Fito Páez en La Trastienda

Las manos al piano

Por Maximiliano Curcio

Como regalo de fin de año, Fito Páez nos obsequia una velada muy especial, esta vez en La Trastienda de San Telmo y el encuentro se anuncia por partida doble, ya que al día siguiente repetiría el show en versión full banda con sus habituales compañeros de ruta. Siempre resulta grato ver al artista rosarino en su faceta unipersonal de solo piano, un formato que no ofrecía en Buenos Aires desde 2016 (en el ND Ateneo) y bajo el cual nos permite apreciar de manera más íntima su obra musical.

 

A Fito se lo ve cómodo, relajado, emocionado. El piano es su instrumento favorito y el escenario su hábitat natural. Allí, el prolífico músico juega libre con su amigo inseparable y se anima a improvisar. Y se lo ve pleno, entregado a sus melodías, buscando en el sonido perfecto de cada acorde una emoción que nos traspase. Y allí están sus canciones. Inoxidables, inclaudicables, auténticas y honestas. Para contarnos de qué va su vida. Nuestra vida e imaginario colectivo. Tu vida, mi vida. Allí su legado, imborrable e incuestionable, testimoniado por una veintena de discos que hacen a la historia fundamental del rock en habla hispana.

 

Un concierto es un evento singular, un acontecimiento musical que nos conmueve, que nos transforma. No salimos de él de la misma forma que ingresamos. Es esa alquimia mágica de disfrutar a un artista en la ejecución de su arte como un acto tribal. Y Fito es un grandísimo encantador de almas. Es precisamente esa congregación, que reúne a la legión de fans de tan variadas generaciones, la que se entregó a una travesía imperdible a lo largo de 35 años de trayectoria.

 

El concierto comenzó con la nostálgica Las Cosas Tienen Movimiento (de La la la, 1986), un tema que siempre nos llevará a Luis Alberto Spinetta al tiempo que Fito nos recuerda que “siempre estarás en mí”, nombrándolo para emoción del público, como lo hiciera aquel 4 de Diciembre de 2009 en Vélez para el concierto de Las Bandas Eternas. Nuestro querido Flaco seguía presente en el aire de una noche que comenzaba emotiva con la presencia del tema Gracias (de su disco de piano Rodolfo, 2007), en donde el músico homenajea entre anécdotas a aquellos padres de nuestro rock que guiaron su camino y allí aparecen Litto Nebbia y Charly García para reafirmar que su música nos hace brillar, poniendo las cosas en su justo lugar. Otro de sus grandes maestros y compinches incorregibles no podía faltar: su queridísimo Joaquín Sabina y aquella accidentada aventura a dúo para el excelente álbum Enemigos Íntimos (1998) hizo su presencia con una festejadísima versión de Llueve sobre Mojado.

 

La celebración de los monumentos vivientes continuó con una mención al eterno Bob Dylan. Fito entona -primero en inglés y luego en castellano- una preciosa versión de Ring Them Bells (el tema que grabara para Canciones para Aliens, en 2011). Allí está el viejo Bob con su sabiduría cabal y una lírica poderosa que el piano de Páez condensa con una tremenda melancolía. Luego vino una celebración especial sobre la figura de Gilberto Gil, ese gran compositor brasileño a quien Fito rindió homenaje poniéndose reflexivo acerca de la finitud de la vida y nuestra misión en ella, leyendo una sentida carta de su autoría. Un momento de intimidad brutal para todos los presentes. Otra pequeña joya del concierto.

 

El show siguió con una serie de clásicos infaltables, como la bella historia de amor y supervivencia en la calle Corrientes titulada 11 y 6 y el dilema del regreso más existencial hecho canción en la catártica Cable a Tierra, ambos temas pertenecientes a ese imprescindible disco llamado Giros (1985). Allí estaban presentes también las musas de Fito Páez de ayer y de hoy. Si Cecilia Roth fue el motor de la exquisita Tumbas de la Gloria (El Amor Después del Amor, 1992), Romina Ricci -presente en la sala- recibió una halagadora dedicatoria en Mágica Hermosura, una bellísima canción que hace honor a su título. Continuando con Tu Vida Mi Vida, reciente ganadora del premio Grammy Latino a la mejor canción de rock, que fuera tocada junto a Juani Aguero en guitarras: en su dedicatoria se refleja a un artista en perfecta sintonía con su presente musical y sus afectos personales.

 

El segmento intermedio del show ofreció dos excelentes invitados de lujo. Joaquín Carambula y Manu Hattom le pusieron voz y guitarras a dos temas de propia autoría (Mi Casa y Ayer, respectivamente), a los que Páez acompaño cómplice entre risas y extasiado por el dueto desde el piano que no dejaba de sonar exquisito. Cabe mencionar que Fito Páez es un artista sumamente agradecido de aquellos que le han marcado el camino y lo han inspirado, y así también es un músico muy comprometido con el ejercicio de cualquier forma de arte en total libertad, ante lo cual las palabras con las que presentó a ambos invitados y su apreciación de Buenos Aires como inagotable laboratorio de creatividad musical se sienten sinceras y dignas de aplaudir e imitar.

 

Luego, nuestro anfitrión de honor se entregó nuevamente a clásicos de todas las épocas, para repasar -a manera de potpurrí- un puñado de canciones tesoro que suele guardar como as bajo la manga y que no deberían dejar de sonar en ninguno de sus conciertos: She’s Mine, Tus Regalos Deberían Llegar, Track Track, El Amor Después del Amor, Tema de Piluso y Dos Días en la Vida mostraron su faceta compositiva más contundente, interpretándolas con sentimiento desgarrador y esa indudable pertenencia popular que coloca a sus canciones y su figura en el Olimpo grande de nuestro rock. Su música como verdad y relato de mil naufragios.

 

Un momento de extrema comunión con su público aconteció durante la interpretación de Yo Vengo a Ofrecer mi Corazón. Fito, a capela y sentado en el piso, al borde del escenario, interpretó con profundo sentimiento su canción emblema, esa joya absoluta que compusiera con apenas 20 años y que cantara en un acto de proximidad único, mirando a los ojos a cada uno de los presentes, saboreando el momento de plena comunión con un público que contemplaba en silencio tan conmovedor gesto en tiempos donde el contacto cara a cara escasea cada vez más. La ovación que siguió a dicha canción y el “olé, olé, olé” que no tardó en repetirse y sonar más fuerte que nunca, fueron una constante a lo largo de todo el recital, en un ida y vuelta entre el público (que pedía su lista de temas favoritos) y el músico (que complació más de una vez).

 

La buena vibra se extendió a los bises, en donde los espectadores no dejaron de corear ni acompañar con palmas esas eternas canciones de amores perdidos, destinos imposibles, precisos desatinos y rabiosa luz que son el talismán de una obra prolífica: Dar es Dar como un mandato para estos tiempos, Y Dale Alegría a mi Corazón como exorcismo necesario, Brillante Sobre el Mic como un recuerdo para guardar en la memoria y Mariposa Tecknicolor como una gema que condensa todo el universo Páez, coronaron una noche de intensas emociones.

 

Luego de presentar La Ciudad Liberada (su más reciente disco de estudio) en sendos Luna Park y de haber celebrado los 30 años de Ey! en el Teatro Gran Rex (hace apenas un mes), el intérprete rosarino nos ofreció su corazón una vez más a través de 90 minutos de atractivas melodías al piano y necesarias canciones de liberación. Deseando salud, dinero y amor para todo el mundo en estas fiestas, Fito dejó el escenario brillante a su paso y a su fiel público flotando, pidiendo una más. Páez, una vez más, nos había hechizado con la sola compañía de su piano y la perfecta resonancia de su público, tocando nuestra fibra más sensible como sólo los grandes artistas saben. Con la entrega total.

 

Fito Páez en La Trastienda. 22-12-18.

Fito Páez: voz y piano.

Invitados:
Manu Hattom: voz y guitarra.
Joaquín Carambula: voz y guitarra.
Juani Agüero: guitarra.