Tiempo de Morir

Las ocasiones llegan tranquilas

Por Emiliano Fernández

En tiempos en los que la industria cinematográfica mexicana aún era muy hermética a nivel legal, sindical y de control institucional centralizado, Arturo Ripstein pudo encarar su ópera prima, la maravillosa y lamentablemente muy poco vista Tiempo de Morir (1966), con una generosa libertad gracias a la influencia decisiva de su padre, Alfredo Ripstein, productor que fundó Alameda Films y que ya venía trabajando en el séptimo arte desde los años de la Época de Oro del cine mexicano (1936-1956) vía una carrera muy extensa que llegaría al nuevo milenio de la mano de su último largometraje ficcional, El Crimen del Padre Amaro (2002), interesante obra de Carlos Carrera protagonizada por el gran Gael García Bernal. La fama de Arturo como uno de los padres fundadores y/ o grandes responsables del acervo independiente en el ecosistema azteca se justifica plenamente no sólo por sus realizaciones más conocidas de los 80 y 90, léase aquellas colaboraciones con su esposa y guionista Paz Alicia Garciadiego, sino también por su seguidilla de epopeyas de los 70, El Castillo de la Pureza (1973), El Santo Oficio (1974), La Viuda Negra (1977), El Lugar sin Límites (1978) y Cadena Perpetua (1979), y especialmente por la propuesta que nos ocupa, su único opus realmente memorable de los años 60, debido a que aquí el director se sirve sin medias tintas de ese arsenal formal y temático que lo caracterizaría a futuro y que poco y nada tenía que ver con el promedio general de las producciones de su tiempo en México, hablamos de tomas secuencia constantes, un ritmo narrativo bastante cansino, tópicos paradigmáticos del melodrama exacerbado, un tono retórico fúnebre, disquisiciones alrededor de la crueldad, la clara presencia de un destino de desolación y cierto dejo documentalista que por cierto se lleva muy bien con movimientos de cámara planeados al dedillo como si se tratase de un ballet de dejo costumbrista funesto, en este caso subrayado desde el título de la realización.

 

Amparado en un guión de dos gigantes de la literatura latinoamericana que originalmente respondía al título de El Charro, Gabriel García Márquez y Carlos Fuentes, ambos siempre muy vinculados al cine por guiones originales, adaptados o novelas de base que fueron a parar a faenas de gente variopinta como Roberto Gavaldón, Luis Alcoriza, Felipe Cazals, Juan Ibáñez, Damiano Damiani, Jaime Humberto Hermosillo, Ruy Guerra, Carlos Velo, Shûji Terayama, Francesco Rosi, Fernando Birri, Tomás Gutiérrez Alea, Lisandro Duque Naranjo, Luis Puenzo, Mike Newell, Hilda Hidalgo y Henning Carlsen, Ripstein en Tiempo de Morir construye una película de frontera o western latino meditabundo que gira en torno a Juan Sayago (buen desempeño de Jorge Martínez de Hoyos), un mexicano que es liberado de prisión luego de una condena de 18 años por matar en un duelo a un tal Raúl Trueba, un ranchero con delirios de grandeza de un pueblito inhóspito al cual le ganó una carrera de caballos y por ello el futuro difunto se dedicó a provocarlo echándole semillas de yerbas malas en sus sembrados, envenenándole el agua de sus bestias, tirándole animales muertos por donde pasaba y atravesándole el caballo en la calle. Sayago pretende recuperar su vida de antes de la cárcel pero ello es imposible porque los dos hijos de Trueba, el mayor Julián (Alfredo Leal) y el jovencito Pedro (Enrique Rocha), están preparados para asesinarlo de inmediato sin hacer caso a las amenazas del comisario del lugar (Tito Junco). Juan se reúne con su pareja de antaño, la hoy viuda y con un vástago Mariana Sampedro (Marga López), y con amigos como un cantinero (Arturo Martínez) y el inválido Casildo (Carlos Jordán), casado a su vez con Rosita (Hortensia Santoveña), no obstante no puede huir del odio de un Julián que ve con espanto las dudas de su hermano, quien presionado por su novia, la bella Sonia (Blanca Sánchez), comprende de a poco la inutilidad total de esta odisea revanchista.

 

El realizador, que volvería a trabajar con García Márquez en ocasión de la antología Juego Peligroso (1967), codirigida por Alcoriza, e incluso adaptaría a la gran pantalla la célebre novela de 1961 del colombiano en El Coronel no Tiene quien le Escriba (1999), guionada por Garciadiego, en esta oportunidad se luce exprimiendo uno de sus fetiches conceptuales de siempre, el peso de la debacle del pasado en el presente y la incapacidad de los mortales de evadir el binomio reduccionista de valentía/ cobardía, por ello Julián parece no haber aprendido nada con el paso del tiempo y se consagra a reproducir la misma senda de locura de su progenitor, de allí que el ciclo del martirio de Sayago recomience 18 años después del fallecimiento del verdugo anterior con los mismos viejos mecanismos de tortura para que la víctima explote y acceda al enfrentamiento armado, más algún que otro tormento nuevo como tirarle en la cabeza una vasija con sangre de cerdo o derribar con sogas la pared de entrada al terreno de Juan, en el relato tan sincero como obstinado. La intersección entre memoria histórica fabulosa, miedo y machismo social es también otro eje muy importante del relato porque Pedro descubre por boca del padre de Sonia, un boticario/ farmacéutico (Miguel Macía), que la estampa perfecta de su padre, supuesto campeón en eso de manejar a los caballos, las hembras y los revólveres, no era tan así ya que Julián tiende mucho al autoengaño y gusta de identificarse con -y reproducir en el pueblo y en los oídos de su hermano- una imagen endiosada de un Raúl que en realidad era un egoísta y un delirante capaz de actos de sadismo como los descriptos por una tontería que afectó su orgullo, la derrota en una pugna ecuestre, por ello como coletazo de esta lucha unilateral y compulsiva nos topamos con una escala del temor que va desde ese mostrado abiertamente por Juan, pasa por el miedo más disimulado de Pedro y llega al completamente silenciado de Julián.

 

Desde ya que los diálogos de Fuentes y García Márquez cuentan con una impronta lírica muy marcada que enfatiza el trasfondo profesional literario de ambos y desromantiza la imaginería habitual de la supuesta justicia y los duelos en medio del polvo y el viento tanto en su acepción norteamericana, nos referimos a ese western clásico atravesando por el maniqueísmo más barato y bobo hollywoodense, como en su reinterpretación europea de esa misma década del 60, sobre todo la farsesca y operística correspondiente al spaghetti western, de allí que aquel ajuste de cuentas de 18 años atrás haya arruinado el casamiento de Sayago con Sampedro, cuyo hijo con otro hombre, Claudio (Claudio Isaac), enfatiza que nada puede volver a ser como era del mismo modo que la muerte adicional del patrón semi feudal de Juan, Don Diego, remarca que nuestro protagonista ni siquiera puede regresar a su trabajo del pasado como criador de caballos porque el nuevo dueño del rancho e hijo del anterior, Diego Martín Ibáñez (Quintín Bulnes), no lo quiere cerca ya que sabe que es un cadáver caminante a raíz del encono insistente del linaje Trueba. La película, que por cierto tendría una insólita y doble remake a cargo del colombiano Jorge Alí Triana, en 1984 como serie televisiva y al año siguiente como film, también se mete con el honor transformado en tótem familiar y por añadidura en una maldición con rasgos suicidas, pensemos para el caso en la excelente escena de la paliza de Julián sobre Pedro a cinturonazos como si fuese un niño pequeño, secuencia filmada por Ripstein con cámara en mano símil cinéma vérité, o en el final paradójico donde el hermano de sangre fría fallece en otro duelo frente a frente y momentos después Pedro, que estaba construyendo una relación paternal con Juan, lo fusila por la espalda en un flamante desquite impetuoso, ejemplo de que las ocasiones en la vida llegan tranquilas y de un momento al otro todo desaparece por obra y gracia del prójimo…

 

Tiempo de Morir (México, 1966)

Dirección: Arturo Ripstein. Guión: Gabriel García Márquez y Carlos Fuentes. Elenco: Jorge Martínez de Hoyos, Arturo Martínez, Marga López, Enrique Rocha, Alfredo Leal, Blanca Sánchez, Tito Junco, Quintín Bulnes, Miguel Macía, Carlos Jordán. Producción: Alfredo Ripstein y César Santos Galindo. Duración: 89 minutos.

Puntaje: 9