Si bien a simple vista Dolemite Is My Name (2019) puede vincularse en parte a The Disaster Artist (2017) en cuanto a la perseverancia artística de su protagonista principal a pesar de los mil contratiempos y los propios delirios, en realidad la película que nos ocupa está más cerca de Ed Wood (1994) y ello no es precisamente una casualidad porque los dos guionistas de turno, Scott Alexander y Larry Karaszewski, escribieron el neoclásico de Tim Burton sobre el famoso director clase B y hasta se podría decir que son unos especialistas en el rubro de las biopics porque también aportaron las historias de las recordadas Larry Flint: El Nombre del Escándalo (The People vs. Larry Flynt, 1996), El Mundo de Andy (Man on the Moon, 1999) y Big Eyes (2014). Esta entrañable epopeya dirigida por Craig Brewer y protagonizada por un excelente Eddie Murphy retrata el despegue en popularidad a mediados de la década del 70 de Rudy Ray Moore, un artista multifacético del mundillo de Los Ángeles que supo abandonar la Arkansas más empobrecida con la firme intención de convertirse en una figura de relieve en la industria cultural norteamericana, misión autoimpuesta que lo llevó a desempeñarse como cantante de rhythm and blues, maestro de ceremonias en clubs nocturnos, comediante de stand-up, pionero involuntario del hip hop y hasta actor y productor cinematográfico dentro del genial blaxploitation furioso de la época.
El proyecto respondió en gran medida a un antiguo interés de Murphy con respecto a la vida de Moore y tuvo un largo período de gestación que llegó a los tres lustros e incluyó reuniones entre el actor, el dúo de guionistas y el propio retratado, hasta que finalmente la propuesta pudo realizarse gracias a la financiación de Netflix. Aquí Moore (Murphy) tiene cuarenta y tantos años y sufre del síndrome de no haber conseguido un verdadero éxito nunca, ni como cantante ni como comediante ni como maestro de ceremonias: atascado desde hace años en un trabajo que pensó como temporario al momento de su llegada a California, eso de ser subgerente en una tienda de discos, un buen día le presta atención a un vagabundo que entra en el local, Ricco (Ron Cephas Jones), y decide adoptar como propio a un personaje de las historias crudas y bien vulgares que el hombre suele narrar en versos con rima, Dolemite. Con ropa de chulo y blandiendo un bastón, Rudy prueba suerte en el club en el que trabaja por las noches presentando a su amigo Ben Taylor (Craig Robinson), el líder de una banda de funk y soul, y como la experiencia resulta muy positiva -carcajadas y suculentas ganancias incluidas- comienza una serie de presentaciones que derivan en la grabación de varios discos de comedia y hasta en la filmación de una película que se transformará en todo un clásico del cine indie y el blaxploitation, Dolemite (1975).
Muy lejos de la patética corrección política de la actualidad y de los sultanes de la moralina barata e hipócrita, Dolemite Is My Name analiza la carrera de Moore desde la frustración y las múltiples negativas por parte de los “popes” de la industria cultural hasta ese éxito tracción a un esfuerzo descomunal que lo hizo nunca bajar los brazos y seguir porfiando en lo suyo; a lo que se suma la evidente conexión general entre la sensibilidad/ idiosincrasia/ intereses del público afroamericano de la etapa y lo que el artista tenía para ofrecer, léase una combinación entre relatos groseros del folklore negro y material nuevo creado por el comediante que se centraba en la vida cruel de las calles y los mecanismos de reafirmación simbólica de cada uno de sus “agentes”, incluyendo a proxenetas, prostitutas, estafadores, jugadores, ladrones y sexópatas que buscaban sobrevivir en medio de la miseria, el racismo, la angustia y la persecución social cortesía de aquellas autoridades blancas. Junto con un grupo variopinto de colegas y amigos, el protagonista -después de ver Primera Plana (The Front Page, 1974), de Billy Wilder- decide encarar una película que no tenga nada que ver con el cine burgués para caucásicos del mainstream, por eso a la hora de concebir a Dolemite se propuso incluir lo que los negros deseaban ver en una sala de cine, en especial tetas, chistes, kung-fu, choques, explosiones y un montón de hilarantes insultos gratuitos.
Brewer, responsable de las amenas Ritmo de un Sueño (Hustle & Flow, 2005) y El Lamento de la Serpiente Negra (Black Snake Moan, 2006) y de la desastrosa Footloose (2011), en esta oportunidad redondea un film sencillo pero con un gran corazón que excusa la sutil mediocridad de Rudy con su enorme carisma y tenacidad, circunstancia que incluso trae a colación el retrato de la odisea de por sí de encarar una obra -la que sea, del rubro que sea- por fuera del circuito profesional habitual, sus manías y clichés comerciales, abriéndose camino amparado por el empeño, la colaboración y el cariño de amistades entre las que se destaca Lady Reed (Da’Vine Joy Randolph), una madre obesa que también tuvo que renunciar durante gran parte de su vida a su vocación artística y que experimenta un renacer con los diversos proyectos de Moore. Todas las escenas concernientes a la filmación y exhibición de Dolemite son maravillosas, desde los primeros contactos con el dramaturgo y futuro guionista Jerry Jones (Keegan-Michael Key) y el actor/ director D’Urville Martin (un glorioso Wesley Snipes) hasta el rodaje concreto en el derruido Hotel Dunbar y el acuerdo con Dimension Pictures para la distribución. Dolemite Is My Name no sólo constituye el gran regreso de la mejor facera de Eddie Murphy, la creativa e inteligente, sino también una carta de amor a las rimas del gueto y a la misma cultura de los márgenes en su conjunto…
Dolemite Is My Name (Estados Unidos, 2019)
Dirección: Craig Brewer. Guión: Scott Alexander y Larry Karaszewski. Elenco: Eddie Murphy, Wesley Snipes, Keegan-Michael Key, Mike Epps, Craig Robinson, Tituss Burgess, Da’Vine Joy Randolph, Kodi Smit-McPhee, Ron Cephas Jones, Barry Shabaka Henley. Producción: Eddie Murphy, John Fox y John Davis. Duración: 118 minutos.