Al igual que prácticamente cualquier otro actor que empezó su carrera en el estrellato pueril o adolescente, el norteamericano Zac Efron desde hace muchos años está consagrado a ser tomado en serio como intérprete y por ello, en esta transición interminable hacia la adultez, ha aceptado papeles que lo sacan del estereotipo de “actor de comedias idiotas o grasientas” en el que está encerrado a instancias del mainstream, pensemos por ejemplo en obras varias como Hairspray (2007), de Adam Shankman, Yo y Orson Welles (Me and Orson Welles, 2008), de Richard Linklater, El Chico del Periódico (The Paperboy, 2012), de Lee Daniels, Parkland (2013), de Peter Landesman, El Artista del Desastre (The Disaster Artist, 2017), de James Franco, y El Gran Showman (The Greatest Showman, 2017), de Michael Gracey. Sin embargo no fue hasta Ted Bundy: Durmiendo con el Asesino (Extremely Wicked, Shockingly Evil and Vile, 2019), del tremendo Joe Berlinger, interesante biopic distribuida por Netflix en la que compuso al célebre homicida en serie del título en castellano, que el amigo Zac logró demostrar al cien por ciento que podía entregar un trabajo memorable que cambiase progresivamente la percepción o los prejuicios que la fauna cinéfila -tanto el público y la crítica como la propia industria cultural- tenía de él, jugada artística identitaria muy meditada en el fondo similar a la de Robert Pattinson aunque mucho más moderada porque el inglés fue sin duda alguna más agresivo en términos del volantazo profesional al punto de que pasó de aquella saga iniciada con Crepúsculo (Twilight, 2008), de Catherine Hardwicke, a calzarse los hiper redituables zapatos de Bruce Wayne en The Batman (2022), de Matt Reeves, luego de colaborar con directores de la talla de David Cronenberg, Werner Herzog, Anton Corbijn, James Gray, David Michôd, Claire Denis, Robert Eggers, Ciro Guerra, Christopher Nolan, Antonio Campos y los queridos hermanos Benny y Josh Safdie.
Oro (Gold, 2022), escrita, dirigida, producida y coprotagonizada por el australiano Anthony Hayes, en esencia un actor transformado en realizador, constituye en términos de la carrera de Efron el siguiente paso/ escalón esperable después de Ted Bundy: Durmiendo con el Asesino, opus que lo transformó en un villano maquiavélico a través de una metamorfosis en imagen pública que ahora se completa afeando su eterno semblante juvenil de carilindo ya que durante todo el film de Hayes vemos al protagonista cubierto de cicatrices, sucio, lastimado/ quemado, todo manchado de sangre o directamente desfigurado al extremo de resultar irreconocible. Con ingredientes de drama postapocalíptico, thriller de supervivencia y hasta western o faena de aventuras de impronta bien agridulce, el guión del director y su esposa Polly Smyth, otrora vestuarista, comienza con la llegada en tren de un individuo sin nombre (Zac), con muchas heridas curadas y una cojera en su pierna izquierda, a un área desértica que a su vez parece una mixtura entre Medio Oriente, Australia y alguna que otra zona árida de Asia, todo porque atesora en sus manos un folleto que lo hizo abandonar la ciudad en la que vivía para intentar sumarse a un recinto en el páramo que promete trabajo esclavo construyendo instalaciones para ricos o quizás para el Estado. Un segundo hombre (Hayes) lo lleva en su camioneta cual taxi improvisado pero ambos quedan varados cuando el personaje de Efron enciende el aire acondicionado y se funde el motor, conduciéndolo a descubrir una pepita gigante de oro en medio de la vastedad solitaria. Como necesitan de una excavadora para extraer el hallazgo, el residente se marcha para conseguirla mientras el forastero se queda a cuidar el tesoro en una espera que lo llevará a pasar sed y hambre y a enfrentarse a una voluminosa tormenta de arena e incluso a una exploradora demasiado curiosa (Susie Porter), a quien termina matando repentinamente de un golpe con una pala.
Hayes, aquel actor de Cerca de la Libertad (Rabbit-Proof Fence, 2002), de Phillip Noyce, Ned Kelly (2003), de Gregor Jordan, The Square (2008), de Nash Edgerton, Reino Animal (Animal Kingdom, 2010) y El Cazador (The Rover, 2014), ambas de Michôd, La Luz entre los Océanos (The Light Between Oceans, 2016), de Derek Cianfrance, y Cargo (2017), de Ben Howling y Yolanda Ramke, entre otras, sabe muy bien lo que hace y en función de ello combina por un lado el fetiche minimalista del nuevo milenio con perderse o quedar varado en el desierto, en sintonía con Gerry (2002), de Gus Van Sant, 127 Horas (127 Hours, 2010), de Danny Boyle, y Scenic Route (2013), de los hermanos Kevin y Michael Goetz, y por el otro lado la amargura irónica del John Huston de la riqueza encontrada y perdida a lo El Tesoro de Sierra Madre (The Treasure of the Sierra Madre, 1948) y El Hombre que Sería Rey (The Man Who Would Be King, 1975) y el de aquellas obsesiones que avanzan sin criterio moral alguno símil El Halcón Maltés (The Maltese Falcon, 1941) y Moby Dick (1956), amén de cierta corriente neohustoniana del cine actual que va desde la floja El Poder de la Ambición (Gold, 2016), de Stephen Gaghan, pasa por la loable Z: La Ciudad Perdida (The Lost City of Z, 2016), de Gray, y llega hasta la ya exquisita Prospect (2018), joyita de ciencia ficción de Christopher Caldwell y Zeek Earl. Oro, asimismo, recupera un célebre motivo de los relatos de supervivencia como esa amistad, confianza o mínimo respeto recíproco del marco social supuestamente civilizado convirtiéndose de a poco en una autoparodia tracción a un darwinismo que se lleva puesto a todos y a todo lo que se cruza en su camino, esquema retórico que en esta oportunidad se mezcla con una crítica a la codicia capitalista generalizada, no sólo por la violencia y la perfidia en pantalla sino por la desesperación de unos menesterosos que se canibalizan para dejar de vivir en los márgenes.
Para el paupérrimo nivel de calidad del cine internacional de hoy en día, tanto el de género como ese de pretensiones artísticas elevadas, la verdad es que la diminuta propuesta de Hayes, distribuida mediante el servicio australiano de streaming Stan, está muy bien porque aprovecha al extremo tanto el unipersonal de un Efron muy inspirado, como decíamos con anterioridad cayendo en un masoquismo permanente digno de un actor veterano en pos de un lucimiento a toda pompa que mande bien a la mierda a sus fans históricos de juventud, como el sustrato áspero e indómito de una naturaleza feroz que ataca a nuestro pichón de magnate no sólo con el sol y las altas temperaturas sino también mediante esas moscas que rodean continuamente el rostro del personaje de Zac y esos perros salvajes que subsisten gracias a la carroña y la vida en manada, las primeras simbolizando la podredumbre ética escalonada de ambos hombres y los segundos explicitando cómo son las cosas en el páramo y lo que uno debería hacer si pretende sobrevivir/ resistir, léase resguardarse del clima, cazar cuando se pueda, comer cualquier cosa, no confiar en nadie y abalanzarse contra los posibles enemigos de inmediato y mucho mejor si es en grupo. Precisamente, el desenlace sarcástico, eso de que siempre existe un depredador más grande o imprevisto, y la aparición en los créditos finales de la genial People Ain’t No Good, perteneciente a The Boatman’s Call (1997), de Nick Cave and the Bad Seeds, se mueven en consonancia con la idea de que la avaricia suele unificarse con la locura y con una vileza que se siente impune hasta que de la nada aparece un “ángel de la justicia” para cobrarse las atenciones recibidas, por ello los sacrificios del camino se terminan desdibujando a medida que el sufrimiento en primera persona se extiende a un contexto que no comparte nuestra cruzada egoísta o hasta puede ser considerado un contrincante desde la típica paranoia de la cultura de la competencia…
Oro (Gold, Australia, 2022)
Dirección: Anthony Hayes. Guión: Anthony Hayes y Polly Smyth. Elenco: Zac Efron, Anthony Hayes, Susie Porter, Akuol Ngot, Thiik Biar, Andreas Sobik. Producción: Anthony Hayes, John Schwarz y Michael Schwarz. Duración: 96 minutos.