clanes más poderosos de la región, confesión que lleva a la chica a primero incendiar la huerta de Galinette -una lluvia ocasional la salva- y ensuciar el agua con arcilla de óxido de hierro desde la fuente subterránea del manantial, la que descubre cuando una de sus cabras cae en una caverna, y luego a cerrarla por completo con cemento en una movida que no sólo deja sin oro líquido a Les Romarins sino también a todo el pueblo porque hablamos de la misma fuente local. Definitivamente lo mejor de esta segunda parte pasa por la intención de fondo de subrayar la banalidad de la maldad direccionada y de la apatía cómplice de las mayorías, ya que cuando ella acusa en público a César y Ugolin se destapa a ojos de la ignorancia de todos que Jean, el citadino al que habían discriminado y condenado a la perdición vía el silencio, era realmente uno de ellos por su condición de hijo de Florette, quien al separarse de Le Papet se terminó casando con el herrero de Crespin, planteo que deriva primero en la confirmación del maquiavelismo de los Soubeyran, señalados por un cazador que fue testigo de cómo cerraban de lleno el manantial con cemento, y luego en el suicidio de Ugolin colgándose de un árbol y en el descubrimiento de César de que Cadoret en realidad siempre fue ese hijo que tanto deseaba y que reemplazó con el paparulo de su sobrino, debido a que al hombre -cuando estaba haciendo su servicio militar en África- jamás le llegó una carta de Florette en la que le informaba del embarazo, así la falta de respuesta la impulsó a ensayar inútilmente un aborto, abandonar la aldea y marcharse a Crespin con el futuro vástago en su vientre, el pobre jorobado. Berri hace gala de su naturalismo todo terreno y construye de manera impecable el más que previsible cierre de la historia, con Bernard convenciendo a Manon de devolverle el agua a Bastides, casándose con la chica y César muriendo y dejándole una carta en la que le anuncia su arrepentimiento y cómo terminó siendo su abuelo, una vuelta de tuerca paradigmática del melodrama en la que la incomunicación -a mitad de camino entre los avatares del contexto y la propia necedad- juega un rol fundamental porque pone de manifiesto las falencias y prejuicios de una cultura muy cerrada que niega los cambios, guarda rencores sin comprender la situación y en especial se hace amiga de los traumas entrecruzados que nunca se resuelven del todo y nos acompañan hasta el último día de nuestras vidas. La siempre hermosa Béart, quien venía trabajando de modo entrecortado desde la década del 70, se planta con hidalguía ante Montand y Auteuil aunque por supuesto no constituye un verdadero reemplazo de peso para el tremendo Gérard, cuya ausencia -como decíamos previamente- enmarca a la propuesta y su carácter un poco más automatizado a nivel retórico en comparación con Jean de Florette, aunque por suerte sin trastocar el tono agridulce de antaño y la paradoja irónica central en torno a la idea de que las cosas aparecen cuando uno no las busca y casi siempre si se presentan de repente, uno no las valora en su justa medida y tiende a dejarlas ir hasta el punto de comenzar a añorarlas cuando el pasado ya se las comió sin piedad. El fallecimiento de César, legándole la finca a Manon, más que relacionado con la venganza está empardado con un acto de justicia tan agridulce como todo el devenir previo, en el que la estupidez popular y las ambiciones desmedidas, a costa de pisotear los sueños del otro sin que importe nada más que el ego propio, se unifican con la paciencia y la soltura de las moralejas y los cuentos de otros tiempos, esos que pasaban permanentemente de las risas a las lágrimas -y viceversa- porque no existe nada más real, apremiante y cotidiano que ello.

 

Manon del Manantial (Manon des Sources, Francia/ Italia/ Suiza, 1986)

Dirección: Claude Berri. Guión: Claude Berri y Gérard Brach. Elenco: Yves Montand, Daniel Auteuil, Emmanuelle Béart, Hippolyte Girardot, Margarita Lozano, Yvonne Gamy, Ticky Holgado, Jean Bouchaud, Elisabeth Depardieu, Gabriel Bacquier. Producción: Pierre Grunstein y Alain Poiré. Duración: 113 minutos.