Labios de Sangre (Lèvres de Sang)

Las ruinas de la infancia

Por Emiliano Fernández

Labios de Sangre (Lèvres de Sang, 1975) no sólo es la cumbre en términos de calidad y de coherencia de la primera andanada de películas de vampiros símil marginados y apóstatas sociales del querido Jean Rollin, aquella compuesta además por Le Viol du Vampire (1968), La Vampire Nue (1970), Le Frisson des Vampires (1971) y Requiem pour un Vampire (1972), sino también la consolidación del estilo y los rasgos idiosincrásicos infaltables de un autor único del fantastique europeo que aquí llega a una evidente maduración creativa porque vuelven con todo -y alcanzan su máxima plenitud formal- características como un fuerte sustrato surrealista, un aura romántica permanente, chispazos de gore meticuloso, la escasez de diálogos, un ritmo narrativo bastante lento, una fotografía en verdad exquisita, el trasfondo minimalista del relato, apuntes expresionistas aislados, un misterio cuasi místico que todo lo envuelve, un manejo con cuentagotas de la información que se le ofrece al espectador y especialmente ese erotismo muy cercano al lenguaje del porno, rubro al que el francés se dedicó largo y tendido en muchas propuestas alimenticias bajo los seudónimos de Michel Gentil y Robert Xavier. No obstante la realización asimismo puede ser leída como el mojón inicial de la mejor fase de la carrera de Rollin, esa que abarca tres películas geniales y que incluye a Les Raisins de la Mort (1978), variación del motivo habitual de los zombies, y Fascination (1979), reinterpretación del recurso del lesbianismo vampírico símil Carmilla (1872), la célebre novela corta del irlandés Sheridan Le Fanu, que tanto encandiló al galo a lo largo de su extensa trayectoria de cinco décadas, todo a su vez precedido por la tetralogía fundacional ya citada de los chupasangres, un par de experimentos fallidos en la comedia, Jeunes Filles Impudiques (1973) y Tout le Monde il en a Deux (1974), y dos ejercicios adicionales en horror, el primero memorable y poético, La Rose de Fer (1973), y el otro bastante flojo, Les Démoniaques (1974), en simultáneo una historia de piratas y un film de violación y venganza, amén del episodio profesional de La Nuit des Étoiles Filantes (1973), una obra dirigida por Jesús Franco en la que Jean aportó algunas secuencias junto a Pierre Quérut en versiones subsiguientes para aquel mercado ochentoso del video hogareño.

 

Si lo pensamos en términos de la historia del cine en general, el caso de Rollin es a la vez común y muy extraño debido a que se la pasó filmando la misma película una y otra vez, como hacen la enorme mayoría de los cineastas aduciendo que son fieles a sus inquietudes artísticas particulares o a la obligación de diferenciarse en una coyuntura mainstream cada día más anodina e indistinta, pero lo hizo de manera demasiado literal no sólo recuperando las mismas locaciones de modo incesante, como los castillos derruidos del interior francés y esa playa que aparece en casi todas sus odiseas de los 70, sino retomando latiguillos como las conspiraciones, las sectas, los enigmas, la traición, las torturas, la crueldad, el azar, el amor maldito y una nocturnidad que erotiza y repele en su peligrosidad avasallante. Todo comienza con un prólogo en el que una mujer entrada en años (Natalie Perrey), ayudada por dos hombres, mete en ataúdes a cuatro féminas vivas (Hélène Maguin, Anita Berglund y las inefables gemelas Catherine y Marie-Pierre Castel, asiduas de Jean), escena que corta a un evento publicitario con motivo del lanzamiento de un perfume donde descubrimos que la señora es la madre de un tal Frédéric (Jean-Loup Philippe), treintañero al que se le disparan recuerdos de su infancia por una foto de las ruinas de un château frente al mar, sede de un encuentro cuando niño con una linda y misteriosa señorita llamada Jennifer (Annie Belle) que le permitió dormir en el lugar cuando se perdió siguiendo a un perro negro con una oreja cortada, confinándola sin darse cuenta al partir ya que cerró la puerta tras de sí. La madre del protagonista niega la posibilidad de que aquello sea una remembranza verdadera pero Frédéric se obsesiona con conocer la ubicación del château y por ello pide la dirección de la fotógrafa (Martine Grimaud), a la que visita cuando está sacándole fotos pornos a una modelo (Béatrice Harnois). La fémina le dice que le dará la información solicitada en un acuario a la medianoche pero luego aparece asesinada y para colmo Frédéric despierta a las mujeres en sus féretros, cuatro vampiras, al tirar por accidente un crucifijo que había puesto su progenitora para evitar que comiencen a cazar, circunstancia que forma parte del plan de una Jennifer espectral que empieza a aparecerse ante él luego de entrar en una sala de cine.

 

Son precisamente las referencias externas e internas, como por ejemplo un afiche al paso en el metro de El Fantasma de la Libertad (Le Fantôme de la Liberté, 1974), de Luis Buñuel, y ese cine al que entra Frédéric -para toparse a lo lejos con su adorada, la esplendorosa Belle- que anuncia La Vampire Nue aunque en realidad proyecta Le Frisson des Vampires, las que aportan indicios/ señales/ pistas claras alrededor del devenir lírico y surrealista de la narración y la idea fundamental de Rollin de situar a nuestro adalid de la curiosidad en la frontera intermedia entre por un lado el mundo racional, maquiavélico e improvisado de su madre, cabeza de hecho de un complot para ocultarle la verdad y máxima responsable tanto de intentos de asesinato sobre su persona como de una insólita impostora (Sylvia Bourdon) que pretende hacerse pasar por Jennifer a ojos de Frédéric, mujer que por cierto termina cayendo bajo la furia de las vampiras resucitadas, y por el otro lado el ecosistema nocturno y potencialmente incluso más amenazante de las chupasangres femeninas y su sensualidad siempre malsana y morbosa, esas que se dividen en las cuatro que merodean la metrópoli muy ligeras de ropas y la misma Jennifer, todavía encerrada en aquel castillo de la niñez del varón protagonista a la espera de que la libere de una cárcel que en el caso de Frédéric fue accidental y en lo que atañe a su madre fue buscada de manera consciente, a sabiendas de que la señorita se la pasa “contaminando” a otros cual maldición biológica que obliga a los infectados a succionar sangre de cuellos para seguir viviendo, por ello la recluyó clavando la tapa de su ataúd al cumplir los 16 años a posteriori de que generase a sus cuatro acólitas y matase al padre de Frédéric. La crueldad de ambas dimensiones, la de la veterana y su séquito varonil, siempre con ganas de introducir estacas en el corazón de estas muertas vivientes para después decapitarlas, y la de la líder espiritual de los vampiros, una Jennifer que en su calvario de décadas de soledad aprendió a proyectarse a sí misma fuera de su presidio para imponerse a puro mutismo sobre el otrora purrete, constituyen las dos facetas clásicas del fantastique y ponen en entredicho la separación hollywoodense, tan taxativa como reduccionista, entre lo sobrenatural y lo humano, aquí fundiéndose con gran frenesí.

 

A diferencia del caos discursivo de la igualmente maravillosa Le Viol du Vampire, sin duda una de las óperas primas más fascinantes del séptimo arte, y de los intentos de destilar y/ o pulir sus diversos ingredientes a lo largo de La Vampire Nue, Le Frisson des Vampires y Requiem pour un Vampire, Labios de Sangre por fin entrega una versión cohesiva y estable de este cuento de hadas para adultos sobre los amigos de la hemoglobina, hoy metiéndose de manera implícita con el Complejo de Edipo primero, de allí que toda la faena pueda ser considerada un periplo traumático de separación de la madre al descubrir que hay otras hembras, que el padre contra el cual rebelarse está ausente y que para colmo la progenitora es sobreprotectora, miente en la cara y hasta prefiere vernos muertos antes que presenciar cómo abandonamos el hogar con alguna deliciosa puta del montón, y con el doble filo o las paradojas del sexo opuesto en segundo lugar, por ello mismo Frédéric continúa avanzando con firmeza hacia Jennifer por más que sabe que el asunto puede llegar a ser bastante peligroso y por supuesto conlleva sacrificios que son los propios del amor, esos que tanto interesaban a Rollin aunque sin las idealizaciones burdas del andamiaje cultural anglosajón o latinoamericano, así es cómo el protagonista en última instancia acepta la necesidad de transformarse en un igual de su amada, léase mutar en vampiro, y de acompañarla en busca de una paz de pareja que en pantalla adquiere la forma del ingreso de ambos en un nuevo féretro para que el mar los lleve hacia una tal “Isla de la Arena” donde atraer a marineros ricos de los que alimentarse, suerte de parasitismo humanista que les ahorraría la condena al diferente por parte de sociedades que nunca respetan a las minorías. Ese desenlace, con ecos de su homólogo acuático de Les Démoniaques y con la playa de siempre de Le Viol du Vampire, termina de establecer la distancia entre las dos capas de la vida del personaje de Philippe, actor fetiche de Rollin y aquí colaborando en el guión, hablamos de la familiar homicida heredada, la de su progenitora, y esa familiar homicida construida, la que encara junto a su flamante pareja a partir de las ruinas sexualizadas de su infancia, ahora con el cariño por la primera figura femenina externa mutando en pasión y en devoción mutua…

 

Labios de Sangre (Lèvres de Sang, Francia, 1975)

Dirección: Jean Rollin. Guión: Jean Rollin y Jean-Loup Philippe. Elenco: Jean-Loup Philippe, Annie Belle, Natalie Perrey, Martine Grimaud, Catherine Castel, Marie-Pierre Castel, Hélène Maguin, Anita Berglund, Béatrice Harnois, Sylvia Bourdon. Producción: Lionel Wallmann. Duración: 87 minutos.

Puntaje: 9